06 julio 2012

El primer emperador de Dalgros.



   El aprendiz levantó la lámpara para iluminar la parte superior del friso, aquella que estaba menos dañada por las inundaciones que habían tenido lugar en el valle unos dos siglos atrás.
    Era la primera vez que contemplaba los toscos bajorrelieves del Palacio del Norte, y tuvo que esforzarse para que el maestro no percibiese la decepción en su rostro imberbe. Las tallas hechas por los artesanos dalgrinios hacía unos dos mil trescientos años, además de estar erosionadas, agrietadas y cubiertas de musgo y hongos, eran una tortura para alguien con un mínimo de sensibilidad artística.
    No podía achacar su tosquedad, simpleza y falta de armonía estética a su antigüedad, ya que había visto obras de arte de periodos históricos anteriores que cortaban la respiración, como las espléndidas esculturas en el Templo de Wasda, los espectaculares mosaicos del Alcázar Rojo en Nalos o las construcciones megalíticas de El Lax, imponentes pero extrañamente gráciles.
    Las formas de los bajorrelieves se volvieron más nítidas cuando una segunda lámpara se acercó balanceándose. A pesar de que el agua le llegaba hasta las rodillas, pues en aquella época del año las crecidas del río inundaban las grutas del ruinoso palacio, el viejo maestro no se quejaba del reuma, como era habitual.
    Soltó un gruñido de satisfacción al llegar junto a su aprendiz y contemplar el friso.
—No es una obra hermosa, desde luego.
—En absoluto —afirmó el joven, aliviado por la coincidencia de opiniones.
—Sin embargo —prosiguió el anciano—, es una fuente inestimable sobre los orígenes del Imperio Dalgrinio.
    Ambos contemplaron las losas de piedra tallada durante no poco rato, examinando con ojo experto cada una de las figuras representadas. En una de las partes mejor conservadas, debido tal vez a su mayor altura, el aprendiz percibió un detalle algo desconcertante. Si bien sus creadores no habían sido hábiles en otros muchos aspectos, si consiguieron mantener las proporciones anatómicas en las figuras humanas, pero uno de los jinetes montados sobre su espantoso caballo, uno que destacaba entre los demás, portador de innumerables abalorios y un curioso yelmo, había sido representado con las piernas ridículamente pequeñas y delgadas.
    El aprendiz señaló el detalle, acercando la luz todo lo posible, y antes de que pudiese formular pregunta alguna su maestro habló:
—Veo que has reconocido a Herialis Yurlun, primer emperador de Dalgros.
    El joven dio un respingo. Más que por la inesperada revelación porque algo le había pasado nadando entre las pantorrillas. Si aquel era Herialis Yurlun, una figura casi legendaria cuya fortaleza de carácter y severidad a la hora de imponer castigos no era menos legendaria el artesano que hubiese cometido tal error al esculpir sus piernas no habría encontrado el mejor de los destinos. Si es que se trataba de un error.
    El anciano carraspeó. Hasta entonces nunca le había hablado del primer emperador, salvo alguna breve referencia más mitológica que histórica, y al aprendiz no le costó adivinar que lo había llevado a aquel lugar precisamente para hablarle de Herialis Yurlun.
—Muchos piensan que el mayor imperio que existió en Nuithane tuvo su origen en el centro del continente, expandiéndose alrededor de la todavía existente ciudad de Dalgros, pero no es así —comenzó el maestro, con el tono pausado y conciso que solía utilizar en sus clases—. El origen del Imperio hay que buscarlo en lo que hoy llamamos Señoríos del Sudoeste, concretamente en Hulvane, comarca donde se encuentran las mayores marismas del continente.
    El aprendiz no pudo disimular su extrañeza. Aquel rompecabezas de pequeños territorios virtualmente independientes al que llamaban Señoríos del Sudoeste había sido la primera región perdida por el Imperio, casi un siglo antes de su caída. Nadie que hubiese visitado las ciudades y pueblos sureños, conocido sus costumbres y creencias, pensaría que allí se encontraba el origen del imperio más vasto conocido hasta entonces.
—En aquellos tiempos, hace dos mil cuatrocientos años, el sur no era muy distinto, en cuanto a su configuración política, de como es en nuestros tiempos —continuó el anciano—. Se dividía en pequeños reinos, y en aquel que más tarde se convertiría en el Señorío de Hulvane reinaba Jennel II, un monarca aficionado a tres cosas: las mujeres, los animales exóticos y viajar a lugares lejanos, de los cuales casi siempre traía mujeres bellas y animales extraños, o viceversa.
    Los chistes del viejo maestro no solían tener mucha gracia, pero el joven sonrió por cortesía y se esforzó por ignorar a una pequeña criatura que chapoteaba a poca distancia, tal vez una rata acuática o una rana.
—De uno de sus viajes a las islas del oeste Jennel II trajo consigo una cría de serpiente que no tenía en su colección, una cría que se escapó y desapareció en las marismas, una cría de la que el rey no sabía que era una cría, y que creció hasta alcanzar un tamaño nada despreciable.
