30 diciembre 2012

Walnut Cashmere y el misterio de las huellas rojas.

   En una larga hilera, más de doscientos hombres de piel negra hundían sus palas en la tierra o golpeaban con picos las rocas que aparecían de cuando en cuando. El capataz y sus ayudantes, rifle en mano, se paseaban por los bordes de la zanja, velando por los intereses de la Southern Coalbird, la empresa propietaria de aquellos esclavos.
    Todas las miradas, excepto las de quienes estaban demasiado aturdidos por el cansancio, se dirigieron al cielo cuando reverberó sobre ellos el inconfundible trémolo de los rotores. La inmensa aeronave, sustentada por dos juegos de quince hélices cada uno en el extremo de otros tantos mástiles, dejaba una estela de humo en el rosado atardecer de Louisiana.
    En la parte baja del casco, las aspas de los propulsores horizontales giraban al máximo de su potencia. Pronto se perdería de vista, en dirección a los muelles de Nueva Orleans, donde desembarcarían sus pasajeros. Jack sabía que se trataba de una aeronave de pasajeros por las elegantes balaustradas de madera, los toldos de tela con flecos ondeando al viento o la multitud de apliques dorados. También sabía que el hombre que cavaba a su izquierda no estaba ahí segundos antes. A lo largo de la jornada, se había movido por la hilera, aprovechando los escasos momentos de distracción de los guardianes, hasta llegar a su lado.
—Eres Jack, ¿verdad?
—Aquí hay muchos con ese nombre.
    El desconocido era más bajo y delgado, de pelo canoso pero aun lo bastante fuerte como para resistir el ritmo de trabajo en la zanja. Miraba nervioso al capataz, todavía distraído con el paso del ingenio mecánico que los sobrevolaba.
—Eres el Jack que busco. Escúchame, por favor.
—¿Te parece que tengo elección? Dí lo que quieras pero dilo deprisa. Y sigue cavando mientras hablas, imbécil —gruñó Jack, sin dejar de mover su pala.
—Me llamo Ben Bowley. He pasado los últimos treinta años en una plantación de tabaco, hasta que hace unos días nos compraron esos tipos de la Coalbird.
—Como a todos. Ve al grano, viejo.
—Nos compraron a mí y a mi hija Julianna, de catorce años. No me dijeron a dónde la llevaban, y no he podido averiguarlo. Su madre murió hace años, Jack, y es toda la familia que me queda.
—Lo siento, amigo. No he oído hablar de ella.
—Me han dicho que tu conoces gente, Jack. Gente de la ciudad que puede ayudarme. Por favor...
—¡A callar!
    Ben Bowley dio un respingo al escuchar el grito del capataz, que los miraba a ambos con las manos en su flamante Winchester de repetición. La aeronave ya no era más que una silueta, pequeña y antinatural, difuminándose entre las escasas nubes y su propio excremento grisáceo.
Fingiendo ignorar las lágrimas de su compañero , Jack continuó cavando.
 
 
 
