24 julio 2012

El locomóvil.

   Estaba seguro de que los chirridos podían escucharse a varios kilómetros a la redonda, pero una vieja bicicleta era mejor que caminar, sobre todo cuando llevas a la espalda un petate más cargado de lo debido y tu vieja espalda no está acostumbrada a la vida errante propia de un buhonero.
    Los vi cuando, retirando los pies de los pedales, me deslizaba cuesta abajo por lo que parecía un polígono industrial, tan desierto y silencioso como la ciudad que esperaba encontrar poco más adelante. Por eso apreté los frenos a una distancia prudencial y no desmonté de mi oxidado jamelgo.
    Eran dos niños de unos diez años, uno de ellos bastante más alto que el otro. Cargaban sacos de carbón vegetal desde un almacén abandonado hasta una carretilla colocada en la puerta.
Buenos días dije, asegurándome de que una amplia sonrisa fuese visible bajo mi barba entrecana.
    Había aprendido hacía mucho que ganarse el favor de los niños sumaba puntos a la hora de integrarse en un grupo de refugiados (o neocolonos, como los llamaban los más pedantes). El alto se apartó del rostro parte de su desgreñada cabellera castaña, mirándome con evidente sorpresa pero con una total ausencia de miedo, cosa poco habitual entre los hijos de los refugiados, propensos a los terrores nocturnos y a salir corriendo ante la más mínima amenaza.
Buenos días respondió, tieso como un chambelán.
    El bajito apenas me miró, bastante ocupado intentando apilar de forma estable una docena de sacos en una carretilla demasiado pequeña. Les pregunté donde podía encontrar a sus padres, una pregunta delicada teniendo en cuenta la cantidad de huérfanos con los que solía toparme.
¿Quién quiere saberlo, si no es indiscreción?
Me llamo Jacob. Doctor Jacob Arderius.
    Había aprendido hacía mucho que presentarme como médico era el mejor bálsamo para calmar la desconfianza causada por un viajero solitario. Aunque por supuesto, en cada asentamiento, en cada comunidad o grupo, por pequeño que fuese, no faltaba quien desahogase conmigo su resentimiento hacia mi profesión. Era inútil explicarles la verdad: que los microorganismos patógenos mutados por la radiación eran demasiados y demasiado agresivos, que hasta mis colegas más brillantes se habían visto desbordados, que la mayoría habían muerto, que era imposible desarrollar nuevas vacunas y antibióticos en un mundo donde la mayor prioridad era buscar el calor de una hoguera lo más lejos posible de una fosa común.
¿Dr. Arderius? dijo el rapaz melenudo, inclinando la cabeza para buscar mi mirada, absorta en algún punto entre mi nariz y el horizonte. Síganos, si es tan amable.
    Acepté la educada invitación del pequeño caballero y les seguí, llevando la bicicleta por el manillar. A medida que nos acercábamos a la ciudad parecían más animados y habladores, sobre todo el alto, que decía llamarse Daniel y presentó a su compañero como Monty. Averigué que formaban parte de un grupo errante cuyo destino era Colina de San Luis, un refugio habitado por unas dos mil personas y donde, según decían, se habían conseguido progresos en la cría de animales.
    Todos los terrenos y edificios de aquel refugio eran en realidad una finca privada, propiedad de un anciano millonario, uno de los pocos ancianos supervivientes. Un rey bondadoso en su pequeña colina, una figura paternal en la que podían apoyarse quienes necesitaban sentir el resurgimiento de cierto orden social. Un jefe, al fin y al cabo, porque todos los habitantes de Colina de San Luis trabajaban para él. Yo trabajaba para él.
    Tardamos poco más de media hora en llegar a los arrabales de la ciudad. Daniel, sin dar la menor muestra de cansancio, condujo el cargamento hacia un edificio bajo y muy ancho, una vieja estación de tren que no funcionaba como tal desde mucho antes de la pandemia. Junto al pesado portón de entrada podía leerse en una placa dorada y algo mohosa: "Museo del Ferrocarril".
    Pasamos por varias salas enormes, donde descansaban entre la penumbra y las telarañas antiguas locomotoras, vagones, vagonetas y otros exponentes de la imaginería ferroviaria. Al ver los durmientes caballos de hierro y a los niños cargados de carbón caminando junto a ellos pasó por mi mente una idea disparatada que deseché de inmediato. No iba a tardar mucho en comprobar algo: una vez que el mundo entero se ha sacudido como una puñetera bola de cristal llena de agua y nieve falsa ninguna idea es lo bastante disparatada.
    Tras atravesar varias salas salimos de nuevo al aire libre, o casi. Daniel y Monty se detuvieron bajo el soportal de la vieja estación y comenzaron a descargar los sacos cerca del andén, en el cual se hallaba estacionado un vehículo muy parecido a otros que había visto dentro del museo, pero totalmente limpio y perfumado con aceite para motores, disolvente, pintura, y otros aromas propios de un taller mecánico. Cerca del imponente cacharro descansaban dos muchachas, con ropas desgastadas pero bastante limpias. Me miraron con cierto recelo mientras se aproximaban a nosotros, sobre todo la más pequeña, quien no debía haber cumplido todavía los siete años.
