01 agosto 2012

El castigo.


No son pocos quienes cometen iniquidades convencidos de que obran con rectitud.
Que no vuelvan su rostro hacia mí en busca de piedad pues solo verán en el espejo de mi frente la verdad de su culpa.
(Los Juicios de Haros, 9-IV)


   Aquel era el castigo.
   El rey abrió los ojos de nuevo para contemplar las armaduras de sus guerreros, brillantes como esculturas de plata sobre la hierba oscura del valle. Su propio arnés resplandecía, adornado con el emblema del dios cuyo nombre invocaban todos ellos antes de lanzarse sobre el enemigo. Un dios que no era un padre, ni un creador. Un dios al que llamaban por muchos nombres pero sobre todo por uno: El Juez. La ley ultraterrena dictaba sentencia y el rey era la mano del verdugo.
   Los salvajes también tenían dioses, pensó mientras escrutaba la masa parda al otro lado del valle, hecha de pieles, barbas y ojos hambrientos. Adoraban y ofrecían sacrificios a animales antropomorfos, bestias adornadas con abalorios, alimañas, igual que ellos. Se reproducen como ratas, y como tales debes exterminarlos, decía su padre, y no sin razón. Eran muchos, y ni uno de ellos empuñaba una espada. Garrotes, hachas, guadañas y bieldos.
   El rey había hecho todo lo posible por acabar con la plaga. Incluso más allá de las fronteras de su reino, hasta tierras sin nombre, estepas nevadas e interminables praderas amarillas, habían limpiado las espadas de sus soldados la mancha de una raza que se cubría con el pelaje de sus animales sagrados. Pero allí estaban, en interminables filas de mandíbulas apretadas. 
   La hierba oscura se resquebrajó cuando los cascos de los caballos azotaron el valle, cargando contra la muralla humana erizada de hierro. El rey a la cabeza con su espada en alto, como mandaba El Juez. Ellos corrieron, la mayoría descalzos, al encuentro de la muerte, una vieja conocida. Cuando chocaron el silencio estalló, clavándose sus esquirlas en los oídos de unos y otros.
   A pesar del caos, la espada en la mano del verdugo segaba sin vacilar. La hierba oscura se tornó barro carmesí bajo los cascos de los corceles. Pero por cada salvaje que caía otros dos ocupaban su lugar. El rey no pudo cercenar todas las manos ávidas y ennegrecidas que le agarraban para desmontarlo. Cuando su espalda tocó la tierra el golpe hizo vibrar hasta la última fibra de su cuerpo.
   El cielo, impregnado de nuevo por ese gris macilento y acuoso, fue sustituido por los cuerpos y los rostros angulosos de los bárbaros. Ni uno solo de ellos le miró a los ojos, privándole de cualquier atisbo de humanidad en su agonía. Ninguno pronunció una sola palabra. Pero las armas sí hablaron.
   Tus hombres quemaron mi aldea y nuestros campos.
   Dijo el hacha que se hundió entre las costillas del rey.
   Los tuyos degollaron a mi padre.
   Dijo la maza que aplastó las rodillas del rey.
   Tus soldados violaron a mis hijas.
   Dijo el puñal de hueso que se clavó en el vientre del rey.
   La sangre caliente que fluye de las heridas y derrite las esquirlas gélidas del silencio. Un último estruendo, una luz lejana que parece burlarse y después nada. Oscuridad.
   El rey abrió los ojos para contemplar las armaduras de sus guerreros, brillantes como esculturas de plata. Sentado de nuevo sobre su caballo, al otro lado del valle volvían a buscarle las mismas miradas hambrientas. Garrotes, hachas, incluso guadañas y bieldos. Era la mano del verdugo y El Juez había dictado sentencia.
   Aquel era el castigo.

*****

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario