06 agosto 2012

La batalla de la seda.

   En el mismo valle donde habitualmente solo podían verse grandes rebaños pastando al sol o algún campamento de nómadas a orillas del caudaloso Mivos dos ejércitos se lanzaban el uno contra el otro con estudiada furia homicida.
   A poca distancia de la primera línea de batalla, entre centenares de entusiastas guerreros, un soldado de infantería con un penacho de plumas blancas adornando su capacete entonó un convincente grito de guerra antes de lanzarse, espada en alto, contra un adversario en cuyo yelmo se agitaba lo que parecía una cola de gineta. El primer mandoble fue bloqueado con un movimiento fluido que se trasformó en una estocada dirigida a la axila del atacante, quien soltó tal blasfemia que a pesar del griterío varios soldados cercanos volvieron la cabeza durante un instante.
—¿Pero que haces? ¡Me has pinchado!
   A el del yelmo con cola de gineta se le desencajó durante un segundo el rostro al comprobar que la punta de su espada estaba manchada de sangre.
—Lo... lo siento, de verdad. Olvidé que las espadas tienen punta —farfulló, recuperando la compostura al ver que su víctima no estaba herida de gravedad—. Además, no me eches toda la culpa. Tú te has movido.
—¿Que olvidaste que las espadas...?¿Que yo me he...? —dijo el de las plumas blancas en el capacete, demasiado furioso para terminar una frase.
—Ya he dicho que lo siento. Deja de quejarte y muérete.
—¿Que me muera? ¡Estoy herido, cabeza de becerro!
—No es más que un arañazo... ¡Nos están mirando! ¡Muérete de una vez!
    El soldado herido se llevó frente al rostro la mano que apretaba contra su axila y se miró los dedos. Bizqueó un instante, la piel de su rostro adquirió el color de la leche recién ordeñada y se desmayó sobre la hierba. Mirando a su alrededor con disimulo, el del yelmo con cola de gineta se agachó para meter la mano bajo el peto del caído y sacar de un enérgico tirón una banda de seda roja, que ondeó mientras caía sobre el cuerpo inconsciente con un dramatismo admirable. Sin perder más tiempo el vencedor se lanzó de nuevo gritando a la refriega, intentando recordar si eran tres o cuatro los enemigos a los que debía abatir antes de caer.



