30 diciembre 2012

Walnut Cashmere y el misterio de las huellas rojas.

   En una larga hilera, más de doscientos hombres de piel negra hundían sus palas en la tierra o golpeaban con picos las rocas que aparecían de cuando en cuando. El capataz y sus ayudantes, rifle en mano, se paseaban por los bordes de la zanja, velando por los intereses de la Southern Coalbird, la empresa propietaria de aquellos esclavos.
    Todas las miradas, excepto las de quienes estaban demasiado aturdidos por el cansancio, se dirigieron al cielo cuando reverberó sobre ellos el inconfundible trémolo de los rotores. La inmensa aeronave, sustentada por dos juegos de quince hélices cada uno en el extremo de otros tantos mástiles, dejaba una estela de humo en el rosado atardecer de Louisiana.
    En la parte baja del casco, las aspas de los propulsores horizontales giraban al máximo de su potencia. Pronto se perdería de vista, en dirección a los muelles de Nueva Orleans, donde desembarcarían sus pasajeros. Jack sabía que se trataba de una aeronave de pasajeros por las elegantes balaustradas de madera, los toldos de tela con flecos ondeando al viento o la multitud de apliques dorados. También sabía que el hombre que cavaba a su izquierda no estaba ahí segundos antes. A lo largo de la jornada, se había movido por la hilera, aprovechando los escasos momentos de distracción de los guardianes, hasta llegar a su lado.
—Eres Jack, ¿verdad?
—Aquí hay muchos con ese nombre.
    El desconocido era más bajo y delgado, de pelo canoso pero aun lo bastante fuerte como para resistir el ritmo de trabajo en la zanja. Miraba nervioso al capataz, todavía distraído con el paso del ingenio mecánico que los sobrevolaba.
—Eres el Jack que busco. Escúchame, por favor.
—¿Te parece que tengo elección? Dí lo que quieras pero dilo deprisa. Y sigue cavando mientras hablas, imbécil —gruñó Jack, sin dejar de mover su pala.
—Me llamo Ben Bowley. He pasado los últimos treinta años en una plantación de tabaco, hasta que hace unos días nos compraron esos tipos de la Coalbird.
—Como a todos. Ve al grano, viejo.
—Nos compraron a mí y a mi hija Julianna, de catorce años. No me dijeron a dónde la llevaban, y no he podido averiguarlo. Su madre murió hace años, Jack, y es toda la familia que me queda.
—Lo siento, amigo. No he oído hablar de ella.
—Me han dicho que tu conoces gente, Jack. Gente de la ciudad que puede ayudarme. Por favor...
—¡A callar!
    Ben Bowley dio un respingo al escuchar el grito del capataz, que los miraba a ambos con las manos en su flamante Winchester de repetición. La aeronave ya no era más que una silueta, pequeña y antinatural, difuminándose entre las escasas nubes y su propio excremento grisáceo.
Fingiendo ignorar las lágrimas de su compañero , Jack continuó cavando.
 
 
 
    El Narval Alado quedó suspendido en el aire durante algunos minutos, estabilizándose antes de iniciar el descenso. Las hélices verticales redujeron su velocidad y el casco de la aeronave se posó junto a uno de los muelles, construcciones elevadas sobre arcos y columnas de piedra.
    Un hombre vestido con traje negro y bombín esperaba junto a una de las escalinatas de acceso, flanqueadas por esculturas y grandes arriates rebosantes de vegetación tropical. Ajustó la lente de su monóculo para enfocar a un individuo de poco más de metro y medio que descendía con una floreada maleta en una mano y un bastón en la otra. El comisario Turner conocía de oídas tanto el aspecto como la personalidad extravagante del detective Walnut Cashmere, así que no se sorprendió demasiado cuando el orondo hombrecillo se detuvo en el penúltimo escalón y miró a su alrededor torciendo un espeso bigote rojizo que se unía con las patillas.
—Espero que esta pesadilla neoclásica manchada de hollín no sea visible desde la habitación de mi hotel.
—Bienvenido a Nueva Orleans, señor Cashmere —saludó el comisario, levantando su bombín e ignorando la primera de, intuía, muchas quejas.
    El detective respondió al saludo de mala gana, tocando apenas el ala de su chistera adornada con una pluma roja, y se secó el sudor del rostro con un pañuelo bordado que apareció de repente en su mano.
—¿Qué tal el viaje desde Boston? Sin contratiempos, espero.
—Ninguno —dijo Cashmere mientras se subían al automóvil que esperaba a escasos metros de la escalinata.
—Estará deseando descansar después de un viaje tan largo, pero me temo que debo ponerle cuanto antes al día sobre los pormenores de la investigación. Como ya sabe, mis superiores desean que este caso se resuelva de inmediato.
—No hace falta que me convenza de la gravedad y urgencia del asunto, comisario. Que hayan gastado tanto dinero en contratar a un abolicionista declarado como yo para sacarles las castañas del fuego dice mucho de la situación.
—Afortunadamente su fama como investigador en casos... digamos peculiares, está por encima de las diferencias ideológicas —afirmó Turner, tras rechazar con un gesto la caja de rapé que le ofreció Cashmere.
—No me dore la píldora, y vayamos directamente a la morgue. Prefiero ver con mis propios ojos esos pormenores de los que habla.
    Tras aspirar el tabaco y arrugar varias veces la nariz, el detective miró su reloj de bolsillo. Su voraz estómago suspiraba por llenarse con las maravillas de la cocina criolla, pero también quería liquidar aquel caso cuanto antes. Un caso, sospechaba, algo más que "peculiar".
    Poco después de llegar a la amplia estancia donde reposaban los cadáveres, se les unió un hombre de barba blanca y puntiaguda, vestido con una levita gris.
—Le presento al doctor Jenkins. Una de las mayores eminencias médicas de la Confederación, y encargado de los exámenes forenses —anunció el comisario Turner.
—Un placer conocerle —dijo Walnut Cashmere, sin interrumpir su paseo entre mesa y mesa ni mirar siquiera al prestigioso galeno.
    Los cuerpos pertenecían a tres mujeres jóvenes, una de ellas adolescente. Las tres eran de raza blanca. Con una carpeta rebosante de papeles en la mano, Jenkins se paseó también por la morgue, deteniéndose junto a cada una de ellas para presentárselas a su invitado.
—La primera, Clementine Ross, fue encontrada muerta hace tres días en su dormitorio. La segunda, Mary Anne Starwood, hace dos días, y la tercera, Marguerite Deveroix, fue asesinada anoche. Las tres murieron de asfixia, aunque no hemos encontrado signos de estrangulamiento, y las tres fueron desfloradas antes de morir.
—De lo que deduzco que eran vírgenes —comentó el detective.
—Lo eran —continuó el comisario, quitando la palabra al forense—. Además, fueron impunemente asaltadas en sus dormitorios, sin que nadie escuchase ruido alguno. No había puertas ni ventanas forzadas, y en las tres escenas del crimen se encontraron multitud de huellas rojas, incluso en las paredes y el techo, huellas de sangre hechas por un pie desnudo. El pie de un hombre alto, a juzgar por su tamaño.
    Cashmere rumió la nueva información, intentando encajarla con lo que ya sabía antes de subir al Narval Alado rumbo al sur. Sabía que las tres jóvenes eran hijas de importantes accionistas de la Southern Coalbird, y que habían contribuido tanto con dinero como con esclavos en la construcción del Steam Bullet, un vehículo subterráneo impulsado por vapor a presión.
     Obviamente, quienes tenían intereses en el ferrocarril no miraban con buenos ojos a este nuevo medio de transporte, mucho más rápido y seguro que cualquier tren. Y puesto que también eran los mayores fabricantes de aeronaves y barcos de vapor, la Southern Coalbird podría llegar a monopolizar el sector del transporte, tanto de pasajeros como de mercancías, en toda la Confederación.
    Por otra parte estaban los grupos abolicionistas radicales, no muy activos en los últimos años pero sin duda indignados por el incremento de la mortalidad entre los esclavos. El trabajo en las grandes zanjas y túneles, unido a la crueldad de los capataces de la Coalbird, los diezmaban de tal forma que los negreros vendían toda su mercancía incluso antes de descargarla en los muelles.
    Y por otra parte...
—Doctor Jenkins, no he podido evitar observar que las tres víctimas tienen la cabeza separada del tronco —dijo Cashmere, antes de aspirar una buena porción de rapé.
    El forense y el comisario intercambiaron una breve mirada. Turner asintió, aclarándose la garganta antes de hablar.
—Precisamente por eso le llamamos a usted y no a otro, señor Cashmere. Varias horas después de ser confirmada su muerte, e incluso una vez extirpados la mayoría de sus órganos para su estudio, ellas... los cadáveres revivieron y atacaron al doctor y sus ayudantes.
—Yo no diría que revivieron —intervino Jenkins, pálido como el algodón—. Continuaban siendo cadáveres, pero se nos echaron encima e intentaban mordernos. La única forma de detenerlas fue... lo que puede ver.
    Poco sorprendido por la revelación del forense, Walnut levantó la vista de los cuerpos y se quedó mirando, pensativo, el techo abovedado de la morgue.
—Hace unos años investigué el caso de varias desapariciones en un circo ambulante. No les aburriré con los detalles: al final resultó que el Increíble Hombre Caimán era realmente un hombre-caimán antropófago —relató el detective, haciendo una pausa para disfrutar del desconcierto de sus oyentes—. Sin embargo, como pude comprobar de una forma bastante empírica, la mujer barbuda era un fraude. Aunque mis recuerdos de aquella noche no son del todo claros debido a cierto derivado del Cannabis sativa que un malabarista mezcló con mi tabaco.
—¿Qué tiene eso que ver con el caso que nos ocupa? —preguntó Turner, pasando del desconcierto a la impaciencia.
—Quiero hacerles ver que la solución correcta puede ser la más sencilla y al mismo tiempo la más increíble. ¿Saben qué es un bokor, amigos míos?
—Un brujo negro —afirmó el médico, no muy seguro.
—Un brujo vudú, no necesariamente negro —corrigió Cashmere, levantando la mano para silenciar al comisario, quien se disponía a hablar—. No hay tiempo para más explicaciones. Ahora necesito saber los nombres de todos quienes tengan capital en la Coalbird y una hija virgen.
—Solo queda un hombre que cumpla con esos dos requisitos: el gobernador de Louisiana, George Carlson.
 
