29 mayo 2015

Nocturno 01 (Microrrelato).



   El Vigilante Nocturno parpadeó y cerró la verja oxidada. El sol era molesto, pero después del alba ya no había obligaciones ni normas. Podía cazar.


Atardecer en suburbio inglés (Charlotte Jolicoeur).





21 mayo 2015

Ese instinto (II).


  "Y más todavía:  hay una verdadera fijación fisiológica de los viejos instintos en nuestro tejido nervioso, que podrían ponerse en funcionamiento de una manera vaga, aunque la mente consciente fuera purgada de todas las fuentes de lo maravilloso"

                                                                                                                                       H.P. Lovecraft.
                                                                                                (El horror sobrenatural en la literatura).

My new friend. (Alex Ruiz).




06 mayo 2014

Flor de plomo.

   A Jules siempre le había gustado que su lugar de trabajo, o al menos el lugar donde realizaba una parte de su trabajo, estuviese situado cerca de un parque. Aunque no era un hombre propenso a la ternura o el sentimentalismo, ni en exceso permeable a la sencilla lírica de lo cotidiano, habría reconocido sin sonrojo ante cualquiera que, en los peores días, le reconfortaba escuchar las risas de los niños, ver a un perro persiguiendo a un palo como si le fuese la vida en ello o confirmar que la anciana de sonrisa perenne que alimentaba a las palomas había burlado a la muerte un día más.
 
Parking sign (Gerard Boersma). 
 
    También encontraba alivio en el desfile de las estaciones. Esas flores que brotaban cada primavera en los grandes arbustos de hojas afiladas, de un rosa descarado, impúdico y hortera; flores que no querría adornando su apartamento ni aunque concediesen la vida eterna, pero que esperaba ver abrirse cada año.
    El verano hacía aparecer toda clase de gente pálida tumbada en la hierba, y el kiosco del turco con aspecto de marinero varado vendía granizados y latas de cerveza fría. El otoño traía la danza de las hojas, tan muertas y de repente tan vivas cuando soplaba el viento. El invierno cubría de nieve los parterres y transformaba algunas ramas en varas de cristal sucio. Para qué viajar si el paisaje cambiaba sin cesar junto al edificio de fachada azul.
    Aquel día, al cruzar el parque, no prestó demasiada atención a la flora ni a sus conciudadanos. Solo dedicó una mirada, por puro instinto reproductivo, a un grupo de chicas que le sonrieron al cruzarse con él, cosa que no le resultaba ajena. Todavía era bien parecido, a pesar de la incipiente calvicie, y además ellas sabían, o como mínimo sospechaban, lo que era Jules. A algunas mujeres les gustaba lo que era, y no podía culparlas, ya que a él mismo le encantaba lo que era, al menos la mayor parte del tiempo. Lo que había sido y pronto dejaría de ser.
    Tales pensamientos llevaron su mano izquierda hasta el bolsillo de su cazadora. Rozó con los dedos la culata de la pistola, sólida y tibia entre el cuero y el forro de lana. Esa pequeña bestia negra que siempre decía verdades irrefutables envueltas en plomo. Al llegar frente a la puerta del edificio sacó las manos de los bolsillos y saludó, con total y apenas fingida normalidad, a las primeras caras conocidas.

22 abril 2014

Ese instinto.

 
   "Las narraciones extraterrestres por las que, con visible complacencia, se pasea la fértil imaginación de Wells, satisfacen ampliamente ese instinto nuestro que, a medida que pasa el tiempo, nos hace desear con mayor apremio el poder ausentarnos del planeta que nos es propio. Y es muy cierto que, en la actualidad, nos da cierta pena pensar que sólo las leyes de la gravedad y las condiciones de nuestra atmósfera nos atan de pies y narices, respectivamente, a la superficie de nuestra sólida y perfumada Tierra."
 
(La literatura fantástica y terrible.
Gaston Deschamps.)
 
Alien Lanscape 1. (Rachel Doran).


 
 

28 diciembre 2013

El último hijo de Sarnath (y II).

SEGUNDA PARTE.

   Al comienzo del sexto día, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre las arenas blanquecinas que ahora transitaban, Akhara tuvo la certeza absoluta de cual era el origen de su malestar, de la sensación desconocida que comenzaba en el vientre y se extendía a otras partes del cuerpo. Como doncella del Gran Templo, no le habían hablado de cuestiones ajenas a lo que debería haber sido su vida, entregada al culto y la castidad, pero el instinto, agudizado por el entorno salvaje, le decía que una nueva vida germinaba en sus entrañas.
    Nuam-Thari recibió la noticia con una mezcla de escepticismo y cauta alegría. Aunque tampoco estaba instruido en los mecanismos del cuerpo femenino, le pareció insólito que en tan breve espacio de tiempo el vientre de su esposa ya presentase una leve curva. Se guardó de expresarlo en voz alta, pero pensó que el cansancio, las privaciones y los monótonos paisajes de Mnar podían estar alterando los sentidos de una muchacha cuyo único horizonte habían sido las murallas de Sarnath.
    La marcha por el desierto estaba resultando penosa para ambos, acosados por el intenso calor diurno y el bochorno nocturno, cargado de una humedad inexplicable teniendo en cuenta la sequedad del lugar y la lejanía del mar.
    —Este caballo apesta. Es insoportable —dijo Akhara, con una mueca de repugnancia en su cada vez más delgado y moreno rostro.
    —Así es como huelen todos los caballos. Ya te lo he dicho.
    Las continuas quejas de la joven por cuestiones insignificantes, y a veces inexistentes, convencían al guerrero de que su juicio se estaba enturbiando. Era ella quien cabalgaba la mayor parte del tiempo, muy erguida en la silla, evitando tocar la piel rojiza del animal. Nuam-Thari soportaba las quejas con benevolencia, esperanzado en que cuando terminase la procesión de dunas y llegasen parajes más agradables cambiaría la actitud de su esposa.