    El Narval Alado quedó suspendido en el aire durante algunos minutos, estabilizándose antes de iniciar el descenso. Las hélices verticales redujeron su velocidad y el casco de la aeronave se posó junto a uno de los muelles, construcciones elevadas sobre arcos y columnas de piedra.
    Un hombre vestido con traje negro y bombín esperaba junto a una de las escalinatas de acceso, flanqueadas por esculturas y grandes arriates rebosantes de vegetación tropical. Ajustó la lente de su monóculo para enfocar a un individuo de poco más de metro y medio que descendía con una floreada maleta en una mano y un bastón en la otra. El comisario Turner conocía de oídas tanto el aspecto como la personalidad extravagante del detective Walnut Cashmere, así que no se sorprendió demasiado cuando el orondo hombrecillo se detuvo en el penúltimo escalón y miró a su alrededor torciendo un espeso bigote rojizo que se unía con las patillas.
—Espero que esta pesadilla neoclásica manchada de hollín no sea visible desde la habitación de mi hotel.
—Bienvenido a Nueva Orleans, señor Cashmere —saludó el comisario, levantando su bombín e ignorando la primera de, intuía, muchas quejas.
    El detective respondió al saludo de mala gana, tocando apenas el ala de su chistera adornada con una pluma roja, y se secó el sudor del rostro con un pañuelo bordado que apareció de repente en su mano.
—¿Qué tal el viaje desde Boston? Sin contratiempos, espero.
—Ninguno —dijo Cashmere mientras se subían al automóvil que esperaba a escasos metros de la escalinata.
—Estará deseando descansar después de un viaje tan largo, pero me temo que debo ponerle cuanto antes al día sobre los pormenores de la investigación. Como ya sabe, mis superiores desean que este caso se resuelva de inmediato.
—No hace falta que me convenza de la gravedad y urgencia del asunto, comisario. Que hayan gastado tanto dinero en contratar a un abolicionista declarado como yo para sacarles las castañas del fuego dice mucho de la situación.
—Afortunadamente su fama como investigador en casos... digamos peculiares, está por encima de las diferencias ideológicas —afirmó Turner, tras rechazar con un gesto la caja de rapé que le ofreció Cashmere.
—No me dore la píldora, y vayamos directamente a la morgue. Prefiero ver con mis propios ojos esos pormenores de los que habla.
    Tras aspirar el tabaco y arrugar varias veces la nariz, el detective miró su reloj de bolsillo. Su voraz estómago suspiraba por llenarse con las maravillas de la cocina criolla, pero también quería liquidar aquel caso cuanto antes. Un caso, sospechaba, algo más que "peculiar".
    Poco después de llegar a la amplia estancia donde reposaban los cadáveres, se les unió un hombre de barba blanca y puntiaguda, vestido con una levita gris.
—Le presento al doctor Jenkins. Una de las mayores eminencias médicas de la Confederación, y encargado de los exámenes forenses —anunció el comisario Turner.
—Un placer conocerle —dijo Walnut Cashmere, sin interrumpir su paseo entre mesa y mesa ni mirar siquiera al prestigioso galeno.
    Los cuerpos pertenecían a tres mujeres jóvenes, una de ellas adolescente. Las tres eran de raza blanca. Con una carpeta rebosante de papeles en la mano, Jenkins se paseó también por la morgue, deteniéndose junto a cada una de ellas para presentárselas a su invitado.
—La primera, Clementine Ross, fue encontrada muerta hace tres días en su dormitorio. La segunda, Mary Anne Starwood, hace dos días, y la tercera, Marguerite Deveroix, fue asesinada anoche. Las tres murieron de asfixia, aunque no hemos encontrado signos de estrangulamiento, y las tres fueron desfloradas antes de morir.
—De lo que deduzco que eran vírgenes —comentó el detective.
