28 diciembre 2013

El último hijo de Sarnath (y II).

SEGUNDA PARTE.

   Al comienzo del sexto día, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre las arenas blanquecinas que ahora transitaban, Akhara tuvo la certeza absoluta de cual era el origen de su malestar, de la sensación desconocida que comenzaba en el vientre y se extendía a otras partes del cuerpo. Como doncella del Gran Templo, no le habían hablado de cuestiones ajenas a lo que debería haber sido su vida, entregada al culto y la castidad, pero el instinto, agudizado por el entorno salvaje, le decía que una nueva vida germinaba en sus entrañas.
    Nuam-Thari recibió la noticia con una mezcla de escepticismo y cauta alegría. Aunque tampoco estaba instruido en los mecanismos del cuerpo femenino, le pareció insólito que en tan breve espacio de tiempo el vientre de su esposa ya presentase una leve curva. Se guardó de expresarlo en voz alta, pero pensó que el cansancio, las privaciones y los monótonos paisajes de Mnar podían estar alterando los sentidos de una muchacha cuyo único horizonte habían sido las murallas de Sarnath.
    La marcha por el desierto estaba resultando penosa para ambos, acosados por el intenso calor diurno y el bochorno nocturno, cargado de una humedad inexplicable teniendo en cuenta la sequedad del lugar y la lejanía del mar.
    —Este caballo apesta. Es insoportable —dijo Akhara, con una mueca de repugnancia en su cada vez más delgado y moreno rostro.
    —Así es como huelen todos los caballos. Ya te lo he dicho.
    Las continuas quejas de la joven por cuestiones insignificantes, y a veces inexistentes, convencían al guerrero de que su juicio se estaba enturbiando. Era ella quien cabalgaba la mayor parte del tiempo, muy erguida en la silla, evitando tocar la piel rojiza del animal. Nuam-Thari soportaba las quejas con benevolencia, esperanzado en que cuando terminase la procesión de dunas y llegasen parajes más agradables cambiaría la actitud de su esposa.

09 diciembre 2013

Jingle Bells (Microrrelato).

   Cerré la ventana y me acerqué a la cama sin hacer ruido. O al menos lo intenté. Me coloqué la barba en su sitio cuando unos ojos grandes y somnolientos me miraron en la penumbra.
   —¿Santa Claus? ¿Eres tú?
   —Eh... sí, pequeña. Sigue durmiendo.
   Me había equivocado de habitación. Salí al pasillo, con la pistola en la mano, y abrí la primera puerta que encontré. ¿Qué clase de idiota lleva una automática con silenciador y un disfraz con campanillas? Pues yo.
   Odio trabajar en Nochebuena.


Ornament on bible - Hall Groat II.

04 diciembre 2013

El espejo barroco. (Relato breve).

   Vio su cuerpo desnudo al pasar frente al espejo de marco barroco, dorado, excesivo y sin brillo; cómo debe ser cualquier cosa que haya visto nacer y morir naciones. La imagen reflejada podría calificarse de moderadamente rubensiana. En ese punto en el cual la sensualidad de las curvas se encuentra a escasos centímetros de una colisión dramática contra el tranvía del canon de belleza contemporáneo, y de las grietas que éste puede abrir en la autoestima de algunas mujeres.
    Debería darse más prisa, pero todo a su alrededor incitaba a la contemplación, a tardes lánguidas en un diván hablando de nada en absoluto, a mañanas ociosas en las que el sol se mueve tan despacio como las agujas del reloj, a noches de satén y adulterio con jóvenes de labios suaves y manos ásperas. Se detuvo frente a una cómoda, tan antigua y tan francesa que olía a guillotina.
    Dentro de un estuche negro estaba su sostén favorito: un mosaico de diamantes y diminutas filigranas de oro blanco. Una obscenidad tan hermosa que cortaba la respiración. Dedicar unos segundos a ajustar la longitud de los tirantes no le pareció una pérdida de tiempo cuando se lo vio puesto. Ninguna reina lució jamás sobre la cabeza nada tan soberbio como la delicada armadura que cubría sus pechos.
    Eligió unas medias blancas y se sentó en la otomana para ponérselas. Antes de ponerse en pie observó de cerca el intrincado encaje, compuesto en gran parte por flores de lis. Decían que era un símbolo de nobleza, y tal vez lo más noble que harían ceñidas a sus muslos sería flanquear la cintura del hombre que la esperaba en la calle.
    Al dirigirse hacia el armario vio en un marco plateado la fotografía de otro hombre. El mismo que había pagado cuanto la rodeaba, mirando al frente con la soberbia benevolente de un emperador por derecho de nacimiento. Descolgó un vestido de dos piezas, blanco y negro. Un joven de labios suaves y manos ásperas no hubiese podido pagar semejante prenda ni ahorrando durante veinte años.
    Solo restaba calzarse. Ya había perdido demasiado tiempo, así que no se demoró en el zapatero y en apenas medio minuto los tacones marcaban su ritmo sobre el mármol. Abrió la puerta del baño y echó un último vistazo a la bañera. Allí reposaba otra mujer, mayor que ella pero con la piel más suave, los senos más firmes y sin cicatrices en el vientre. También lucía una bonita gargantilla carmesí, un corte en el cuello que ya apenas sangraba. Al mezclarse con el agua jabonosa, la sangre había adquirido un brillo que recordaba al vidrio coloreado.
    La mujer viva regresó al dormitorio, cogió la maleta donde había guardado su uniforme de asistenta, junto con las joyas y el dinero, y se marchó. Cuando subió al coche que la llevaría a cualquier otro lugar, un transeúnte sonrió ante la fugaz visión de una blanca flor de lis.

*****

Babilonia - Roberto Ferri.

 

25 noviembre 2013

Una leyenda de Taar.

 
El hombre terminó de colocarse el negro turbante, adornado por una aguja de oro en cuyo extremo relucía una pieza de crisolita tallada en forma de pájaro. Uno de los criados entró en la cabina, tan lujosa y confortable como las alcobas de su propio palacio, pero mucho más pequeña.
   —Estamos cerca, amo.
    Melhaffar asintió y el hombrecillo comenzó a preparar todo lo necesario para el almuerzo ritual, compuesto en gran parte por frutas e infusiones destinadas a mejorar la concentración, los reflejos y la claridad mental. A primera vista, el criado hubiese podido pasar por un niño humano de piel demasiado clara, de no ser por los globos oculares completamente amarillos, los desarrollados incisivos inferiores que asomaban entre los labios y la voz cavernosa. Cuando todo quedó dispuesto, se marchó en silencio.
    El amo se acercó a una de las ventanas y miró hacia abajo. El mar inmenso, gris e inquieto, se extendía en todas direcciones, rodeando la isla de piedra volcánica hacia la cual volaban. Más que una isla, era una montaña solitaria clavada entre las olas, coronada por una estructura que provocaba vértigo incluso vista desde lejos. Varias terrazas de mármol rojizo rodeaban la cima, sosteniendo pequeñas edificaciones conectadas entre sí por escalinatas retorcidas, y en la de mayor tamaño se alzaba, como un rubí incrustado en carbón, el Templo de Alhmeb, la boca carmesí cuyas palabras gobernaban Taar.
    Al mirar hacia arriba, Melhaffar se sintió reconfortado por el batir lento y constante de las enormes alas. El rukh que transportaba su embarcación por el aire nunca abriría las garras para dejarla estrellarse contra las olas. No podría hacerlo aunque quisiera.
 
*** 
 
    Los centinelas de ónice cruzaron sus martillos de guerra, cuyas cabezas de hierro superaban en tamaño a la de un caballo, para impedir el paso a los recién llegados. Los cuatro acólitos se detuvieron jadeantes tras la carrera por el largo pasillo. Vestían mantos rojos sobre las negras túnicas, con figuras bordadas en oro que los identificaban como individuos de alto rango. El más joven de ellos se adelantó para encararse con los gigantes de piedra.
  —Dejad paso.
  —Solo un hombre puede entrar en el serrallo —dijo una voz inhumana.
   —Solo uno, y ya está dentro —coreó otra voz idéntica.
   El acólito de mayor edad apartó a los otros tres con impaciencia, colocó sus manos en los antebrazos de los guardianes y pronunció varias palabras entre dientes. Las armas se retiraron, sus portadores inclinaron la cabeza y el anciano se volvió hacia sus acompañantes con el ceño fruncido.
   —Salid fuera y esperad órdenes. Yo hablaré con él.
    Cuando se marcharon abrió la puerta y se sumergió en un laberinto de cortinajes etéreos, biombos de celosía, vegetación fragante, murmullo de fuentes y mujeres ociosas. En el centro del patio, rodeado por columnas y arcos de herradura rojos y negros, había un estanque de aguas termales cuyo leve aroma a azufre competía con el de mil perfumes. Junto al borde, recostado en un lecho de cojines, un hombre de espesa barba y pecho velludo cogía un dátil de un cuenco colocado entre los pechos de una concubina desnuda, lo mojaba en otro lleno de miel que la misma joven sostenía entre los muslos y se lo metía en la boca.
   —Lamento interrumpir vuestras horas de asueto, mi amo y maestro —dijo el anciano, postrándose con dificultad y recuperando el aliento.
    El hombretón se incorporó en el lecho e indicó que se apartasen a la media docena de mujeres que le rodeaban con un gesto del brazo izquierdo, terminado en un muñón oculto por una reproducción en miniatura del templo hecha de oro rojo y rubíes. Algunas miraron al viejo acólito con una sonrisa burlona, otras con preocupación, y otras simplemente lo ignoraron.
   —¿Qué asunto es tan urgente como para hacer correr a un hombre de tu edad?
   —Un visitante inesperado. El príncipe Melhaffar de Hokam exige ser recibido por mi amo y maestro.
   —¿Exige? —exclamó el barbudo. Se puso en pie y levantó los brazos para facilitar el trabajo a las silenciosas sirvientas que habían comenzado a vestirle—. Aniquilamos a dos tercios de sus ejércitos hace menos de seis lunas, ¿y se atreve a presentarse aquí sin previo aviso y exigir que mire su imberbe cara de loco?
   —Es... es un atrevimiento imperdonable, mi amo y maestro. Pero creo que deberíais escuchar lo que ha venido a decir.
    El Hierofante de Alhmeb soltó un profundo suspiro de impaciencia, se lavó la mano pegajosa con agua y la secó en los cabellos oscuros de una concubina que se inclinó para recibir tamaño honor. Al anciano le costó seguir el ritmo de sus largas zancadas cuando salió del serrallo envuelto en el ondeante manto rojo cuyos bordados representaban un minucioso mapa de todo Taar.
    Melhaffar paseaba despreocupado por la terraza principal del templo, tan amplia que le costaba distinguir los rostros de las al menos dos docenas de hombres vestidos de negro y rojo que vigilaban desde una distancia prudencial. Tras él se encontraba su elegante barco aéreo, y sobre las argollas de hierro el imponente rukh se acicalaba el sedoso plumaje con el pico. Para una criatura cuyo almuerzo solía consistir en un elefante adulto los acólitos eran apenas gusanos, pero eso no impedía que alimentase su inquietud lanzándoles miradas poco amistosas.
    El ave no prestó especial atención al Hierofante cuando apareció en las puertas que daban acceso al templo, seguido por otros seis subordinados y sin molestarse en disimular su enojo.
   —Alteza, disculpad si no habéis encontrado un recibimiento digno de vuestra posición, pero no solemos dispensarlo a quienes se presentan sin avisar, y mucho menos si son enemigos declarados de Taar.
    El joven príncipe sonrió ante las agrias palabras de su anfitrión y unió las manos antes de inclinarse en un breve saludo. La izquierda era de carne y hueso y la otra estaba hecha de plata.
   —No he venido en calidad de príncipe. Como podéis ver no me acompaña mi séquito, ni mi guardia personal. —Melhaffar hizo un gesto vago hacia su barco y dio un par de pasos al frente —. Mi presencia aquí tiene una explicación tan sencilla que todos los sabios consejeros de mi padre se palmearon la frente cuando la escucharon de mis labios. Algo que podría haber evitado esa larga guerra en la que perecieron tantos buenos soldados de Hokam.
   —Una guerra innecesaria, provocada por la desaforada ambición de vuestra estirpe —proclamó uno de los acólitos, adelantándose un paso.
   —¿Se puede culpar a un hombre poderoso por pretender expandir su poder? ¿Acaso no llegó a ser Taar el inmenso reino que es hoy en día por derecho de conquista? —preguntó el príncipe, consciente de que no recibiría respuesta alguna—. Pero tampoco he venido a debatir sobre política o historia. He venido a relevaros en vuestro cargo, Hierofante de Alhmeb. —Ignorando las exclamaciones de casi todos los presentes, levantó su mano metálica por encima del turbante— Lo que nos fue arrebatado muestra lo que somos, ¡Shir-Jannt!
    Los ojos oscuros del barbudo líder se transformaron en rendijas bajo las pobladas cejas. Levantó su propio brazo mutilado, y la miniatura del templo lanzó destellos rojos bajo el sol.
   —Al parecer os habéis tomado la molestia de estudiar nuestras leyes, pero os advierto que desafiarme solo os procurará otra derrota humillante. —Bajó el brazo, y desabrochó el cierre de su manto para dejarlo caer sobre el mármol. De su cinto colgaban tres objetos verdosos—. Además, no penséis que ocupando mi lugar gobernaréis Taar a vuestro antojo. Yo solo interpreto la voluntad de Alhmeb El Encarnado y sus Cinco Sombras.
    El príncipe de Hokam asintió, con una mueca de sardónica incredulidad. Estaba seguro de que la voluntad de los dioses, si es que alguna vez la manifestaban, no era muy diferente a la del propio Hierofante y sus acólitos. Se despojó también de su manto y sostuvo en la mano un objeto idéntico a los que portaba su adversario. Era una botella de vidrio opaco, del tamaño de una manzana, redonda y con un cuello corto cerrado por un tapón oscuro. Toda la superficie estaba cubierta por palabras arcanas y signos entrelazados.
   —No temáis. Cuidaré bien de vuestro amado templo.
    Dicho esto, destapó la botella con el dedo pulgar y la dejó en el suelo. El Hierofante hizo lo mismo con una de las suyas, acompañando el movimiento con un gruñido de rabia.
    Sobre el barco, el rukh soltó un alegre graznido. Aunque odiaba a su amo, le encantaba ver cómo derrotaba a sus adversarios.
***
 