Ya era hora. Seguro que os habéis parado otra vez a hacer el tonto en ese parque acuático donde ni siquiera hay agua dijo con cierta severidad la mayor, una adolescente de ojos pequeños y nariz aguileña, poseedora de uno de esos rostros bellos cuya belleza escupe en el ídem de los cánones establecidos.
Un tobogán es un tobogán, seco o mojado replicó Monty.
    Daniel carraspeó y se acercó a mí para presentarme como es debido.
Doctor Arderius, esta es Irene y la pequeña se llama Gloria. Chicas, este es el Doctor Jacob Arderius, quien nos acompañará en nuestro viaje a Colina de San Luis.
    Irene respondió con un discreto suspiro a los ampulosos modales de su camarada.
Eso tendrá que decidirlo Bruno.
    Antes de que pudiese meter baza, una voz potente y alegre se dejó oír en el andén.
No pasa nada, nena. En esta máquina hay sitio de sobra para todos.
    Giré la cabeza hacia la susodicha máquina, buscando el origen de la voz, y vi de pie sobre ella a un joven poco mayor que aquella a la que llamaba "nena". Llevaba un mono de mecánico con manchas de grasa y las mangas recortadas a la altura de los hombros, un cinturón con herramientas y un tupé tan sólido como el metal de los raíles. Parecía un macarra de garaje sacado de un musical de Broadway, impresión a la que contribuía su postura, con un pie apoyado en la chimenea de su vehículo y los brazos en jarras.
Tú debes de ser Bruno dije, aprovechando el momentáneo silencio. Encantado de conocerte.
    Con un par de ágiles saltos el aparente líder del grupo se plantó en el suelo, me estrujó la mano con un enérgico apretón y su blanca sonrisa de galán trasnochado deslumbró a todos los presentes.
Lo mismo digo, Doc.
    Entonces se giró y se acercó a su máquina, invitándome con un gesto a que lo siguiese. Básicamente se trataba de una pequeña locomotora con cuatro grandes ruedas, con un motor a vapor y una plataforma en la parte trasera donde ya habían estibado una docena de sacos de carbón.
Según el cartelito del museo se llama "locomóvil" y tiene más de cien años. Nadie lo diría ¿verdad?
    Miré con aire de experto la caldera, las válvulas pintadas de varios colores, la chimenea y la lamparita de aceite que colgaba en la parte delantera. En aquel momento solo pude pensar que era la más extravagante y hermosa de las máquinas.
Creo que llegaremos a nuestro destino en un par de días, aunque no sé muy bien que velocidad alcanzará decía Bruno, mirando con orgullo su engrasada reliquia.
    Podría haber dicho muchas cosas en aquel momento. Por ejemplo, que aquel carbón para barbacoas no era el más adecuado, o que conseguir más durante el camino no les resultaría tan fácil, o simplemente que aquel cacharro no se movería del sitio. Pero no dije nada de eso.
    Había aprendido hacía mucho que las personas tienden a creerse cualquier cosa que les diga un médico, y por suerte Bruno no era una excepción. Miré a los demás niños, para asegurarme de que no nos escuchaban.
No he dicho nada hasta ahora para no asustar a los pequeños, pero no podemos ir a Colina de San Luis.
¿Qué dice, Doc? He oído que allí reciben a todo el mundo, siempre que esté sano, y que incluso tienen una escuela.
Escúchame. Ayer mismo me crucé con un grupo de errantes que habían pasado cerca hace una semana y me dijeron que ni me acercase. Ha habido un brote.
    La última palabra de mi frase bastó para borrar la imborrable sonrisa del animoso mecánico. Ambos nos quedamos callados, fingiendo que examinábamos minuciosamente el "locomóvil".
Colina de San Luis no es el único refugio del mundo dijo de repente. Seguiremos la carretera hacia el noroeste, y tarde o temprano daremos con alguno parecido, o incluso mejor.
    La sonrisa volvió, se encaramó de nuevo a la chimenea y su voz resonó por todo el silencioso arrabal.
¡Vamos, señores, señoritas y doctores! ¡Recojan su equipaje y suban a bordo!
    Diez minutos después, Irene y Bruno encendieron el fuego de la caldera usando madera de algunos muebles rotos. Daniel añadió el carbón y los demás esperamos, expectantes, casi conteniendo el aliento. La pequeña Gloria tenía los dedos cruzados y Monty miraba boquiabierto como Bruno manipulaba las válvulas y palancas del vehículo.
    Me devanaba los sesos buscando las palabras para consolar a los niños tras su fracaso cuando el primer chorro de vapor accionó los émbolos y las ruedas comenzaron a moverse. Notamos una suave vibración, nos sobresaltó algo parecido a un silbido y toda una sinfonía de sonidos que nadie escuchaba desde hacía más de cien años.
    No me avergüenza reconocer que levanté los brazos y grité de júbilo cuando aquella antigualla comenzó a ganar velocidad, dejando atrás el andén de la estación, a mi oxidada bicicleta y algo más.
    Porque mientras los niños se preparaban para el viaje yo había ido a los servicios con mi petate, con la excusa de asearme. Rodeé el edificio por la parte de atrás, hasta encontrar un contenedor de basura, donde arrojé lo que llevaba oculto entre mis escasas pertenencias: una botella de refresco mezclado con un potente sedante, un pequeño refrigerador con una batería acoplada y los instrumentos necesarios para extirpar un órgano.
    Si mi jefe quería sustituir su débil y podrido corazón por uno más fuerte iba a tener que buscarse otro médico.
 
