04 septiembre 2012

El secreto de Vhila Garuda.


    Como de costumbre, la esperaba de pie en la cubierta de popa, con la mirada intensa de quien busca una diminuta peculiaridad en un cuadro enorme y aparentemente perfecto. Llevaba un albornoz de lino colgado del brazo, de un azul celeste que parecía aún más claro en contraste con su vestimenta pardusca, descolorida por las horas de viento y salitre.
    La barbilla del sol ya tanteaba las aguas del horizonte cuando algo se perfiló, volando bajo entre las escasas nubes, apenas un punto cada vez más grande y poco después la silueta de dos alas. El capitán cambió el peso de una pierna a la otra; un gesto de impaciencia disimulado por el suave balanceo del barco. La Barracuda, una goleta de tres palos tan elegante como implacable, se hallaba fondeada al socaire de un islote pelado. Ninguna de las aves marinas que solían anidar entre aquellas rocas se parecía a la criatura que se acercaba planeando a la embarcación, cuya manga apenas igualaba en el punto más ancho la longitud de su envergadura.
    Con el plumaje blanco brillando anaranjado a la luz del ocaso el enorme pájaro se posó en la batayola, ahuecó las alas y zangoloteó la majestuosa cabeza, rematada por un pico recio como el de un halcón pero más alargado. El hombre apenas se movió, sonriendo cuando el ave saltó a cubierta. Antes incluso de tocar la madera las patas nudosas terminadas en garras comenzaron a tornearse y aclararse, alargándose con las líneas inconfundibles de unas piernas femeninas. Las alas en cambio se acortaron, diluyéndose el denso plumaje que las cubría en una neblina nacarada que arrastraba la brisa. El pico perdió su volumen fundido en un rostro ovalado, los ojos se acercaron entre sí sin perder el peculiar azul grisáceo del iris, y el penacho de plumas que adornaba la cabeza fue sustituido por una cabellera pajiza.
    Salier Lashni, capitán de La Barracuda, arropó el cuerpo desnudo de una mujer que parecía agotada y aterida, conduciéndola al interior del barco.
    En el comedor de la tripulación, el capitán sorbía sin mucho interés una copa de vino sentado de medio lado en el banco, mientras su segundo, un hombre achaparrado y barbudo llamado Wald, fumaba apoyado contra un mamparo. Ambos observaban a la joven, todavía vestida con el albornoz azul y con el pelo recogido por una sencilla diadema de ballena, mientras engullía suficiente comida como para alimentar a un marinero durante toda una semana, moviendo de tanto en tanto la cabeza hacia un lado u otro con la rapidez característica de las aves. Tanto Salier como el segundo sabían de sobra, después de casi cinco años compartiendo con ella aventuras y desventuras, que después de su metamorfosis Vhila Garuda solía estar inquieta, irritable y muy, muy hambrienta. Así que esperaron a que diese por finalizado el festín trasegando un barrilete de cerveza aguada antes de importunarla.
¿Y bien? preguntó por fin Salier.
Poco más de lo que ya sabíamos respondió Vhila, indicando a Wald con un gesto que le pasase la pipa. Se esconde en esa pequeña fortaleza costera, cerca del acantilado. El cielo estaba despejado, así que no he podido acercarme lo suficiente como para contar a sus hombres.
¿No has podido hacerte invisible o algo así?inquirió el segundo de a bordo.
Te he dicho un millón de veces que no soy hechicera, Wald dijo la mujer, con un enfado suavizado por la costumbre, aunque su rostro enrojecía por momentos entre bocanadas de humo.
    El capitán le arrebató con suavidad la pipa, consciente de que las exóticas resinas con las que su tripulación aderezaba el tabaco no sentaban demasiado bien a Vhila. La miró pensativo, intentando no perderse en la intensidad de aquellos ojos redondos y ligeramente saltones, demasiado parecidos a veces a los de un ave de presa. Cuando su mirada se endurecía de esa forma no le resultaba extraño que Vhila Garuda, hembra de una raza tan escasa que sus miembros podían pasarse toda la vida sin encontrarse con un congénere, se ganase la vida como cazarrecompensas.