   Bera Jhonnier se reclinó en la silla mientras se masajeaba las sienes, haciendo una pausa para rascarse el mentón con la característica mueca de un hombre que no está acostumbrado a dejarse barba. El sol apenas había completado la mitad de su recorrido sobre el Valle del Mivos y aquel ya ocupaba un puesto de honor entre los días más largos de su vida. Intentó concentrarse en los papeles desordenados sobre la mesa por enésima vez, y por enésima vez se recordó a sí mismo que solo quedaba un día.
   A poca distancia, en el centro del pabellón de lona abarrotado por piezas de armadura, rollos de tela y un sinfín de retales de cuero, plumas y pieles, una mujer en paños menores paseaba de un lado a otro frente a un espejo, intentando que su curvilínea figura se moviese con marcialidad. Llevaba un bigote postizo, negro y brillante.
—Al menos podrías quitarte las grebas —gruñó el hombre—. Así no hay quien se concentre.
   La mujer se planto frente a él, mirándolo ceñuda y meneando el bigote. Cuando Caryn se había adjudicado a sí misma el papel de Capitán de la Guardia Imperial, alegando que su talento interpretativo sería suficiente para ocultar al público la inapropiada femineidad de su anatomía, Bera no había podido negarse. En parte porque perder el papel de emperatriz le había afectado más de lo que decía, en parte porque quería tener cerca a la mujer con la que llevaba más de una década compartiendo el escenario y el lecho, aun con aquel ridículo mostacho.
—Deberías de dejar esas tonterías y prepararte tu papel para mañana, majestad —dijo Caryn, sentándose a horcajadas sobre los muslos de su compañero.
—¿Qué papel? Solo tengo que soltar una arenga a voz en cuello y pasearme entre las tropas con la barbilla levantada para que todos puedan decir: ¡Eh, mira como se parece al tipo que sale en las monedas!
   Ignorando las quejas del actor, tan habituales en las últimas semanas, la mujer le hizo cosquillas en el cuello con el bigote.
—Este comportamiento es totalmente inapropiado en un Capitán de la Guardia Imperial —dijo con solemnidad cuando el generoso busto de Caryn se apretó contra su torso—. Por cierto, lo de andar con grebas lo tienes dominado pero... ¿cómo vas a esconder a las "pequeñas"?
—Dalmin se ha ocupado de eso. Tendré una estampa tan viril que no me extrañaría si alguna joven dama se enamorase de mí.
—Aha...
   Como de costumbre, el momento de solaz no duró mucho. La cortina que hacía las veces de puerta se descorrió para dar paso a un hombre ataviado con una llamativa túnica y un enorme sombrero picudo. Se plantó frente a la pareja, abriendo los brazos mientras bufaba, como si el motivo de su enfado debiera resultarles evidente.
   Caryn le lanzó una mirada asesina mientras volvía frente al espejo. Bera Jhonnier suspiró. El hecho de haber podido contratar a un auténtico hechicero para interpretar el papel de hechicero le había entusiasmado, hasta que conoció en persona a Kelistar de Juglans.
—Maestro Kelistar, si tiene problemas con el vestuario hable con Dalmin, es él quien...
—¡Ya he hablado con Dalmin! —bramó el mago—.Y ese sastre de tres al cuarto se empeña en ignorarme. Por eso recurro a ti, quien como director de la compañía debería haberse documentado mejor sobre el hecho histórico que se va a representar.
   Bera respiró hondo. Llevaba más de dos meses leyendo todo lo que había encontrado sobre la Batalla del Mivos, donde un antepasado del actual emperador, hacía exactamente trescientos años, había expulsado para siempre a los salvajes letganienses. Una heroica victoria sobre la que existían tantas crónicas, cantares, tapices, cuadros y esculturas que hasta un analfabeto podría documentarse sobre ella. Cuando el emperador recurrió a él para organizar aquella gigantesca recreación, a la que asistirían reyes y embajadores incluso de países abiertamente hostiles, lo pensó detenidamente. Pero no lo suficiente.
—¿Cual es el problema?
—¿Que cual es el problema? Esto es una túnica ceremonial, ¿no lo ves? ¿Qué hechicero en su sano juicio iría a una batalla con una túnica ceremonial?
   Bera respiró más hondo todavía. Era consciente de que aquel fantoche de voz estridente podía reducirle a cenizas en menos de un parpadeo, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para no romperle de un puñetazo su erudita nariz. Estaba harto de hacer concesiones y acatar órdenes. Había consentido que Lehana L´evane, la actriz elfa más veleidosa y pagada de sí misma que había conocido jamás arrebatase a Caryn el papel de emperatriz, porque el no menos engreído y caprichoso emperador era su más ferviente admirador. Había accedido a que los actores, gran parte de los cuales no eran actores sino aldeanos, nobles, mercaderes e incluso auténticos soldados, llevasen espadas auténticas para aportar realismo a la escena. Se había dejado barba, cosa que odiaba, para interpretar al heroico protagonista, y sabía que se estaba jugando su prestigio y el de su compañía en una excentricidad de proporciones épicas.
   Al menos, se consoló, había conseguido sustituir la sangre de cerdo propuesta por el emperador para simular la de los combatientes por seda de color rojo.
—Entiendo lo que me dice, Maestro Kelistar. Pero tenga en cuenta que interpreta a un legendario hechicero...
—¡Fentaran el Bravo! —interrumpió el mago, como si le hubiesen insultado.
—... y lo que el público espera ver es la imagen majestuosa de un archimago con su cayado apuntando al cielo y una túnica ondeando mientras pronuncia palabras arcanas con voz atronadora —concluyó Bera, tan convincente que el ceño de Kelistar se desfrunció un poco.
   Caryn aplaudió discretamente y movió el bigote en gesto de aprobación cuando el hechicero dio media vuelta y se marchó, casi al mismo tiempo que un enano de barba negra entraba en la tienda. El director de la compañía soltó un suspiro de alivio al ver al tramoyista, quien rara vez le daba malas noticias. Pero se puso tenso de nuevo cuando vio el pálido rostro de Kurtic. Incluso su nariz, normalmente roja por la cantidad de cerveza que trasegaba a diario, era un nabo hervido en medio de la cara, y parecía no saber que hacer con las manos, algo insólito en el diligente enano.
—Por todos los dioses de las montañas, Kurtic, dime que no hay problemas con el dragón.
   Kurtic miró alternativamente a Bera y a Caryn, y por último miró fijamente un tapiz que descansaba sobre un baúl, donde podía distinguirse la figura imponente de un dragón alado. Según todas las crónicas, cantares, tapices, cuadros y esculturas, en la Batalla del Mivos había participado un dragón, en el bando del emperador, inclinando la balanza de forma decisiva hacia la victoria. El hábil Kurtic, ayudado por una legión de carpinteros, herreros e incluso un alquimista, había construido una réplica tan impresionante que hasta movía las alas y escupía fuego. Era la viva imagen de Greutakhang, un dragón al que no se había vuelto a ver desde entonces.
—Oh... no, Bera, no hay ningún problema —dijo el tramoyista, vacilante—. Tú mismo viste ayer lo bien que funciona la maquinaria, y lo espectacular que es la carcasa.
—Desde luego. Es la viva imagen de Greutakhang.
—Si... ya. Pero me temo que hay alguien que no opina la mismo.
—¿Quién no opina lo mismo? —preguntó Bera con resignación, oliéndose otra intromisión del emperador o sus consejeros.
—Greutakhang —dijo el enano.