 
 
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17 julio 2012

El horizonte (microrrelato).


   El viejo sillón parecía haber sido arrastrado por la marea hasta la playa, tan fuera de lugar como el hombre sentado en él. Miraba al horizonte, como siempre, y la línea donde se unían el mar y el cielo le devolvía una mirada indiferente de estatua con el rostro pintado de todos los tonos posibles de azul.
   No escuchó los pasos sobre la arena, detrás del sillón. Alguien le puso la mano en el hombro y las olas se transformaron en pilas de libros y pergaminos, el horizonte en una pared y el cielo en un techo abovedado del cual colgaba un sol diminuto y pálido.
   El anciano mago reconoció la voz de su aprendiz, disolviendo los últimos jirones de la ilusión.
—No va a volver, Maestro.
   Tenía razón. Por más que escrutase el horizonte, como llevaba haciendo durante décadas, nunca volvería.




11 julio 2012

La Muerte Bífida.

   El siguiente relato es un fanfic inspirado en El Elfo Oscuro, de R.A. Salvatore.
Drow Priestess, by Lunaya-Wolf (DevianArt).

 
 
   En la densa oscuridad solamente eran visibles dos puntos rojos moviéndose sin descanso y dos extrañas líneas de luz verdosa trazando a su alrededor curvas y arcos a una velocidad frenética que solo disminuía cuando sus extremos restallaban contra el suelo, las paredes o alguna de las grotescas esculturas que adornaban la cámara, haciendo saltar esquirlas que caían con un suave tintineo.
    La melodía la completaban los silbidos del látigo, la agitada respiración de su portadora y el roce casi inaudible de sus pies contra la losa. De repente la danza roja y verde se detuvo, los pasos felinos se dirigieron a una de las paredes y el globo de oscuridad que sellaba el elegante arco que daba acceso a un pequeño balcón se disipó, dejando entrar en la estancia el resplandor púrpura que bañaba las gárgolas de la fachada.
    Con la negra piel brillante por el sudor y su melena blanca alborotada, la sacerdotisa apoyó las manos en la balaustrada, recuperando el aliento mientras contemplaba el siniestro esplendor de Menzoberranzan. El ciclo de Narbondel había comenzado hacía poco, lo cual significaba que llevaba casi un día entero encerrada en aquella cámara circular, sin comer ni dormir, desahogando su frustración contra estatuas indolentes y aprendiendo a utilizar el extraño duomer de su nueva arma. Porque Sherhim Vael´Zza, primogénita de la casa Vael´Zza, no podía sentirse más frustrada.
    La mayor parte de la ira que tensaba cada músculo de su hermoso cuerpo iba dirigida hacia su progenitora, la Madre Matrona, hacia su actitud desidiosa y falta de ambición. No parecía importarle el hecho de que la casa Vael´Zza no se encontrase siquiera entre las veinte primeras de Menzoberranzan, abstraída casi siempre en sus rezos, rituales y pergaminos, creyéndose una suerte de mística en contacto directo con Lloth.
    Desde luego gozaban del favor de la Reina Araña, o no habrían sobrevivido tantos siglos a las conspiraciones de las casas inferiores, pero la caótica diosa no permitiría por mucho más tiempo el inmovilismo de una casa donde no faltaba talento, como demostraba el hecho de que tanto ella como sus dos hermanas menores eran tres de las sacerdotisas más respetadas en Arach-Tinilith y su único hermano varón un hábil hechicero. Un centenar de soldados y casi el doble de esclavos completaban el poder de una casa que podría derrotar sin problema a muchas de las que se encontraban en puestos superiores del escalafón.
    Sherhim Vael´Zza apretó las mandíbulas cuando un joven soldado atravesó el patio, varios metros por debajo del balcón. No llevaba los pertrechos propios de la guardia, así que debía estar realizando alguna tarea menor o simplemente paseando. La sacerdotisa llamó su atención golpeando la piedra con sus afiladas uñas y le transmitió una sencilla orden en el lenguaje de signos drow, ya que no quería llamar la atención de quien pudiese estar merodeando por las cercanías.
    Mientras el plebeyo se apresuraba a cumplir su encargo ella entró de nuevo en la cámara y desenrolló el látigo de dos colas, mirándolo detenidamente por enésima vez desde que lo encontrase el día anterior, parcialmente enterrado en el discreto bosque de setas gigantes donde solía encontrarse con algunos de sus amantes varones. Saltaba a la vista que no era un arma drow, pero emanaba la misma malicia, la misma magia perversa que animaría un instrumento de muerte y dolor fabricado por la mismísima Lloth. Lo hizo restallar de nuevo, recreándose en los estragos que causaban en la piedra los dos colmillos plateados que remataban ambas colas, y no pudo evitar sentirse invadida por el deseo de ver sus efectos sobre la carne mortal.
    ¿Por qué tardaba tanto aquel estúpido varón? Caminó inquieta por la estancia, haciendo que algunas arañas de diversos tamaños se escondiesen a su paso, trazando de nuevo líneas verdosas en la penumbra destrozó por completo una escultura que representaba a una aberración mitad drow mitad arácnido, presa otra vez del frenesí que en algunos momentos parecía ajeno a ella misma. Todas sus venas palpitaban, todo su cuerpo estaba hambriento.
    Cuando llamaron a la puerta pronunció una breve orden mágica y se abrió con rapidez, dejando al descubierto a un soldado sujetando una bandeja repleta de comida y bebida, con la mirada baja como correspondía a alguien de su clase.
   Pasa.
   La puerta se cerró tras el joven drow sin emitir el más leve sonido. Casi involuntariamente movió a ambos lados la cabeza, extrañado por los fragmentos de piedra desperdigados por el suelo y las arañas que correteaban asustadas de un lado a otro. Incluso se atrevió a levantar los ojos para mirar a la sacerdotisa, quien le contemplaba en el centro de la cámara, y sus manos temblaron.
    Vestida con una túnica corta casi transparente, lo único que cubría realmente su desnudez eran los hilos plateados que trazaban intrincadas telarañas sobre la brillante piel de obsidiana. Empuñando el látigo bífido y con una expresión antinatural donde se mezclaban la furia y el deseo, Sherhim Vael´Zza encarnaba en ese instante toda la belleza y el horror de la Antípoda Oscura. Con un imperceptible movimiento de su mano libre lanzó de nuevo el globo de oscuridad sobre el arco, sumiendo la cámara en la más absoluta negrura.
    En el espectro infrarrojo, el varón pudo ver cómo aumentaba la fosforescencia del singular látigo, y el calor febril que coloreaba el cuerpo de su superior, sobre todo en determinadas zonas. A pesar de su creciente miedo, reparó en que había algo fuera de lugar en las tonalidades del cerebro: algunas áreas parecían casi congeladas mientras que otras brillaban como metal fundido. No tuvo tiempo de meditar sobre el origen de tal anomalía. Un silbido verdoso anunció la mordedura de dos colmillos plateados en su pecho.
    Las finas piezas de artesanía drow se hicieron pedazos contra el suelo, desparramando la comida y algo que debía de ser vino, pero que en las tinieblas no era más que un fluido azulado. Con un enérgico tirón la sacerdotisa obligó a su víctima a arrodillarse, saboreando el aullido de dolor de su subordinado mientras observaba extasiada como la sangre manaba del musculoso torso.
    Caminó hacia él, enrollando con hábiles movimientos de muñeca los tentáculos de cuero en su cuello. La mordedura apenas le dolía, entusiasmado y aterrado a partes iguales ante la perspectiva de convertirse en el nuevo amante de la primogénita de la casa Vael´Zza. Si estaba a la altura, quizá se convirtiese en su favorito, lo cual le haría sin duda ascender entre la soldadesca. Quién sabe, si estaba a la altura quizá incluso saliese con vida de aquella estancia.
    Cuando la sacerdotisa se inclinó sobre su presa, obligándole a tumbarse sobre la pulida piedra, Nessilt ya conocía la respuesta a las preguntas del condenado. El ilita contemplaba con indiferencia como el látigo apretaba cada vez con más fuerza la garganta del joven, lenta pero inexorablemente. Algunas de las arañas, en cambio, se habían acercado a contemplar la escena, preguntándose tal vez si aquella hembra devoraría al macho tras la cópula.
   Nessilt se preguntaba si todas las molestias que se estaba tomando para azuzar a Sherhim contra su propia madre merecerían la pena. Dominar la voluntad de una sacerdotisa drow no era tarea fácil, incluso para un desollador mental tan experto como él. Su repugnante cabeza de pulpo se estremeció durante un instante cuando la mismísima Reina Araña irrumpió en su mente.
   "Obtendrás lo que deseas, amigo mío, si yo obtengo lo que deseo."
   Contagiado por la perversidad de la diosa, el ilita encendió un tenue fuego fatuo y permitió que el soldado le viese en el espectro de luz normal, contemplando sus últimos estertores, dejando que sus enormes ojos lechosos fuesen lo último que mirase antes de quedar inmóvil bajo el extasiado cuerpo de su ejecutora, quien no podía verle debido al bloqueo mental al que la sometía y al estado de trance en que se hallaba.
   Retorciéndose de placer sobre el cuerpo inmóvil del plebeyo, Sherhim Vael´Zza se sentía más poderosa que la misma Lloth. Cuando las lenguas de fuego verde restallaron de nuevo, iluminando por un momento toda la cámara, lanzó un penetrante grito de guerra, espantando a las arañas e inquietando incluso al ilita.
   El destino de la Madre Matrona estaba sellado. Antes de que Narbondel completase otro ciclo Sherhim y sus colmillos de plata gobernarían la casa Vael´Zza.
 