—Lo eran —continuó el comisario, quitando la palabra al forense—. Además, fueron impunemente asaltadas en sus dormitorios, sin que nadie escuchase ruido alguno. No había puertas ni ventanas forzadas, y en las tres escenas del crimen se encontraron multitud de huellas rojas, incluso en las paredes y el techo, huellas de sangre hechas por un pie desnudo. El pie de un hombre alto, a juzgar por su tamaño.
    Cashmere rumió la nueva información, intentando encajarla con lo que ya sabía antes de subir al Narval Alado rumbo al sur. Sabía que las tres jóvenes eran hijas de importantes accionistas de la Southern Coalbird, y que habían contribuido tanto con dinero como con esclavos en la construcción del Steam Bullet, un vehículo subterráneo impulsado por vapor a presión.
     Obviamente, quienes tenían intereses en el ferrocarril no miraban con buenos ojos a este nuevo medio de transporte, mucho más rápido y seguro que cualquier tren. Y puesto que también eran los mayores fabricantes de aeronaves y barcos de vapor, la Southern Coalbird podría llegar a monopolizar el sector del transporte, tanto de pasajeros como de mercancías, en toda la Confederación.
    Por otra parte estaban los grupos abolicionistas radicales, no muy activos en los últimos años pero sin duda indignados por el incremento de la mortalidad entre los esclavos. El trabajo en las grandes zanjas y túneles, unido a la crueldad de los capataces de la Coalbird, los diezmaban de tal forma que los negreros vendían toda su mercancía incluso antes de descargarla en los muelles.
    Y por otra parte...
—Doctor Jenkins, no he podido evitar observar que las tres víctimas tienen la cabeza separada del tronco —dijo Cashmere, antes de aspirar una buena porción de rapé.
    El forense y el comisario intercambiaron una breve mirada. Turner asintió, aclarándose la garganta antes de hablar.
—Precisamente por eso le llamamos a usted y no a otro, señor Cashmere. Varias horas después de ser confirmada su muerte, e incluso una vez extirpados la mayoría de sus órganos para su estudio, ellas... los cadáveres revivieron y atacaron al doctor y sus ayudantes.
—Yo no diría que revivieron —intervino Jenkins, pálido como el algodón—. Continuaban siendo cadáveres, pero se nos echaron encima e intentaban mordernos. La única forma de detenerlas fue... lo que puede ver.
    Poco sorprendido por la revelación del forense, Walnut levantó la vista de los cuerpos y se quedó mirando, pensativo, el techo abovedado de la morgue.
—Hace unos años investigué el caso de varias desapariciones en un circo ambulante. No les aburriré con los detalles: al final resultó que el Increíble Hombre Caimán era realmente un hombre-caimán antropófago —relató el detective, haciendo una pausa para disfrutar del desconcierto de sus oyentes—. Sin embargo, como pude comprobar de una forma bastante empírica, la mujer barbuda era un fraude. Aunque mis recuerdos de aquella noche no son del todo claros debido a cierto derivado del Cannabis sativa que un malabarista mezcló con mi tabaco.
—¿Qué tiene eso que ver con el caso que nos ocupa? —preguntó Turner, pasando del desconcierto a la impaciencia.
—Quiero hacerles ver que la solución correcta puede ser la más sencilla y al mismo tiempo la más increíble. ¿Saben qué es un bokor, amigos míos?
—Un brujo negro —afirmó el médico, no muy seguro.
—Un brujo vudú, no necesariamente negro —corrigió Cashmere, levantando la mano para silenciar al comisario, quien se disponía a hablar—. No hay tiempo para más explicaciones. Ahora necesito saber los nombres de todos quienes tengan capital en la Coalbird y una hija virgen.
—Solo queda un hombre que cumpla con esos dos requisitos: el gobernador de Louisiana, George Carlson.
 