    El viejo maestro apuró el cuenco de leche y lo dejó en la mesa, junto a un caos de papeles, libros y figurillas de madera. Se limpió el bigote gris con la manga y apuntó con su único ojo hacia la entrada de la casa de ladrillo rojo dónde vivía, de planta circular y con un tejado cónico rematado por un tragaluz. Una casa idéntica a la de casi todos los habitantes de Baandor, una pequeña ciudad construida alrededor de un oasis, como tantas otras ciudades de Taar.
    El muchacho entró cojeando, saludó al anciano con la cabeza y se sentó frente a él. Parecía exhausto, como quien acaba de regresar de un largo viaje, famélico y sucio. Su ya de por sí moreno rostro estaba tostado por el sol, y su pierna izquierda, de rodilla para abajo, era una tosca imitación de madera.
   —Así que la pierna, ¿eh? —dijo el maestro, señalando lo obvio.
   —Sí, la pierna. Hubiese preferido un ojo... o incluso una mano —afirmó el joven.
   —Siempre has sido demasiado impaciente, Waduk. Quizá las Cinco Sombras han querido enseñarte a viajar más despacio, mirando con más detenimiento cuanto te rodea.
   —¿Y por qué le quitaron a usted un ojo? ¿Es que miraba demasiado cuanto le rodeaba?
    El anciano se echó a reir, puso otro cuenco en la mesa y llenó ambos con una jarra de cerámica pintada. En realidad no pensaba que hubiese una segunda intención en los actos de las diosas nocturnas. Siempre que alguien sometía a su primer djinnet y se convertía en un Shir-Jannt de pleno derecho, ellas le arrebataban una parte del cuerpo. Ocurría durante el sueño, de forma indolora, pero siempre ocurría.
    Waduk sacó de su bolsa un shiram y lo sostuvo entre ambos. La botella verdosa no parecía diferente a cuando estaba vacía, pero tanto el maestro como el alumno sentían la furia de la criatura encerrada en su interior, sometida por la magia y la voluntad de su captor. La cólera de los djinnet solía disminuir con el paso del tiempo, pero durante los primeros meses de cautiverio el Shir-Jannt debía ser muy cuidadoso cuando los dejaba salir, pues la criatura podía volverse contra él si perdía la concentración durante un instante.
   —Es un onkant. No fue nada fácil someterlo.
    El maestro Yemseff abrió su ojo como un plato al escuchar el nombre del djinnet. Cuando él consiguió encerrar a un onkant, una bestia reptiliana grande como un león y con el lomo cubierto de púas afiladas, tenía más de treinta años, mientras que Waduk apenas tenía quince.
   —Te has arriesgado demasiado, muchacho.
   —No hay tiempo que perder. Y no derrotaré a Melhaffar si no muestro al menos tanto atrevimiento como él demostró cuando desafió al Hierofante.
   —Tienes razón —dijo Yemseff, asintiendo con gesto grave—. Pero no olvides que Taar es mucho más fuerte que cualquier hombre. Esta tierra ha soportado a tiranos peores que ese príncipe durante mucho más tiempo, y siempre ha sobrevivido. Así que no te precipites. Taar aguantará hasta que estés preparado para expulsar a ese indeseable del Templo de Alhmeb.
    El joven Shir-Jannt se puso en pie. A pesar del aspecto demacrado y la cojera, en sus ojos negros había tal resolución, tal llama desafiante, que su viejo maestro sintió reavivarse las esperanzas que había puesto en Waduk cuando apenas era un niño.
   —Ya no me queda mucho por enseñarte, pues un Shir-Jannt aprende de su propio camino. Pero te daré algo que te resultará útil.
    Mientras hablaba, Yemseff desenterró del desorden un volumen encuadernado con piel de cocodrilo, no muy grueso y poco más grande que su propia mano. Cuando Waduk lo abrió, encontró descripciones de docenas de djinnets, escritas con caligrafía diminuta, algunas ilustraciones, mapas de regiones de Taar poco conocidas e incluso algunos signos para fortalecer los shiram.
   —Esto es... la obra de toda una vida —dijo el joven Shir-Jannt, tan emocionado que las palabras se le atascaban en la garganta—. Seré precavido, maestro, estaré atento a cuanto me muestre el camino, y cuando esté preparado liberaré al pueblo de Taar.
    Cuando se quedó solo de nuevo, Yemseff cogió de la mesa una de las figuras que tallaba para matar el tiempo, una que representaba a un muchacho delgado, y le cortó la pierna izquierda. No solía rezar, pero imploró en silencio a Alhmeb El Encarnado y sus Cinco Sombras que protegiesen a su pupilo.
 
***
 
    En cuanto dio una docena de pasos hacia el interior de la aldea se vio rodeado por la misma penosa realidad que encontraba en cada uno de los pueblos, ciudades o campamentos nómadas en los que buscaba cobijo desde que partiese de Baandor, hacía ya casi un año. Los nuevos impuestos exigidos por Melhaffar convertían en pobres a los ciudadanos corrientes y mataban de hambre a quienes ya eran pobres. Impuestos que, con toda seguridad, servirían para costear otra de las guerras de Hokam contra un reino vecino.
 
 
    La Orden de la Vigilia, los acólitos armados que antes velaban por las seguridad del pueblo eran ahora temidos, transformados en implacables verdugos. Para cercenar de raíz las escasas esperanzas que pudiesen albergar los taarenos, los Shir-Jannt eran acosados por las nuevas autoridades, encarcelados o ejecutados por crímenes falsos. Además, sus djinnet eran destruidos, algo que no resultaba difícil cuando estaban dentro de los shiram.
    Por suerte, a nadie se le ocurría pensar que aquel joven cojo y harapiento pudiese ser un Shir-Jannt. Waduk ocultaba en los más profundo de su mugriento zurrón sus más preciadas pertenencias: el libro del maestro Yemseff y tres shiram, uno vacío y dos llenos. Ayudado por el fiero onkant, no le había resultado demasiado difícil someter a su segundo djinnet, un testarudo amrhatu, también llamado "búfalo de cien patas", aunque en realidad solo tenían seis, y cuatro cuernos afilados como navajas.
    De eso hacía ya casi ocho lunas, y esa aldea era la última parada en su camino hacia los pantanos de Naduzed, una extensa región deshabitada casi en los confines de Taar. Allí esperaba encontrar al único djinnet del cual su maestro hablaba con auténtico pavor: el daokharen, tan poderoso como pérfido. Yemseff no había conseguido encerrarlo, perdiendo en el intento a tres de sus mejores djinnet, y su pupilo esperaba escribir una nueva página en el libro después de conseguirlo.
    Después de interpretar su papel y mendigar un poco de comida rancia, Waduk se dispuso a abandonar la aldea, cuando una escena que se desarrollaba detrás de un establo abandonado llamó su atención. Tres acólitos de La Orden, armados con largas porras tachonadas, rodeaban a la muchacha más extraña que hubiese visto jamás. Tenía el cabello dorado, algo insólito en Taar, recogido en una trenza que casi tocaba el suelo tras ella. Mientras que las mujeres taarenas vestían holgadas túnicas que cubrían todo el cuerpo, y en ciertas regiones incluso se ocultaban el rostro con un velo, las ceñidas prendas de piel de aquella joven dejaban poco a la imaginación, mostrando más de lo que cubrían.
    Pero lo que hizo pararse en seco a Waduk fue sobre todo el parche que le cubría el ojo derecho, y el cinto de cuero cargado con cuatro shiram. Era una Shir-Jannt que se negaba a ocultarlo y, como a otros antes que ella, podría costarle caro.
   —Vamos, entrégalos o tendremos que encerrarte —dijo uno de los hombres, acercándose despacio a su presa. En su sonrisa libidinosa podía intuirse lo mucho que le agradaba la idea de llevársela a una celda.
   —No vais a robarme —afirmó ella, fulminándolos con un ojo azul oscuro.
   —¿Robarte? Nosotros somos quienes protegemos a la buena gente de los ladrones, y de otras amenazas, como esas criaturas embotelladas que pueden descontrolarse y arrasar una aldea como esta, así que...
    El acólito dejó de hablar cuando uno de sus camaradas comenzó a chillar. Surgido de un silencioso remolino de arena, un reptil tan grande como un león se había abalanzado sobre su espalda, arrojándolo de bruces al suelo mientras las garras hacían estragos en su carne. Varias de las largas púas que adornaban la espalda de la bestia salieron disparadas como flechas, perforando la garganta de un hombre y el pecho del otro.
    Waduk apareció poco después, cojeando entre los tres cadáveres ensangrentados. Levantó la mano donde sostenía el shiram y pronunció el conjuro de contención. Transformado en una nube arenosa, el onkant regresó a su botella trazando rápidas espirales en el aire.
   —Lo que nos fue arrebatado muestra lo que somos —dijo Waduk, tras levantarse la pernera izquierda del andrajoso pantalón.
   —Shir-Jannt —respondió la chica.
    Era la primera vez que se encontraba con una mujer Shir-Jannt, así que cuando no se levantó el parche para mostrar la cuenca vacía del ojo lo consideró una muestra de coquetería femenina y no le dio mayor importancia.
   —Deberíamos marcharnos. La Orden querrá saber quien mató a estos tres y más nos vale estar lejos para entonces.
   —No les agradará saber que el djinnet de un mendigo acabó con ellos —dijo la joven rubia, mirando los cuerpos inertes con deleite—. Gracias, por cierto. Me llamo Zarya.
   —Mi nombre es Waduk Leham Caa Waduqem.
   —Muy bonito, pero no esperes que lo recuerde entero. ¿Pantano o desierto? —preguntó Zarya, resumiendo las dos opciones que les planteaba la geografía de Taar.
   —Hacia Naduzed. Tengo algo que hacer allí.
 