 
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06 julio 2012

El primer emperador de Dalgros.



   El aprendiz levantó la lámpara para iluminar la parte superior del friso, aquella que estaba menos dañada por las inundaciones que habían tenido lugar en el valle unos dos siglos atrás.
    Era la primera vez que contemplaba los toscos bajorrelieves del Palacio del Norte, y tuvo que esforzarse para que el maestro no percibiese la decepción en su rostro imberbe. Las tallas hechas por los artesanos dalgrinios hacía unos dos mil trescientos años, además de estar erosionadas, agrietadas y cubiertas de musgo y hongos, eran una tortura para alguien con un mínimo de sensibilidad artística.
    No podía achacar su tosquedad, simpleza y falta de armonía estética a su antigüedad, ya que había visto obras de arte de periodos históricos anteriores que cortaban la respiración, como las espléndidas esculturas en el Templo de Wasda, los espectaculares mosaicos del Alcázar Rojo en Nalos o las construcciones megalíticas de El Lax, imponentes pero extrañamente gráciles.
    Las formas de los bajorrelieves se volvieron más nítidas cuando una segunda lámpara se acercó balanceándose. A pesar de que el agua le llegaba hasta las rodillas, pues en aquella época del año las crecidas del río inundaban las grutas del ruinoso palacio, el viejo maestro no se quejaba del reuma, como era habitual.
    Soltó un gruñido de satisfacción al llegar junto a su aprendiz y contemplar el friso.
—No es una obra hermosa, desde luego.
—En absoluto —afirmó el joven, aliviado por la coincidencia de opiniones.
—Sin embargo —prosiguió el anciano—, es una fuente inestimable sobre los orígenes del Imperio Dalgrinio.
    Ambos contemplaron las losas de piedra tallada durante no poco rato, examinando con ojo experto cada una de las figuras representadas. En una de las partes mejor conservadas, debido tal vez a su mayor altura, el aprendiz percibió un detalle algo desconcertante. Si bien sus creadores no habían sido hábiles en otros muchos aspectos, si consiguieron mantener las proporciones anatómicas en las figuras humanas, pero uno de los jinetes montados sobre su espantoso caballo, uno que destacaba entre los demás, portador de innumerables abalorios y un curioso yelmo, había sido representado con las piernas ridículamente pequeñas y delgadas.
    El aprendiz señaló el detalle, acercando la luz todo lo posible, y antes de que pudiese formular pregunta alguna su maestro habló:
—Veo que has reconocido a Herialis Yurlun, primer emperador de Dalgros.
    El joven dio un respingo. Más que por la inesperada revelación porque algo le había pasado nadando entre las pantorrillas. Si aquel era Herialis Yurlun, una figura casi legendaria cuya fortaleza de carácter y severidad a la hora de imponer castigos no era menos legendaria el artesano que hubiese cometido tal error al esculpir sus piernas no habría encontrado el mejor de los destinos. Si es que se trataba de un error.
    El anciano carraspeó. Hasta entonces nunca le había hablado del primer emperador, salvo alguna breve referencia más mitológica que histórica, y al aprendiz no le costó adivinar que lo había llevado a aquel lugar precisamente para hablarle de Herialis Yurlun.
—Muchos piensan que el mayor imperio que existió en Nuithane tuvo su origen en el centro del continente, expandiéndose alrededor de la todavía existente ciudad de Dalgros, pero no es así —comenzó el maestro, con el tono pausado y conciso que solía utilizar en sus clases—. El origen del Imperio hay que buscarlo en lo que hoy llamamos Señoríos del Sudoeste, concretamente en Hulvane, comarca donde se encuentran las mayores marismas del continente.
    El aprendiz no pudo disimular su extrañeza. Aquel rompecabezas de pequeños territorios virtualmente independientes al que llamaban Señoríos del Sudoeste había sido la primera región perdida por el Imperio, casi un siglo antes de su caída. Nadie que hubiese visitado las ciudades y pueblos sureños, conocido sus costumbres y creencias, pensaría que allí se encontraba el origen del imperio más vasto conocido hasta entonces.
—En aquellos tiempos, hace dos mil cuatrocientos años, el sur no era muy distinto, en cuanto a su configuración política, de como es en nuestros tiempos —continuó el anciano—. Se dividía en pequeños reinos, y en aquel que más tarde se convertiría en el Señorío de Hulvane reinaba Jennel II, un monarca aficionado a tres cosas: las mujeres, los animales exóticos y viajar a lugares lejanos, de los cuales casi siempre traía mujeres bellas y animales extraños, o viceversa.
    Los chistes del viejo maestro no solían tener mucha gracia, pero el joven sonrió por cortesía y se esforzó por ignorar a una pequeña criatura que chapoteaba a poca distancia, tal vez una rata acuática o una rana.
