24 julio 2012

El locomóvil.

   Estaba seguro de que los chirridos podían escucharse a varios kilómetros a la redonda, pero una vieja bicicleta era mejor que caminar, sobre todo cuando llevas a la espalda un petate más cargado de lo debido y tu vieja espalda no está acostumbrada a la vida errante propia de un buhonero.
    Los vi cuando, retirando los pies de los pedales, me deslizaba cuesta abajo por lo que parecía un polígono industrial, tan desierto y silencioso como la ciudad que esperaba encontrar poco más adelante. Por eso apreté los frenos a una distancia prudencial y no desmonté de mi oxidado jamelgo.
    Eran dos niños de unos diez años, uno de ellos bastante más alto que el otro. Cargaban sacos de carbón vegetal desde un almacén abandonado hasta una carretilla colocada en la puerta.
Buenos días dije, asegurándome de que una amplia sonrisa fuese visible bajo mi barba entrecana.
    Había aprendido hacía mucho que ganarse el favor de los niños sumaba puntos a la hora de integrarse en un grupo de refugiados (o neocolonos, como los llamaban los más pedantes). El alto se apartó del rostro parte de su desgreñada cabellera castaña, mirándome con evidente sorpresa pero con una total ausencia de miedo, cosa poco habitual entre los hijos de los refugiados, propensos a los terrores nocturnos y a salir corriendo ante la más mínima amenaza.
Buenos días respondió, tieso como un chambelán.
    El bajito apenas me miró, bastante ocupado intentando apilar de forma estable una docena de sacos en una carretilla demasiado pequeña. Les pregunté donde podía encontrar a sus padres, una pregunta delicada teniendo en cuenta la cantidad de huérfanos con los que solía toparme.
¿Quién quiere saberlo, si no es indiscreción?
Me llamo Jacob. Doctor Jacob Arderius.
    Había aprendido hacía mucho que presentarme como médico era el mejor bálsamo para calmar la desconfianza causada por un viajero solitario. Aunque por supuesto, en cada asentamiento, en cada comunidad o grupo, por pequeño que fuese, no faltaba quien desahogase conmigo su resentimiento hacia mi profesión. Era inútil explicarles la verdad: que los microorganismos patógenos mutados por la radiación eran demasiados y demasiado agresivos, que hasta mis colegas más brillantes se habían visto desbordados, que la mayoría habían muerto, que era imposible desarrollar nuevas vacunas y antibióticos en un mundo donde la mayor prioridad era buscar el calor de una hoguera lo más lejos posible de una fosa común.
¿Dr. Arderius? dijo el rapaz melenudo, inclinando la cabeza para buscar mi mirada, absorta en algún punto entre mi nariz y el horizonte. Síganos, si es tan amable.
    Acepté la educada invitación del pequeño caballero y les seguí, llevando la bicicleta por el manillar. A medida que nos acercábamos a la ciudad parecían más animados y habladores, sobre todo el alto, que decía llamarse Daniel y presentó a su compañero como Monty. Averigué que formaban parte de un grupo errante cuyo destino era Colina de San Luis, un refugio habitado por unas dos mil personas y donde, según decían, se habían conseguido progresos en la cría de animales.
    Todos los terrenos y edificios de aquel refugio eran en realidad una finca privada, propiedad de un anciano millonario, uno de los pocos ancianos supervivientes. Un rey bondadoso en su pequeña colina, una figura paternal en la que podían apoyarse quienes necesitaban sentir el resurgimiento de cierto orden social. Un jefe, al fin y al cabo, porque todos los habitantes de Colina de San Luis trabajaban para él. Yo trabajaba para él.
    Tardamos poco más de media hora en llegar a los arrabales de la ciudad. Daniel, sin dar la menor muestra de cansancio, condujo el cargamento hacia un edificio bajo y muy ancho, una vieja estación de tren que no funcionaba como tal desde mucho antes de la pandemia. Junto al pesado portón de entrada podía leerse en una placa dorada y algo mohosa: "Museo del Ferrocarril".
    Pasamos por varias salas enormes, donde descansaban entre la penumbra y las telarañas antiguas locomotoras, vagones, vagonetas y otros exponentes de la imaginería ferroviaria. Al ver los durmientes caballos de hierro y a los niños cargados de carbón caminando junto a ellos pasó por mi mente una idea disparatada que deseché de inmediato. No iba a tardar mucho en comprobar algo: una vez que el mundo entero se ha sacudido como una puñetera bola de cristal llena de agua y nieve falsa ninguna idea es lo bastante disparatada.
    Tras atravesar varias salas salimos de nuevo al aire libre, o casi. Daniel y Monty se detuvieron bajo el soportal de la vieja estación y comenzaron a descargar los sacos cerca del andén, en el cual se hallaba estacionado un vehículo muy parecido a otros que había visto dentro del museo, pero totalmente limpio y perfumado con aceite para motores, disolvente, pintura, y otros aromas propios de un taller mecánico. Cerca del imponente cacharro descansaban dos muchachas, con ropas desgastadas pero bastante limpias. Me miraron con cierto recelo mientras se aproximaban a nosotros, sobre todo la más pequeña, quien no debía haber cumplido todavía los siete años.