 
 
 
    Ayudada por su doncella, una espigada mujer negra, se cepillaba el pelo frente al espejo del tocador. Sabía que la soberbia era pecado, pero la joven Emilianna Carlson no podía evitar deleitarse con su propia belleza, sobre todo cuando los cabellos dorados formaban ondas perfectas sobre sus pechos.
    Incluso la esclava se conmovía ante la visión angelical de su ama con aquel vaporoso camisón blanco, fundiéndose con los cortinajes del dosel cuando se acostaba.
—No apagues la lámpara, voy a leer un poco.
—Buenas noches, señorita.
    Poco después, dormía con el libro caído sobre los almohadones, como una muñeca colocada a propósito para enamorar a los duendes nocturnos. Hasta que despertó dentro de una pesadilla.
    Intentó gritar, pero una mano enorme y huesuda le rodeaba la garganta. La mano de un hombre absurdamente alto y delgado, de piel negra con un enfermizo tono ceniciento, tocado con un largo sombrero de copa. A pesar de la férrea presa, la joven pudo mirar a su alrededor, descubriendo un escenario propicio para el terror delirante que la invadía. La luz de la lámpara era ahora un resplandor malsano, de un verde que volvía el aire acuoso, y mirase donde mirase, techo o paredes, solo veía huellas rojas.
—¿Quiere gritar, mademoiselle? No se preocupe... la noche es laaaarga, y gritará. ¡Ooh, vaya si gritará!
    La voz del intruso se asemejaba al sonido de una pizarra arañada con un cristal en el fondo de una caverna. Permanecía encaramado sobre la cama, como una araña, acercando cada vez más su rostro, su boca enorme de dientes amarillentos, a la temblorosa Emilianna. Con su mano libre comenzó a desabrocharse el pantalón, que llevaba remangado, dejando a la vista las pantorrillas y los pies cubiertos de sangre.
    Ni el agresor ni su víctima repararon en que un baúl situado junto al tocador se abría de golpe.
—¡Detente, Barón La Croix! Se acabó la diversión.
    Sin soltar a su presa, se volvió para encararse con un hombre bajo y gordo, armado con un bastón y lo que parecía una cajita de rapé dorada.
—¿Quién eres tú, boulette con piernas? ¿Qué hacías escondido ahí? ¿Te he quitado a tu presa?
    Walnut Cashmere aprovechó las preguntas para abrir con disimulo la caja dorada. Sabía bien a quien se enfrentaba y el peligro que corría. El Barón Samedi, también conocido como La Croix. El esperpéntico y libidinoso dios del inframundo, invocado sin duda por un bokor lo bastante poderoso como para traerlo al plano material pero no tanto como para mantenerlo bajo control.
—No me conoces Barón, pero tal vez recuerdes a mi madre, Madame Cashmere, quien luchó contra ti y te venció hace tres décadas.
     Emilianna Carlson pudo volver a respirar con normalidad cuando la presa en torno a su cuello se debilitó un poco. Los ojos del ser se abrieron como platos, pero su sonrisa perversa no desapareció.
—No recuerdo que una zorra gorda me haya vencido jamás.
—Claro que sí. ¿Qué son treinta años para un dios de la muerte?
     La luz verde resplandeció y tembló, de forma que las huellas parecían moverse por la habitación. sosteniendo la mirada demente del Barón, el detective destapó el doble fondo de la caja de rapé y dejó caer a su espalda el polvo y los diminutos huesos ocultos bajo el tabaco, repasando en su cabeza las palabras del conjuro.
—Deja a esa niña, Barón. Ya te has divertido bastante con las otras tres.
    El dios inclinó la cabeza, golpeando el dosel con la copa del sombrero.
—¿Trois? ¿Es que no sabes contar, cerdo bigotudo? Han sido seis. A las seis las empalé. A las seis les sorbí el alma.
    Esta vez fue Cashmere quién vaciló, empalideciendo a medida que era consciente de lo que implicaban los graznidos de aquel degenerado.
—Aah... ya se lo que pasa, mon cher ami. Solo has contado a las muñequitas blancas, ¿verdad? Tres blancas, y tres negras, dos cada noche. ¡Vuelve a sumar, saco de manteca!
    Más furioso de lo que había estado en toda su vida, Walnut gritó las palabras que su madre le había enseñado y se apartó de un salto del lugar donde habían caído los componentes del conjuro, rodando por el suelo mientras el suelo temblaba y se abría una grieta a un lugar del cual nadie ha vuelto.
    Si la voz del Barón era desagradable, la que surgió del portal era absolutamente insufrible, tanto que las maldiciones que chillaba eran ininteligibles. Cuando Samedi reconoció la voz de su esposa saltó de la cama e intentó escapar, pero ya era tarde. El brazo largo y descarnado de Maman Brigitte lo agarró por un tobillo, arrastrándolo de nuevo al reino de los muertos.
    En cuanto la grieta se cerró y la habitación volvió a la normalidad, Cashmere se incorporó, se sacudió la ropa y caminó hacia la cama, donde la aún paralizada Emilianna lo miraba estupefacta.
—¿Quién... quién es usted?
—Me llamo Walnut Cashmere, pero puedes llamarme Wally.
    Superada por los acontecimientos, la hija del gobernador se desmayó sobre los mullidos almohadones, y el hombre que se había escondido en su baúl para salvarla del rey del inframundo rezó a todos los dioses benignos para que al despertar creyese que todo había sido una pesadilla.

*****
 

06 noviembre 2012

The Soft Machine (isn´t you).

   Gina miró la puerta al fondo del pasillo. Le resultaba familiar, aunque cada vez le costaba más diferenciar los recuerdos reales de los déjà-vu o incluso de los sueños. Esos sueños donde se sentía tan despierta que perdían todo su encanto. En las horas de vigilia abría los ojos un poco más de lo necesario para demostrarse a sí misma que no estaba dormida.

   Los ojos de Gina. Esos preciosos ojos de loca. Siempre febriles y al acecho, como dos panteras heridas.

—¿Sabes donde estamos? —preguntó Bonzo.

—Claro que sí.

   No soportaba que la mirase así, con su ojo gris entornado y el otro, el que no era humano ni era un ojo, zumbando a una frecuencia que solo podían escuchar ella y quizá las ratas. Alégrate piccola, le decía una voz de madre cada vez más desleída en el ácido de su memoria, al menos alguien se preocupa por Gina.

   Bonzo Fordshire la miraba desde las alturas. Medía algo más de dos metros y la mitad izquierda de su rostro, cubierta de tatuajes al igual que el cráneo, resultaba aun más amenazadora que la derecha, donde los pioneros de la biomecánica habían incrustado ese cacharro que le permitía ver en la oscuridad y disparar con una puntería endiablada siempre y cuando el arma la sostuviese su brazo izquierdo, otra deslucida reliquia de metal.

   Gina pertenecía al reducido grupo de privilegiados a los que Bonzo había contado Su Historia. Cuando el cabo de infantería de marina Jason Fordshire, durante una incursión rutinaria de limpieza en lo que quedaba de Nueva Jersey, había sido sorprendido por un mutante de clase F. Una puta sanguijuela de medio metro se le enganchó al hombro, y nadie sabe lo que eso duele. Un dolor demencial, más de aquellos bichos acercándose y ni rastro de su pelotón. ¿Que hubieses hecho tú? Se disparó un proyectil incendiario a sí mismo. El bueno de Jason, ese grandullón hijo de perra, ardiendo en un callejón de Trenton, riéndose cuando vio a la alimaña en el suelo retorciéndose entre las mismas llamas que le devoraban medio cuerpo.

   La historia de Gina no tenía tanto glamour. Un atraco, un tiro en la cabeza y otra pandilla de visionarios bienintencionados con batas blancas. Cuando la matriz neuronal sintética y los restos de su cerebro unieron fuerzas para convertirse en un problema se acabaron las sonrisas y las palmaditas en la espalda. Pero tenía su lado positivo: si ahora alguien intentaba pegarle un tiro podía hacer que los sesos le saliesen por las orejas con una descarga psiónica. ¿Quién ríe ahora? Podrías al menos sonreír de vez en cuando. Tenías una sonrisa tan...

   Los nudillos humanos de Bonzo llamaron a la puerta. Fueron observados por las habituales cámaras de vigilancia durante unos diez segundos y la cerradura se abrió. Estaban en el almacén de una tienda de antigüedades, en un barrio periférico de Albany donde los edificios databan de mediados del siglo XXI. El olor a moho y polvo hizo pensar a Gina que la mayoría de los trastos amontonados en la trastienda de Glenn habían brotado del mismo edificio. Libros, computadoras enormes de carcasa gris, reproductores de discos compactos, revólveres, extraños teléfonos con teclas luminosas.

—Tan puntuales como de costumbre —dijo Glenn desde el atestado escritorio—. ¿Queréis beber algo antes de empezar a hablar de negocios?

—No hay mucho de lo que hablar, y preferiría marcharme cuanto antes. Esta zona no es segura para nosotros — respondió Bonzo, proyectando su sombra sobre el anticuario de dedos nerviosos y pelo anaranjado.

—¿Y cual lo es?

