01 julio 2012

Hilo de plata.

   El polvo, apelmazado por la humedad del aire, no se movía al paso de los dos caminantes. Uno de ellos insistía en perturbar el estéril suelo de aquel páramo pateando con la punta de su bota cualquier rastrojo o piedra que se cruzaba en su camino.
    Llevaba cuatro días caminando por bosques y colinas, siempre alejado de los caminos o lugares habitados, cargando con aquel petate parduzco que le hacía sudar la espalda y con la única compañía de un asesino cuya conversación se limitaba a informarle de la dirección que tomarían durante las horas siguientes, sin dar ninguna pista del destino final de aquella tediosa huida.
    Había cargado con el pesado bulto porque siempre se vanagloriaba de su fuerza, y no quería desmentirse a sí mismo mostrando cansancio. O de eso intentaba convencerse, porque la verdad era que tenía miedo de su socio. Aunque fuese más robusto, mayor y supuestamente más experimentado, sabía que no saldría vivo si se enfrentaban. Al fin y al cabo él era un ladrón que, a veces, mataba a alguien, pero Huris era un asesino que, a veces, colaboraba en robos.
    Desde que dejasen el cobijo de las colinas para caminar por campo abierto ambos estaban más tensos de lo habitual. No podían evitar mirar a su alrededor, incluso atrás, cada poco tiempo. Las nubes filtraban los últimos rayos anaranjados del ocaso como un sudario sucio, dándole un aspecto macilento a aquel paraje, ya de por sí poco agradable.
—Larko, mantente alerta. Estamos llegando.
    El ladrón se acomodó la correa del petate sobre el hombro y se rascó las pobladas patillas, un gesto que, para aquellos que lo conocían, delataba su nerviosismo. Miró al punto indicado, esperando ver algún tipo de construcción, incluso una cabaña o una tienda de lona, pero lo único que se erguía allí era un árbol seco, el único árbol que habían visto desde que dejaron atrás las colinas.
 
  
    Cuando llegaron bajo las descarnadas ramas, Huris miró en todas direcciones mientras Larko soltaba el bulto cuidadosamente, apoyándolo junto a las raíces. Después de estirar la espalda y soltar un gruñido de satisfacción dio unas palmaditas en el tronco.
—Un árbol muerto. Cómo no.
    Huris se volvió hacia el, sonriendo por primera vez en muchos días, y le indicó con un gesto que se sentase en el suelo.
—Descansemos. Sospecho que va a hacernos esperar al menos hasta que termine de ponerse el sol.
    El asesino se sentó con la espalda apoyada en el árbol, mirando hacia la puesta de sol, y su compañero se acomodó del otro lado, vigilando en dirección opuesta.
—Espero que tengas razón—dijo Larko—. Si paso otra noche durmiendo sobre tierra húmeda cuando llegue a La Cueva no podré disfrutar como tengo pensado.
    La Cueva de la que hablaba no era realmente una cueva, sino una zona muy concreta de los suburbios de Nalos, controlada por contrabandistas, donde tenían pensado esconderse por un tiempo. Nadie entraba en La Cueva a buscar a alguien a no ser que supiese con absoluta seguridad que estaba allí, y para cuando alguien lo supiese ya se habrían marchado. Un fugitivo no sobrevive mucho tiempo si no está dispuesto a invertir parte de sus ganancias en buenos escondites e informadores fiables, y tanto Larko como Huris lo sabían muy bien.
    Aburrido por la espera, e inquieto debido a la naturaleza de la persona que esperaban, Larko no podía mantenerse en silencio demasiado tiempo.
—¿Crees que vendrá en carruaje? Si es así podría llevarnos cerca de Nalos y no tendríamos que atravesar los pantanos a pie.
    Huris suspiró. Su forma de combatir la inquietud era sumirse en sus pensamientos y abstraerse, cosa que iba a resultar imposible. Podría mandarlo callar, pero no quería tensar demasiado la cuerda ahora que estaban tan cerca del final, y ya habían surgido bastantes problemas durante aquel trabajo.
—No creo que quiera arriesgarse a que lo vean con nosotros, sobre todo después de... el imprevisto que hemos tenido —contestó al fin.
    Esta vez fue Larko quien soltó un suspiro contrariado, al recordar lo sucedido casi cinco días antes. El encargo no les había parecido demasiado difícil cuando lo aceptaron: tenían que entrar en Fentes, una ciudad amurallada y bien defendida si el atacante era un ejército pero accesible para un grupo reducido que sabía como burlar a unos centinelas. Una vez dentro debían entrar en la mansión de una acaudalada fentiana, viuda de un noble, y robar de su sótano un objeto que les había sido descrito con todo detalle. Huris daría cuenta de los guardias que custodiaban la mansión, Larko vigilaría los alrededores y Sanira entraría en el sótano. Sanira no estaba sentada bajo el árbol seco.