   Desde las gradas que se habían dispuesto sobre las murallas de la ciudad el panorama del Valle del Mivos era inmejorable. Más de un millar de personas, todas ellas nobles o altos funcionarios, contemplaban cómodamente el espectáculo mientras el pueblo se apiñaba a los pies de la muralla, disfrutando tanto o más que sus dirigentes. Los niños, algunos con espadas de madera y plumas de gallina en la cabeza correteaban entre los tenderetes y el olor de las patatas asadas, las manzanas de caramelo y los crujientes buñuelos de hígado típicos de la región, o se encaramaban sobre los hombros de sus padres para no perder detalle del espectáculo.
   El emperador, en un sillón cuyo respaldo sobresalía por encima de los demás, seguía con una sonrisa de satisfacción cada movimiento de las tropas o cada hecho destacable del que se hablaba en los romances que varios juglares repartidos por la muralla cantaban con entusiasmo. Junto al emperador se sentaba el rey Iovaros, monarca de la segunda nación más poderosa del continente, por quien no sentía simpatía alguna y a quien más esperaba impresionar con aquel despliegue teatral.
—¡Oh, ahí está Lehana L´evane¡ Incluso desde esta distancia su belleza sobrecoge —dijo Iovaros.
—Podéis jurarlo. Fue idea mía que interpretase a la emperatriz —afirmó con orgullo el emperador.
   Cuando la batalla se acercaba a su punto álgido pensó que subiría un poco la suma que le había prometido a Bera Jhonnier. Salvo por algunos soldados que no tenían demasiado claro donde caerse muertos y un Capitán de la Guardia Imperial algo afeminado, todo estaba saliendo a la perfección. El dragón se estaba haciendo esperar, pero supuso que el director quería crear expectación, dejar lo mejor para el final.
—¡Ah!¡Ahí está Fentaran el Bravo! —exclamó de nuevo el rey Iovaros—. Mirad como chillan sus enemigos, como si nadie les hubiese dicho que ese fuego mágico es ilusorio.
—Nadie se lo dijo, para aportar realismo a su reacción. Fue idea mía —dijo el emperador.
   La siguiente exclamación del impresionado Iovaros superó en volumen e intensidad a todas las anteriores. Y no fue la única. Los más de mil nobles y altos funcionarios se agitaron en sus asientos cuando una bestia alada sobrevoló el valle del Mivos en su dirección. Ignorando a los ejércitos que fingían luchar, el dragón se posó en la muralla, oscureciendo el sol con sus enormes alas. Su cuello se dobló hacia el emperador, paralizado y lívido, y las terribles fauces se abrieron para dejar caer a sus pies un amasijo de hierros, tablas y engranajes que recordaba vagamente a su propia cabeza.
—Y bien... ¿de quién ha sido la idea? —dijo Greutakhang.
 