   Gina curioseaba entre los estantes. Sabía que no era la primera vez que estaba allí. Incuso recordaba la voz nasal de Glenn y la forma en que le miraba el culo cuando pensaba que estaba distraída. Sin embargo la tridimensionalidad del escenario era nueva; como si en sus anteriores visitas todos los objetos hubiesen estado pintados en una pared. Lo confirmó hojeando una revista. El tacto del papel satinado fue el ancla sensorial que necesitaba. La mujer desnuda de la portada abría y cerraba la boca como si no pudiese respirar. Curiosamente aquella clase de alucinaciones, pequeñas y controlables, le resultaban reconfortantes. Como cuando la gárgola que Bonzo tenía tatuada en el antebrazo izquierdo le hablaba.

—Es como si se hubiese tragado dos balones.

—Esa revista es de finales del siglo XX, y la cirugía estética no estaba muy avanzada por entonces —explicó Glenn, aunque el comentario de Gina no iba dirigido a nadie en concreto.

   Cirugía defectuosa. Alégrate, piccola. Al menos tienes un bonito par de tetas y esa magia tuya que mata a los tipos malos. Dejó la revista con las demás y centró su atención en la variada colección de armas antiguas.

—Vamos al grano.

—Lo que tú digas, Fordshire. De todas formas me está ignorando, para variar.

   El hombrecillo pelirrojo entregó al gigante tatuado un objeto cuadrado y plano. En una de sus caras podía verse el dibujo de un mecanismo de relojería y las palabras "The Soft Machine" impresas con letras rojas. Bonzo lo sopesó con cuidado. No era la primera vez que veía un disco de vinilo y sabía que eran frágiles.

—Es de mediados del siglo XX. Psicodelia, o algo así. No soy experto en música —explicó Glenn—. ¿Para qué lo quiere tu jefe? No me lo imagino coleccionando discos antiguos.

—No lo sé. Y seguro que no es asunto nuestro.

   A pesar de llevar varios años trabajando para él ni Gina ni su compañero sabían quién o qué era Bookworm, un pirata informático ascendido a la categoría de terrorista cuando sus ataques comenzaron a causar muertes. Ahora que Internet era poco más que un cadáver andante, en gran parte gracias a los venenos binarios de Bookworm, el nuevo enemigo era la red Akasian. Un salto evolutivo para la humanidad, según sus creadores. Una inofensiva operación y el cerebro se transformaba en una terminal.

—Hay algo que quería contaros. Seguramente no es nada...

—Habla, Glenn. Tenemos que irnos.

—Ayer vino un tipo, un cliente. Llevaba una des esas horribles camisas blancas y azules que visten los empleados de Akasian. Estuvo hurgando en las cajas de discos.

—¿Te preguntó por el nuestro? —gruñó Bonzo, frunciendo su medio ceño humano.

—No. Encontró uno de un tal Bruce nosequé, lo escuchó un rato y pareció gustarle. Me preguntó de que año era, si había grabado más discos y cómo se llamaban.

—¿Y qué tiene eso de raro?

—En fin... se supone que todos los empleados tienen el implante. Podría haber sabido todo eso al instante sin preguntarme.

—Esos tipos se pasan el día sin articular palabra. Tal vez solo quería charlar.

—Tal vez —admitió Glenn, pensativo—. ¿Sabes? Hay quien dice que cuando se generalice el uso de Akasian las cuerdas vocales terminarán por atrof...

   Un chasquido silbante interrumpió al anticuario. Un instante antes de que un proyectil alargado se clavase en su ojo. Bonzo se dio la vuelta para encontrarse con Gina sosteniendo una ballesta.

—¿Qué coño haces?

   Sin pronunciar palabra la mujer soltó el arma y cruzó el almacén, dio la vuelta al cadáver caído sobre la mesa y le arrancó el virote del cráneo, llevándose el ojo ensartado en la punta de hierro. Lo sostuvo frente al rostro de Bonzo, quien no tardó en ver el diminuto triángulo negro adherido al ensangrentado nervio óptico.

—¿Eso es...?

—El dispositivo visual del interfaz neural. ¿Nunca lo habías visto? —dijo Gina, antes de arrojar el globo ocular contra su difunto propietario—. Traidor de mierda.

—¿Cómo te has dado cuenta?

—He... sentido la transmisión.

—¿Desde cuando puedes hacer eso?

— ¿Y qué más da? Muévete, soldado. Nos han visto y saben dónde estamos.

   Bonzo miró a su alrededor. Encontró un maletín de plástico rígido y guardó dentro el disco. A continuación sacó su arma de la funda y se aseguró de que estaba cargada.

—Si nos cazan en la carretera no tendremos ninguna oportunidad. Será mejor resistir aquí y rezar para que Bookworm haya interceptado la transmisión y nos envíe ayuda.

   Ella lo miró. Esos preciosos ojos de loca. La gárgola del antebrazo sonrió y le guiñó el ojo.

—¿Rezar?

—Tú ya me entiendes.

   Se asomaron a la puerta que daba a la tienda. Podían ver la calle a través del escaparate. Un grueso cristal blindado que estalló hacia fuera cuando apareció el primer vehículo y la onda psiónica de Gina lo estampó contra el edificio de enfrente. Bonzo vació medio cargador de su Colt Supreme contra el segundo vehículo, matando a dos agentes del Akasian Firewall, el cuerpo de seguridad privado que velaba por los intereses del gran salto evolutivo. Un tercer automóvil escupió a cuatro agentes más. Uno de ellos cayó fulminado, sangrando por los oídos. Otro se arrodilló gritando y apretándose las sienes. Mientras tanto, los pasajeros del primer coche consiguieron salir de su interior y comenzar a disparar.

   Diez minutos después, catorce cadáveres vestidos de azul cinabrio yacían en la calle y tres más dentro de la tienda, algunos destrozados por la munición ilegal del Colt y otros sin heridas visibles. La pared del almacén estaba llena de agujeros y el cuerpo de Bonzo también. Gina había conseguido librarse de las balas, pero le costaba andar en línea recta y el mundo estaba desenfocado. Demasiada magia ¿Ya no recuerdas lo que te dijo aquel matasanos? Riesgo de aneurisma. Colapso en las sinapsis...

—Estoy bien —dijo Gina, a nadie en concreto.

—Vendrán... más. Lárgate e intenta... —Tos sanguinolenta—...contactar con Bookworm.

   Sentado en el suelo con la espalda contra la pared, Bonzo la miró mientras sacaba el disco de la funda. La mitad humana de su cuerpo estaba cubierta de sangre y la otra soltaba chispas azuladas o rezumaba un fluido negruzco allí donde los disparos habían hecho blanco. La miró levantar la tapa polvorienta del tocadiscos y colocar el círculo negro en su lugar. La aguja arrancó el recuerdo de los surcos. Voces plateadas tejiendo en la suciedad del aire un extraño salmo. Rezar, tú ya me entiendes.

—Olvídate del gusano, soldado. Ha decidido que este es nuestro sitio.

   Hardware obsoleto y mercancía defectuosa. Gina se sentó en el suelo y se recostó contra el torso tatuado, dejando que la húmeda calidez de la sangre abrigase una mejilla sedienta de lágrimas. Un brazo humano y su gárgola sonriente le rodearon la cintura. El corazón de Bonzo dejó de latir antes de que terminase la primera canción. Recuerdo, sueño, déjà-vu ¿Qué más da? Ahora estás sola, piccola.

Sun heart burns, moon glow turns

Stars foretell: Hope For Happiness

Hope For Happiness, happiness, happiness...
 



 
*****
 
 

04 septiembre 2012

El secreto de Vhila Garuda.