Pero Coral sí que es una hechicera. Y de las peligrosas dijo Salier.
Coral... bufó Wald, rascándose su barba entrecana Vaya nombre tan cursi para una bruja.
    Vhila esbozó una sonrisa algo forzada. El capitán se llevó la pipa a los labios, repasando los acontecimientos del último año. Por razones que todavía se le escapaban, Vhila y él habían pasado de ser amigos y camaradas a ser amantes, situación que terminó tan repentinamente como empezó. Poco después la joven se había marchado, con la excusa de resolver un asunto (el cual no explicó) en su tierra natal (cuya ubicación debía permanecer en secreto). Su ausencia duró todo un verano y parte del otoño, mientras La Barracuda daba caza a piratas, desertores y algún que otro monstruo marino, siguiendo con su rutina. Vhila había vuelto hacía pocos días, como si su viaje hubiese durado apenas unas horas, con el inusual encargo de un acaudalado mercader hibrense: recuperar un objeto robado nada menos que por Coral Lengua de Seda, una bruja cuya cabeza tenía precio en varios reinos, tanto por su uso despreocupado de la nigromancia como por su afición a apropiarse de lo ajeno.
Deberíamos hacerlo esta misma noche afirmó Vhila, clavando todavía sus ojos en el distraído capitán.
¿No es algo pronto? Te acabas de transformar y apenas has descansado dijo Wald, con sincera preocupación.
    Aunque a el veterano segundo de a bordo le había costado en un principio aceptar en la tripulación a la extraña e introvertida mujer-pájaro, con el paso de los días y las millas su relación se había vuelto como la de un hermano mayor y su hermana pequeña. Si bien durante la mayor parte del tiempo se lanzaban puyas o discutían por minucias, el amor fraternal forjado entre ambos era sólido como un ancla, algo poco habitual entre cazarrecompensas, individuos por lo normal más interesados en hacer fortuna que en tejer lazos afectivos. Por eso, cuando Vhila abandonó el comedor rumbo a su camarote para vestirse, el capitán se volvió hacia su segundo.
¿Te ha contado algo más?
Nada que tú no sepas, compadre Wald recuperó su pipa, apuró los rescoldos y miró a su superior levantando una de sus tupidas cejas. No te voy a negar que este asunto me tiene también algo escamado, pero no tenemos motivos para desconfiar de Vhila. Y el adelanto que ha pagado ese mercader... en fin, es oro de verdad, limpito y sin acuñar, como a nosotros nos gusta.
No he dicho que no me fíe de ella, pero ha vuelto de ese viaje más susceptible de lo habitual, y parece tener demasiada prisa dijo Salier.
Desde luego, y además... bah, da lo mismo.
    El capitán taladró con la mirada a Wald. Aquel hombre casi le doblaba la edad, y acumulaba toda la experiencia y sabiduría que solo puede obtenerse tras casi medio siglo bregando sobre la cubierta de un barco, pero tenía un defecto: era demasiado confiado; algo que podía resultar fatal para alguien de su profesión a no ser que, como era el caso, tuviese mucha suerte y buenos amigos.
¿Y además qué, Wald? insistió.
Bueno... desde que Vhila está con nosotros hemos cazado a toda clase de gentuza, tú lo sabes compadre, y la he visto matarlos, con las garras o con la espada, pero nunca había visto en sus ojos lo que veo ahora. Odia a esa hechicera. No puedo imaginarme el motivo pero la odia a muerte, y si no la acompañamos estoy seguro de que saldrá a cazar ella sola.
    Apurando su copa de un trago Salier Lashni, capitán de La Barracuda, se puso en pie, apretó el nudo del pañuelo negro que le cubría la cabeza y ajustó el cinto donde colgaban una cimitarra recién afilada y un puñal de dos palmos de largo.