—¿Quién iba a esperar que esa maldita vieja durmiese con una ballesta cargada bajo la cama? —dijo Larko—. Aunque seguro que ella tampoco esperaba que una ladrona con un virote clavado en el ojo pudiese degollarla antes de morir.
—La culpa fue suya y de su maldita avaricia —dijo el asesino, de pronto alterado—. Tenía que entrar solamente en el sótano, y no ponerse a buscar joyas por toda la casa.
—La chica solo quería aumentar las ganancias.
—¿Te parece poca ganancia la fortuna que Gavent nos ha pagado por robar ese objeto?
    Huris respiró hondo, tratando de calmarse. Lo que le sacaba de quicio no era la muerte de Sanira ni la de la anciana, sino que no hubiese salido todo exactamente como esperaba. Por eso procuraba trabajar siempre solo.
—Si lo piensas nos ha hecho un favor —habló de nuevo el ladrón, en tono conciliador—. Al encontrarla muerta en el dormitorio de la vieja habrán pensado que ella era la única intrusa. El sótano estaba repleto de trastos inútiles, y nadie notará que falta uno.
    Más tranquilo, aparentemente, el asesino continuó mirando el horizonte, más oscuro a cada minuto que pasaba.
—¿Crees que trama algo? —dijo Larko, más inquieto a medida que oscurecía e incapaz de permanecer en silencio.
—¿Quién?
—Gavent. ¿No te parece raro que nos haya pagado tanto, y por adelantado, por esa baratija? ¿Y a qué viene citarnos en este lugar?
    Huris ignoró deliberadamente la última pregunta, que no dejaba de hacerse a sí mismo, y contestó solo a la primera.
—Nosotros no somos nigromantes. Si tiene tanto interés en ese objeto debe de ser por algo relacionado con su oficio que nosotros no entendemos.
—O sea, que te fías de él.
—¿Por qué iba a desconfiar? —dijo el asesino, alterándose de nuevo—. Debería ser él quien desconfiase de nosotros, después de habernos dado todo ese oro por adelantado.
—Sabe que no escaparemos con el oro porque le tenemos miedo.
—Yo no le tengo ningún miedo. Soy un profesional, y si me pagan por hacer algo lo hago.
    Larko se movió, rozando con la espalda el tronco del árbol para acercarse a su compañero y poder verle el rostro mientras hablaban.
—Pues yo sí le tengo miedo, y Sanira también se lo tenía, por eso no se nos pasó por la cabeza largarnos con el oro. Pero parece que contigo fue más sutil.
—¿Que quieres decir?
—¿Es que no sabes nada de los nigromantes? Su poder se basa en la voluntad, en imponer su propia voluntad a la de otros, ya sean muertos o vivos. Pueden convencerte de que te claves tu propia daga en el estómago y morirás pensando que ha sido idea tuya.
    Huris movió la mano en señal de desprecio, sin dejar de mirar el páramo, tan oscuro que ya apenas distinguía el perfil de las colinas.
—He tratado antes con los de su clase, y te aseguro que nunca han doblegado mi voluntad.
    Larko reculó hacia su anterior posición, dando de nuevo la espalda a Huris, y la mente del asesino se remontó a lo ocurrido doce días atrás en un antiguo caserón situado en la zona más antigua de Nalos, un barrio donde cada mansión rivalizaba en lujo con su vecina. Izak Gavent los había citado en su propia casa, algo poco usual en aquel tipo de negocios turbios, pero Izak Gavent no era el más convencional de los nigromantes.
    Los dos ladrones y el asesino fueron conducidos por un sirviente hasta un magnífico salón, donde se les invitó a sentarse y esperaron a su anfitrión y futuro cliente durante no poco rato. Cuando se abrió una de las puertas y apareció Gavent, ninguno pudo evitar un leve gesto de sorpresa, ya que no se parecía en nada a los pocos nigromantes que habían tenido oportunidad de conocer, todos hombres ancianos o avejentados, cubiertos por sobrias túnicas negras y de carácter desabrido, huraños o desconfiados hasta rozar la paranoia.
    Izak Gavent había visto poco más de veinte inviernos, tenía un rostro de facciones armoniosas con la palidez propia de quien pasa poco tiempo al aire libre pero sin el tinte enfermizo habitual entre los suyos. En lugar de túnica vestía una casaca negra, con intrincados símbolos bordados con hilo de plata en los faldones y las bocamangas, pantalones negros y botas igualmente adornadas con plata. Cualquiera lo hubiese tomado por un joven noble antes que por uno de los más temidos transeúntes del Camino del Thanos, como algunos llamaban a la nigromancia.
—Creo que le caes muy bien.
    Huris casi dio un respingo al escuchar de nuevo la voz de Larko, quien milagrosamente llevaba varios minutos callado. Un leve crujido le hizo levantar la vista, y vio las ramas del árbol seco meciéndose con la débil brisa.