    Como de costumbre, la esperaba de pie en la cubierta de popa, con la mirada intensa de quien busca una diminuta peculiaridad en un cuadro enorme y aparentemente perfecto. Llevaba un albornoz de lino colgado del brazo, de un azul celeste que parecía aún más claro en contraste con su vestimenta pardusca, descolorida por las horas de viento y salitre.
    La barbilla del sol ya tanteaba las aguas del horizonte cuando algo se perfiló, volando bajo entre las escasas nubes, apenas un punto cada vez más grande y poco después la silueta de dos alas. El capitán cambió el peso de una pierna a la otra; un gesto de impaciencia disimulado por el suave balanceo del barco. La Barracuda, una goleta de tres palos tan elegante como implacable, se hallaba fondeada al socaire de un islote pelado. Ninguna de las aves marinas que solían anidar entre aquellas rocas se parecía a la criatura que se acercaba planeando a la embarcación, cuya manga apenas igualaba en el punto más ancho la longitud de su envergadura.
    Con el plumaje blanco brillando anaranjado a la luz del ocaso el enorme pájaro se posó en la batayola, ahuecó las alas y zangoloteó la majestuosa cabeza, rematada por un pico recio como el de un halcón pero más alargado. El hombre apenas se movió, sonriendo cuando el ave saltó a cubierta. Antes incluso de tocar la madera las patas nudosas terminadas en garras comenzaron a tornearse y aclararse, alargándose con las líneas inconfundibles de unas piernas femeninas. Las alas en cambio se acortaron, diluyéndose el denso plumaje que las cubría en una neblina nacarada que arrastraba la brisa. El pico perdió su volumen fundido en un rostro ovalado, los ojos se acercaron entre sí sin perder el peculiar azul grisáceo del iris, y el penacho de plumas que adornaba la cabeza fue sustituido por una cabellera pajiza.
    Salier Lashni, capitán de La Barracuda, arropó el cuerpo desnudo de una mujer que parecía agotada y aterida, conduciéndola al interior del barco.
    En el comedor de la tripulación, el capitán sorbía sin mucho interés una copa de vino sentado de medio lado en el banco, mientras su segundo, un hombre achaparrado y barbudo llamado Wald, fumaba apoyado contra un mamparo. Ambos observaban a la joven, todavía vestida con el albornoz azul y con el pelo recogido por una sencilla diadema de ballena, mientras engullía suficiente comida como para alimentar a un marinero durante toda una semana, moviendo de tanto en tanto la cabeza hacia un lado u otro con la rapidez característica de las aves. Tanto Salier como el segundo sabían de sobra, después de casi cinco años compartiendo con ella aventuras y desventuras, que después de su metamorfosis Vhila Garuda solía estar inquieta, irritable y muy, muy hambrienta. Así que esperaron a que diese por finalizado el festín trasegando un barrilete de cerveza aguada antes de importunarla.
¿Y bien? preguntó por fin Salier.
Poco más de lo que ya sabíamos respondió Vhila, indicando a Wald con un gesto que le pasase la pipa. Se esconde en esa pequeña fortaleza costera, cerca del acantilado. El cielo estaba despejado, así que no he podido acercarme lo suficiente como para contar a sus hombres.
¿No has podido hacerte invisible o algo así?inquirió el segundo de a bordo.
Te he dicho un millón de veces que no soy hechicera, Wald dijo la mujer, con un enfado suavizado por la costumbre, aunque su rostro enrojecía por momentos entre bocanadas de humo.
    El capitán le arrebató con suavidad la pipa, consciente de que las exóticas resinas con las que su tripulación aderezaba el tabaco no sentaban demasiado bien a Vhila. La miró pensativo, intentando no perderse en la intensidad de aquellos ojos redondos y ligeramente saltones, demasiado parecidos a veces a los de un ave de presa. Cuando su mirada se endurecía de esa forma no le resultaba extraño que Vhila Garuda, hembra de una raza tan escasa que sus miembros podían pasarse toda la vida sin encontrarse con un congénere, se ganase la vida como cazarrecompensas.
Pero Coral sí que es una hechicera. Y de las peligrosas dijo Salier.
Coral... bufó Wald, rascándose su barba entrecana Vaya nombre tan cursi para una bruja.
    Vhila esbozó una sonrisa algo forzada. El capitán se llevó la pipa a los labios, repasando los acontecimientos del último año. Por razones que todavía se le escapaban, Vhila y él habían pasado de ser amigos y camaradas a ser amantes, situación que terminó tan repentinamente como empezó. Poco después la joven se había marchado, con la excusa de resolver un asunto (el cual no explicó) en su tierra natal (cuya ubicación debía permanecer en secreto). Su ausencia duró todo un verano y parte del otoño, mientras La Barracuda daba caza a piratas, desertores y algún que otro monstruo marino, siguiendo con su rutina. Vhila había vuelto hacía pocos días, como si su viaje hubiese durado apenas unas horas, con el inusual encargo de un acaudalado mercader hibrense: recuperar un objeto robado nada menos que por Coral Lengua de Seda, una bruja cuya cabeza tenía precio en varios reinos, tanto por su uso despreocupado de la nigromancia como por su afición a apropiarse de lo ajeno.
Deberíamos hacerlo esta misma noche afirmó Vhila, clavando todavía sus ojos en el distraído capitán.
¿No es algo pronto? Te acabas de transformar y apenas has descansado dijo Wald, con sincera preocupación.
    Aunque a el veterano segundo de a bordo le había costado en un principio aceptar en la tripulación a la extraña e introvertida mujer-pájaro, con el paso de los días y las millas su relación se había vuelto como la de un hermano mayor y su hermana pequeña. Si bien durante la mayor parte del tiempo se lanzaban puyas o discutían por minucias, el amor fraternal forjado entre ambos era sólido como un ancla, algo poco habitual entre cazarrecompensas, individuos por lo normal más interesados en hacer fortuna que en tejer lazos afectivos. Por eso, cuando Vhila abandonó el comedor rumbo a su camarote para vestirse, el capitán se volvió hacia su segundo.
¿Te ha contado algo más?
Nada que tú no sepas, compadre Wald recuperó su pipa, apuró los rescoldos y miró a su superior levantando una de sus tupidas cejas. No te voy a negar que este asunto me tiene también algo escamado, pero no tenemos motivos para desconfiar de Vhila. Y el adelanto que ha pagado ese mercader... en fin, es oro de verdad, limpito y sin acuñar, como a nosotros nos gusta.
No he dicho que no me fíe de ella, pero ha vuelto de ese viaje más susceptible de lo habitual, y parece tener demasiada prisa dijo Salier.
Desde luego, y además... bah, da lo mismo.
    El capitán taladró con la mirada a Wald. Aquel hombre casi le doblaba la edad, y acumulaba toda la experiencia y sabiduría que solo puede obtenerse tras casi medio siglo bregando sobre la cubierta de un barco, pero tenía un defecto: era demasiado confiado; algo que podía resultar fatal para alguien de su profesión a no ser que, como era el caso, tuviese mucha suerte y buenos amigos.
¿Y además qué, Wald? insistió.
Bueno... desde que Vhila está con nosotros hemos cazado a toda clase de gentuza, tú lo sabes compadre, y la he visto matarlos, con las garras o con la espada, pero nunca había visto en sus ojos lo que veo ahora. Odia a esa hechicera. No puedo imaginarme el motivo pero la odia a muerte, y si no la acompañamos estoy seguro de que saldrá a cazar ella sola.
    Apurando su copa de un trago Salier Lashni, capitán de La Barracuda, se puso en pie, apretó el nudo del pañuelo negro que le cubría la cabeza y ajustó el cinto donde colgaban una cimitarra recién afilada y un puñal de dos palmos de largo.
En ese caso no la hagamos esperar. Manda levar anclas y fijar el rumbo ordenó mientras salía del comedor. Esta noche toca cazar brujas.
 
    Quedaban unas dos horas para el alba cuando los botes de desembarco se acercaron a la orilla. El plan era simple: Salier y sus hombres atacarían la fortaleza a las bravas, asaltando la puerta principal, hasta la que llegarían desembarcando en la playa y caminando por un empinado trecho entre altas palmeras que se cimbreaban bajo el viento nocturno y chumberas de espinas tan largas como colas de rata. Mientras tanto, Vhila Garuda se infiltraría por la muralla trasera, accesible solamente para quien fuese capaz de escalar una interminable pared de rocas húmedas o, por supuesto, de volar.
    Cuando la docena de hombres armados pisó la arena Salier dedicó una última mirada al cielo. La delgada luna menguante apenas conseguía iluminar el suave oleaje, pero si Coral Lengua de Seda tenía vigías en su guarida sin duda habrían visto el velamen de la goleta. Intentando no pensar en el cúmulo de imprudencias que podían transformar la incursión en una trampa para ratones, el capitán ordenó avanzar a su tropa.
    Llegaron ante la muralla sin incidentes, y varios de los hombres se miraron con extrañeza al no encontrar centinelas apostados en las dos torres que la custodiaban. En medio de un silencio viscoso los cazarrecompensas lanzaron sus garfios y treparon, descolgándose al otro lado del muro sobre una nueva sorpresa. El interior del recinto no parecía el patio de una pequeña fortaleza costera, sino los jardines de un palacio, dominados por un hermoso edificio de piedra rojiza, con numerosos balcones y ventanas enmarcadas por arcos de herradura. Desde uno de los balcones los contemplaba una mujer cuya belleza, iluminada por un candil posado en la balaustrada, resultaba sobrenatural. Vestía una túnica de seda roja, ceñida a su estrecha cintura por un fajín tan negro como sus cabellos, recogidos por una red de diminutos rubíes. No se movió ni pronunció palabra; su sola presencia bastaba para distraerlos mientras una veintena de formas oscuras se aproximaban agazapadas entre frutales y setos de formas engañosas.
    El segundo Wald, menos impresionable que sus jóvenes camaradas, fue el primero en verlos.
¡Su perra madre! ¿Pero qué es eso?
    Eran criaturas humanoides, de unos dos metros de estatura a pesar de caminar encorvados, con cuerpos fibrosos cubiertos de una irregular pelambre negruzca y nudosos brazos terminados, no en manos ni en garras, sino en un único espolón de hueso tan largo y afilado como la hoja de una guadaña. Los rostros, máscaras grotescas a medio camino entre un hombre y un murciélago, se acercaban a los intrusos sin mostrar emoción alguna.
¡Aberraciones necrománticas!exclamó Salier.
    Todos sabían de sobra que no era conveniente ignorar a la bruja, pero los tripulantes de La Barracuda no podían hacer otra cosa que centrar su atención en las cuchillas surgidas de las sombras, ansiosas por hundirse en sus cuerpos. Wald también fue el primero en herir a uno de los engendros, hundiéndole su estoque en el vientre tras esquivar un rápido golpe que solo consiguió rasgarle la camisa a la altura del codo. A pesar de su inferioridad numérica y del terror inicial, los cazadores se mantenían firmes. Salier combatía con la ferocidad propia del pez que daba nombre a su barco, desviando las cuchilladas con el puñal y rajando los cuerpos contrahechos con la cimitarra, sin flaquear ni siquiera cuando vio caer a uno de los suyos con el cuello atravesado por una de las guadañas amarillentas, a otro debatiéndose en el suelo mientras dos adversarios lo apuñalaban una y otra vez, o a su segundo cojeando a causa de un feo tajo en el muslo derecho.   
    Cuando la última de las aberraciones dio con sus huesos en tierra quedaban en pie ocho hombres, todos heridos en mayor o menor medida y agotados por el breve pero intenso combate. Fue entonces cuando escucharon por primera vez la voz de Lengua de Seda. La bruja no se había movido durante la carnicería, pero ahora dibujaba en el aire con su mano izquierda mientras que con la derecha balanceaba el candil lentamente, al compás de un cántico melifluo que parecía fluir desde sus labios hasta el último rincón de aquel jardín maldito.
¡No estamos de humor para canciones, zorrón! gritó Wald, intentando librarse del miedo que aumentaba con cada verso de Coral.
    Salier tenía los nudillos blancos en torno a las empuñaduras de sus armas, debatiéndose entre el deseo de trepar hasta el balcón para vengar a los caídos y el exacerbado estado de alerta que le impedía bajar la guardia ni el tiempo entre dos latidos. Sabía que uno de sus hombres, un curtido ribereño de cabellos trenzados, poseía varios cuchillos arrojadizos y una puntería endemoniada, pero parecía tan paralizado como él mismo, y como su capitán empalideció por completo cuando los cuerpos inertes de las aberraciones comenzaron a moverse de nuevo.
    Incluso el segundo de a bordo perdió su inquebrantable ánimo al ver erguirse sobre sus repugnantes extremidades a las criaturas que creía haber matado. Salier lo miró a los ojos, con una mezcla de resignación y febril bravura. Sabía que ambos albergaban la misma esperanza, la de haber distraído a la bruja el tiempo suficiente para permitir a Vhila entrar y salir del edificio sin ser vista. Animadas por la incesante salmodia las cuchillas de hueso buscaron de nuevo carne caliente que morder.
    Y de repente la noche se desgarró. Un grito vibrante, primitivo como el rugir de las olas, agudo como una lluvia de esquirlas cristalinas, amordazó la artera melodía de la nigromancia. Coral Lengua de Seda no pudo defenderse del magnífico pájaro, deslumbrada por el plumaje blanco que atrapaba y aumentaba el exiguo resplandor de la luna, apenas pudo gritar antes de que las garras se hundiesen en su pecho y el acerado pico le abriese la garganta. Un golpe involuntario de ala hizo caer el candil contra el suelo del patio, y cuando estalló en una fantasmal llamarada ambarina las aberraciones se desmadejaron, cortados los hilos que las movían.
    El ave entró en el edificio, haciendo añicos las cristaleras que separaban el balcón del interior, y el silencio volvió a adueñarse de la fortaleza costera. Recuperado ya el dominio de sí mismo, Salier se lanzó hacia la fachada, trepó ágilmente hasta la balaustrada, dejó atrás el cuerpo destrozado de la bruja y entró en la que había sido su alcoba, tan lujosa como cabía esperar e iluminada por varios candelabros. Vhila Garuda estaba arrodillada en un rincón, en su forma humana, aferraba contra el pecho algo que había sacado de un cofre lleno de lo que parecía serrín.
Lo... siento, Salier dijo, con la voz entrecortada por el llanto. Ella me lo robó... quería usarlo para su repugnante magia y... tenía que recuperarlo.
    Cuando se acercó al cuerpo desnudo y tembloroso de la mujer pudo ver claramente qué era lo que acunaba entre sus pálidos brazos. Era un huevo, algo más pequeño que su propia cabeza, de cascaron rosado, liso y suave como una perla.
No existe el mercader, ni el collar del que os hablé. El dinero era mío y...
Vhila interrumpió el capitán, después de agacharse junto a ella y rodearla con un brazo Este huevo... ¿Es tuyo?
Es nuestro respondió.  
   Con el corazón latiendo más deprisa que durante el combate con las aberraciones, pero con una sensación muy distinta, el capitán de La Barracuda abrazó a Vhila Garuda, dejando que enjugase las lágrimas en su camisa hecha jirones. Cayó en la cuenta de que era la primera vez que la veía llorar y se juró que, mientras estuviese en su mano, también sería la última.