—De uno de sus viajes a las islas del oeste Jennel II trajo consigo una cría de serpiente que no tenía en su colección, una cría que se escapó y desapareció en las marismas, una cría de la que el rey no sabía que era una cría, y que creció hasta alcanzar un tamaño nada despreciable.
    "Durante los años siguientes se produjeron en las marismas varias desapariciones de niños, todos hijos de los campesinos que cultivaban arroz en aquellas húmedas tierras y el rey, que no era un estúpido, dedujo que tenían algo que ver con su desaparecida mascota. Así que, temiendo que la verdad saliese a la luz y el pueblo le culpase, difundió un rumor: en las marismas habitaba una yandama, una de esas criaturas que pueblan las supersticiones sureñas, en este caso un demonio con forma de mujer, de largos cabellos negros y terribles fauces, que engulle niños y doncellas que se adentran en parajes solitarios para prolongar así su maligna existencia.
    "Sobra decir que los ignorantes campesinos creyeron la historia de la yandama, y en adelante pusieron más cuidado en que sus retoños no andasen solos por las marismas, lo cual dejó a la serpiente sin su principal fuente de alimento. Así que el hambriento animal se volvió más intrépido y una mañana, una aldeana que se disponía a dar el pecho a su hijo, se encontró en su lugar al enorme animal, saciado y enroscado sobre sí mismo en la habitación de la humilde vivienda.
    "Los gritos de la angustiada madre debieron escucharse en toda la aldea, pues no tardó mucho en presentarse en la casa un vecino, quien con una simple hoz decapitó al adormilado ofidio y le abrió el vientre, rescatando al niño.
—¿Y estaba vivo?
    El aprendiz sabía que su maestro odiaba que le interrumpiesen, pero no se esperaba una historia como aquella y estaba completamente atrapado, como un niño que escucha un cuento. Por suerte el maestro no se enfadó esta vez, sino que asintió lentamente, con solemnidad, dando a entender la importancia del hecho.
—El niño, llamado Fanne, sobrevivió a tan terrible experiencia, pero no salió ileso. Al engullirlo la serpiente le rompió casi todos los huesos del cuerpo, y aunque el rey finalmente asumió su culpa y le procuró los cuidados de su propio médico, Fanne no creció como un niño normal. Sus piernas no llegaron a curarse del todo y no se desarrollaron bien, quedando más cortas y débiles de lo normal. Sin embargo, como si la naturaleza hubiese querido compensarle, su torso y sus brazos adquirieron una fuerza enorme. Supongo, mi joven alumno, que ya habrás adivinado en quien se convertirá ese niño llamado Fanne.
   El joven alumno asintió, mirando de nuevo la tosca talla del friso. El anciano también clavó en ella sus penetrantes ojos grises, que a la luz ambarina de las lámparas brillaban como oro fundido.
—Poco después de que Fanne llegase a la edad adulta el reino de Fentes, que por aquel entonces se extendía hasta las fronteras de Hulvane, inició una campaña para apoderarse de todo el sudoeste. Jennel II se unió a la alianza formada por los más de quince pequeños reinos para frenar a los agresivos fentianos, y Fanne, en cuyo cuerpo contrahecho latía el corazón de un guerrero, se presentó voluntario para luchar.
—¡Pero fue rechazado! —interrumpió de nuevo el joven, entusiasmado por poder aportar algo a la narración—. No se si lo recuerda, maestro, pero suspendí mi primer examen de acceso a la academia.
—Claro que lo recuerdo. Fui yo quien te suspendí —dijo lacónicamente el maestro.
—Cuando volví a casa, abatido por mi fracaso, mi abuelo intentó consolarme diciéndome que Herialis Yurlun, el más poderoso guerrero que ha pisado Nuithane, fue rechazado por el ejército.
—Y tu abuelo no se equivocaba. Cuando los reclutadores vieron a Fanne , un joven fuerte y bravo pero que andaba con dificultad y no podía correr, lo mandaron a casa, y con razón. Pero, al igual que tú, no se resignó.
   "Ese mismo día robó un caballo y se presentó de nuevo ante los oficiales, armado con una lanza. Señaló un árbol que se encontraba a una distancia tal que incluso el más fornido de los guerreros hulvany no lo habría siquiera alcanzado. Fanne lanzó su arma, y atravesó el árbol de parte a parte, partiéndolo en dos. Los demás soldados lo aclamaron de tal forma que los reclutadores no tuvieron más remedio que aceptarlo entre sus filas, e incluso el legítimo dueño del caballo le perdonó su delito y le regaló el animal, un animal que fue sus piernas durante la larga campaña militar en la que se ganó el nombre de Hieralis Yurlun, en la antigua lengua dalgrinia...
—¿Hombre Caballo Nacido de una Serpiente?
—Correcto. Y te he dicho un millón de veces que no respondas haciendo una pregunta.
—Disculpe, maestro —dijo el aprendiz—. ¿Continuamos?
—Continuemos. Está anocheciendo y este maldito reuma está empezando a molestarme.
Las lámparas se movieron por la gruta inundada, dejando de nuevo el friso oculto por las sombras. Algo chapoteó al paso del aprendiz y el maestro, tal vez una rata acuática o una rana.