Ya era hora. Seguro que os habéis parado otra vez a hacer el tonto en ese parque acuático donde ni siquiera hay agua dijo con cierta severidad la mayor, una adolescente de ojos pequeños y nariz aguileña, poseedora de uno de esos rostros bellos cuya belleza escupe en el ídem de los cánones establecidos.
Un tobogán es un tobogán, seco o mojado replicó Monty.
    Daniel carraspeó y se acercó a mí para presentarme como es debido.
Doctor Arderius, esta es Irene y la pequeña se llama Gloria. Chicas, este es el Doctor Jacob Arderius, quien nos acompañará en nuestro viaje a Colina de San Luis.
    Irene respondió con un discreto suspiro a los ampulosos modales de su camarada.
Eso tendrá que decidirlo Bruno.
    Antes de que pudiese meter baza, una voz potente y alegre se dejó oír en el andén.
No pasa nada, nena. En esta máquina hay sitio de sobra para todos.
    Giré la cabeza hacia la susodicha máquina, buscando el origen de la voz, y vi de pie sobre ella a un joven poco mayor que aquella a la que llamaba "nena". Llevaba un mono de mecánico con manchas de grasa y las mangas recortadas a la altura de los hombros, un cinturón con herramientas y un tupé tan sólido como el metal de los raíles. Parecía un macarra de garaje sacado de un musical de Broadway, impresión a la que contribuía su postura, con un pie apoyado en la chimenea de su vehículo y los brazos en jarras.
Tú debes de ser Bruno dije, aprovechando el momentáneo silencio. Encantado de conocerte.
    Con un par de ágiles saltos el aparente líder del grupo se plantó en el suelo, me estrujó la mano con un enérgico apretón y su blanca sonrisa de galán trasnochado deslumbró a todos los presentes.
Lo mismo digo, Doc.
    Entonces se giró y se acercó a su máquina, invitándome con un gesto a que lo siguiese. Básicamente se trataba de una pequeña locomotora con cuatro grandes ruedas, con un motor a vapor y una plataforma en la parte trasera donde ya habían estibado una docena de sacos de carbón.
Según el cartelito del museo se llama "locomóvil" y tiene más de cien años. Nadie lo diría ¿verdad?
    Miré con aire de experto la caldera, las válvulas pintadas de varios colores, la chimenea y la lamparita de aceite que colgaba en la parte delantera. En aquel momento solo pude pensar que era la más extravagante y hermosa de las máquinas.
Creo que llegaremos a nuestro destino en un par de días, aunque no sé muy bien que velocidad alcanzará decía Bruno, mirando con orgullo su engrasada reliquia.
    Podría haber dicho muchas cosas en aquel momento. Por ejemplo, que aquel carbón para barbacoas no era el más adecuado, o que conseguir más durante el camino no les resultaría tan fácil, o simplemente que aquel cacharro no se movería del sitio. Pero no dije nada de eso.
    Había aprendido hacía mucho que las personas tienden a creerse cualquier cosa que les diga un médico, y por suerte Bruno no era una excepción. Miré a los demás niños, para asegurarme de que no nos escuchaban.
No he dicho nada hasta ahora para no asustar a los pequeños, pero no podemos ir a Colina de San Luis.
¿Qué dice, Doc? He oído que allí reciben a todo el mundo, siempre que esté sano, y que incluso tienen una escuela.
Escúchame. Ayer mismo me crucé con un grupo de errantes que habían pasado cerca hace una semana y me dijeron que ni me acercase. Ha habido un brote.
    La última palabra de mi frase bastó para borrar la imborrable sonrisa del animoso mecánico. Ambos nos quedamos callados, fingiendo que examinábamos minuciosamente el "locomóvil".
Colina de San Luis no es el único refugio del mundo dijo de repente. Seguiremos la carretera hacia el noroeste, y tarde o temprano daremos con alguno parecido, o incluso mejor.
    La sonrisa volvió, se encaramó de nuevo a la chimenea y su voz resonó por todo el silencioso arrabal.
¡Vamos, señores, señoritas y doctores! ¡Recojan su equipaje y suban a bordo!
    Diez minutos después, Irene y Bruno encendieron el fuego de la caldera usando madera de algunos muebles rotos. Daniel añadió el carbón y los demás esperamos, expectantes, casi conteniendo el aliento. La pequeña Gloria tenía los dedos cruzados y Monty miraba boquiabierto como Bruno manipulaba las válvulas y palancas del vehículo.
    Me devanaba los sesos buscando las palabras para consolar a los niños tras su fracaso cuando el primer chorro de vapor accionó los émbolos y las ruedas comenzaron a moverse. Notamos una suave vibración, nos sobresaltó algo parecido a un silbido y toda una sinfonía de sonidos que nadie escuchaba desde hacía más de cien años.
    No me avergüenza reconocer que levanté los brazos y grité de júbilo cuando aquella antigualla comenzó a ganar velocidad, dejando atrás el andén de la estación, a mi oxidada bicicleta y algo más.
    Porque mientras los niños se preparaban para el viaje yo había ido a los servicios con mi petate, con la excusa de asearme. Rodeé el edificio por la parte de atrás, hasta encontrar un contenedor de basura, donde arrojé lo que llevaba oculto entre mis escasas pertenencias: una botella de refresco mezclado con un potente sedante, un pequeño refrigerador con una batería acoplada y los instrumentos necesarios para extirpar un órgano.
    Si mi jefe quería sustituir su débil y podrido corazón por uno más fuerte iba a tener que buscarse otro médico.
 
 
 
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