10 abril 2013

Dos noches en Turm.

    En las crónicas, libros de Historia y todas las obras que, según dicen, escriben los vencedores, las futuras generaciones de súbditos turmianos leerán la misma versión sobre la muerte del rey propagada por las autoridades hace casi un cuarto de siglo: Henamtias IV, soberano de Turm y sus colonias, falleció en el lecho real apenas iniciado su quincuagésimo cuarto año de vida. Si bien sobrevolaron sus funerales diversas sospechas con el plumaje de la conspiración y el regicidio, solo se pregonó que su corazón simplemente dejó de latir durante el sueño.
    Sin embargo, una mujer a la que conozco muy bien me relató en varias ocasiones otra versión de esa historia. Una que, en este caso, los vencedores prefirieron no escribir.
 
    Retrocedió otro paso, con la lentitud temblorosa de un camaleón en un día de tormenta. Durante un instante en la alcoba real no hubo más movimiento que el de su pecho desnudo ni más sonido que el aliento acelerado por el terror. Por un momento vio las paredes de la lujosa habitación abalanzarse sobre ella para triturarla, el aire espeso volverse una jalea irrespirable de penumbra anaranjada. Las artimañas del pánico, ese hábil ilusionista, se disiparon cuando la corriente de aire agitó el tafetán granate del dosel.
    Aissa Iss-Mah reconoció el origen de la brisa y la sensación de asfixia remitió, dejando paso a un miedo más pragmático y propio de alguien en su situación. Incluso se permitió una pizca de orgullo profesional al ver, estirando el cuello hacia el rostro del cadáver, que el rey había muerto con una sonrisa en los labios. Se giró con cuidado hacia el armario de roble macizo; una antigualla casi invisible a pesar de su tamaño entre la recargada decoración, perfecto para ocultar la entrada a un pasadizo secreto.
    Lo más fácil sería informar a su guía, el hombre que la acompañase desde La Corona de la Garza y que ahora la esperaba en un punto intermedio del camino oculto para llevarla de regreso al burdel más prestigioso de la capital. Al fin y al cabo ella no había hecho nada malo. Desde que llegase a Turm, apenas un mes atrás, se había ganado una excelente reputación entre los clientes habituales del local, en parte gracias a su belleza exótica, pero sobre todo a las refinadas (y no tan refinadas) técnicas amatorias aprendidas en la lejana Lanyiwa, su tierra natal. Tanto era así que Galadia, dueña y señora de La Corona de la Garza, la había elegido para visitar aquella noche al mismísimo rey Henamtias, quien por lo general prefería acompañantes más jóvenes e inexpertas.
    No perdió tiempo recogiendo sus ropas. El guía se había quedado con su capa, lo bastante larga y gruesa como para protegerla del frío y de las miradas indiscretas durante el corto trayecto desde la salida del pasadizo hasta la aterciopelada fortaleza de Galadia, pensó Aissa mientras recogía un candil y cerraba tras de sí la puerta secreta. Bastaron medio centenar de pasos por el estrecho pasaje para que el terror volviese a congelar el sudor sobre su piel.
    El guía, un hombre fuerte y curtido en toda clase de reyertas callejeras, parecía estar tan muerto como el rey, aunque vestido y con una expresión muy distinta a una sonrisa. La mujer se inclinó, examinando el nuevo cadáver en busca de su capa. Ya solo podía pensar en ponerse algo encima y salir corriendo de aquel maldito palacio.
—¿Pero quién eres tú? No eres Janin.
    La voz, poco más que un susurro grave y desconcertado, llenó el túnel y el cráneo de Aissa. Levantó la luz, iluminando el rostro barbudo de un desconocido armado con una espada. El acero estaba manchado de sangre, y aunque era la primera vez que entraba en palacio la bella extranjera sabía que ese hombre no pertenecía a la guardia. Intentó dar media vuelta y echar a correr, topándose con otro intruso. El candil cayó al suelo y se apagó cuando unas manos enguantadas la sujetaron por los hombros, inmovilizándola contra la pared. Entonces comenzó a gritar, liberando parte de la tensión acumulada en un eco ensordecedor gracias a los muros del túnel.
—¡Calla! —dijo el hombre de la espada, aún susurrando a pesar del escándalo.