***
 
    Tras varios días viajando entre mangles retorcidos y aguas cenagosas, Waduk llegó a la conclusión de que las mujeres albergaban más misterios que cualquier criatura mágica o escritura arcana. Quizá fuese por la humedad del ambiente o por el deseo hirviendo en su sangre juvenil, pero cuando estaba con Zarya tenía la misma sensación que cuando estaba a punto de desatarse una tormenta. Incluso, si se acercaba a ella, se le erizaba el vello del brazo. Una reacción física de la que nunca había oído hablar, mucho más desconcertante que la continua tensión en su entrepierna.
    La exótica muchacha parecía ajena a las tribulaciones de su acompañante, a quien trataba con despreocupada camaradería. Actitud que desapareció por completo cierta noche, cuando conversaban junto a una pequeña hoguera después de un banquete de ranas a la brasa y hongos, y Waduk intentó besarla. Ella lo apartó de un empujón, lo insultó en un idioma desconocido y no volvió a dirigirle la palabra hasta varios días después.
   —Nos hemos perdido —afirmó la tuerta Shir-Jannt.
    Y no se equivocaba. El sentido de la orientación de Waduk era excelente en el desierto y las llanuras, pero la vegetación espesa y los irregulares senderos acuáticos lo confundían hasta el punto de no saber en qué dirección caminaba. Ese mismo día, poco antes de la puesta de sol, Zarya señaló hacia un suave promontorio cubierto de hierba grisácea, donde un hombre alto y delgado parecía absorto en la contemplación de un matorral espinoso. No podían verle el rostro, solo el largo manto blanco que lo cubría de pies a cabeza.
   —¡Mira! Tal vez sepa dónde estamos —exclamó la joven, adelantándose en dirección al extraño.
    Waduk la retuvo con el brazo y le indicó con un gesto que se agachase detrás de unas espadañas. Las palabras de Yemseff revivieron en su mente como si el anciano se encontrase junto a ellos: "Recuerda que no todos los djinnet son semejantes a bestias. El aspecto de algunos es tan humano que podrían pasar por personas, y se valdrán de ello para confundirte".
   —Es un daokharen —susurró Waduk mientras buscaba en la bolsa sus shiram.
   —¿En serio? He oído hablar de ellos, y si lo que he oído es cierto no podrás someterlo.
   —Tengo que hacerlo.
    Poco después de conocerla, había puesto a Zarya al corriente de sus intenciones: viajar hasta el Templo de Alhmeb y derrotar a Melhaffar. Ella decidió acompañarle, aunque dudaba de que pudiese expulsar al príncipe de Hokam. Nadie sabía qué clase de djinnet había liberado contra el anterior Hierofante, pero fuese cual fuese un daokharen no sería suficiente para conseguir la victoria.
    Haciendo acopio de valor, el joven cojo se acercó al djinnet humanoide sin preocuparse por el sigilo. La criatura se volvió, y a Waduk se le heló la sangre en las venas. El rostro blancuzco estaba a medio camino entre el de un insecto y el cadáver de un hombre ahogado, y el cuerpo era una maraña de delgados tentáculos blancos que se retorcían bajo el manto, en realidad dos grandes alas que desplegó de forma amenazante cuando vio acercarse al humano. El aullido del daokharen, una versión perversa del llanto de un recién nacido, hizo que las manos de Waduk temblasen al quitar el tapón del shiram.
    El escamoso onkant se lanzó contra su adversario en cuanto terminó de materializarse, saltando con las garras por delante y todas las púas de su cuerpo erizadas. El Shir-Jannt comenzó a pronunciar los versos de un largo conjuro de sumisión, el más poderoso que conocía y el único con el cual tendría alguna posibilidad. Pero necesitaba tiempo, y el onkant no pudo conseguirle demasiado. Los tentáculos blancos lo inmovilizaron en un parpadeo y lo lanzaron con fuerza contra un tronco, dejándolo maltrecho.
    Justo entonces, cuando Waduk estaba a punto de interrumpir la salmodia arcana para liberar a su otro djinnet, Zarya saltó al promontorio y le lanzó un puñado de barro al daokharen. El monstruo se volvió furioso para atacar, pero se detuvo y miró a la joven con una extraña expresión de sorpresa y duda. El lapso fue suficiente para que el Shir-Jannt terminase de tejer la invisible red mágica, que se cerró sobre la presa con la última sílaba del conjuro.
    Poco después, el daokharen estaba encerrado en la botella. Waduk, agotado y tiritando, se dejó caer sobre la tierra húmeda y se quedó dormido al instante.
 
***
 
    Vista desde la costa pedregosa, la montaña negra era apenas una muesca diminuta, desdibujada por la bruma y la distancia. Había pasado más de un año desde que abandonase Baandor, y cuando su objetivo estaba ya a la vista, el mar se interponía en su camino, frenando su avance, algo que no había conseguido su cojera, ni los más inhóspitos parajes de Taar, ni las fieras más sanguinarias, ni los acólitos más fanáticos.
    Contaba con un djinnet rápido y feroz, otro fuerte y resistente, y un tercero terrible como la pesadilla de un demente, pero ninguno de los tres podía llevarle hasta el Templo de Alhmeb. Las alas del daokharen le servían de disfraz y para intimidar a sus enemigos, pero era incapaz de elevarse en el aire.
    Waduk se maldijo por su falta de previsión. Encontrar a un djinnet volador lo bastante grande, tal vez un rukh, podría llevarle otro año e incluso mucho más tiempo.
   —Hablas como si volar fuese la única opción —dijo Zarya, tras escuchar los lamentos de Waduk—. El mar también es un camino.
   —¿Acaso tienes dinero para comprar un barco? Porque dudo mucho que ninguno de los miserables pescadores de estas costas quieran llevar a dos vagabundos buscados por asesinato hasta aguas prohibidas.
   —No necesitamos un barco.
    Dicho esto, Zarya hizo algo que nunca había hecho desde que viajaba con Waduk: descolgó del cinto uno de sus shiram y lo destapó.
    Durante unos instantes, el joven Shir-Jannt pensó que había aparecido un islote frente a ellos, hasta que vio la rugosa cabeza asomando bajo el gigantesco caparazón. El maestro Yemseff no lo había dibujado en su libro porque nunca lo había visto, pero había escrito una breve descripción del djinnet al que llamaban ukhmorla, tan raro que se creía extinto desde hacía siglos.
    Cuando consiguió reponerse de la sorpresa trepó por la espalda rocosa de la criatura y se acomodó junto a Zarya, quien escrutaba las olas con su ojo azul. Solo hizo falta una palabra para que el ukhmorla se pusiese en marcha, dejando tras de sí una estela de espuma.
 
 
    La travesía terminó con las últimas luces del crepúsculo, y al llegar a la base de la montaña ambos miraron hacia arriba, intentando calcular la altura del negro acantilado. Esta vez fue Waduk quien actuó, inspirado por el ánimo inquebrantable de su compañera. Liberó al amrathu, cuyas seis fuertes patas terminadas en pezuñas se aferraban a la piedra húmeda como las de una mosca a la piel de un camello. Sentados a horcajadas en el lomo peludo del djinnet, llegaron a la terraza principal del templo y caminaron sobre el mármol rojizo, amortajado por la palidez que descendía desde la luna menguante.
 