En ese caso no la hagamos esperar. Manda levar anclas y fijar el rumbo ordenó mientras salía del comedor. Esta noche toca cazar brujas.
 
    Quedaban unas dos horas para el alba cuando los botes de desembarco se acercaron a la orilla. El plan era simple: Salier y sus hombres atacarían la fortaleza a las bravas, asaltando la puerta principal, hasta la que llegarían desembarcando en la playa y caminando por un empinado trecho entre altas palmeras que se cimbreaban bajo el viento nocturno y chumberas de espinas tan largas como colas de rata. Mientras tanto, Vhila Garuda se infiltraría por la muralla trasera, accesible solamente para quien fuese capaz de escalar una interminable pared de rocas húmedas o, por supuesto, de volar.
    Cuando la docena de hombres armados pisó la arena Salier dedicó una última mirada al cielo. La delgada luna menguante apenas conseguía iluminar el suave oleaje, pero si Coral Lengua de Seda tenía vigías en su guarida sin duda habrían visto el velamen de la goleta. Intentando no pensar en el cúmulo de imprudencias que podían transformar la incursión en una trampa para ratones, el capitán ordenó avanzar a su tropa.
    Llegaron ante la muralla sin incidentes, y varios de los hombres se miraron con extrañeza al no encontrar centinelas apostados en las dos torres que la custodiaban. En medio de un silencio viscoso los cazarrecompensas lanzaron sus garfios y treparon, descolgándose al otro lado del muro sobre una nueva sorpresa. El interior del recinto no parecía el patio de una pequeña fortaleza costera, sino los jardines de un palacio, dominados por un hermoso edificio de piedra rojiza, con numerosos balcones y ventanas enmarcadas por arcos de herradura. Desde uno de los balcones los contemplaba una mujer cuya belleza, iluminada por un candil posado en la balaustrada, resultaba sobrenatural. Vestía una túnica de seda roja, ceñida a su estrecha cintura por un fajín tan negro como sus cabellos, recogidos por una red de diminutos rubíes. No se movió ni pronunció palabra; su sola presencia bastaba para distraerlos mientras una veintena de formas oscuras se aproximaban agazapadas entre frutales y setos de formas engañosas.
    El segundo Wald, menos impresionable que sus jóvenes camaradas, fue el primero en verlos.
¡Su perra madre! ¿Pero qué es eso?
    Eran criaturas humanoides, de unos dos metros de estatura a pesar de caminar encorvados, con cuerpos fibrosos cubiertos de una irregular pelambre negruzca y nudosos brazos terminados, no en manos ni en garras, sino en un único espolón de hueso tan largo y afilado como la hoja de una guadaña. Los rostros, máscaras grotescas a medio camino entre un hombre y un murciélago, se acercaban a los intrusos sin mostrar emoción alguna.
¡Aberraciones necrománticas!exclamó Salier.
    Todos sabían de sobra que no era conveniente ignorar a la bruja, pero los tripulantes de La Barracuda no podían hacer otra cosa que centrar su atención en las cuchillas surgidas de las sombras, ansiosas por hundirse en sus cuerpos. Wald también fue el primero en herir a uno de los engendros, hundiéndole su estoque en el vientre tras esquivar un rápido golpe que solo consiguió rasgarle la camisa a la altura del codo. A pesar de su inferioridad numérica y del terror inicial, los cazadores se mantenían firmes. Salier combatía con la ferocidad propia del pez que daba nombre a su barco, desviando las cuchilladas con el puñal y rajando los cuerpos contrahechos con la cimitarra, sin flaquear ni siquiera cuando vio caer a uno de los suyos con el cuello atravesado por una de las guadañas amarillentas, a otro debatiéndose en el suelo mientras dos adversarios lo apuñalaban una y otra vez, o a su segundo cojeando a causa de un feo tajo en el muslo derecho.   