 
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02 julio 2012

El wiour.

 
 
   En la pequeña cocina de la posada, la mujer se movía con esa mezcla de maestría y desgana propia de quien lleva muchos años en un oficio. En la mesa de trabajo se amontonaban los ingredientes de lo que sería el desayuno de un numeroso grupo de leñadores, jornaleros, y algún que otro mercader que aún dormía en las habitaciones, sobre la cabeza de la cocinera.
   El Sol comenzaba a teñir de verde las negras coníferas de los alrededores, arrancando también algún destello dorado a las suculentas uvas que lo contemplaban desde un cuenco cerca de la ventana. A intervalos más o menos regulares, la mujer frotaba una de sus manos contra el delantal manchado de harina y manteca, arrancaba uno de los frutos de su racimo y se lo comía. Cuando se disponía a hacerlo por sexta vez su mano no llegó hasta el cuenco. Retrocedió hasta el fondo de la cocina tan precipitadamente que casi se cae de espaldas al tropezar con un saco de cebollas, con los ojos clavados en la ventana abierta y en la criatura que la miraba desde allí.
   Era el ave más extraña que aquella mujer había visto en sus casi cincuenta inviernos de vida. Algo más grande que una cigüeña, con un pico casi tan largo y más afilado, su plumaje era de un azul intenso que se aclaraba hasta volverse blanco en los extremos de las alas. Lucía además un enmarañado penacho de finas plumas blancas sobre la cabeza y su largo cuello se curvaba como el de un cisne, aunque sin la elegancia propia de aquella especie, lo cual unido a sus largas y nudosas patas le daban un aspecto desgarbado, casi ridículo. Pero lo más singular de aquel pájaro eran sus ojos, grandes y saltones, provistos de cinco pupilas concéntricas de distintos colores que cambiaban de tamaño sin cesar.
   Miró a la cocinera sin mucho interés, enganchó unos cuantos racimos de uvas con el pico, dejando el cuenco casi vacío, y se fue por donde había venido. La mujer gritó.
   En el comedor de la posada, vacío y silencioso, las mesas esperaban en la penumbra a sus ocupantes. La chimenea había permanecido encendida toda la noche y las brasas aún iluminaban los aledaños, donde era visible un bulto parduzco. Una puerta se abrió en alguna parte y un hombre cruzó la amplia estancia a grandes zancadas, frotándose los ojos somnolientos. Cuando llegó junto al bulto pateó el suelo con fuerza, haciendo retumbar el suelo de madera.
—¡Despierta! —gritó, arrepintiéndose de inmediato al recordar que la mayoría de sus huéspedes dormían.
   El bulto se agitó perezosamente, la pequeña manta marrón se movió y unos ojillos brillantes miraron al posadero.
—¿Qué es lo que pasa? No recuerdo haberte dicho que me despertases.
—Pasa que tu pajarraco me ha robado comida, y casi mata a mi mujer —susurró con furia el hombre.
   La manta se apartó del todo y el ocupante del lecho se puso en pie. Era un hombrecillo de apenas un codo de estatura, robusto y algo rollizo. Solamente vestía unos pantalones remangados hasta las rodillas, aunque no se podía decir que fuese desnudo de cintura para arriba, ya que una barba tan negra como espesa le caía hasta la cintura, y una melena de igual color le cubría la espalda.
   Aquel posadero había conocido algunos gnomos a lo largo de su vida, todos individuos pulcros y bastante reservados, pero ninguno con aquel aspecto asilvestrado, ninguno que se hubiese pasado casi toda la noche bebiendo y cantando con sus parroquianos habituales. Decía llamarse Kroden, del Clan de la Arcilla, y su anfitrión empezaba a arrepentirse de no haberle obligado a pagar por adelantado.
—¿De que pájaro hablas? —preguntó el gnomo entre bostezos.
—!No disimules¡ Te vieron llegar montado a lomos de ese engendro azul.
   El gnomo suspiró resignado y se encogió de hombros.
—Está bien… Te pagaré lo que ha robado, pero dudo mucho que Garadiar haya atacado a tu mujer, a no ser que ella atacase primero o le llamase "engendro azul".
   El hombre resopló, mirando a su pequeño interlocutor con desconfianza.
—Me ha robado una buena cantidad de uvas, y por si acaso has pasado demasiado tiempo volando te diré que en esta región no son precisamente baratas.
   "Por supuesto", pensó Kroden, mientras se daba la vuelta para buscar algo entre sus pertenencias. Cuando se giró de nuevo sostenía entre las manos una pepita de oro casi tan grande como su cabeza.
—Espero que sea suficiente para pagar las uvas, además de todo lo que comí y bebí anoche.
   El posadero dio un respingo involuntario que se esforzó en disimular, frunciendo de nuevo el ceño cuando cogió el valioso metal de manos del gnomo. Se acercó a una de las ventanas para verlo a la luz del amanecer, lo mordió y asintió a regañadientes.
—Esto bastará. Pero si alguna vez vuelves por aquí procura mantener a ese pájaro alejado de mi cocina.
—Así lo haré, y pide disculpas a tu esposa de mi parte —dijo Kroden, inclinándose ligeramente para ocultar una sonrisa demasiado sardónica para alguien que se disculpa.
   El hombre se dispuso a marcharse tras guardar el oro en un bolsillo. Empezaban a llegar clientes y pronto tendría que ayudar a servir el desayuno.
—Por cierto… ¿Qué clase de pájaro es ése?
—Un wiour.
—¿Un wiour? Entiendo algo de aves, y nunca había visto uno ni oído hablar de ellos.
—No se les suele ver en esta parte de Nuithane, pero abundan en el norte —mintió el gnomo mientras guardaba la manta en su petate.
   Satisfecho por la respuesta (y por el oro), el posadero fue hacia la cocina. Cuando entró encontró a su mujer, recuperada ya del sobresalto, afanándose junto al horno y los fogones.
—¿Dónde te habías metido? Necesito que me ayudes con el pan.
   Con una sonrisa de oreja a oreja el hombre se metió la mano en el bolsillo.
—¿Te acuerdas de ese gnomo melenudo que llegó ayer? Mira lo que acaba de darme.
   Sacó la mano del bolsillo y sostuvo frente al rostro de la mujer un gran pedazo de… arcilla seca.
   Los gritos y maldiciones del posadero despertaron a todos los huéspedes que aún dormían.
 
   Lejos ya de la posada, el wiour sobrevolaba un extenso pinar, batiendo sus fuertes alas para elevarse en aquella soleada aunque fría mañana. Puede que en tierra fuese torpe y desgarbado, pero en el aire pocas criaturas podían comparársele.
   Sentado en su lomo, un gnomo apuntaba algo en un trozo de pergamino.
—Bien hecho, Garadiar —dijo con sarcasmo—. Otra posada a la que no podremos volver. Si no aprendes a comportarte terminarás otra vez enjaulado en el laboratorio de un mago.
   El wiour giró la cabeza para mirar a su jinete y soltó un ronco graznido, batió las alas con más fuerza y la velocidad de su vuelo arrancó el pergamino de manos de Kroden. El gnomo sabía de sobra que Garadiar nunca le dejaría caer, pero aún así ver precipitarse entre los lejanos pinos su lista de posadas y tabernas a las que no debía regresar le produjo cierto desasosiego.
—Estupendo… ¿Sabes lo difícil que será recordar todos esos lugares en los que bebí toda esa cerveza?


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01 julio 2012

Hilo de plata.

   El polvo, apelmazado por la humedad del aire, no se movía al paso de los dos caminantes. Uno de ellos insistía en perturbar el estéril suelo de aquel páramo pateando con la punta de su bota cualquier rastrojo o piedra que se cruzaba en su camino.
    Llevaba cuatro días caminando por bosques y colinas, siempre alejado de los caminos o lugares habitados, cargando con aquel petate parduzco que le hacía sudar la espalda y con la única compañía de un asesino cuya conversación se limitaba a informarle de la dirección que tomarían durante las horas siguientes, sin dar ninguna pista del destino final de aquella tediosa huida.
    Había cargado con el pesado bulto porque siempre se vanagloriaba de su fuerza, y no quería desmentirse a sí mismo mostrando cansancio. O de eso intentaba convencerse, porque la verdad era que tenía miedo de su socio. Aunque fuese más robusto, mayor y supuestamente más experimentado, sabía que no saldría vivo si se enfrentaban. Al fin y al cabo él era un ladrón que, a veces, mataba a alguien, pero Huris era un asesino que, a veces, colaboraba en robos.
    Desde que dejasen el cobijo de las colinas para caminar por campo abierto ambos estaban más tensos de lo habitual. No podían evitar mirar a su alrededor, incluso atrás, cada poco tiempo. Las nubes filtraban los últimos rayos anaranjados del ocaso como un sudario sucio, dándole un aspecto macilento a aquel paraje, ya de por sí poco agradable.
—Larko, mantente alerta. Estamos llegando.
    El ladrón se acomodó la correa del petate sobre el hombro y se rascó las pobladas patillas, un gesto que, para aquellos que lo conocían, delataba su nerviosismo. Miró al punto indicado, esperando ver algún tipo de construcción, incluso una cabaña o una tienda de lona, pero lo único que se erguía allí era un árbol seco, el único árbol que habían visto desde que dejaron atrás las colinas.
 