    Waduk había esperado que el altivo príncipe de Hokam se burlase de él, de su osadía y de su mísero aspecto, pero no fue así. Melhaffar nunca cometía el error de subestimar a un adversario, como había hecho el anterior Hierofante antes de morir.
    El viento soplaba con fuerza en las alturas, amenazando con apagar las antorchas colocadas para iluminar la terraza por los criados, los mismos hombrecillos dentudos que, según los rumores, habían devorado a las mujeres del serrallo y a los acólitos que se mostraron desleales hacia el nuevo líder.
   —Lo que nos fue arrebatado muestra lo que somos.
   —Shir-Jannt —respondió Melhaffar, antes de levantar su mano plateada.
    Al levantar la vista, Waduk reparó en la sombra que se recortaba contra el cielo estrellado; la silueta de un ave posada en lo más alto del templo.
   —No te preocupes por él. Un rukh es demasiado valioso para exponerlo a la violencia de un combate, así que se limita a mirar. Y a limpiar los despojos, si tiene hambre.
    El aspirante apenas prestó atención a las palabras del príncipe. Estaba tan concentrado, con los sentidos tan alerta, que podía escuchar la suave respiración de Zarya, otra sombra silenciosa fuera del círculo luminoso, y los latidos de su propio corazón resonaban en su cráneo como los tambores antes de una batalla.
    Fue el primero en depositar su shiram destapado en el mármol, y se permitió un instante fugaz de satisfacción al ver un atisbo de duda en el semblante de Melhaffar cuando los horribles lamentos del daokharen envolvieron la montaña.
    Entonces Waduk vio al djinnet de su adversario, y recordó las palabras de su maestro: "Taar es grande, pero el mundo fuera de Taar los es más, y en él habitan criaturas que tal vez nunca lleguemos a ver y que seríamos incapaces de imaginar".
    Casi tan grande como el rukh, en su cuerpo se mezclaban con armonía rasgos de ave y reptil. Lo que cubría su piel no eran escamas ni eran piedras peciosas, sino una resplandeciente mezcla de ambas, y cuando abrió las fauces un bramido transparente hizo vibrar hasta las mismas raíces de la montaña.
    Waduk no pudo evitar recular, al borde del llanto ante tal exhibición de belleza y poder. El pálido daokharen parecía un insecto repugnante frente a su adversario, y el luminoso djinnet lo trató como tal, fulminándolo con una llamarada de blancura antinatural que lo hizo estallar en pedazos. La onda expansiva del ataque lanzó también al cojo Shir-Jannt al suelo, aturdido y jadeante.
   —Si te rindes ahora te perdonaré la vida, como dicta la ley —dijo Melhaffar—. Mi predecesor no fue tan sensato, y terminó en el mar. Algunas partes de él, mejor dicho.
    No tenía otra alternativa. Podía rendirse, volver a casa y tal vez intentarlo de nuevo cuando realmente estuviese preparado, o podía liberar a otro de sus djinnet, verlo morir y después ser despedazado y arrojado al mar. La elección era obvia, pero antes de que pudiese responder Zarya entró en escena.
   —Es mi turno, alteza.
    Demasiado desconcertado para intervenir, Waduk se incorporó apoyándose en un codo y observó a la joven de trenza dorada plantarse desafiante en el mismo lugar donde el daokharen había estallado. Cuando pasó por su lado, se le erizó el vello de los brazos, e incluso el de la nuca y la incipiente barba. Esperaba que Zarya liberase a uno de sus djinnet, pero se despojó del cinto donde colgaban sus shiram y lo lanzó a una buena distancia. Después se quitó el parche.
    No fue una cuenca vacía lo que quedó al descubierto sino un ojo, sin pupila y con un iris azul donde un torrente de energía al rojo blanco pulsaba y se arremolinaba, impaciente por liberarse. El aire alrededor de la joven comenzó a crepitar, llenándose de serpenteantes arcos luminosos que restallaban al contacto con su piel. Waduk se sintió el hombre más estúpido de Taar al comprender lo que ocurría, y se imaginó las carcajadas del viejo Yemseff si sobrevivía para contarle que había intentado besar a una djinnet junto a una hoguera.
    Nunca fue capaz de describir de forma satisfactoria lo que ocurrió a continuación, aunque siempre contaba que se quedó ciego durante casi dos días. Zarya se elevó en el aire, su ropa desapareció, reducida a cenizas por el contacto con la piel incandescente, saturada de energía pura y azulada. Con un estruendo que removió los cimientos milenarios del templo, un relámpago brotó de su ojo y atravesó a la criatura enjoyada, que murió con un alarido espantoso. El príncipe de Hokam, demasiado sorprendido para reaccionar, salió despedido hasta la balaustrada y cayó, quebrándose los huesos contra las rocas de la montaña.
    El rukh, libre de su odiado amo, se lanzó en picado hacia el cadáver y devoró sus entrañas, antes de emprender el vuelo para regresar al implacable desierto.
    Cuando Waduk despertó estaba rodeado por los pocos acólitos que habían sobrevivido al mandato de Melhaffar, quienes ya le reverenciaban como nuevo Hierofante de Alhmeb. Nunca volvió a ver a Zarya Ojo de Trueno y nunca supo por qué hizo lo que hizo, si fue una venganza por los djinnet exterminados por Melhaffar o el simple capricho de una criatura extraña. Fuera como fuese, en el serrallo del Hierofante Waduk Leham Caa Waduqem nunca entró ninguna mujer que no tuviese una larga trenza dorada.
 
*****
 
 

10 septiembre 2013

El último hijo de Sarnath (I).

INTRODUCCIÓN:
 
   El relato que os presento hoy está basado en La maldición que cayó sobre Sarnath, y constituye mi primer acercamiento (como escritor) al universo mitológico de H.P. Lovecraft, un autor a quien muchos consideramos un maestro.
   El cuento original, breve pero sustancioso, se encuadra dentro de las obras precursoras o "prehistoria" de los Mitos de Cthulhu, donde la influencia de Dunsany todavía era patente pero ya aparecían algunos de los elementos que darían entidad y personalidad propia al mundo de Lovecraft.
   Para El último hijo de Sarnath he utilizado el escenario, nombres de lugares y personajes históricos, y algunos hechos que he narrado desde un punto de vista distinto. Sin embargo, tanto los personajes principales como el argumento son originales.   
   Y sin más preámbulos, os dejo con el relato, que he dividido en dos partes debido a su extensión.
 
 

   EL ÚLTIMO HIJO DE SARNATH.

PRIMERA PARTE.
 
    En la cima de la colina, volvieron la vista para contemplar por última vez el esplendor de la ciudad donde habían nacido, los orgullosos muros de mármol pulido que se habían transformado, para ellos, en las paredes de una prisión.
    Nuam-Thari se quitó las sandalias para sentir en la piel el roce de la libertad, encarnada en la hierba rojiza que tapizaba las colinas cercanas a Sarnath. Llevaba a la espalda el arco, de madera oscura adornada con relieves de fieras y signos sagrados, y también el carcaj, repleto de flechas con punta de marfil. En su cadera colgaba la macana de ónice con afiladas incrustaciones de diamante, el arma tradicional de los diez mil integrantes de la Guardia Real.
    El joven guerrero miró también hacia uno de los muchos caminos que terminaban en las puertas de bronce de la urbe, donde caravanas, cortes enteras escoltadas por soldados y variopintos grupos de viajeros rezagados se apresuraban para llegar a tiempo a la celebración. Venidos de todos los territorios de Mnar, e incluso de más allá de sus confines, en la abigarrada serpiente de carne marchaban príncipes y esclavos, opulentos mercaderes y humildes buhoneros, hombres de fe y brujos de mirada turbia, músicos, mercenarios, pastores, acróbatas y pescadores. Nadie quería perderse los extraordinarios festejos que comenzarían después del ocaso, cuando la luna se reflejase en las aguas verdosas del inmenso lago.
    —Todavía estamos muy cerca. No nos detengamos aquí, por favor.
    El desertor apartó la vista del paisaje y se deleitó, una vez más, admirando la belleza de la muchacha agarrada a su brazo. La intensa luz de la mañana volvió diminutas las pupilas de Akhara cuando miró hacia el rostro de Nuam-Thari, suplicante. Los iris ambarinos, oscura miel bajo las estrellas, reverberaban como oro fundido con las primeras luces del día.
    —No temas. Todos están tan ocupados con los preparativos que quizá no hayan notado nuestra ausencia —dijo el guerrero—. Y tal vez no salgan a buscarnos hasta que termine la celebración, dentro de varios días.
    —Quizá... Tal vez... Nada es seguro. Alejémonos lo antes posible, te lo ruego.
    Descendieron juntos, dejando atrás las torres resplandecientes de palacios y templos, tan altos que sobrepasaban el perfil de las murallas. Planeaban moverse alejados de las riberas del serpenteante río Ai, sin acercarse a las ciudades construidas en sus orillas, todas ellas sojuzgadas hacía mucho por Sarnath la Magnífica. Viajarían por desiertos, amplias llanuras, páramos y valles, hasta sentirse a salvo de quienes consideraban su amor un crimen, manchado de sacrilegio y deshonor.
 
***
 
    A través de la inmensa cúpula transparente, podía verse la luna y su corte plateada, nítidas en la negrura del cielo a pesar de los reflejos en el vidrio de las numerosas lámparas de bronce que iluminaban los Jardines del Rey Zokkar. Gracias al ingenio de sabios y eruditos, en aquel lugar reinaba una agradable calidez, y Akhara agradeció la tibia brisa perfumada al penetrar discretamente por uno de los accesos menos concurridos, pues su vestimenta de seda ocultaba muy poco a los ojos de los hombres y no protegía en absoluto del desapacible viento que soplaba en el exterior.
    No era fácil escabullirse del Gran Templo, incluso pasada la medianoche, pero hasta las doncellas al servicio de los dioses, los eunucos que las vigilaban y el mismísimo sumo sacerdote estaban agitados y distraídos por la vorágine de preparativos. Se hablaba desde hacía años de la celebración que tendría lugar al día siguiente, cuando se cumplirían mil años desde la destrucción de Ib. Había pasado un milenio desde que los monolitos de la ciudad gris fuesen arrojados al lago junto con sus grotescos habitantes, y Sarnath ofrecería un grandioso homenaje a sus heroicos ancestros. Eran ya muy pocos quienes recordaban, o querían recordar, las consecuencias de la victoria.
    Sentada en la penumbra, ocultándose de miradas indiscretas tras las columnas de pórfido de un templete dedicado a un dios menor, observó a una mujer noble que paseaba por los jardines, acompañada por seis criadas. Una de ellas se acercó riendo a un parterre, arrancó con cuidado una rosa amarilla y se la puso en el tocado a su señora, quien sonrió en señal de gratitud. Pronto se perdieron de vista por el sendero, y Akhara vio desde su escondite como el tallo espinoso del rosal se retorcía, haciendo brotar de las sombrías entrañas de la planta una flor idéntica a la robada. La doncella del templo se estremeció bajo los ropajes de seda. Los Jardines del Rey Zokkar eran un lugar de maravillas y portentos, pero algunos podían resultar inquietantes para una muchacha angustiada.
    Se llevó la mano a la boca para ahogar un grito cuando una alta silueta se acercó a ella, surgiendo de las sombras más espesas al otro lado del templete. Casi lloró de alivio al reconocer el rostro de piel oscura, los pómulos pronunciados y los serenos ojos verdes de su amado. Solo vestía una sencilla túnica y no portaba armas, pero cualquiera reconocería a un guerrero bien entrenado en su porte, en la marcada musculatura y la forma inconfundible de caminar.
    Nuam-Thari puso las manos en los hombros de Akhara y la besó en los párpados. Según dictaba la tradición, eso era todo cuanto podía tocar o besar hasta que estuviesen unidos a ojos de los dioses. Al apartar los dedos, reparó por un instante en lo ridículo que resultaba respetar las costumbres impuestas por los sacerdotes, teniendo en cuenta lo que se proponían hacer a la mañana siguiente.
    —Has venido.
    —Claro que he venido —dijo Nuam-Thari—. Esta es nuestra última noche en Sarnath, ¿estás tan impaciente como yo por dejar atrás las puertas de bronce?
    —Ya sabes que sí, pero...
    Akhara se sobresaltó al escuchar voces en el exterior y se refugió tras una columna roja cubierta de enredaderas. Un ruidoso grupo de hombres montados en camellos se acercaba por el sendero, luciendo todos ellos largas barbas y corazas de plata bruñida. Pasaron de largo, parloteando en una lengua extraña y sin prestar atención a la pareja.
    —Son nómadas del desierto de Bnaz, que han venido a los festejos como tantos otros —explicó el guerrero a la inquieta doncella—. La ciudad está repleta de forasteros, incluso acampados al otro lado de las murallas. Nadie se fijará en nosotros.
    —Eso espero.
***
 