 
*****
 
 

06 agosto 2012

La batalla de la seda.

   En el mismo valle donde habitualmente solo podían verse grandes rebaños pastando al sol o algún campamento de nómadas a orillas del caudaloso Mivos dos ejércitos se lanzaban el uno contra el otro con estudiada furia homicida.
   A poca distancia de la primera línea de batalla, entre centenares de entusiastas guerreros, un soldado de infantería con un penacho de plumas blancas adornando su capacete entonó un convincente grito de guerra antes de lanzarse, espada en alto, contra un adversario en cuyo yelmo se agitaba lo que parecía una cola de gineta. El primer mandoble fue bloqueado con un movimiento fluido que se trasformó en una estocada dirigida a la axila del atacante, quien soltó tal blasfemia que a pesar del griterío varios soldados cercanos volvieron la cabeza durante un instante.
—¿Pero que haces? ¡Me has pinchado!
   A el del yelmo con cola de gineta se le desencajó durante un segundo el rostro al comprobar que la punta de su espada estaba manchada de sangre.
—Lo... lo siento, de verdad. Olvidé que las espadas tienen punta —farfulló, recuperando la compostura al ver que su víctima no estaba herida de gravedad—. Además, no me eches toda la culpa. Tú te has movido.
—¿Que olvidaste que las espadas...?¿Que yo me he...? —dijo el de las plumas blancas en el capacete, demasiado furioso para terminar una frase.
—Ya he dicho que lo siento. Deja de quejarte y muérete.
—¿Que me muera? ¡Estoy herido, cabeza de becerro!
—No es más que un arañazo... ¡Nos están mirando! ¡Muérete de una vez!
    El soldado herido se llevó frente al rostro la mano que apretaba contra su axila y se miró los dedos. Bizqueó un instante, la piel de su rostro adquirió el color de la leche recién ordeñada y se desmayó sobre la hierba. Mirando a su alrededor con disimulo, el del yelmo con cola de gineta se agachó para meter la mano bajo el peto del caído y sacar de un enérgico tirón una banda de seda roja, que ondeó mientras caía sobre el cuerpo inconsciente con un dramatismo admirable. Sin perder más tiempo el vencedor se lanzó de nuevo gritando a la refriega, intentando recordar si eran tres o cuatro los enemigos a los que debía abatir antes de caer.



   Bera Jhonnier se reclinó en la silla mientras se masajeaba las sienes, haciendo una pausa para rascarse el mentón con la característica mueca de un hombre que no está acostumbrado a dejarse barba. El sol apenas había completado la mitad de su recorrido sobre el Valle del Mivos y aquel ya ocupaba un puesto de honor entre los días más largos de su vida. Intentó concentrarse en los papeles desordenados sobre la mesa por enésima vez, y por enésima vez se recordó a sí mismo que solo quedaba un día.
   A poca distancia, en el centro del pabellón de lona abarrotado por piezas de armadura, rollos de tela y un sinfín de retales de cuero, plumas y pieles, una mujer en paños menores paseaba de un lado a otro frente a un espejo, intentando que su curvilínea figura se moviese con marcialidad. Llevaba un bigote postizo, negro y brillante.
—Al menos podrías quitarte las grebas —gruñó el hombre—. Así no hay quien se concentre.
   La mujer se planto frente a él, mirándolo ceñuda y meneando el bigote. Cuando Caryn se había adjudicado a sí misma el papel de Capitán de la Guardia Imperial, alegando que su talento interpretativo sería suficiente para ocultar al público la inapropiada femineidad de su anatomía, Bera no había podido negarse. En parte porque perder el papel de emperatriz le había afectado más de lo que decía, en parte porque quería tener cerca a la mujer con la que llevaba más de una década compartiendo el escenario y el lecho, aun con aquel ridículo mostacho.
—Deberías de dejar esas tonterías y prepararte tu papel para mañana, majestad —dijo Caryn, sentándose a horcajadas sobre los muslos de su compañero.
—¿Qué papel? Solo tengo que soltar una arenga a voz en cuello y pasearme entre las tropas con la barbilla levantada para que todos puedan decir: ¡Eh, mira como se parece al tipo que sale en las monedas!
   Ignorando las quejas del actor, tan habituales en las últimas semanas, la mujer le hizo cosquillas en el cuello con el bigote.
—Este comportamiento es totalmente inapropiado en un Capitán de la Guardia Imperial —dijo con solemnidad cuando el generoso busto de Caryn se apretó contra su torso—. Por cierto, lo de andar con grebas lo tienes dominado pero... ¿cómo vas a esconder a las "pequeñas"?
—Dalmin se ha ocupado de eso. Tendré una estampa tan viril que no me extrañaría si alguna joven dama se enamorase de mí.
—Aha...
   Como de costumbre, el momento de solaz no duró mucho. La cortina que hacía las veces de puerta se descorrió para dar paso a un hombre ataviado con una llamativa túnica y un enorme sombrero picudo. Se plantó frente a la pareja, abriendo los brazos mientras bufaba, como si el motivo de su enfado debiera resultarles evidente.
   Caryn le lanzó una mirada asesina mientras volvía frente al espejo. Bera Jhonnier suspiró. El hecho de haber podido contratar a un auténtico hechicero para interpretar el papel de hechicero le había entusiasmado, hasta que conoció en persona a Kelistar de Juglans.
—Maestro Kelistar, si tiene problemas con el vestuario hable con Dalmin, es él quien...
—¡Ya he hablado con Dalmin! —bramó el mago—.Y ese sastre de tres al cuarto se empeña en ignorarme. Por eso recurro a ti, quien como director de la compañía debería haberse documentado mejor sobre el hecho histórico que se va a representar.
   Bera respiró hondo. Llevaba más de dos meses leyendo todo lo que había encontrado sobre la Batalla del Mivos, donde un antepasado del actual emperador, hacía exactamente trescientos años, había expulsado para siempre a los salvajes letganienses. Una heroica victoria sobre la que existían tantas crónicas, cantares, tapices, cuadros y esculturas que hasta un analfabeto podría documentarse sobre ella. Cuando el emperador recurrió a él para organizar aquella gigantesca recreación, a la que asistirían reyes y embajadores incluso de países abiertamente hostiles, lo pensó detenidamente. Pero no lo suficiente.
—¿Cual es el problema?
—¿Que cual es el problema? Esto es una túnica ceremonial, ¿no lo ves? ¿Qué hechicero en su sano juicio iría a una batalla con una túnica ceremonial?
   Bera respiró más hondo todavía. Era consciente de que aquel fantoche de voz estridente podía reducirle a cenizas en menos de un parpadeo, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para no romperle de un puñetazo su erudita nariz. Estaba harto de hacer concesiones y acatar órdenes. Había consentido que Lehana L´evane, la actriz elfa más veleidosa y pagada de sí misma que había conocido jamás arrebatase a Caryn el papel de emperatriz, porque el no menos engreído y caprichoso emperador era su más ferviente admirador. Había accedido a que los actores, gran parte de los cuales no eran actores sino aldeanos, nobles, mercaderes e incluso auténticos soldados, llevasen espadas auténticas para aportar realismo a la escena. Se había dejado barba, cosa que odiaba, para interpretar al heroico protagonista, y sabía que se estaba jugando su prestigio y el de su compañía en una excentricidad de proporciones épicas.
   Al menos, se consoló, había conseguido sustituir la sangre de cerdo propuesta por el emperador para simular la de los combatientes por seda de color rojo.
—Entiendo lo que me dice, Maestro Kelistar. Pero tenga en cuenta que interpreta a un legendario hechicero...
—¡Fentaran el Bravo! —interrumpió el mago, como si le hubiesen insultado.
—... y lo que el público espera ver es la imagen majestuosa de un archimago con su cayado apuntando al cielo y una túnica ondeando mientras pronuncia palabras arcanas con voz atronadora —concluyó Bera, tan convincente que el ceño de Kelistar se desfrunció un poco.
   Caryn aplaudió discretamente y movió el bigote en gesto de aprobación cuando el hechicero dio media vuelta y se marchó, casi al mismo tiempo que un enano de barba negra entraba en la tienda. El director de la compañía soltó un suspiro de alivio al ver al tramoyista, quien rara vez le daba malas noticias. Pero se puso tenso de nuevo cuando vio el pálido rostro de Kurtic. Incluso su nariz, normalmente roja por la cantidad de cerveza que trasegaba a diario, era un nabo hervido en medio de la cara, y parecía no saber que hacer con las manos, algo insólito en el diligente enano.
—Por todos los dioses de las montañas, Kurtic, dime que no hay problemas con el dragón.
   Kurtic miró alternativamente a Bera y a Caryn, y por último miró fijamente un tapiz que descansaba sobre un baúl, donde podía distinguirse la figura imponente de un dragón alado. Según todas las crónicas, cantares, tapices, cuadros y esculturas, en la Batalla del Mivos había participado un dragón, en el bando del emperador, inclinando la balanza de forma decisiva hacia la victoria. El hábil Kurtic, ayudado por una legión de carpinteros, herreros e incluso un alquimista, había construido una réplica tan impresionante que hasta movía las alas y escupía fuego. Era la viva imagen de Greutakhang, un dragón al que no se había vuelto a ver desde entonces.
—Oh... no, Bera, no hay ningún problema —dijo el tramoyista, vacilante—. Tú mismo viste ayer lo bien que funciona la maquinaria, y lo espectacular que es la carcasa.
—Desde luego. Es la viva imagen de Greutakhang.
—Si... ya. Pero me temo que hay alguien que no opina la mismo.
—¿Quién no opina lo mismo? —preguntó Bera con resignación, oliéndose otra intromisión del emperador o sus consejeros.
—Greutakhang —dijo el enano.