  
    Cuando llegaron bajo las descarnadas ramas, Huris miró en todas direcciones mientras Larko soltaba el bulto cuidadosamente, apoyándolo junto a las raíces. Después de estirar la espalda y soltar un gruñido de satisfacción dio unas palmaditas en el tronco.
—Un árbol muerto. Cómo no.
    Huris se volvió hacia el, sonriendo por primera vez en muchos días, y le indicó con un gesto que se sentase en el suelo.
—Descansemos. Sospecho que va a hacernos esperar al menos hasta que termine de ponerse el sol.
    El asesino se sentó con la espalda apoyada en el árbol, mirando hacia la puesta de sol, y su compañero se acomodó del otro lado, vigilando en dirección opuesta.
—Espero que tengas razón—dijo Larko—. Si paso otra noche durmiendo sobre tierra húmeda cuando llegue a La Cueva no podré disfrutar como tengo pensado.
    La Cueva de la que hablaba no era realmente una cueva, sino una zona muy concreta de los suburbios de Nalos, controlada por contrabandistas, donde tenían pensado esconderse por un tiempo. Nadie entraba en La Cueva a buscar a alguien a no ser que supiese con absoluta seguridad que estaba allí, y para cuando alguien lo supiese ya se habrían marchado. Un fugitivo no sobrevive mucho tiempo si no está dispuesto a invertir parte de sus ganancias en buenos escondites e informadores fiables, y tanto Larko como Huris lo sabían muy bien.
    Aburrido por la espera, e inquieto debido a la naturaleza de la persona que esperaban, Larko no podía mantenerse en silencio demasiado tiempo.
—¿Crees que vendrá en carruaje? Si es así podría llevarnos cerca de Nalos y no tendríamos que atravesar los pantanos a pie.
    Huris suspiró. Su forma de combatir la inquietud era sumirse en sus pensamientos y abstraerse, cosa que iba a resultar imposible. Podría mandarlo callar, pero no quería tensar demasiado la cuerda ahora que estaban tan cerca del final, y ya habían surgido bastantes problemas durante aquel trabajo.
—No creo que quiera arriesgarse a que lo vean con nosotros, sobre todo después de... el imprevisto que hemos tenido —contestó al fin.
    Esta vez fue Larko quien soltó un suspiro contrariado, al recordar lo sucedido casi cinco días antes. El encargo no les había parecido demasiado difícil cuando lo aceptaron: tenían que entrar en Fentes, una ciudad amurallada y bien defendida si el atacante era un ejército pero accesible para un grupo reducido que sabía como burlar a unos centinelas. Una vez dentro debían entrar en la mansión de una acaudalada fentiana, viuda de un noble, y robar de su sótano un objeto que les había sido descrito con todo detalle. Huris daría cuenta de los guardias que custodiaban la mansión, Larko vigilaría los alrededores y Sanira entraría en el sótano. Sanira no estaba sentada bajo el árbol seco.
—¿Quién iba a esperar que esa maldita vieja durmiese con una ballesta cargada bajo la cama? —dijo Larko—. Aunque seguro que ella tampoco esperaba que una ladrona con un virote clavado en el ojo pudiese degollarla antes de morir.
—La culpa fue suya y de su maldita avaricia —dijo el asesino, de pronto alterado—. Tenía que entrar solamente en el sótano, y no ponerse a buscar joyas por toda la casa.
—La chica solo quería aumentar las ganancias.
—¿Te parece poca ganancia la fortuna que Gavent nos ha pagado por robar ese objeto?
    Huris respiró hondo, tratando de calmarse. Lo que le sacaba de quicio no era la muerte de Sanira ni la de la anciana, sino que no hubiese salido todo exactamente como esperaba. Por eso procuraba trabajar siempre solo.
—Si lo piensas nos ha hecho un favor —habló de nuevo el ladrón, en tono conciliador—. Al encontrarla muerta en el dormitorio de la vieja habrán pensado que ella era la única intrusa. El sótano estaba repleto de trastos inútiles, y nadie notará que falta uno.
    Más tranquilo, aparentemente, el asesino continuó mirando el horizonte, más oscuro a cada minuto que pasaba.
—¿Crees que trama algo? —dijo Larko, más inquieto a medida que oscurecía e incapaz de permanecer en silencio.
—¿Quién?
—Gavent. ¿No te parece raro que nos haya pagado tanto, y por adelantado, por esa baratija? ¿Y a qué viene citarnos en este lugar?
    Huris ignoró deliberadamente la última pregunta, que no dejaba de hacerse a sí mismo, y contestó solo a la primera.
—Nosotros no somos nigromantes. Si tiene tanto interés en ese objeto debe de ser por algo relacionado con su oficio que nosotros no entendemos.
—O sea, que te fías de él.
—¿Por qué iba a desconfiar? —dijo el asesino, alterándose de nuevo—. Debería ser él quien desconfiase de nosotros, después de habernos dado todo ese oro por adelantado.
—Sabe que no escaparemos con el oro porque le tenemos miedo.
—Yo no le tengo ningún miedo. Soy un profesional, y si me pagan por hacer algo lo hago.
    Larko se movió, rozando con la espalda el tronco del árbol para acercarse a su compañero y poder verle el rostro mientras hablaban.
—Pues yo sí le tengo miedo, y Sanira también se lo tenía, por eso no se nos pasó por la cabeza largarnos con el oro. Pero parece que contigo fue más sutil.
—¿Que quieres decir?
—¿Es que no sabes nada de los nigromantes? Su poder se basa en la voluntad, en imponer su propia voluntad a la de otros, ya sean muertos o vivos. Pueden convencerte de que te claves tu propia daga en el estómago y morirás pensando que ha sido idea tuya.
    Huris movió la mano en señal de desprecio, sin dejar de mirar el páramo, tan oscuro que ya apenas distinguía el perfil de las colinas.
—He tratado antes con los de su clase, y te aseguro que nunca han doblegado mi voluntad.
    Larko reculó hacia su anterior posición, dando de nuevo la espalda a Huris, y la mente del asesino se remontó a lo ocurrido doce días atrás en un antiguo caserón situado en la zona más antigua de Nalos, un barrio donde cada mansión rivalizaba en lujo con su vecina. Izak Gavent los había citado en su propia casa, algo poco usual en aquel tipo de negocios turbios, pero Izak Gavent no era el más convencional de los nigromantes.