    Los fugitivos caminaron desde el alba hasta el ocaso, haciendo escasas y breves paradas al abrigo de algún promontorio. Ocultándose a los ojos que pudiesen observar desde los caminos o la cada vez más lejana ciudad. A pesar de que sus delicadas extremidades no estaban acostumbradas a largas marchas por terrenos agrestes, era Akhara quien caminaba más deprisa, volviendo la cabeza con demasiada frecuencia en opinión del guerrero, cuyas seguras zancadas seguían sin problema el ritmo impuesto por la doncella.
    Cuando el sol desapareció se detuvieron junto a una formación rocosa de escasa altura, salpicada de matojos amarillentos. Nuam-Thari descolgó el odre de agua de su hombro, bebió un trago y se lo tendió a su compañera. Mientras él extendía en el suelo una estera y una gruesa manta de lana ella miraba de nuevo el contorno inconfundible de Sarnath La Magnífica, delineado en el todavía rojizo cielo.
    —Caminemos también durante la noche, por favor. Estamos demasiado cerca —dijo Akhara.
    —Ni hablar. Si no descansamos desfallecerás antes de llegar al lugar donde nos esperan los caballos —replicó Nuam-Thari, en tono casi paternal—. Además, te parece que estamos tan cerca porque la ciudad es muy grande.
    Resignada, se sentó en el lecho, protegiéndose de la brisa nocturna con el sencillo manto de viaje que había escamoteado en los almacenes del templo para pasar desapercibida.
    —Los caballos... ¿Te fías de ese hombre?
    —Me fio de él —dijo el guerrero, tras sentarse frente a ella—. En la Guardia nos enseñan a leer en el rostro de los hombres, en sus gestos y palabras, para anticiparnos a un posible enemigo, pues muchos son los que han intentado dañar al rey Nargis-Hei valiéndose de disfraces y argucias.
    Aquello pareció atenuar las líneas de la inquietud en el bello rostro de Akhara, ovalado y suave como una gema de talla impecable. Al posar las manos en sus hombros, sin embargo, Nuam-Thari sintió la tensión que se resistía a abandonarla. Descolgó de su cintura la macana de ónice, y sostuvo el arma entre ambos a la altura del rostro, poniendo cuidado en que los afilados diamantes no los rozaran.
    —Que nada te inquiete, pues ya no sirvo a Nargis-Hei sino a ti, mi Reina de las Nubes.
    Akhara sonrió. La primera vez que Nuam-Thari la vio fue durante una multitudinaria ceremonia en el Gran Templo, hacía casi un año. Llevaba una diadema de marfil y perlas, como correspondía a una novicia, y un vestido de tafetán blanco tan ligero que flotaba alrededor de su cuerpo al menor movimiento. Todas parecían nubes, y ella era su reina.
    El joven desertor dejó el arma junto a la estera, colocó de nuevo las manos en los hombros de Akhara, esta vez con más fuerza, y la besó en los párpados. Los muros de la ciudad eran ya una sombra lejana, un extravagante juguete abandonado en el horizonte, y la obediencia a los dioses terminó en ese momento. Nuam-Thari besó también las mejillas, los labios, la frente, el cuello y el pecho, culminando el sacrilegio entre los muslos de su reina. Olvidada la brisa nocturna, ella se desprendió del manto e intentó corresponder al guerrero con torpes caricias. Las doncellas del Gran Templo no eran educadas para dar ni recibir placer, pero Akhara aprendió deprisa, con la sensación de estar recordando algo que ya sabía.
    Mientras la luna jorobada y su corte tomaban posesión del cielo, los fugitivos de Sarnath se desposaron en un tálamo de cáñamo trenzado y lana cruda. Ebrio de dicha, Nuam-Thari sonrió al ver a su amada quedarse dormida sobre su pecho, exhausta por la agotadora jornada. No pudo evitar acordarse de sus compañeros de armas, quienes a veces especulaban, entre risas y bromas obscenas, sobre cómo sería desflorar a una doncella del Gran Templo. Semejante transgresión se pagaba con la muerte, al igual que desertar de la Guardia Real. ¿Era posible ajusticiar a un reo dos veces?
    Al recordar lo que les esperaba si eran capturados, una punzada de inquietud empañó la felicidad de Nuam-Thari. Por exagerada que fuese la aprensión de Akhara, aún estaban cerca de la ciudad. Apoyó la cabeza en un brazo para tener una mejor vista de los alrededores, decidido a no dormir durante esa noche.
    Con el viento soplando desde el lago, y por tanto desde Sarnath, podía escuchar ecos apagados de la música, las cánticos alegres y las voces graves de los sacerdotes, animando al populacho a maldecir los huesos de los habitantes de Ib. La celebración había comenzado, y a Nuam-Thari no le costó imaginar a sus camaradas de la Guardia formando alrededor del alto trono de marfil, donde Nargis-Hei se embriagaría con vinos de Pnoth, rodeado por una algarabía de nobles, embajadores y ajetreados esclavos. La luna colgaba sobre la ciudad, inmensa, y de repente el guerrero se incorporó, despertando bruscamente a la doncella dormida.
    —¿Qué es lo que pasa? —preguntó Akhara, mientras cubría su desnudez como si la observasen cientos de ojos invisibles.
    Nuam-Thari no respondió. Se alejó unos pasos del lecho, mirando sin pestañear el trozo de cielo situado sobre Sarnath, y ella hizo lo mismo. Ambos vieron descender, desde los cuernos cenicientos de la luna, una masa de sombras más oscuras que el mismo firmamento nocturno, reptando por el aire al encuentro de la bruma que se alzaba desde el lago, de un verde enfermizo.
    A medida que la niebla se apoderaba hasta de las más altas torres de Sarnath, el sonido alegre de los festejos se transformó en un coro delirante de gritos de alarma, chillidos de pánico y lamentos. Desde su posición, la pareja pudo ver extrañas luces moviéndose bajo las aguas, a escasa profundidad, y notaron bajo los pies una vibración lenta, como si una enorme masa de agua ondulase inquieta en algún abismo subterráneo.
    —Vámonos de aquí —dijo Nuam-Thari.
    Recogieron sus pertenencias a toda prisa y emprendieron de nuevo la marcha, a un paso tan ligero que era casi una carrera. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, evitaron mirar atrás. No necesitaban arriesgar su cordura contemplando los horrores que la brisa nocturna transportaba hasta sus oídos, cada vez más tenues e indescifrables. Pasada la medianoche, un estruendo sacudió las tierras que rodeaban Sarnath cuando las cincuenta puertas de bronce se abrieron de golpe y al unísono.
    La doncella y el guerrero aceleraron su carrera, sin más pensamiento que alejarse cuanto antes de su ciudad natal. Nuam-Thari, con los nudillos blancos sobre la empuñadura de su arma y las mandíbulas apretadas, solo podía dejar que su mente agitada por el miedo saltase entre distintas explicaciones, sin acercarse siquiera a la verdad. Akhara, en cambio, comprendió deprisa, con la sensación de estar recordando algo que ya sabía.
***
 
    A pesar de haber vivido en el Gran Templo desde que tenía memoria, pues sus padres la habían entregado al servicio de los dioses apenas aprendió a andar, Akhara nunca había estado en aquella cámara. Era la más alta, a más de mil codos del suelo en la cúspide de la colosal torre, y su acceso estaba restringido al sumo sacerdote, un puñado de clérigos veteranos y el escogido grupo de doncellas que los asistían durante los rituales.
    Lazzays era una de las elegidas. Ascendía por los escalones de circonio con paso seguro, alumbrando el camino con un candelabro plateado y con la espesa melena rizada cubriéndole la espalda. Tenían la misma edad, pero Akhara la consideraba una hermana mayor, quizá por el mero hecho de ser más alta y tener formas femeninas más acentuadas, o por las innumerables ocasiones en que la había ayudado a memorizar los cánticos o aprender los movimientos rituales de las distintas ceremonias. También la había convencido para cometer alguna que otra imprudencia, pero era imposible llevarle la contraria a Lazzays cuando se le metía algo en la cabeza.
    Esa noche, a solo dos días de la gran celebración del milenio, la arrastró fuera del lecho, escabulléndose de los eunucos, para mostrarle algo que no debería ver una doncella de su rango. Akhara, varios peldaños por debajo de su guía, miró el contoneo de las caderas bajo la delgada túnica, poco adecuado para una joven condenada a la castidad. En el cerrado ambiente del Gran Templo abundaban los rumores, y no pocas novicias comentaban entre susurros que algunas doncellas ascendían en el escalafón apelando a la lujuria de los sacerdotes, exponiéndose a la ira de los dioses con encuentros furtivos en los rincones más oscuros del sagrado edificio. Incluso había oído decir que muchos de los eunucos eran el fruto de estas uniones secretas.
    Akhara se negaba a pensar que su amiga hubiese sido elegida para participar en la ceremonia, por encima de otras doncellas más veteranas, debido a una conducta sacrílega, e incluso en pensamientos evitaba acusarla de tales faltas. Al fin y al cabo, ella planeaba fugarse con un miembro de la Guardia Real, y tenía suficiente con cavilar sobre sus propios pecados.
    —¡Vamos! A este paso estará amaneciendo cuando lleguemos —dijo Lazzays.
    —Sería mejor que volviésemos abajo. Si nos descubren...
    —Yo tengo permiso para subir, ¿recuerdas? Si nos ven puedo decir que necesitaba ayuda para mover uno de los braseros, bajé a buscar ayuda y fuiste la primera a quien encontré.
    Eran los eunucos o los sacerdotes de bajo rango quienes realizaban aquella clase de trabajos pesados, y nunca a esas horas de la madrugada. Akhara suspiró y continuó subiendo, consciente de que era inútil discutir con Lazzays por inconsistentes que fuesen sus argumentos.
    —Además, eres tú quien deseaba subir a verlo.
    —Yo solo comenté que me gustaría verlo, pero no era necesario que...
    —¡Ay, mi dulce Akhara! Si no aprendes a hacer cosas por el simple placer de hacerlas tu vida en este templo va a ser muy aburrida.
    Cuando el ascenso terminó, la vela del candelabro se había consumido casi por completo. La cámara superior era mucho mayor de lo que pensaba la doncella, y Lazzays la condujo por una serie de puertas, cruzando estudios con complejos artefactos para observar a los astros y estancias llenas hasta el techo de pergaminos, tablillas o cilindros de arcilla. En silencio, llegaron a una terraza circular rodeada por columnas talladas con intrincados relieves y el suelo cubierto por no menos complejos símbolos. Desde la balaustrada podía contemplarse toda la ciudad y el inmenso lago, una vista arrebatadora que hizo olvidar a Akhara sus recelos.
    —¿Pero es que has venido a contemplar el paisaje? Ven aquí y te mostraré lo que querías ver.
    Lazzays estaba en el centro del patio, junto a una mole de crisolita colocada donde se cruzaban muchas de las líneas inscritas en el suelo. Akhara se acercó, y se sorprendió ante la sencillez del altar, en nada parecido a los usados en el Gran Templo para rendir culto a los barbados y adustos dioses de Sarnath: Zo-Kalar, Tamash y Lobon. No en vano, tenía mil años de antigüedad, y también el signo grabado en su base.
    Nadie había podido discernir cómo el sumo sacerdote Taran-Ish trazó el signo arcano de Maldición en la roca verdosa. Decían que usó su propia sangre, poco antes de morir con el rostro desfigurado por el terror, pero al mirarlo de cerca se advertían profundos surcos en las líneas, como si la sangre hubiese quemado la piedra.
    Akhara retrocedió, con el rostro lívido y los ojos húmedos. Se sobresaltó al notar la mano de su compañera sosteniéndola, y al volverse se encontró una sonrisa comprensiva en el hermoso rostro enmarcado por rizos oscuros.
    —Tranquila. A mí me ocurrió lo mismo la primera vez que lo ví.
    Tras comenzar el descenso por los escalones de circonio, Akhara pensó en lo poco que envidiaba a Lazzays por el honor recibido. En la noche de la celebración, tendría que asistir al sumo sacerdote en esa terraza, mientras realizaba el rito en execración de Bokrug, el saurio acuático cuya imagen, robada tras la caída de Ib, desapareció la misma noche en que el cadáver de Taran-Ish fue hallado junto a su ominoso legado.
    Si todo salía según lo previsto, a esa misma hora Akhara estaría contemplando las murallas de Sarnath La Magnífica desde fuera, huyendo de las leyes divinas y humanas con el hombre al que amaba.
 