—Y no es de extrañar, eres más joven y apuesto que yo, y además los asesinos tenéis un encanto especial.
—¿Pero de qué hablas? —preguntó Huris.
—Ya me entiendes... —continuó Larko, en un tono con el que resultaba difícil precisar si hablaba en broma o en serio—. Todo el mundo sabe que las mujeres no son la debilidad de Gavent.
    El asesino rió ante las insinuaciones del ladrón. Todo el mundo sabía muchas cosas sobre Izak Gavent, pero al mismo tiempo nadie parecía saber nada. Una red de rumores, medias verdades e incluso leyendas, que sin duda él mismo fomentaba.
—Dudo mucho que Gavent sea capaz de amar, o de sentir deseo por alguien. Sabes tan bien como yo que clase de monstruo es, aunque no lo parezca.
    Larko acomodó la cabeza en el petate y se tumbó bocarriba, meditando las palabras de su compañero durante unos segundos antes de hablar de nuevo.
—¿De qué hablásteis?
—Sabes de qué hablamos, Sanira y tú estábais presentes.
—Hablásteis a solas antes de que nos fuésemos, ¿no lo recuerdas?
    Huris apretó las mandíbulas. Aquel ladrón estaba llegando a un nivel de impertinencia que le habría costado la vida en otras circunstancias, pero ya quedaba poco. En cuanto entregasen el objeto y llegasen a La Cueva no tendría que verlo nunca más.
—Me habló de este lugar y de cómo encontrarlo.
—¿Y si hubieses muerto? ¿Cómo nos habríamos reunido con él?
    Con un sonoro resoplido el asesino dejó claro que no quería continuar con la conversación.
—Será mejor que te calles, o serás tú quien se pierda la reunión—dijo, de forma tan cortante que Larko comprobó con disimulo si tenía su puñal a mano.
    Ya había anochecido por completo, las nubes ocultaban la luna y no se escuchaba absolutamente nada en aquel páramo, ni pasos, ni un carruaje, ni la brisa, ni un miserable grillo. Cuando al estirar su dolorido cuello Larko miró hacia arriba vio algo que le hizo romper de nuevo el silencio, aunque habló para sí mismo, casi en un susurro.
—Esto sí que no lo había visto nunca: un árbol muerto que florece por la noche.
    Huris escuchó la frase y levantó de inmediato la vista. En efecto, multitud de flores blancas, semejantes a las del jazmín pero algo más grandes, se abrían entre las ramas aparentemente secas del árbol. Cuando la luz de la luna consiguió colarse entre las nubes y aquellos pétalos pálidos adquirieron un brillo plateado Huris comprendió lo que estaba pasando e intentó gritar, pero ya era tarde. El polen, casi invisible en la oscuridad, había entrado en su cuerpo, paralizándolo por completo e impidiéndole respirar. Podía escuchar los jadeos desesperados de Larko al otro lado del tronco.
    Al mirar de nuevo hacia arriba no vio las ramas secas ni las flores, y se dio cuenta de que ya no estaba apoyado en el tronco de un árbol, sino en el regazo de alquien vestido de negro. Con una sonrisa de niño sádico Izak Gavent contemplaba su muerte.
—¿De verdad crees que soy incapaz de amar? —dijo el nigromante, con un tono entre la burla y el reproche.
    Huris intentó respirar por última vez, sin éxito, y quedó inmóvil. Gavent le bajó los párpados con sus dedos pálidos, le cerró la boca y depositó con suavidad el cuerpo en el suelo antes de ponerse en pie y echar un vistazo a su alrededor, dedicando unos instantes a regodearse en su propio talento. Adoptar la apariencia de un árbol no era demasiado difícil, incluso los druidas podían hacerlo, y esparcir veneno desde sus ramas tampoco resultaba complicado, pero el toque de las flores blancas abriéndose a la luz de la luna le parecía sublime.
    A continuación recogió el petate, caído dentro del agujero que había dejado el falso árbol, comprobó que tanto el preciado objeto como el oro que había pagado por él estaban dentro, tiró todo lo demás en el agujero y pronunció una breve palabra que invocó a un fuego fatuo.
    La pequeña llama verdosa flotó cerca de su amo mientras éste sacaba de su casaca un frasco y rociaba con su contenido los dos cadáveres, al tiempo que pronunciaba varias frases breves e incomprensibles. Gracias a aquel sencillo conjuro, los cuerpos e incluso las ropas y el cuero se descompondrían tan deprisa que por la mañana solo quedaría un puñado de huesos y jirones. Si alguien llegaba a pasar por allí pensaría que los cadáveres llevaban años en ese lugar y nadie se molestaría en investigar.
    El nigromante cogió sus pertenencias y se alejó caminando, precedido por el fuego fatuo para no tropezar en la oscuridad. Antes de que las nubes volviesen a engullirla la luna hizo brillar los intrincados símbolos, bordados con hilo de plata, que adornaban sus vestiduras.
 
 
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