06 noviembre 2012

The Soft Machine (isn´t you).

   Gina miró la puerta al fondo del pasillo. Le resultaba familiar, aunque cada vez le costaba más diferenciar los recuerdos reales de los déjà-vu o incluso de los sueños. Esos sueños donde se sentía tan despierta que perdían todo su encanto. En las horas de vigilia abría los ojos un poco más de lo necesario para demostrarse a sí misma que no estaba dormida.

   Los ojos de Gina. Esos preciosos ojos de loca. Siempre febriles y al acecho, como dos panteras heridas.

—¿Sabes donde estamos? —preguntó Bonzo.

—Claro que sí.

   No soportaba que la mirase así, con su ojo gris entornado y el otro, el que no era humano ni era un ojo, zumbando a una frecuencia que solo podían escuchar ella y quizá las ratas. Alégrate piccola, le decía una voz de madre cada vez más desleída en el ácido de su memoria, al menos alguien se preocupa por Gina.

   Bonzo Fordshire la miraba desde las alturas. Medía algo más de dos metros y la mitad izquierda de su rostro, cubierta de tatuajes al igual que el cráneo, resultaba aun más amenazadora que la derecha, donde los pioneros de la biomecánica habían incrustado ese cacharro que le permitía ver en la oscuridad y disparar con una puntería endiablada siempre y cuando el arma la sostuviese su brazo izquierdo, otra deslucida reliquia de metal.

   Gina pertenecía al reducido grupo de privilegiados a los que Bonzo había contado Su Historia. Cuando el cabo de infantería de marina Jason Fordshire, durante una incursión rutinaria de limpieza en lo que quedaba de Nueva Jersey, había sido sorprendido por un mutante de clase F. Una puta sanguijuela de medio metro se le enganchó al hombro, y nadie sabe lo que eso duele. Un dolor demencial, más de aquellos bichos acercándose y ni rastro de su pelotón. ¿Que hubieses hecho tú? Se disparó un proyectil incendiario a sí mismo. El bueno de Jason, ese grandullón hijo de perra, ardiendo en un callejón de Trenton, riéndose cuando vio a la alimaña en el suelo retorciéndose entre las mismas llamas que le devoraban medio cuerpo.

   La historia de Gina no tenía tanto glamour. Un atraco, un tiro en la cabeza y otra pandilla de visionarios bienintencionados con batas blancas. Cuando la matriz neuronal sintética y los restos de su cerebro unieron fuerzas para convertirse en un problema se acabaron las sonrisas y las palmaditas en la espalda. Pero tenía su lado positivo: si ahora alguien intentaba pegarle un tiro podía hacer que los sesos le saliesen por las orejas con una descarga psiónica. ¿Quién ríe ahora? Podrías al menos sonreír de vez en cuando. Tenías una sonrisa tan...

   Los nudillos humanos de Bonzo llamaron a la puerta. Fueron observados por las habituales cámaras de vigilancia durante unos diez segundos y la cerradura se abrió. Estaban en el almacén de una tienda de antigüedades, en un barrio periférico de Albany donde los edificios databan de mediados del siglo XXI. El olor a moho y polvo hizo pensar a Gina que la mayoría de los trastos amontonados en la trastienda de Glenn habían brotado del mismo edificio. Libros, computadoras enormes de carcasa gris, reproductores de discos compactos, revólveres, extraños teléfonos con teclas luminosas.

—Tan puntuales como de costumbre —dijo Glenn desde el atestado escritorio—. ¿Queréis beber algo antes de empezar a hablar de negocios?

—No hay mucho de lo que hablar, y preferiría marcharme cuanto antes. Esta zona no es segura para nosotros — respondió Bonzo, proyectando su sombra sobre el anticuario de dedos nerviosos y pelo anaranjado.

—¿Y cual lo es?

   Gina curioseaba entre los estantes. Sabía que no era la primera vez que estaba allí. Incuso recordaba la voz nasal de Glenn y la forma en que le miraba el culo cuando pensaba que estaba distraída. Sin embargo la tridimensionalidad del escenario era nueva; como si en sus anteriores visitas todos los objetos hubiesen estado pintados en una pared. Lo confirmó hojeando una revista. El tacto del papel satinado fue el ancla sensorial que necesitaba. La mujer desnuda de la portada abría y cerraba la boca como si no pudiese respirar. Curiosamente aquella clase de alucinaciones, pequeñas y controlables, le resultaban reconfortantes. Como cuando la gárgola que Bonzo tenía tatuada en el antebrazo izquierdo le hablaba.

—Es como si se hubiese tragado dos balones.

—Esa revista es de finales del siglo XX, y la cirugía estética no estaba muy avanzada por entonces —explicó Glenn, aunque el comentario de Gina no iba dirigido a nadie en concreto.

   Cirugía defectuosa. Alégrate, piccola. Al menos tienes un bonito par de tetas y esa magia tuya que mata a los tipos malos. Dejó la revista con las demás y centró su atención en la variada colección de armas antiguas.

—Vamos al grano.

—Lo que tú digas, Fordshire. De todas formas me está ignorando, para variar.

   El hombrecillo pelirrojo entregó al gigante tatuado un objeto cuadrado y plano. En una de sus caras podía verse el dibujo de un mecanismo de relojería y las palabras "The Soft Machine" impresas con letras rojas. Bonzo lo sopesó con cuidado. No era la primera vez que veía un disco de vinilo y sabía que eran frágiles.

—Es de mediados del siglo XX. Psicodelia, o algo así. No soy experto en música —explicó Glenn—. ¿Para qué lo quiere tu jefe? No me lo imagino coleccionando discos antiguos.

—No lo sé. Y seguro que no es asunto nuestro.

