02 julio 2012

El wiour.

 
 
   En la pequeña cocina de la posada, la mujer se movía con esa mezcla de maestría y desgana propia de quien lleva muchos años en un oficio. En la mesa de trabajo se amontonaban los ingredientes de lo que sería el desayuno de un numeroso grupo de leñadores, jornaleros, y algún que otro mercader que aún dormía en las habitaciones, sobre la cabeza de la cocinera.
   El Sol comenzaba a teñir de verde las negras coníferas de los alrededores, arrancando también algún destello dorado a las suculentas uvas que lo contemplaban desde un cuenco cerca de la ventana. A intervalos más o menos regulares, la mujer frotaba una de sus manos contra el delantal manchado de harina y manteca, arrancaba uno de los frutos de su racimo y se lo comía. Cuando se disponía a hacerlo por sexta vez su mano no llegó hasta el cuenco. Retrocedió hasta el fondo de la cocina tan precipitadamente que casi se cae de espaldas al tropezar con un saco de cebollas, con los ojos clavados en la ventana abierta y en la criatura que la miraba desde allí.
   Era el ave más extraña que aquella mujer había visto en sus casi cincuenta inviernos de vida. Algo más grande que una cigüeña, con un pico casi tan largo y más afilado, su plumaje era de un azul intenso que se aclaraba hasta volverse blanco en los extremos de las alas. Lucía además un enmarañado penacho de finas plumas blancas sobre la cabeza y su largo cuello se curvaba como el de un cisne, aunque sin la elegancia propia de aquella especie, lo cual unido a sus largas y nudosas patas le daban un aspecto desgarbado, casi ridículo. Pero lo más singular de aquel pájaro eran sus ojos, grandes y saltones, provistos de cinco pupilas concéntricas de distintos colores que cambiaban de tamaño sin cesar.
   Miró a la cocinera sin mucho interés, enganchó unos cuantos racimos de uvas con el pico, dejando el cuenco casi vacío, y se fue por donde había venido. La mujer gritó.
   En el comedor de la posada, vacío y silencioso, las mesas esperaban en la penumbra a sus ocupantes. La chimenea había permanecido encendida toda la noche y las brasas aún iluminaban los aledaños, donde era visible un bulto parduzco. Una puerta se abrió en alguna parte y un hombre cruzó la amplia estancia a grandes zancadas, frotándose los ojos somnolientos. Cuando llegó junto al bulto pateó el suelo con fuerza, haciendo retumbar el suelo de madera.
—¡Despierta! —gritó, arrepintiéndose de inmediato al recordar que la mayoría de sus huéspedes dormían.
   El bulto se agitó perezosamente, la pequeña manta marrón se movió y unos ojillos brillantes miraron al posadero.
—¿Qué es lo que pasa? No recuerdo haberte dicho que me despertases.
—Pasa que tu pajarraco me ha robado comida, y casi mata a mi mujer —susurró con furia el hombre.
   La manta se apartó del todo y el ocupante del lecho se puso en pie. Era un hombrecillo de apenas un codo de estatura, robusto y algo rollizo. Solamente vestía unos pantalones remangados hasta las rodillas, aunque no se podía decir que fuese desnudo de cintura para arriba, ya que una barba tan negra como espesa le caía hasta la cintura, y una melena de igual color le cubría la espalda.
   Aquel posadero había conocido algunos gnomos a lo largo de su vida, todos individuos pulcros y bastante reservados, pero ninguno con aquel aspecto asilvestrado, ninguno que se hubiese pasado casi toda la noche bebiendo y cantando con sus parroquianos habituales. Decía llamarse Kroden, del Clan de la Arcilla, y su anfitrión empezaba a arrepentirse de no haberle obligado a pagar por adelantado.
—¿De que pájaro hablas? —preguntó el gnomo entre bostezos.
—!No disimules¡ Te vieron llegar montado a lomos de ese engendro azul.
   El gnomo suspiró resignado y se encogió de hombros.
—Está bien… Te pagaré lo que ha robado, pero dudo mucho que Garadiar haya atacado a tu mujer, a no ser que ella atacase primero o le llamase "engendro azul".
   El hombre resopló, mirando a su pequeño interlocutor con desconfianza.
—Me ha robado una buena cantidad de uvas, y por si acaso has pasado demasiado tiempo volando te diré que en esta región no son precisamente baratas.
   "Por supuesto", pensó Kroden, mientras se daba la vuelta para buscar algo entre sus pertenencias. Cuando se giró de nuevo sostenía entre las manos una pepita de oro casi tan grande como su cabeza.
—Espero que sea suficiente para pagar las uvas, además de todo lo que comí y bebí anoche.
   El posadero dio un respingo involuntario que se esforzó en disimular, frunciendo de nuevo el ceño cuando cogió el valioso metal de manos del gnomo. Se acercó a una de las ventanas para verlo a la luz del amanecer, lo mordió y asintió a regañadientes.
—Esto bastará. Pero si alguna vez vuelves por aquí procura mantener a ese pájaro alejado de mi cocina.
—Así lo haré, y pide disculpas a tu esposa de mi parte —dijo Kroden, inclinándose ligeramente para ocultar una sonrisa demasiado sardónica para alguien que se disculpa.
   El hombre se dispuso a marcharse tras guardar el oro en un bolsillo. Empezaban a llegar clientes y pronto tendría que ayudar a servir el desayuno.
—Por cierto… ¿Qué clase de pájaro es ése?
—Un wiour.
—¿Un wiour? Entiendo algo de aves, y nunca había visto uno ni oído hablar de ellos.
—No se les suele ver en esta parte de Nuithane, pero abundan en el norte —mintió el gnomo mientras guardaba la manta en su petate.
   Satisfecho por la respuesta (y por el oro), el posadero fue hacia la cocina. Cuando entró encontró a su mujer, recuperada ya del sobresalto, afanándose junto al horno y los fogones.
—¿Dónde te habías metido? Necesito que me ayudes con el pan.
   Con una sonrisa de oreja a oreja el hombre se metió la mano en el bolsillo.
—¿Te acuerdas de ese gnomo melenudo que llegó ayer? Mira lo que acaba de darme.
   Sacó la mano del bolsillo y sostuvo frente al rostro de la mujer un gran pedazo de… arcilla seca.
   Los gritos y maldiciones del posadero despertaron a todos los huéspedes que aún dormían.
 
   Lejos ya de la posada, el wiour sobrevolaba un extenso pinar, batiendo sus fuertes alas para elevarse en aquella soleada aunque fría mañana. Puede que en tierra fuese torpe y desgarbado, pero en el aire pocas criaturas podían comparársele.
   Sentado en su lomo, un gnomo apuntaba algo en un trozo de pergamino.
—Bien hecho, Garadiar —dijo con sarcasmo—. Otra posada a la que no podremos volver. Si no aprendes a comportarte terminarás otra vez enjaulado en el laboratorio de un mago.
   El wiour giró la cabeza para mirar a su jinete y soltó un ronco graznido, batió las alas con más fuerza y la velocidad de su vuelo arrancó el pergamino de manos de Kroden. El gnomo sabía de sobra que Garadiar nunca le dejaría caer, pero aún así ver precipitarse entre los lejanos pinos su lista de posadas y tabernas a las que no debía regresar le produjo cierto desasosiego.
—Estupendo… ¿Sabes lo difícil que será recordar todos esos lugares en los que bebí toda esa cerveza?


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