***
 
    Durante la siguiente jornada, los fugitivos evitaron hablar de lo que vieron y escucharon la noche anterior. Caminaron sin descanso hasta perder de vista no solo la ciudad sino también los caminos, temiendo que el mal caído sobre Sarnath se extendiese por ellos como la ponzoña por las venas de un organismo vivo y llegase a alcanzarles.
    El cansancio hacía mella incluso en el robusto Nuam-Thari cuando llegaron al lugar del encuentro. Las colinas de hierba rojiza habían dado paso a una llanura arcillosa del mismo color, humedecida por algunas pequeñas lagunas en cuyas orillas brotaban racimos de famélicos arbustos y matojos espinosos. Junto a una de ellas, apenas una charca, esperaban un hombre y un caballo.
    Akhara permaneció a unos pasos de distancia, mirando al desconocido con tanto recelo que El Viajero, como Nuam-Thari lo llamaba, le dedicó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora. El hombre era más alto que el guerrero, muy delgado, de piel oscura y ojos negros. Llevaba el cráneo afeitado, al igual que el rostro de rasgos afilados, y sus ropajes pardos, anodinos, no decían nada sobre su procedencia, rango social u ocupación. La muchacha recordó las figuras anónimas de algunos relieves que había visto en la ciudad, de significado perdido en el devenir de los siglos, cuya identidad podría ser tanto la de un dios como la de un simple criado. Pero ninguna escultura tenía esa mirada que absorbía la luz y el color, dos brechas de negrura opaca, como los espacios vacíos que se abren entre las estrellas.
    —Solo veo un caballo —dijo Nuam-Thari—. Acordamos dos, un corcel fuerte para mí y un palafrén dócil para mi esposa.
    El Viajero hizo un humilde gesto de disculpa, aunque en su semblante bailaba una expresión de burlona soberbia que no pasó inadvertida a Akhara. Si su amado sabía leer en los rostros de los hombres, en sus gestos y palabras, tan bien como afirmaba, no entendía que pudiese haber confiado en semejante individuo.
    —Me robaron el otro —explicó el hombre, fingiendo desconsuelo—. Como te dije en nuestro primer encuentro, pretendía abandonar Sarnath por la tarde, para ahorrarme el tumulto de los festejos, pero un imprevisto me retrasó y no pude abandonar la ciudad hasta el ocaso. —El desconocido hizo una pausa, como si esperase alguna reacción por parte de sus oyentes—. Algo terrible pasó anoche en Sarnath La Magnífica, y no me encontraba muy lejos de las murallas cuando todas las puertas se abrieron y una multitud enloquecida invadió los caminos, gritando incoherencias y describiendo horrores propios de una pesadilla. Un esclavo que huía a pie saltó sobre vuestra otra montura, y se perdió con ella entre la muchedumbre.
    La pareja permaneció en un tenso silencio tras el relato. Una parte de ellos deseaba saber más sobre lo ocurrido y otra, tal vez la más sensata, solo quería olvidar para siempre las brumas, las luces en el lago y los sonidos transportados por el viento. Las palabras terrible y pesadilla, pronunciadas por El Viajero con peculiar entonación, corrieron por su piel junto con el sudor frío. Nuam-Thari sacó su mente del embotamiento mirando al animal que bebía de la charca, un bayo de cuello corto y patas robustas. No era de buena raza, pero parecía sano y resistente, más adecuado para viajar que una montura de guerra o de paseo. El joven reparó en su error, y lamentó no poder contar también con el caballo robado.
    —Está bien. Pero te pagaré la mitad.
    —Es lo justo —dijo El Viajero. Miró sin demasiado interés el oro que le entregaron y lo guardó con un elegante ademán de prestidigitador—. También se perdieron vuestras provisiones, que transportaba el otro, pero puedo daros parte de las mías.
    —Tantas como puedas. Nos espera un largo viaje por tierras poco generosas en agua y alimento.
    Sin añadir nada más, Nuam-Thari acomodó el escaso equipaje en la grupa de la bestia. Acarició y palmeó el grueso cuello, obteniendo un suave relincho por toda respuesta. Al menos era dócil, y no tendría que preocuparse de que desmontase a Akhara, quien nunca había cabalgado y miraba al caballo con una expresión entre maravillada y temerosa.
    —Pronto se pondrá el sol —dijo el hombre rapado—. Si no queréis dormir al raso esta noche, mi tienda es lo bastante espaciosa para los tres.
    Akhara se estremeció y se cubrió con su manto de viaje tanto como pudo. En los ojos del individuo, fijos en ella mientras hablaba, advirtió una clase de lascivia cuya existencia ignoraba. No deseaba su cuerpo, ni tampoco su alma. El ansia en la mirada negra de aquel hombre era tan antinatural que rezó a todos sus dioses para que Nuam-Thari declinase la invitación.
    —Lamentamos rechazar tu hospitalidad, pero seguiremos viajando hasta medianoche. Queremos alejarnos lo antes posible de las riberas del Ai.
    La joven sintió sorpresa, y un infinito alivio, cuando El Viajero no insistió ante la negativa. Solo inclinó la cabeza, en un gesto de asentimiento y casi de disculpa, donde Akhara detectó la misma actitud socarrona que, al parecer, Nuam-Thari era incapaz de ver.
    Tras varias fórmulas tradicionales de despedida, se alejaron de la laguna. Estaba tan cansada que la incomodidad de sentarse a horcajadas en la montura le pareció un precio pequeño a cambio de no caminar y, sobre todo, de alejarse del desconocido. Nuam-Thari caminaba a su lado, llevando las riendas, con el arco y el carcaj a la espalda por si se topaban con algún animal salvaje que pudiese aumentar sus escasas provisiones.
    —Qué hombre tan extraño, ¿verdad? —dijo Akhara, cuando estuvieron lo bastante lejos.
    —Es extranjero. De más allá de los confines de Mnar —respondió el guerrero, como si ese hecho explicase cualquier rareza posible.
    —¿Y cómo regresará a su tierra? No tiene caballo, y se quedó muy poca comida.
    —Se las arreglará, no te preocupes. Parece un hombre de recursos.
    Akhara no se preocupaba en absoluto por la suerte del extranjero, sino por la posibilidad de que pudiese seguirles el rastro. Se sorprendió a sí misma deseando su muerte, imaginando aquel cuerpo enjuto tirado en algún desierto, devorado por las alimañas. El día anterior se habría avergonzado de tan viles fantasías, pero tal vez los sacerdotes del Gran Templo tenían razón y, perdida su condición de doncella, todo su ser se había corrompido. Se concentró en el camino, enmarcado por las orejas puntiagudas del caballo, e intentó ignorar el punzante hormigueo que recorría el interior de su vientre. 
 