*****


 

01 agosto 2012

El castigo.


No son pocos quienes cometen iniquidades convencidos de que obran con rectitud.
Que no vuelvan su rostro hacia mí en busca de piedad pues solo verán en el espejo de mi frente la verdad de su culpa.
(Los Juicios de Haros, 9-IV)


   Aquel era el castigo.
   El rey abrió los ojos de nuevo para contemplar las armaduras de sus guerreros, brillantes como esculturas de plata sobre la hierba oscura del valle. Su propio arnés resplandecía, adornado con el emblema del dios cuyo nombre invocaban todos ellos antes de lanzarse sobre el enemigo. Un dios que no era un padre, ni un creador. Un dios al que llamaban por muchos nombres pero sobre todo por uno: El Juez. La ley ultraterrena dictaba sentencia y el rey era la mano del verdugo.
   Los salvajes también tenían dioses, pensó mientras escrutaba la masa parda al otro lado del valle, hecha de pieles, barbas y ojos hambrientos. Adoraban y ofrecían sacrificios a animales antropomorfos, bestias adornadas con abalorios, alimañas, igual que ellos. Se reproducen como ratas, y como tales debes exterminarlos, decía su padre, y no sin razón. Eran muchos, y ni uno de ellos empuñaba una espada. Garrotes, hachas, guadañas y bieldos.
   El rey había hecho todo lo posible por acabar con la plaga. Incluso más allá de las fronteras de su reino, hasta tierras sin nombre, estepas nevadas e interminables praderas amarillas, habían limpiado las espadas de sus soldados la mancha de una raza que se cubría con el pelaje de sus animales sagrados. Pero allí estaban, en interminables filas de mandíbulas apretadas. 
   La hierba oscura se resquebrajó cuando los cascos de los caballos azotaron el valle, cargando contra la muralla humana erizada de hierro. El rey a la cabeza con su espada en alto, como mandaba El Juez. Ellos corrieron, la mayoría descalzos, al encuentro de la muerte, una vieja conocida. Cuando chocaron el silencio estalló, clavándose sus esquirlas en los oídos de unos y otros.
   A pesar del caos, la espada en la mano del verdugo segaba sin vacilar. La hierba oscura se tornó barro carmesí bajo los cascos de los corceles. Pero por cada salvaje que caía otros dos ocupaban su lugar. El rey no pudo cercenar todas las manos ávidas y ennegrecidas que le agarraban para desmontarlo. Cuando su espalda tocó la tierra el golpe hizo vibrar hasta la última fibra de su cuerpo.
   El cielo, impregnado de nuevo por ese gris macilento y acuoso, fue sustituido por los cuerpos y los rostros angulosos de los bárbaros. Ni uno solo de ellos le miró a los ojos, privándole de cualquier atisbo de humanidad en su agonía. Ninguno pronunció una sola palabra. Pero las armas sí hablaron.
   Tus hombres quemaron mi aldea y nuestros campos.
   Dijo el hacha que se hundió entre las costillas del rey.
   Los tuyos degollaron a mi padre.
   Dijo la maza que aplastó las rodillas del rey.
   Tus soldados violaron a mis hijas.
   Dijo el puñal de hueso que se clavó en el vientre del rey.
   La sangre caliente que fluye de las heridas y derrite las esquirlas gélidas del silencio. Un último estruendo, una luz lejana que parece burlarse y después nada. Oscuridad.
   El rey abrió los ojos para contemplar las armaduras de sus guerreros, brillantes como esculturas de plata. Sentado de nuevo sobre su caballo, al otro lado del valle volvían a buscarle las mismas miradas hambrientas. Garrotes, hachas, incluso guadañas y bieldos. Era la mano del verdugo y El Juez había dictado sentencia.
   Aquel era el castigo.

*****