   Desde las gradas que se habían dispuesto sobre las murallas de la ciudad el panorama del Valle del Mivos era inmejorable. Más de un millar de personas, todas ellas nobles o altos funcionarios, contemplaban cómodamente el espectáculo mientras el pueblo se apiñaba a los pies de la muralla, disfrutando tanto o más que sus dirigentes. Los niños, algunos con espadas de madera y plumas de gallina en la cabeza correteaban entre los tenderetes y el olor de las patatas asadas, las manzanas de caramelo y los crujientes buñuelos de hígado típicos de la región, o se encaramaban sobre los hombros de sus padres para no perder detalle del espectáculo.
   El emperador, en un sillón cuyo respaldo sobresalía por encima de los demás, seguía con una sonrisa de satisfacción cada movimiento de las tropas o cada hecho destacable del que se hablaba en los romances que varios juglares repartidos por la muralla cantaban con entusiasmo. Junto al emperador se sentaba el rey Iovaros, monarca de la segunda nación más poderosa del continente, por quien no sentía simpatía alguna y a quien más esperaba impresionar con aquel despliegue teatral.
—¡Oh, ahí está Lehana L´evane¡ Incluso desde esta distancia su belleza sobrecoge —dijo Iovaros.
—Podéis jurarlo. Fue idea mía que interpretase a la emperatriz —afirmó con orgullo el emperador.
   Cuando la batalla se acercaba a su punto álgido pensó que subiría un poco la suma que le había prometido a Bera Jhonnier. Salvo por algunos soldados que no tenían demasiado claro donde caerse muertos y un Capitán de la Guardia Imperial algo afeminado, todo estaba saliendo a la perfección. El dragón se estaba haciendo esperar, pero supuso que el director quería crear expectación, dejar lo mejor para el final.
—¡Ah!¡Ahí está Fentaran el Bravo! —exclamó de nuevo el rey Iovaros—. Mirad como chillan sus enemigos, como si nadie les hubiese dicho que ese fuego mágico es ilusorio.
—Nadie se lo dijo, para aportar realismo a su reacción. Fue idea mía —dijo el emperador.
   La siguiente exclamación del impresionado Iovaros superó en volumen e intensidad a todas las anteriores. Y no fue la única. Los más de mil nobles y altos funcionarios se agitaron en sus asientos cuando una bestia alada sobrevoló el valle del Mivos en su dirección. Ignorando a los ejércitos que fingían luchar, el dragón se posó en la muralla, oscureciendo el sol con sus enormes alas. Su cuello se dobló hacia el emperador, paralizado y lívido, y las terribles fauces se abrieron para dejar caer a sus pies un amasijo de hierros, tablas y engranajes que recordaba vagamente a su propia cabeza.
—Y bien... ¿de quién ha sido la idea? —dijo Greutakhang.
 
*****


 

01 agosto 2012

El castigo.


No son pocos quienes cometen iniquidades convencidos de que obran con rectitud.
Que no vuelvan su rostro hacia mí en busca de piedad pues solo verán en el espejo de mi frente la verdad de su culpa.
(Los Juicios de Haros, 9-IV)


   Aquel era el castigo.
   El rey abrió los ojos de nuevo para contemplar las armaduras de sus guerreros, brillantes como esculturas de plata sobre la hierba oscura del valle. Su propio arnés resplandecía, adornado con el emblema del dios cuyo nombre invocaban todos ellos antes de lanzarse sobre el enemigo. Un dios que no era un padre, ni un creador. Un dios al que llamaban por muchos nombres pero sobre todo por uno: El Juez. La ley ultraterrena dictaba sentencia y el rey era la mano del verdugo.
   Los salvajes también tenían dioses, pensó mientras escrutaba la masa parda al otro lado del valle, hecha de pieles, barbas y ojos hambrientos. Adoraban y ofrecían sacrificios a animales antropomorfos, bestias adornadas con abalorios, alimañas, igual que ellos. Se reproducen como ratas, y como tales debes exterminarlos, decía su padre, y no sin razón. Eran muchos, y ni uno de ellos empuñaba una espada. Garrotes, hachas, guadañas y bieldos.
   El rey había hecho todo lo posible por acabar con la plaga. Incluso más allá de las fronteras de su reino, hasta tierras sin nombre, estepas nevadas e interminables praderas amarillas, habían limpiado las espadas de sus soldados la mancha de una raza que se cubría con el pelaje de sus animales sagrados. Pero allí estaban, en interminables filas de mandíbulas apretadas. 
   La hierba oscura se resquebrajó cuando los cascos de los caballos azotaron el valle, cargando contra la muralla humana erizada de hierro. El rey a la cabeza con su espada en alto, como mandaba El Juez. Ellos corrieron, la mayoría descalzos, al encuentro de la muerte, una vieja conocida. Cuando chocaron el silencio estalló, clavándose sus esquirlas en los oídos de unos y otros.
   A pesar del caos, la espada en la mano del verdugo segaba sin vacilar. La hierba oscura se tornó barro carmesí bajo los cascos de los corceles. Pero por cada salvaje que caía otros dos ocupaban su lugar. El rey no pudo cercenar todas las manos ávidas y ennegrecidas que le agarraban para desmontarlo. Cuando su espalda tocó la tierra el golpe hizo vibrar hasta la última fibra de su cuerpo.
   El cielo, impregnado de nuevo por ese gris macilento y acuoso, fue sustituido por los cuerpos y los rostros angulosos de los bárbaros. Ni uno solo de ellos le miró a los ojos, privándole de cualquier atisbo de humanidad en su agonía. Ninguno pronunció una sola palabra. Pero las armas sí hablaron.
   Tus hombres quemaron mi aldea y nuestros campos.
   Dijo el hacha que se hundió entre las costillas del rey.
   Los tuyos degollaron a mi padre.
   Dijo la maza que aplastó las rodillas del rey.
   Tus soldados violaron a mis hijas.
   Dijo el puñal de hueso que se clavó en el vientre del rey.
   La sangre caliente que fluye de las heridas y derrite las esquirlas gélidas del silencio. Un último estruendo, una luz lejana que parece burlarse y después nada. Oscuridad.
   El rey abrió los ojos para contemplar las armaduras de sus guerreros, brillantes como esculturas de plata. Sentado de nuevo sobre su caballo, al otro lado del valle volvían a buscarle las mismas miradas hambrientas. Garrotes, hachas, incluso guadañas y bieldos. Era la mano del verdugo y El Juez había dictado sentencia.
   Aquel era el castigo.

*****

 


24 julio 2012

El locomóvil.