    "Durante los años siguientes se produjeron en las marismas varias desapariciones de niños, todos hijos de los campesinos que cultivaban arroz en aquellas húmedas tierras y el rey, que no era un estúpido, dedujo que tenían algo que ver con su desaparecida mascota. Así que, temiendo que la verdad saliese a la luz y el pueblo le culpase, difundió un rumor: en las marismas habitaba una yandama, una de esas criaturas que pueblan las supersticiones sureñas, en este caso un demonio con forma de mujer, de largos cabellos negros y terribles fauces, que engulle niños y doncellas que se adentran en parajes solitarios para prolongar así su maligna existencia.
    "Sobra decir que los ignorantes campesinos creyeron la historia de la yandama, y en adelante pusieron más cuidado en que sus retoños no andasen solos por las marismas, lo cual dejó a la serpiente sin su principal fuente de alimento. Así que el hambriento animal se volvió más intrépido y una mañana, una aldeana que se disponía a dar el pecho a su hijo, se encontró en su lugar al enorme animal, saciado y enroscado sobre sí mismo en la habitación de la humilde vivienda.
    "Los gritos de la angustiada madre debieron escucharse en toda la aldea, pues no tardó mucho en presentarse en la casa un vecino, quien con una simple hoz decapitó al adormilado ofidio y le abrió el vientre, rescatando al niño.
—¿Y estaba vivo?
    El aprendiz sabía que su maestro odiaba que le interrumpiesen, pero no se esperaba una historia como aquella y estaba completamente atrapado, como un niño que escucha un cuento. Por suerte el maestro no se enfadó esta vez, sino que asintió lentamente, con solemnidad, dando a entender la importancia del hecho.
—El niño, llamado Fanne, sobrevivió a tan terrible experiencia, pero no salió ileso. Al engullirlo la serpiente le rompió casi todos los huesos del cuerpo, y aunque el rey finalmente asumió su culpa y le procuró los cuidados de su propio médico, Fanne no creció como un niño normal. Sus piernas no llegaron a curarse del todo y no se desarrollaron bien, quedando más cortas y débiles de lo normal. Sin embargo, como si la naturaleza hubiese querido compensarle, su torso y sus brazos adquirieron una fuerza enorme. Supongo, mi joven alumno, que ya habrás adivinado en quien se convertirá ese niño llamado Fanne.
   El joven alumno asintió, mirando de nuevo la tosca talla del friso. El anciano también clavó en ella sus penetrantes ojos grises, que a la luz ambarina de las lámparas brillaban como oro fundido.
—Poco después de que Fanne llegase a la edad adulta el reino de Fentes, que por aquel entonces se extendía hasta las fronteras de Hulvane, inició una campaña para apoderarse de todo el sudoeste. Jennel II se unió a la alianza formada por los más de quince pequeños reinos para frenar a los agresivos fentianos, y Fanne, en cuyo cuerpo contrahecho latía el corazón de un guerrero, se presentó voluntario para luchar.
—¡Pero fue rechazado! —interrumpió de nuevo el joven, entusiasmado por poder aportar algo a la narración—. No se si lo recuerda, maestro, pero suspendí mi primer examen de acceso a la academia.
—Claro que lo recuerdo. Fui yo quien te suspendí —dijo lacónicamente el maestro.
—Cuando volví a casa, abatido por mi fracaso, mi abuelo intentó consolarme diciéndome que Herialis Yurlun, el más poderoso guerrero que ha pisado Nuithane, fue rechazado por el ejército.
—Y tu abuelo no se equivocaba. Cuando los reclutadores vieron a Fanne , un joven fuerte y bravo pero que andaba con dificultad y no podía correr, lo mandaron a casa, y con razón. Pero, al igual que tú, no se resignó.
   "Ese mismo día robó un caballo y se presentó de nuevo ante los oficiales, armado con una lanza. Señaló un árbol que se encontraba a una distancia tal que incluso el más fornido de los guerreros hulvany no lo habría siquiera alcanzado. Fanne lanzó su arma, y atravesó el árbol de parte a parte, partiéndolo en dos. Los demás soldados lo aclamaron de tal forma que los reclutadores no tuvieron más remedio que aceptarlo entre sus filas, e incluso el legítimo dueño del caballo le perdonó su delito y le regaló el animal, un animal que fue sus piernas durante la larga campaña militar en la que se ganó el nombre de Hieralis Yurlun, en la antigua lengua dalgrinia...
—¿Hombre Caballo Nacido de una Serpiente?
—Correcto. Y te he dicho un millón de veces que no respondas haciendo una pregunta.
—Disculpe, maestro —dijo el aprendiz—. ¿Continuamos?
—Continuemos. Está anocheciendo y este maldito reuma está empezando a molestarme.
Las lámparas se movieron por la gruta inundada, dejando de nuevo el friso oculto por las sombras. Algo chapoteó al paso del aprendiz y el maestro, tal vez una rata acuática o una rana.

 
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