   A pesar de llevar varios años trabajando para él ni Gina ni su compañero sabían quién o qué era Bookworm, un pirata informático ascendido a la categoría de terrorista cuando sus ataques comenzaron a causar muertes. Ahora que Internet era poco más que un cadáver andante, en gran parte gracias a los venenos binarios de Bookworm, el nuevo enemigo era la red Akasian. Un salto evolutivo para la humanidad, según sus creadores. Una inofensiva operación y el cerebro se transformaba en una terminal.

—Hay algo que quería contaros. Seguramente no es nada...

—Habla, Glenn. Tenemos que irnos.

—Ayer vino un tipo, un cliente. Llevaba una des esas horribles camisas blancas y azules que visten los empleados de Akasian. Estuvo hurgando en las cajas de discos.

—¿Te preguntó por el nuestro? —gruñó Bonzo, frunciendo su medio ceño humano.

—No. Encontró uno de un tal Bruce nosequé, lo escuchó un rato y pareció gustarle. Me preguntó de que año era, si había grabado más discos y cómo se llamaban.

—¿Y qué tiene eso de raro?

—En fin... se supone que todos los empleados tienen el implante. Podría haber sabido todo eso al instante sin preguntarme.

—Esos tipos se pasan el día sin articular palabra. Tal vez solo quería charlar.

—Tal vez —admitió Glenn, pensativo—. ¿Sabes? Hay quien dice que cuando se generalice el uso de Akasian las cuerdas vocales terminarán por atrof...

   Un chasquido silbante interrumpió al anticuario. Un instante antes de que un proyectil alargado se clavase en su ojo. Bonzo se dio la vuelta para encontrarse con Gina sosteniendo una ballesta.

—¿Qué coño haces?

   Sin pronunciar palabra la mujer soltó el arma y cruzó el almacén, dio la vuelta al cadáver caído sobre la mesa y le arrancó el virote del cráneo, llevándose el ojo ensartado en la punta de hierro. Lo sostuvo frente al rostro de Bonzo, quien no tardó en ver el diminuto triángulo negro adherido al ensangrentado nervio óptico.

—¿Eso es...?

—El dispositivo visual del interfaz neural. ¿Nunca lo habías visto? —dijo Gina, antes de arrojar el globo ocular contra su difunto propietario—. Traidor de mierda.

—¿Cómo te has dado cuenta?

—He... sentido la transmisión.

—¿Desde cuando puedes hacer eso?

— ¿Y qué más da? Muévete, soldado. Nos han visto y saben dónde estamos.

   Bonzo miró a su alrededor. Encontró un maletín de plástico rígido y guardó dentro el disco. A continuación sacó su arma de la funda y se aseguró de que estaba cargada.

—Si nos cazan en la carretera no tendremos ninguna oportunidad. Será mejor resistir aquí y rezar para que Bookworm haya interceptado la transmisión y nos envíe ayuda.

   Ella lo miró. Esos preciosos ojos de loca. La gárgola del antebrazo sonrió y le guiñó el ojo.

—¿Rezar?

—Tú ya me entiendes.

   Se asomaron a la puerta que daba a la tienda. Podían ver la calle a través del escaparate. Un grueso cristal blindado que estalló hacia fuera cuando apareció el primer vehículo y la onda psiónica de Gina lo estampó contra el edificio de enfrente. Bonzo vació medio cargador de su Colt Supreme contra el segundo vehículo, matando a dos agentes del Akasian Firewall, el cuerpo de seguridad privado que velaba por los intereses del gran salto evolutivo. Un tercer automóvil escupió a cuatro agentes más. Uno de ellos cayó fulminado, sangrando por los oídos. Otro se arrodilló gritando y apretándose las sienes. Mientras tanto, los pasajeros del primer coche consiguieron salir de su interior y comenzar a disparar.

   Diez minutos después, catorce cadáveres vestidos de azul cinabrio yacían en la calle y tres más dentro de la tienda, algunos destrozados por la munición ilegal del Colt y otros sin heridas visibles. La pared del almacén estaba llena de agujeros y el cuerpo de Bonzo también. Gina había conseguido librarse de las balas, pero le costaba andar en línea recta y el mundo estaba desenfocado. Demasiada magia ¿Ya no recuerdas lo que te dijo aquel matasanos? Riesgo de aneurisma. Colapso en las sinapsis...

—Estoy bien —dijo Gina, a nadie en concreto.

—Vendrán... más. Lárgate e intenta... —Tos sanguinolenta—...contactar con Bookworm.

   Sentado en el suelo con la espalda contra la pared, Bonzo la miró mientras sacaba el disco de la funda. La mitad humana de su cuerpo estaba cubierta de sangre y la otra soltaba chispas azuladas o rezumaba un fluido negruzco allí donde los disparos habían hecho blanco. La miró levantar la tapa polvorienta del tocadiscos y colocar el círculo negro en su lugar. La aguja arrancó el recuerdo de los surcos. Voces plateadas tejiendo en la suciedad del aire un extraño salmo. Rezar, tú ya me entiendes.

—Olvídate del gusano, soldado. Ha decidido que este es nuestro sitio.

   Hardware obsoleto y mercancía defectuosa. Gina se sentó en el suelo y se recostó contra el torso tatuado, dejando que la húmeda calidez de la sangre abrigase una mejilla sedienta de lágrimas. Un brazo humano y su gárgola sonriente le rodearon la cintura. El corazón de Bonzo dejó de latir antes de que terminase la primera canción. Recuerdo, sueño, déjà-vu ¿Qué más da? Ahora estás sola, piccola.

Sun heart burns, moon glow turns

Stars foretell: Hope For Happiness

Hope For Happiness, happiness, happiness...
 



 
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1 comentario:

  1. Me gustó este relato cuando lo leí y algún punto se llevó. Buen blog, habrá que volver, saludos.

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