   Estaba seguro de que los chirridos podían escucharse a varios kilómetros a la redonda, pero una vieja bicicleta era mejor que caminar, sobre todo cuando llevas a la espalda un petate más cargado de lo debido y tu vieja espalda no está acostumbrada a la vida errante propia de un buhonero.
    Los vi cuando, retirando los pies de los pedales, me deslizaba cuesta abajo por lo que parecía un polígono industrial, tan desierto y silencioso como la ciudad que esperaba encontrar poco más adelante. Por eso apreté los frenos a una distancia prudencial y no desmonté de mi oxidado jamelgo.
    Eran dos niños de unos diez años, uno de ellos bastante más alto que el otro. Cargaban sacos de carbón vegetal desde un almacén abandonado hasta una carretilla colocada en la puerta.
Buenos días dije, asegurándome de que una amplia sonrisa fuese visible bajo mi barba entrecana.
    Había aprendido hacía mucho que ganarse el favor de los niños sumaba puntos a la hora de integrarse en un grupo de refugiados (o neocolonos, como los llamaban los más pedantes). El alto se apartó del rostro parte de su desgreñada cabellera castaña, mirándome con evidente sorpresa pero con una total ausencia de miedo, cosa poco habitual entre los hijos de los refugiados, propensos a los terrores nocturnos y a salir corriendo ante la más mínima amenaza.
Buenos días respondió, tieso como un chambelán.
    El bajito apenas me miró, bastante ocupado intentando apilar de forma estable una docena de sacos en una carretilla demasiado pequeña. Les pregunté donde podía encontrar a sus padres, una pregunta delicada teniendo en cuenta la cantidad de huérfanos con los que solía toparme.
¿Quién quiere saberlo, si no es indiscreción?
Me llamo Jacob. Doctor Jacob Arderius.
    Había aprendido hacía mucho que presentarme como médico era el mejor bálsamo para calmar la desconfianza causada por un viajero solitario. Aunque por supuesto, en cada asentamiento, en cada comunidad o grupo, por pequeño que fuese, no faltaba quien desahogase conmigo su resentimiento hacia mi profesión. Era inútil explicarles la verdad: que los microorganismos patógenos mutados por la radiación eran demasiados y demasiado agresivos, que hasta mis colegas más brillantes se habían visto desbordados, que la mayoría habían muerto, que era imposible desarrollar nuevas vacunas y antibióticos en un mundo donde la mayor prioridad era buscar el calor de una hoguera lo más lejos posible de una fosa común.
¿Dr. Arderius? dijo el rapaz melenudo, inclinando la cabeza para buscar mi mirada, absorta en algún punto entre mi nariz y el horizonte. Síganos, si es tan amable.
    Acepté la educada invitación del pequeño caballero y les seguí, llevando la bicicleta por el manillar. A medida que nos acercábamos a la ciudad parecían más animados y habladores, sobre todo el alto, que decía llamarse Daniel y presentó a su compañero como Monty. Averigué que formaban parte de un grupo errante cuyo destino era Colina de San Luis, un refugio habitado por unas dos mil personas y donde, según decían, se habían conseguido progresos en la cría de animales.
    Todos los terrenos y edificios de aquel refugio eran en realidad una finca privada, propiedad de un anciano millonario, uno de los pocos ancianos supervivientes. Un rey bondadoso en su pequeña colina, una figura paternal en la que podían apoyarse quienes necesitaban sentir el resurgimiento de cierto orden social. Un jefe, al fin y al cabo, porque todos los habitantes de Colina de San Luis trabajaban para él. Yo trabajaba para él.
    Tardamos poco más de media hora en llegar a los arrabales de la ciudad. Daniel, sin dar la menor muestra de cansancio, condujo el cargamento hacia un edificio bajo y muy ancho, una vieja estación de tren que no funcionaba como tal desde mucho antes de la pandemia. Junto al pesado portón de entrada podía leerse en una placa dorada y algo mohosa: "Museo del Ferrocarril".
    Pasamos por varias salas enormes, donde descansaban entre la penumbra y las telarañas antiguas locomotoras, vagones, vagonetas y otros exponentes de la imaginería ferroviaria. Al ver los durmientes caballos de hierro y a los niños cargados de carbón caminando junto a ellos pasó por mi mente una idea disparatada que deseché de inmediato. No iba a tardar mucho en comprobar algo: una vez que el mundo entero se ha sacudido como una puñetera bola de cristal llena de agua y nieve falsa ninguna idea es lo bastante disparatada.
    Tras atravesar varias salas salimos de nuevo al aire libre, o casi. Daniel y Monty se detuvieron bajo el soportal de la vieja estación y comenzaron a descargar los sacos cerca del andén, en el cual se hallaba estacionado un vehículo muy parecido a otros que había visto dentro del museo, pero totalmente limpio y perfumado con aceite para motores, disolvente, pintura, y otros aromas propios de un taller mecánico. Cerca del imponente cacharro descansaban dos muchachas, con ropas desgastadas pero bastante limpias. Me miraron con cierto recelo mientras se aproximaban a nosotros, sobre todo la más pequeña, quien no debía haber cumplido todavía los siete años.
Ya era hora. Seguro que os habéis parado otra vez a hacer el tonto en ese parque acuático donde ni siquiera hay agua dijo con cierta severidad la mayor, una adolescente de ojos pequeños y nariz aguileña, poseedora de uno de esos rostros bellos cuya belleza escupe en el ídem de los cánones establecidos.
Un tobogán es un tobogán, seco o mojado replicó Monty.
    Daniel carraspeó y se acercó a mí para presentarme como es debido.
Doctor Arderius, esta es Irene y la pequeña se llama Gloria. Chicas, este es el Doctor Jacob Arderius, quien nos acompañará en nuestro viaje a Colina de San Luis.
    Irene respondió con un discreto suspiro a los ampulosos modales de su camarada.
Eso tendrá que decidirlo Bruno.
    Antes de que pudiese meter baza, una voz potente y alegre se dejó oír en el andén.
No pasa nada, nena. En esta máquina hay sitio de sobra para todos.
    Giré la cabeza hacia la susodicha máquina, buscando el origen de la voz, y vi de pie sobre ella a un joven poco mayor que aquella a la que llamaba "nena". Llevaba un mono de mecánico con manchas de grasa y las mangas recortadas a la altura de los hombros, un cinturón con herramientas y un tupé tan sólido como el metal de los raíles. Parecía un macarra de garaje sacado de un musical de Broadway, impresión a la que contribuía su postura, con un pie apoyado en la chimenea de su vehículo y los brazos en jarras.
Tú debes de ser Bruno dije, aprovechando el momentáneo silencio. Encantado de conocerte.
    Con un par de ágiles saltos el aparente líder del grupo se plantó en el suelo, me estrujó la mano con un enérgico apretón y su blanca sonrisa de galán trasnochado deslumbró a todos los presentes.
Lo mismo digo, Doc.
    Entonces se giró y se acercó a su máquina, invitándome con un gesto a que lo siguiese. Básicamente se trataba de una pequeña locomotora con cuatro grandes ruedas, con un motor a vapor y una plataforma en la parte trasera donde ya habían estibado una docena de sacos de carbón.
Según el cartelito del museo se llama "locomóvil" y tiene más de cien años. Nadie lo diría ¿verdad?
    Miré con aire de experto la caldera, las válvulas pintadas de varios colores, la chimenea y la lamparita de aceite que colgaba en la parte delantera. En aquel momento solo pude pensar que era la más extravagante y hermosa de las máquinas.
Creo que llegaremos a nuestro destino en un par de días, aunque no sé muy bien que velocidad alcanzará decía Bruno, mirando con orgullo su engrasada reliquia.
    Podría haber dicho muchas cosas en aquel momento. Por ejemplo, que aquel carbón para barbacoas no era el más adecuado, o que conseguir más durante el camino no les resultaría tan fácil, o simplemente que aquel cacharro no se movería del sitio. Pero no dije nada de eso.
    Había aprendido hacía mucho que las personas tienden a creerse cualquier cosa que les diga un médico, y por suerte Bruno no era una excepción. Miré a los demás niños, para asegurarme de que no nos escuchaban.
No he dicho nada hasta ahora para no asustar a los pequeños, pero no podemos ir a Colina de San Luis.
¿Qué dice, Doc? He oído que allí reciben a todo el mundo, siempre que esté sano, y que incluso tienen una escuela.
Escúchame. Ayer mismo me crucé con un grupo de errantes que habían pasado cerca hace una semana y me dijeron que ni me acercase. Ha habido un brote.
    La última palabra de mi frase bastó para borrar la imborrable sonrisa del animoso mecánico. Ambos nos quedamos callados, fingiendo que examinábamos minuciosamente el "locomóvil".
Colina de San Luis no es el único refugio del mundo dijo de repente. Seguiremos la carretera hacia el noroeste, y tarde o temprano daremos con alguno parecido, o incluso mejor.
    La sonrisa volvió, se encaramó de nuevo a la chimenea y su voz resonó por todo el silencioso arrabal.
¡Vamos, señores, señoritas y doctores! ¡Recojan su equipaje y suban a bordo!
    Diez minutos después, Irene y Bruno encendieron el fuego de la caldera usando madera de algunos muebles rotos. Daniel añadió el carbón y los demás esperamos, expectantes, casi conteniendo el aliento. La pequeña Gloria tenía los dedos cruzados y Monty miraba boquiabierto como Bruno manipulaba las válvulas y palancas del vehículo.
    Me devanaba los sesos buscando las palabras para consolar a los niños tras su fracaso cuando el primer chorro de vapor accionó los émbolos y las ruedas comenzaron a moverse. Notamos una suave vibración, nos sobresaltó algo parecido a un silbido y toda una sinfonía de sonidos que nadie escuchaba desde hacía más de cien años.
    No me avergüenza reconocer que levanté los brazos y grité de júbilo cuando aquella antigualla comenzó a ganar velocidad, dejando atrás el andén de la estación, a mi oxidada bicicleta y algo más.
    Porque mientras los niños se preparaban para el viaje yo había ido a los servicios con mi petate, con la excusa de asearme. Rodeé el edificio por la parte de atrás, hasta encontrar un contenedor de basura, donde arrojé lo que llevaba oculto entre mis escasas pertenencias: una botella de refresco mezclado con un potente sedante, un pequeño refrigerador con una batería acoplada y los instrumentos necesarios para extirpar un órgano.
    Si mi jefe quería sustituir su débil y podrido corazón por uno más fuerte iba a tener que buscarse otro médico.
 