    Los dos ladrones y el asesino fueron conducidos por un sirviente hasta un magnífico salón, donde se les invitó a sentarse y esperaron a su anfitrión y futuro cliente durante no poco rato. Cuando se abrió una de las puertas y apareció Gavent, ninguno pudo evitar un leve gesto de sorpresa, ya que no se parecía en nada a los pocos nigromantes que habían tenido oportunidad de conocer, todos hombres ancianos o avejentados, cubiertos por sobrias túnicas negras y de carácter desabrido, huraños o desconfiados hasta rozar la paranoia.
    Izak Gavent había visto poco más de veinte inviernos, tenía un rostro de facciones armoniosas con la palidez propia de quien pasa poco tiempo al aire libre pero sin el tinte enfermizo habitual entre los suyos. En lugar de túnica vestía una casaca negra, con intrincados símbolos bordados con hilo de plata en los faldones y las bocamangas, pantalones negros y botas igualmente adornadas con plata. Cualquiera lo hubiese tomado por un joven noble antes que por uno de los más temidos transeúntes del Camino del Thanos, como algunos llamaban a la nigromancia.
—Creo que le caes muy bien.
    Huris casi dio un respingo al escuchar de nuevo la voz de Larko, quien milagrosamente llevaba varios minutos callado. Un leve crujido le hizo levantar la vista, y vio las ramas del árbol seco meciéndose con la débil brisa.
—Y no es de extrañar, eres más joven y apuesto que yo, y además los asesinos tenéis un encanto especial.
—¿Pero de qué hablas? —preguntó Huris.
—Ya me entiendes... —continuó Larko, en un tono con el que resultaba difícil precisar si hablaba en broma o en serio—. Todo el mundo sabe que las mujeres no son la debilidad de Gavent.
    El asesino rió ante las insinuaciones del ladrón. Todo el mundo sabía muchas cosas sobre Izak Gavent, pero al mismo tiempo nadie parecía saber nada. Una red de rumores, medias verdades e incluso leyendas, que sin duda él mismo fomentaba.
—Dudo mucho que Gavent sea capaz de amar, o de sentir deseo por alguien. Sabes tan bien como yo que clase de monstruo es, aunque no lo parezca.
    Larko acomodó la cabeza en el petate y se tumbó bocarriba, meditando las palabras de su compañero durante unos segundos antes de hablar de nuevo.
—¿De qué hablásteis?
—Sabes de qué hablamos, Sanira y tú estábais presentes.
—Hablásteis a solas antes de que nos fuésemos, ¿no lo recuerdas?
    Huris apretó las mandíbulas. Aquel ladrón estaba llegando a un nivel de impertinencia que le habría costado la vida en otras circunstancias, pero ya quedaba poco. En cuanto entregasen el objeto y llegasen a La Cueva no tendría que verlo nunca más.
—Me habló de este lugar y de cómo encontrarlo.
—¿Y si hubieses muerto? ¿Cómo nos habríamos reunido con él?
    Con un sonoro resoplido el asesino dejó claro que no quería continuar con la conversación.
—Será mejor que te calles, o serás tú quien se pierda la reunión—dijo, de forma tan cortante que Larko comprobó con disimulo si tenía su puñal a mano.
    Ya había anochecido por completo, las nubes ocultaban la luna y no se escuchaba absolutamente nada en aquel páramo, ni pasos, ni un carruaje, ni la brisa, ni un miserable grillo. Cuando al estirar su dolorido cuello Larko miró hacia arriba vio algo que le hizo romper de nuevo el silencio, aunque habló para sí mismo, casi en un susurro.
—Esto sí que no lo había visto nunca: un árbol muerto que florece por la noche.
    Huris escuchó la frase y levantó de inmediato la vista. En efecto, multitud de flores blancas, semejantes a las del jazmín pero algo más grandes, se abrían entre las ramas aparentemente secas del árbol. Cuando la luz de la luna consiguió colarse entre las nubes y aquellos pétalos pálidos adquirieron un brillo plateado Huris comprendió lo que estaba pasando e intentó gritar, pero ya era tarde. El polen, casi invisible en la oscuridad, había entrado en su cuerpo, paralizándolo por completo e impidiéndole respirar. Podía escuchar los jadeos desesperados de Larko al otro lado del tronco.
    Al mirar de nuevo hacia arriba no vio las ramas secas ni las flores, y se dio cuenta de que ya no estaba apoyado en el tronco de un árbol, sino en el regazo de alquien vestido de negro. Con una sonrisa de niño sádico Izak Gavent contemplaba su muerte.
—¿De verdad crees que soy incapaz de amar? —dijo el nigromante, con un tono entre la burla y el reproche.
    Huris intentó respirar por última vez, sin éxito, y quedó inmóvil. Gavent le bajó los párpados con sus dedos pálidos, le cerró la boca y depositó con suavidad el cuerpo en el suelo antes de ponerse en pie y echar un vistazo a su alrededor, dedicando unos instantes a regodearse en su propio talento. Adoptar la apariencia de un árbol no era demasiado difícil, incluso los druidas podían hacerlo, y esparcir veneno desde sus ramas tampoco resultaba complicado, pero el toque de las flores blancas abriéndose a la luz de la luna le parecía sublime.
    A continuación recogió el petate, caído dentro del agujero que había dejado el falso árbol, comprobó que tanto el preciado objeto como el oro que había pagado por él estaban dentro, tiró todo lo demás en el agujero y pronunció una breve palabra que invocó a un fuego fatuo.
    La pequeña llama verdosa flotó cerca de su amo mientras éste sacaba de su casaca un frasco y rociaba con su contenido los dos cadáveres, al tiempo que pronunciaba varias frases breves e incomprensibles. Gracias a aquel sencillo conjuro, los cuerpos e incluso las ropas y el cuero se descompondrían tan deprisa que por la mañana solo quedaría un puñado de huesos y jirones. Si alguien llegaba a pasar por allí pensaría que los cadáveres llevaban años en ese lugar y nadie se molestaría en investigar.
    El nigromante cogió sus pertenencias y se alejó caminando, precedido por el fuego fatuo para no tropezar en la oscuridad. Antes de que las nubes volviesen a engullirla la luna hizo brillar los intrincados símbolos, bordados con hilo de plata, que adornaban sus vestiduras.
 
 
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