 
 
 
    Ayudada por su doncella, una espigada mujer negra, se cepillaba el pelo frente al espejo del tocador. Sabía que la soberbia era pecado, pero la joven Emilianna Carlson no podía evitar deleitarse con su propia belleza, sobre todo cuando los cabellos dorados formaban ondas perfectas sobre sus pechos.
    Incluso la esclava se conmovía ante la visión angelical de su ama con aquel vaporoso camisón blanco, fundiéndose con los cortinajes del dosel cuando se acostaba.
—No apagues la lámpara, voy a leer un poco.
—Buenas noches, señorita.
    Poco después, dormía con el libro caído sobre los almohadones, como una muñeca colocada a propósito para enamorar a los duendes nocturnos. Hasta que despertó dentro de una pesadilla.
    Intentó gritar, pero una mano enorme y huesuda le rodeaba la garganta. La mano de un hombre absurdamente alto y delgado, de piel negra con un enfermizo tono ceniciento, tocado con un largo sombrero de copa. A pesar de la férrea presa, la joven pudo mirar a su alrededor, descubriendo un escenario propicio para el terror delirante que la invadía. La luz de la lámpara era ahora un resplandor malsano, de un verde que volvía el aire acuoso, y mirase donde mirase, techo o paredes, solo veía huellas rojas.
—¿Quiere gritar, mademoiselle? No se preocupe... la noche es laaaarga, y gritará. ¡Ooh, vaya si gritará!
    La voz del intruso se asemejaba al sonido de una pizarra arañada con un cristal en el fondo de una caverna. Permanecía encaramado sobre la cama, como una araña, acercando cada vez más su rostro, su boca enorme de dientes amarillentos, a la temblorosa Emilianna. Con su mano libre comenzó a desabrocharse el pantalón, que llevaba remangado, dejando a la vista las pantorrillas y los pies cubiertos de sangre.
    Ni el agresor ni su víctima repararon en que un baúl situado junto al tocador se abría de golpe.
—¡Detente, Barón La Croix! Se acabó la diversión.
    Sin soltar a su presa, se volvió para encararse con un hombre bajo y gordo, armado con un bastón y lo que parecía una cajita de rapé dorada.
—¿Quién eres tú, boulette con piernas? ¿Qué hacías escondido ahí? ¿Te he quitado a tu presa?
    Walnut Cashmere aprovechó las preguntas para abrir con disimulo la caja dorada. Sabía bien a quien se enfrentaba y el peligro que corría. El Barón Samedi, también conocido como La Croix. El esperpéntico y libidinoso dios del inframundo, invocado sin duda por un bokor lo bastante poderoso como para traerlo al plano material pero no tanto como para mantenerlo bajo control.
—No me conoces Barón, pero tal vez recuerdes a mi madre, Madame Cashmere, quien luchó contra ti y te venció hace tres décadas.
     Emilianna Carlson pudo volver a respirar con normalidad cuando la presa en torno a su cuello se debilitó un poco. Los ojos del ser se abrieron como platos, pero su sonrisa perversa no desapareció.
—No recuerdo que una zorra gorda me haya vencido jamás.
—Claro que sí. ¿Qué son treinta años para un dios de la muerte?
     La luz verde resplandeció y tembló, de forma que las huellas parecían moverse por la habitación. sosteniendo la mirada demente del Barón, el detective destapó el doble fondo de la caja de rapé y dejó caer a su espalda el polvo y los diminutos huesos ocultos bajo el tabaco, repasando en su cabeza las palabras del conjuro.
—Deja a esa niña, Barón. Ya te has divertido bastante con las otras tres.
    El dios inclinó la cabeza, golpeando el dosel con la copa del sombrero.
—¿Trois? ¿Es que no sabes contar, cerdo bigotudo? Han sido seis. A las seis las empalé. A las seis les sorbí el alma.
    Esta vez fue Cashmere quién vaciló, empalideciendo a medida que era consciente de lo que implicaban los graznidos de aquel degenerado.
—Aah... ya se lo que pasa, mon cher ami. Solo has contado a las muñequitas blancas, ¿verdad? Tres blancas, y tres negras, dos cada noche. ¡Vuelve a sumar, saco de manteca!
    Más furioso de lo que había estado en toda su vida, Walnut gritó las palabras que su madre le había enseñado y se apartó de un salto del lugar donde habían caído los componentes del conjuro, rodando por el suelo mientras el suelo temblaba y se abría una grieta a un lugar del cual nadie ha vuelto.
    Si la voz del Barón era desagradable, la que surgió del portal era absolutamente insufrible, tanto que las maldiciones que chillaba eran ininteligibles. Cuando Samedi reconoció la voz de su esposa saltó de la cama e intentó escapar, pero ya era tarde. El brazo largo y descarnado de Maman Brigitte lo agarró por un tobillo, arrastrándolo de nuevo al reino de los muertos.
    En cuanto la grieta se cerró y la habitación volvió a la normalidad, Cashmere se incorporó, se sacudió la ropa y caminó hacia la cama, donde la aún paralizada Emilianna lo miraba estupefacta.
—¿Quién... quién es usted?
—Me llamo Walnut Cashmere, pero puedes llamarme Wally.
    Superada por los acontecimientos, la hija del gobernador se desmayó sobre los mullidos almohadones, y el hombre que se había escondido en su baúl para salvarla del rey del inframundo rezó a todos los dioses benignos para que al despertar creyese que todo había sido una pesadilla.

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