***
 
    Durante sus horas libres, aquellas en las que no estaban de servicio en palacio o dondequiera que se encontrase Nargis-Hei, los miembros de la Guardia Real tenían permitido moverse libremente por la ciudad, ataviados con una sencilla túnica y desarmados, si así lo deseaban.
    No pocos de ellos empleaban dicho tiempo en visitar alguno de los lujosos burdeles de Sarnath, embriagarse en las tabernas o arriesgar la soldada en tugurios de juego. Unos pocos, los más piadosos, visitaban los templos para rezar a los dioses mayores o los templetes dedicados a dioses menores en los Jardines del Rey Zokkar.
    Nuam-Thari no era especialmente devoto, no encontraba diversión en el juego o los licores y no pensaba en otra mujer que no fuese su Reina de las Nubes, así que prefería pasear por las calles más bulliciosas de la urbe, confundiéndose con el gentío de los mercados o el público de espectáculos callejeros. A veces se preguntaba si echaría de menos a Sarnath La Magnífica cuando estuviese en otro lugar, lejos de las calles de ónice, las fuentes perfumadas y las variopintas casas de ladrillo vidriado. Pero al pensar en Akhara se disipaba cualquier nostalgia, pues su hogar estaría donde ella estuviese y nunca desearía otro.
    Si todo salía según lo previsto, aquel sería su último día en la ciudad, así que caminó más de lo habitual, despidiéndose de sus lugares predilectos. De todos excepto del templete rojo, casi oculto por la vegetación en los Jardines del Rey Zokkar, donde se encontraba a la luz de las estrellas con su amada. Esa noche tendría lugar el último encuentro antes de la huída, y la alegría de saberse a un paso de la libertad se mezclaba con una angustiosa incertidumbre.
    ¿Qué seria de ellos una vez dejasen atrás las altas murallas? Había reunido suficiente dinero como para comenzar una nueva vida en el lugar que eligiesen, pero ese lugar debía estar alejado de Sarnath y su influencia, lo cual significaba un largo viaje sin acercarse a regiones habitadas donde pudiesen haber llegado noticias de sus crímenes. No podía arriesgarse a llamar la atención comprando caballos o camellos antes de partir, ni cargar con demasiadas provisiones.
    Abstraído y cabizbajo, sus pasos le llevaron hasta la única zona de la ciudad desprovista de murallas, allí donde un dique de piedra la separaba del lago. Sentado al borde de una concurrida terraza con balaustradas de mármol rosado, contempló las tranquilas aguas. En la noche del día siguiente, como cada año durante las celebraciones, se alzarían extrañas olas que golpearían la pared rocosa, mientras los ciudadanos maldecían la memoria de la desaparecida Ib. En la orilla se alzaba, todavía orgullosa, la gran roca gris Akurión.
    —¿Puedo compartir tu asiento, viajero? —dijo una voz a su izquierda.
    Nuam-Thari se giró, sobresaltado. Que un desconocido le llamase "viajero" en aquel preciso momento hizo que el miedo le acelerase el pulso. Se calmó al ver al hombre, un forastero flaco de rostro afable y cálidos ojos negros. El guerrero no percibió nada alarmante, ni en la actitud ni en el aspecto del hombre, vestido como cualquier peregrino o mercader humilde de los muchos que llegaban cada día a Sarnath.
    —Puede sentarse, aunque me temo que se equivoca al juzgarme. Nunca he viajado ni pretendo hacerlo, y mi conversación no será tan interesante como cree.
    —Tal vez seas tú quien se juzga mal a sí mismo —dijo el extraño, con una peculiar sonrisa—. Yo llevo viajando toda mi vida, que no es poco, por todo Mnar y más allá de sus confines, hasta lugares que en estas tierras no conocen siquiera de nombre, y reconozco al instante a alguien que está a punto de poner los pies en el camino.
    —¿Y en qué lo nota, si se puede saber? —preguntó Nuam-Thari. Quizá fuese mejor indagar sobre la supuesta habilidad del forastero que negar de forma vehemente e infundir sospechas.
    —No es nada concreto, como una marca en la piel. Es algo que se adivina en las líneas del rostro, el brillo de las pupilas, los movimientos de las manos o la postura de los hombros. Una suerte de resplandor sutil que envuelve el cuerpo, perceptible solo para quienes llevamos toda una vida cruzando fronteras.
    El desconocido se pasó una mano de dedos finos por el cráneo afeitado, mirando con expresión apacible las aguas del lago. Nuam-Thari resistió la tentación de extender los brazos y mirárselos, en busca de alguna luminiscencia delatora. A pesar de la inquietud inicial, aquel hombre le inspiraba confianza. Estaba claro que no le había reconocido como miembro de la Guardia Real, pues de lo contrario no le trataría con tanta familiaridad, y era poco probable que tuviese alguna relación con las autoridades de la ciudad.
    —¿Qué le trae por Sarnath la Magnífica? ¿Ha venido a la celebración?
    —¡Ah, no, ni hablar! Detesto el bullicio propio de cualquier clase de festejo —dijo el extranjero—. Espero haber traspasado las puertas de bronce antes de que comiencen. Me gano la vida comprando y vendiendo caballos. No más de cuatro o cinco cada vez. Lo suficiente para subsistir y continuar viajando, porque no está en mi naturaleza ver a la luna menguar y crecer desde un mismo lugar.
    —Caballos —repitió Nuam-Thari, como si solo hubiese escuchado esa palabra de todo lo dicho por su acompañante.
    Apretó los labios, se reclinó en el banco de mármol y se esforzó en encontrar las palabras que debía pronunciar. No era necesario dar demasiados detalles. El Viajero parecía un hombre de mundo, y seguro que había realizado tratos con gente de toda calaña.
    —Quizá me interese alguno de sus animales —dijo el guerrero.
    Sabía que era arriesgado, pero había algo en ese hombre, sobre todo en sus ojos negros, que le inspiraba confianza.

*** 

02 septiembre 2013

Tres tumbas en la hierba azul.


 
 
    Todo estaba roto. La nave había chocado de costado contra una formación rocosa, partiéndola en dos, y la mitad superior se derrumbó sobre la parte trasera. De la parte delantera solo era reconocible el puente de mando, cuya estructura de seguridad había salvado a dos de los cuatro tripulantes. El resto eran pedazos de metal esparcidos por la hierba. Algunos, entre los de mayor tamaño, soltaban jirones de humo espeso y lechoso.
   —¿Por qué nosotros, joder? —dijo Lex Ostermeyer, segundo oficial—. De cuarenta naves de mierda... ¿por qué la nuestra?
   —¿Y por qué no la nuestra?
    El otro hombre, sentado en un trozo de roca plano, inspeccionaba sin interés la manga destrozada de su mono de piloto. El joven oficial le dedicó una mirada furiosa antes de volverse hacia el montón de rocas.
   —¿Es que no vas a ayudarme? —Apartó una piedra, haciéndola rodar varios metros—. Hay dos mujeres ahí debajo.
   —Hay dos cadáveres ahí debajo —dijo Terrence Maugham, capitán y piloto de la Archer-IX.
   —¿Y vamos a dejarlas así?
   —Tienen encima una puta montaña, Lex. Me parece una tumba más que digna.
    Se pasó la mano por la mandíbula, rasposa por la barba de varios días, sin prestar atención a una nueva mirada asesina de su subordinado. Le encantaba cabrear al niño rico. Puede que en la academia fuese el amo del cotarro, pero en "Territorio Maugham" mandaba Maugham. La naturaleza había decidido que mandase Maugham. Era más alto, más fuerte, más listo, más guapo, mejor piloto y, aunque no lo sabía, podría apostarse el sueldo de un año a que la tenía más grande.
   —No pienses que no las voy a echar de menos, aunque solo llevasen tres días en mi nave —dijo el piloto, tras tocarse un moratón en el pómulo y torcer la boca—. ¿Alguna vez te han hecho una mamada en gravedad cero, Lex?
    El segundo agarró el trozo de metal más cercano y se abalanzó contra su superior, quien se puso en pie y esquivó el ataque sin esfuerzo, haciendo caer de bruces al agresor. Lex tenía mechones de pelo, de un rubio sucio, pegados al rostro, y parecía a punto de soltar espuma por la boca. Sin molestarse en volver la cabeza, Maugham caminó hacia los restos de la nave. Apenas había pasado media hora desde el impacto, pero el capitán tenía la sensación de llevar horas sentado junto al desastre.
   —Será mejor que te calmes, chaval —dijo, mientras rebuscaba entre los restos de la nave—. Si te mato de una paliza y te tiro entre la chatarra nadie hará preguntas. Suponiendo que alguien vuelva a hacernos una pregunta, claro.
    Lex se sacudió unas cuantas briznas de hierba del mono, tan avergonzado por la rápida derrota como por el inusual estallido de violencia. Había cosas más importantes en las que pensar. Miró hacia el cilindro plateado con una luz verdosa que parpadeaba.
   —La baliza está intacta y funcionando. Vendrán a buscarnos.
   —Sí, ya te vi colocarla hace un rato —dijo Maugham. Levantó un mamparo destrozado y le gustó lo que encontró debajo—. No servirá de nada. ¿Sabes dónde estamos, verdad?
    Hasta donde alcanzaba la vista todo presentaba distintos tonos de azul. Una llanura cubierta de hierba, salpicada por irregulares promontorios rocosos, bajo un sol cerúleo cuyo tamaño casi doblaba al terrestre. Los supervivientes no llevaban escafandras, pero respiraban sin dificultad. La temperatura era agradable y no soplaba viento.
   —No dices nada, ¿eh? —El capitán se abrochó uno de los cinturones que había encontrado. Las culatas negras y plateadas de las armas cortas parecían intactas—. Cuando nos quedamos rezagados de la escuadrilla estábamos entrando en el sistema Ashnan, donde nuestros queridos nibaru tienen tres enüma deshabitados. O al menos espero que todavía estén deshabitados.
    Uno de los mayores inconvenientes (o ventajas) de las atmósferas artificiales creadas por los nibaru era su impermeabilidad a cualquier tipo de señal, volviendo inútiles equipos de transmisión o balizas.
    Lex miró de nuevo el paisaje. Desde que se lanzasen a colonizar el espacio, los terrícolas buscaban planetas habitables, pero los nibaru los creaban. Treinta de sus torres germen, como las llamaban los humanos, bastaban para dotar de atmósfera a una roca pelada mayor que Marte. En menos de cinco años el enüma estaba listo para recibir nuevos inquilinos.
   —¿Cómo lo sabes? Los informes de la estación no decían nada sobre actividad en este sistema.
   —Cuando lleves doce años con el culo pegado a una nave sabrás cosas que no vienen en los informes.
    Además de cuatro armas cortas, Maugham rescató dos mochilas cuadradas con suministros de emergencia y les quitó el precinto. Sacó de una de ellas el saco térmico y lo sustituyó por el cilindro plateado con la luz verde parpadeante. Le lanzó el bulto a su segundo y se colocó el otro a la espalda.
   —Andando. No se cuanto tarda aquí en ponerse el sol, si es que se pone.
   —¿Pero a dónde vamos? —preguntó Lex, con la mochila todavía apretada contra el pecho.
   —Si encontramos una de las germen y la destrozamos puede que debilitemos el escudo lo suficiente como para que la señal de rescate salga de esta puta pecera —explicó el capitán.
   —¿Puede? Pero...
   —¡Vamos! Ya has visto lo que pasa cuando te quedas rezagado.
    Lex Ostermeyer se giró para mirar la mitad aplastada de la Archer-IX.
   —Hijo de perra —murmuró, antes de echar a andar tras las huellas de Maugham.
 
***
 
    En cuanto vio en los monitores del puente la preocupante pérdida de potencia en los impulsores de travesía, el teniente Ostermeyer informó al capitán y flotó hacia la parte trasera de la nave. Los cazas modelo Archer eran muy pequeños, y Etha Wilson, sargento de artillería, aún no se había acostumbrado. La encontró al fondo del pasillo, con su habitual y encantadora mueca de resignación. Debra Twain, cabo primera del cuerpo de ingenieros, desaparecía en ese momento por la escotilla que comunicaba con la sala de generadores. Llevaba su maletín de herramientas en la mano, estaba despeinada y de mal humor.
    Metal aplastado y toneladas de roca no eran una tumba digna para Etha y Deb. Ni hablar.
    —Deberíamos alejarnos de los ríos —dijo Lex, mirando con desconfianza la corriente que fluía a su derecha.
    —No vamos a cambiar de dirección. Iremos en línea recta hasta dar con una torre. —Maugham se aferraba a la sencillez de su plan inicial como la hierba al suelo—. Además, tenemos tabletas potabilizadoras para una semana, ¿o es que temes que haya monstruos en el agua?
    El teniente no se dignó a contestar. Los monstruos a los que temía eran diminutos: la gran variedad de bacterias con las que los nibaru infectaban el agua de sus enüma, microorganismos inofensivos para ellos pero letales para los humanos. Cuando las tabletas se terminasen sentirían la tentación irresistible de saciar su sed con aquel líquido cristalino, y era mejor morir deshidratado que retorciéndose de dolor y delirando por la fiebre.
    —Dicen que morir de sed es como tener una resaca brutal, ¿alguna vez has tenido resaca, Lex? —dijo el piloto, con su habitual sonrisa burlona—. Nunca me has contado por qué el hijo de un pez gordo terminó de segundón en un Archer, ¿te gustaba demasiado emborracharte en la academia?
    —Tú tampoco me has contado por qué un veterano de guerra condecorado terminó en un Archer.
    —¿Ah no? Pues te lo cuento ahora. Si algo nos sobra es tiempo. Verás, después de la guerra me premiaron destinándome al cuerpo de seguridad de las colonias en el sistema Tíndalos y, resumiendo, dejé preñada a la hija de un colono. —Maugham hizo una pausa, para ver la reacción del joven—. Al parecer, para los mamporreros con microscopio que mandan allí el material genético de tipos como yo es primitivo, y cuando se enteraron de que había contaminado a una de sus muñecas me lanzaron de nuevo a la flota.
    Lex no dijo nada. No conocía el significado de la palabra "mamporrero", sin duda uno de los desagradables arcaísmos que solía usar el piloto, pero sabía como funcionaban las colonias. Nuevos mundos, nuevos hombres.
    —Te toca confesar, chaval. ¿Qué hiciste?
    —¿Para qué quieres que te lo cuente? Está en mi expediente —dijo el teniente, cada vez más incómodo.
    —Sí, pero quiero que me lo cuentes —insistió el capitán.
    —Maté a un oficial.
    La sonrisa no desapareció de sus labios, pero Maugham levantó las cejas y abrió mucho los ojos.
    —Tengo entendido que fue un accidente.
    —De acuerdo, un oficial murió debido a un accidente derivado de mi incompetencia, ¿está bien así?
    —Ya veo. Eres de esos amargados que se culpan de todo lo malo que pasa a su alrededor, ¿verdad? —dijo el piloto, suavizando un poco el sarcasmo de su voz— ¿También te sientes culpable por la muerte de las chicas?
    —Cuando la nave comenzó a caer... La tripulación es responsabilidad directa del segundo de a bordo, y tendría que haberlas llamado al puente. Ahora estarían vivas.
    —¿Sabes qué, Ostermeyer? —preguntó Maugham tras una tensa pausa—. Creo que has tenido suerte estrellándote antes de llegar a la zona de conflicto. Si luchases en una guerra la culpa te aplastaría como una puta montaña.
    Volvió la vista al frente y continuó caminando por la hierba azul. Ya no sonreía.
  