    Cuando la última de las aberraciones dio con sus huesos en tierra quedaban en pie ocho hombres, todos heridos en mayor o menor medida y agotados por el breve pero intenso combate. Fue entonces cuando escucharon por primera vez la voz de Lengua de Seda. La bruja no se había movido durante la carnicería, pero ahora dibujaba en el aire con su mano izquierda mientras que con la derecha balanceaba el candil lentamente, al compás de un cántico melifluo que parecía fluir desde sus labios hasta el último rincón de aquel jardín maldito.
¡No estamos de humor para canciones, zorrón! gritó Wald, intentando librarse del miedo que aumentaba con cada verso de Coral.
    Salier tenía los nudillos blancos en torno a las empuñaduras de sus armas, debatiéndose entre el deseo de trepar hasta el balcón para vengar a los caídos y el exacerbado estado de alerta que le impedía bajar la guardia ni el tiempo entre dos latidos. Sabía que uno de sus hombres, un curtido ribereño de cabellos trenzados, poseía varios cuchillos arrojadizos y una puntería endemoniada, pero parecía tan paralizado como él mismo, y como su capitán empalideció por completo cuando los cuerpos inertes de las aberraciones comenzaron a moverse de nuevo.
    Incluso el segundo de a bordo perdió su inquebrantable ánimo al ver erguirse sobre sus repugnantes extremidades a las criaturas que creía haber matado. Salier lo miró a los ojos, con una mezcla de resignación y febril bravura. Sabía que ambos albergaban la misma esperanza, la de haber distraído a la bruja el tiempo suficiente para permitir a Vhila entrar y salir del edificio sin ser vista. Animadas por la incesante salmodia las cuchillas de hueso buscaron de nuevo carne caliente que morder.
    Y de repente la noche se desgarró. Un grito vibrante, primitivo como el rugir de las olas, agudo como una lluvia de esquirlas cristalinas, amordazó la artera melodía de la nigromancia. Coral Lengua de Seda no pudo defenderse del magnífico pájaro, deslumbrada por el plumaje blanco que atrapaba y aumentaba el exiguo resplandor de la luna, apenas pudo gritar antes de que las garras se hundiesen en su pecho y el acerado pico le abriese la garganta. Un golpe involuntario de ala hizo caer el candil contra el suelo del patio, y cuando estalló en una fantasmal llamarada ambarina las aberraciones se desmadejaron, cortados los hilos que las movían.
    El ave entró en el edificio, haciendo añicos las cristaleras que separaban el balcón del interior, y el silencio volvió a adueñarse de la fortaleza costera. Recuperado ya el dominio de sí mismo, Salier se lanzó hacia la fachada, trepó ágilmente hasta la balaustrada, dejó atrás el cuerpo destrozado de la bruja y entró en la que había sido su alcoba, tan lujosa como cabía esperar e iluminada por varios candelabros. Vhila Garuda estaba arrodillada en un rincón, en su forma humana, aferraba contra el pecho algo que había sacado de un cofre lleno de lo que parecía serrín.
Lo... siento, Salier dijo, con la voz entrecortada por el llanto. Ella me lo robó... quería usarlo para su repugnante magia y... tenía que recuperarlo.
    Cuando se acercó al cuerpo desnudo y tembloroso de la mujer pudo ver claramente qué era lo que acunaba entre sus pálidos brazos. Era un huevo, algo más pequeño que su propia cabeza, de cascaron rosado, liso y suave como una perla.
No existe el mercader, ni el collar del que os hablé. El dinero era mío y...
Vhila interrumpió el capitán, después de agacharse junto a ella y rodearla con un brazo Este huevo... ¿Es tuyo?
Es nuestro respondió.  
   Con el corazón latiendo más deprisa que durante el combate con las aberraciones, pero con una sensación muy distinta, el capitán de La Barracuda abrazó a Vhila Garuda, dejando que enjugase las lágrimas en su camisa hecha jirones. Cayó en la cuenta de que era la primera vez que la veía llorar y se juró que, mientras estuviese en su mano, también sería la última.

 
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