 
 
*****
 
 

17 julio 2012

El horizonte (microrrelato).


   El viejo sillón parecía haber sido arrastrado por la marea hasta la playa, tan fuera de lugar como el hombre sentado en él. Miraba al horizonte, como siempre, y la línea donde se unían el mar y el cielo le devolvía una mirada indiferente de estatua con el rostro pintado de todos los tonos posibles de azul.
   No escuchó los pasos sobre la arena, detrás del sillón. Alguien le puso la mano en el hombro y las olas se transformaron en pilas de libros y pergaminos, el horizonte en una pared y el cielo en un techo abovedado del cual colgaba un sol diminuto y pálido.
   El anciano mago reconoció la voz de su aprendiz, disolviendo los últimos jirones de la ilusión.
—No va a volver, Maestro.
   Tenía razón. Por más que escrutase el horizonte, como llevaba haciendo durante décadas, nunca volvería.




11 julio 2012

La Muerte Bífida.

   El siguiente relato es un fanfic inspirado en El Elfo Oscuro, de R.A. Salvatore.
Drow Priestess, by Lunaya-Wolf (DevianArt).

 
 
   En la densa oscuridad solamente eran visibles dos puntos rojos moviéndose sin descanso y dos extrañas líneas de luz verdosa trazando a su alrededor curvas y arcos a una velocidad frenética que solo disminuía cuando sus extremos restallaban contra el suelo, las paredes o alguna de las grotescas esculturas que adornaban la cámara, haciendo saltar esquirlas que caían con un suave tintineo.
    La melodía la completaban los silbidos del látigo, la agitada respiración de su portadora y el roce casi inaudible de sus pies contra la losa. De repente la danza roja y verde se detuvo, los pasos felinos se dirigieron a una de las paredes y el globo de oscuridad que sellaba el elegante arco que daba acceso a un pequeño balcón se disipó, dejando entrar en la estancia el resplandor púrpura que bañaba las gárgolas de la fachada.
    Con la negra piel brillante por el sudor y su melena blanca alborotada, la sacerdotisa apoyó las manos en la balaustrada, recuperando el aliento mientras contemplaba el siniestro esplendor de Menzoberranzan. El ciclo de Narbondel había comenzado hacía poco, lo cual significaba que llevaba casi un día entero encerrada en aquella cámara circular, sin comer ni dormir, desahogando su frustración contra estatuas indolentes y aprendiendo a utilizar el extraño duomer de su nueva arma. Porque Sherhim Vael´Zza, primogénita de la casa Vael´Zza, no podía sentirse más frustrada.
    La mayor parte de la ira que tensaba cada músculo de su hermoso cuerpo iba dirigida hacia su progenitora, la Madre Matrona, hacia su actitud desidiosa y falta de ambición. No parecía importarle el hecho de que la casa Vael´Zza no se encontrase siquiera entre las veinte primeras de Menzoberranzan, abstraída casi siempre en sus rezos, rituales y pergaminos, creyéndose una suerte de mística en contacto directo con Lloth.
    Desde luego gozaban del favor de la Reina Araña, o no habrían sobrevivido tantos siglos a las conspiraciones de las casas inferiores, pero la caótica diosa no permitiría por mucho más tiempo el inmovilismo de una casa donde no faltaba talento, como demostraba el hecho de que tanto ella como sus dos hermanas menores eran tres de las sacerdotisas más respetadas en Arach-Tinilith y su único hermano varón un hábil hechicero. Un centenar de soldados y casi el doble de esclavos completaban el poder de una casa que podría derrotar sin problema a muchas de las que se encontraban en puestos superiores del escalafón.
    Sherhim Vael´Zza apretó las mandíbulas cuando un joven soldado atravesó el patio, varios metros por debajo del balcón. No llevaba los pertrechos propios de la guardia, así que debía estar realizando alguna tarea menor o simplemente paseando. La sacerdotisa llamó su atención golpeando la piedra con sus afiladas uñas y le transmitió una sencilla orden en el lenguaje de signos drow, ya que no quería llamar la atención de quien pudiese estar merodeando por las cercanías.
    Mientras el plebeyo se apresuraba a cumplir su encargo ella entró de nuevo en la cámara y desenrolló el látigo de dos colas, mirándolo detenidamente por enésima vez desde que lo encontrase el día anterior, parcialmente enterrado en el discreto bosque de setas gigantes donde solía encontrarse con algunos de sus amantes varones. Saltaba a la vista que no era un arma drow, pero emanaba la misma malicia, la misma magia perversa que animaría un instrumento de muerte y dolor fabricado por la mismísima Lloth. Lo hizo restallar de nuevo, recreándose en los estragos que causaban en la piedra los dos colmillos plateados que remataban ambas colas, y no pudo evitar sentirse invadida por el deseo de ver sus efectos sobre la carne mortal.
    ¿Por qué tardaba tanto aquel estúpido varón? Caminó inquieta por la estancia, haciendo que algunas arañas de diversos tamaños se escondiesen a su paso, trazando de nuevo líneas verdosas en la penumbra destrozó por completo una escultura que representaba a una aberración mitad drow mitad arácnido, presa otra vez del frenesí que en algunos momentos parecía ajeno a ella misma. Todas sus venas palpitaban, todo su cuerpo estaba hambriento.
    Cuando llamaron a la puerta pronunció una breve orden mágica y se abrió con rapidez, dejando al descubierto a un soldado sujetando una bandeja repleta de comida y bebida, con la mirada baja como correspondía a alguien de su clase.
   Pasa.
   La puerta se cerró tras el joven drow sin emitir el más leve sonido. Casi involuntariamente movió a ambos lados la cabeza, extrañado por los fragmentos de piedra desperdigados por el suelo y las arañas que correteaban asustadas de un lado a otro. Incluso se atrevió a levantar los ojos para mirar a la sacerdotisa, quien le contemplaba en el centro de la cámara, y sus manos temblaron.
    Vestida con una túnica corta casi transparente, lo único que cubría realmente su desnudez eran los hilos plateados que trazaban intrincadas telarañas sobre la brillante piel de obsidiana. Empuñando el látigo bífido y con una expresión antinatural donde se mezclaban la furia y el deseo, Sherhim Vael´Zza encarnaba en ese instante toda la belleza y el horror de la Antípoda Oscura. Con un imperceptible movimiento de su mano libre lanzó de nuevo el globo de oscuridad sobre el arco, sumiendo la cámara en la más absoluta negrura.
    En el espectro infrarrojo, el varón pudo ver cómo aumentaba la fosforescencia del singular látigo, y el calor febril que coloreaba el cuerpo de su superior, sobre todo en determinadas zonas. A pesar de su creciente miedo, reparó en que había algo fuera de lugar en las tonalidades del cerebro: algunas áreas parecían casi congeladas mientras que otras brillaban como metal fundido. No tuvo tiempo de meditar sobre el origen de tal anomalía. Un silbido verdoso anunció la mordedura de dos colmillos plateados en su pecho.
    Las finas piezas de artesanía drow se hicieron pedazos contra el suelo, desparramando la comida y algo que debía de ser vino, pero que en las tinieblas no era más que un fluido azulado. Con un enérgico tirón la sacerdotisa obligó a su víctima a arrodillarse, saboreando el aullido de dolor de su subordinado mientras observaba extasiada como la sangre manaba del musculoso torso.
    Caminó hacia él, enrollando con hábiles movimientos de muñeca los tentáculos de cuero en su cuello. La mordedura apenas le dolía, entusiasmado y aterrado a partes iguales ante la perspectiva de convertirse en el nuevo amante de la primogénita de la casa Vael´Zza. Si estaba a la altura, quizá se convirtiese en su favorito, lo cual le haría sin duda ascender entre la soldadesca. Quién sabe, si estaba a la altura quizá incluso saliese con vida de aquella estancia.
    Cuando la sacerdotisa se inclinó sobre su presa, obligándole a tumbarse sobre la pulida piedra, Nessilt ya conocía la respuesta a las preguntas del condenado. El ilita contemplaba con indiferencia como el látigo apretaba cada vez con más fuerza la garganta del joven, lenta pero inexorablemente. Algunas de las arañas, en cambio, se habían acercado a contemplar la escena, preguntándose tal vez si aquella hembra devoraría al macho tras la cópula.
   Nessilt se preguntaba si todas las molestias que se estaba tomando para azuzar a Sherhim contra su propia madre merecerían la pena. Dominar la voluntad de una sacerdotisa drow no era tarea fácil, incluso para un desollador mental tan experto como él. Su repugnante cabeza de pulpo se estremeció durante un instante cuando la mismísima Reina Araña irrumpió en su mente.
   "Obtendrás lo que deseas, amigo mío, si yo obtengo lo que deseo."
   Contagiado por la perversidad de la diosa, el ilita encendió un tenue fuego fatuo y permitió que el soldado le viese en el espectro de luz normal, contemplando sus últimos estertores, dejando que sus enormes ojos lechosos fuesen lo último que mirase antes de quedar inmóvil bajo el extasiado cuerpo de su ejecutora, quien no podía verle debido al bloqueo mental al que la sometía y al estado de trance en que se hallaba.
   Retorciéndose de placer sobre el cuerpo inmóvil del plebeyo, Sherhim Vael´Zza se sentía más poderosa que la misma Lloth. Cuando las lenguas de fuego verde restallaron de nuevo, iluminando por un momento toda la cámara, lanzó un penetrante grito de guerra, espantando a las arañas e inquietando incluso al ilita.
   El destino de la Madre Matrona estaba sellado. Antes de que Narbondel completase otro ciclo Sherhim y sus colmillos de plata gobernarían la casa Vael´Zza.
 
 
 *****