***
 
    Lex levantó el brazo para mirar la pequeña pantalla de su muñeca. Cuatro días y seis horas, en tiempo terrestre. Estaban tumbados cerca de un bosque. Las hojas de los árboles, de troncos lisos, parecían zafiros engarzados en las ramas puntiagudas. El sol apenas se había movido desde el primer día.
    —¿Sabes que en realidad no es azul? —dijo Maugham. Habían racionado las provisiones y las tripas le rugían—. Es la atmósfera artificial.
    —Ya lo sabía.
    El teniente acomodó la cabeza lo mejor que pudo en la mochila y cerró los ojos. Solo había dormido seis horas desde que se estrellaron, y hasta sus pesadillas eran azules.
    —¿Te gustaba Etha, verdad? —preguntó el piloto.
    —¿Qué más da eso ahora? Déjame dormir.
    —Ya sé que te importa una mierda lo que diga, pero siento haber... ya sabes.
    —¿Ya sé qué? ¿Es que el hambre te ha vuelto educado? —dijo Lex. Su voz se volvía más ronca y amarga a cada hora que pasaba.
    —¡Siento habérmela tirado, joder!
    —Da igual. Supongo que te educaron para ser un macho alfa.
    —Me educaron para ganar, como a todos.
    —Pues enhorabuena.
    Maugham se incorporó, dispuesto a añadir algo, pero en lugar de hablar sacó una de sus armas y se puso en guardia, apuntando al bosque. Una rama había crujido.
    —¿Qué te pasa? —exclamó el teniente, más molesto que asustado— No es más que un árbol.
    El capitán enfundó la pistola y se sentó de nuevo en la hierba. Miró de reojo al bosque una última vez.
    —Dijiste que este enüma no estaba habitado, ¿verdad?
    —Que no esté habitado no significa que estemos solos —respondió Maugham—. ¿Crees que nadie vigila las torres germen?
    Lex había visto de cerca a algunos prisioneros nibaru. Se parecían tanto a un ser humano como una manzana a una sombrilla, pero sus extraños cuerpos poseían cierta armonía estética. No se podía decir que fueran criaturas hermosas, aunque tampoco eran monstruos. Los derviches, en cambio...
    Según la versión oficial, los derviches eran una raza nibaru, pero hasta el cadete más inepto podía intuir que eran algo distinto. Quizá otra especie, vagamente emparentada con los creadores de los enüma, o quizá una modificación, una mejora, el lado oscuro de lo que los humanos pretendían conseguir en las probetas de las colonias.
    —¿Crees que habrá derviches?
    —Es bastante probable —dijo Maugham, sintiendo cierta satisfacción perversa cuando vio a su subordinado ponerse aún más pálido.
    —¿Viste a alguno... en la guerra?
    El capitán asintió con gravedad. Se recostó de nuevo sobre la mochila, y desenvolvió media barrita marrón mordisqueada.
    —El primero que vi fue durante el asalto a la base de Ishkur, casi al comienzo de la guerra.
    —Sí, yo era un niño pero lo recuerdo. Los nibaru reclamaron como enüma un planeta que habíamos colonizado nosotros primero, masacraron a los colonos y en respuesta atacamos su asentamiento más cercano.
    —¿No me digas, Lex? Acabo de decir que estuve allí, joder, no me interrumpas. —Maugham respiró hondo y dio un mordisco a su almuerzo antes de continuar—. Mi compañía fue de las últimas en entrar. La batalla estaba prácticamente ganada, y había escombros y cadáveres por todas partes. Al llegar a una especie de hangar medio derrumbado vimos acercarse a uno de ellos. Un derviche.
    «Lo primero que pensé es que el hijo de puta estaba loco. Éramos catorce, y él estaba solo. Pero cuando le disparamos... te juro que ese cabrón esquivaba las balas. Y lo peor llegó cuando empezó a girar. No llevan armas, ¿sabes?, solamente giran sobre sí mismos, giran y giran, tan deprisa que si te acercas te atraen como un remolino en el agua. Cuando empecé a ver sangre, tripas, cabezas y miembros volando a mi alrededor eché a correr. Ese día decidí hacerme piloto.
    El teniente estaba tan pálido que su rostro parecía una máscara de porcelana azulada.
    —Nosotros solo somos dos, y ni siquiera tenemos armas de asalto.
    —Pues tendremos que improvisar —dijo Maugham, y se tumbó de nuevo, mirando al cielo.
 
***
 
    Al despertar, le extrañó no ver a su segundo sentado cerca. Últimamente apenas dormía, no hablaba (aunque a veces lo veía mover los labios), y su mirada se estaba volviendo turbia y penetrante a partes iguales. Doce días y nueve horas, según el monitor; un interminable día azul para los dos náufragos.
    Maugham se puso en pie, bostezando. A pocos metros se extendía una jungla de plantas enormes, parecidas a helechos, entre las cuales serpenteaba un arroyo. Habían conseguido racionar el agua de tal forma que todavía les quedaban un par de tabletas.
    Por un momento, el piloto pensó que Lex había continuado la marcha en solitario, pero su mochila y sus armas estaban allí. Algo se movió entre la vegetación, y Maugham se repitió a sí mismo que si había derviches estarían cerca de las torres. Pero, ¿y si ya estaban cerca de una torre y no lo sabían? Los recuerdos de Ishkur volvieron con una nitidez insoportable mientras se acercaba al arroyo apartando ramas, con las dos pistolas desenfundadas.
    —¡Eh, Lex! ¿Estás ahí? —Nadie respondió—. ¿Estás dejándole un regalito a los nibaru? No será muy grande, teniendo en cuenta lo que comemos.
    Cuando llegó a la orilla encontró al joven arrodillado, con la parte inferior del rostro sumergida, tragando agua entre resoplidos y gorgoteos. Maugham enfundó las armas y lo agarró del cuello, tirándolo de espaldas sobre la hierba. Lex jadeó y boqueó como un pez.
    —Niñato de los cojones.
    El capitán lo incorporó a la fuerza y le metió los dedos hasta la garganta, provocando que regase la hierba con un torrente de agua y bilis. Lex se revolvió, entre arcadas, apartándose de su superior.
    —Déja... déjame be... ber.
    —Has perdido el juicio —afirmó Maugham, tan abatido que su voz sonaba distinta.
    —¡Bebe tú también! ¿Te vas a creer esa mierda de las bacterias? —El teniente miraba a su superior con ojos febriles, azules como el sol—. ¡No paran de mentirnos, capitán! ¡Sobre la guerra, sobre las colonias, los nibaru...! ¡No me voy a morir de sed por otra de sus putas mentiras!
    Los gritos le provocaron una nueva arcada y tosió, hundiendo los dedos en la tierra húmeda. Maugham lo levantó sin esfuerzo y sintió el calor de su piel a través del mono.
    —Vámonos, Lex.
    —Es mentira, capitán... todo es mentira.
    —Más te vale, chaval.
***
 
    Las punzadas en el estómago ya apenas le molestaban. Podía descansar tranquilo tumbado sobre la hierba, y tener la lengua seca e hinchada no era un inconveniente al no tener a nadie con quien hablar. Ni siquiera miraba el monitor de su muñeca desde hacía días, dejando pasar las horas. A veces estaba despierto, a veces dormido, pero nunca abría los ojos. Ya estaba más que harto de ver el mismo puñetero sol azul colgado en el cielo.
    Al reducirse a la mitad el número de comensales, las provisiones y el agua le habían durado tanto que le parecía un milagro. Al fin se habían terminado, y le dio lo mismo porque ya no las necesitaba. Había hecho todo cuanto tenía que hacer.
    Cuando sintió, a través de los párpados, la sombra de una mole ocultando el sol y escuchó el zumbido de los impulsores no se movió. No tenía fuerzas para dar saltos de alegría, y tampoco ganas. Escuchó pasos amortiguados, voces, una de hombre y otra de mujer.
    —¿Capitán Maugham?
    Dos pulgares le levantaron los párpados y otras manos, más delicadas, le abrieron los labios para hacerle beber un líquido casi insípido, con un ligero regusto a limón y hierro. Era lo mismo que le dieron cuando lo encontraron tirado en una zanja a varios kilómetros de Ishkar, al borde de la locura.
    —Capitán, ¿puede oírme?
    Asintió, esforzándose por tragar y por enfocar los rostros que le miraban desde arriba. Eran apenas dos chavales: un cabo y una teniente recién salida de la academia. Aparecieron más pares de manos y lo subieron a una camilla.
    —¿Dónde está el resto de la tripulación, capitán? ¿Ha habido más supervivientes?
    Con un esfuerzo sobrehumano, propio del héroe que no era, Maugham levantó un brazo y señaló hacia atrás, por encima del hombro.
    Mientras se lo llevaban a la nave de rescate, el cabo y la teniente dieron unos pasos hacia los restos de la Archer-IX. La mitad posterior estaba aplastada, pero al parecer alguien había apartado suficientes rocas como para abrirse camino hasta los restos. Al avanzar unos pasos más, vieron tres rudimentarias lápidas de metal, garabateadas con grasa de motor y, bajo ellas, como tres heridas pardas, tres tumbas en la hierba azul.
 
 
***