    Pudo intuir en la oscuridad que sus atacantes vacilaban, más por el hecho de que no la hubiesen degollado al instante que por otra cosa, y unió a los gritos una lluvia de patadas.
—¡Haz que se calle y vámonos de una vez!
    Ignorando los golpes, su captor obedeció. Sin soltar la presa se inclinó sobre ella y susurró a su oído una frase incomprensible, donde las palabras eran como eslabones de metal al rojo. De hecho, fue un terrible calor lo último que sintió Aissa Iss-Mah antes de dormirse.
    El catre donde despertó no podía ser más diferente al lecho real, e incluso a su confortable cama en La Corona de la Garza. Al parecer, después de ser raptada, alguien se había tomado la molestia de vestirla con unos ropajes propios de un pastor. Le picaba todo el cuerpo, tenía escalofríos, sudores febriles, y para colmo tres extraños la observaban a la luz de su propio candil, colocado en el suelo de la pequeña habitación.
    A uno de ellos lo reconoció del pasadizo; un hombre barbudo, ancho de cara y cuerpo, con bastantes canas en la oscura cabellera y una mirada más melancólica que amenazante. No podía decir lo mismo de la mujer sentada al otro lado de la luz, cuyo ceño fruncido y ojos encendidos de rabia contenida le daban un aspecto amenazante a su rostro hombruno, cúspide de un cuerpo donde las formas femeninas y la musculatura propia de un guerrero pugnaban por imponerse sin que hubiese un claro ganador.
—¿Dónde estoy? —preguntó Aissa, incorporándose en el catre.
    En su lucha por mantener el equilibrio, físico y mental, observó que todo a su alrededor vibraba, por el techo de cañizo se filtraba la luz de la luna y tanto el sonido de cascos como el olor a caballo predominaban en el ambiente. No estaba en una habitación sino en el interior de un carro en movimiento.
—Primero deberías decirnos quién eres tú —dijo la mujer, cuya voz era más aguda de lo que cabría esperar—. Y por qué estabas en la alcoba real.
—Me llamo Aissa Iss-Mah —respondió la joven, intentando corresponder al tono amenazante de la desconocida sin amedrentarse demasiado—, y mi presencia en los aposentos del rey no es asunto de vuestra incumbencia.
—Admiro tu discreción, Iss-Mah, pero ya sabemos cual es tu oficio —afirmó el barbudo, en cuya voz ronca se mezclaban el cansancio y la impaciencia—. Sabíamos que esta noche una de las chicas de Galadia mataría a Henamtias. Una turmiana llamada Janin, a la que adiestramos e infiltramos en La Corona de la Garza.
    Aissa guardó silencio, intentando asimilar las palabras que escuchaba. Miró a sus captores de nuevo, deteniéndose esta vez en la figura sentada entre el hombre y la mujer. Se trataba de un individuo vestido con ropa gruesa y oscura, las manos enguantadas, los ojos ocultos tras unos peculiares vidrios opacos que sobresalían de su máscara negra y tocado con un sombrero de ala ancha. El atuendo no dejaba al descubierto ni un solo centímetro de su piel, y colgando del cinto llevaba un pequeño bastón de madera. Ella también sabía cual era el oficio de aquel hombre. Aunque se cubrían con telas de mayor colorido y sus sombreros eran distintos, en Lanyiwa también había piromantes.
—Se te pasará enseguida —dijo de pronto el enmascarado, sobresaltándola.
—¿Qu... qué?
—La fiebre. Me temo que los conjuros de sueño no son mi especialidad, y cuando los utilizo tienen efectos secundarios.
—Tuviste suerte de no estallar en llamas —dijo su compañero, mostrando una sonrisa torcida que no dejaba claro si hablaba en serio—. Y de que yo no te cortase el cuello. Casi nos echas encima a toda la guardia de la ciudad con tus gritos.
—¿Qué clase de asesina se pone histérica después de eliminar a su objetivo? —preguntó, a nadie en concreto y con evidente desprecio, la mujer musculosa.
—¿Asesina? ¿Yo?
    Cuando Aissa relató, resumiendo todo lo posible, lo sucedido aquella noche, la reacción de su público fue la imagen misma de la estupefacción. Los cuatro callaron, hasta que el hechicero se echó a reír, ignorando las miradas poco amistosas de los presentes.
    Después de frotarse la frente con la mano durante unos segundos, reflexionando sobre la situación, el hombre de cabellera canosa se aclaró la garganta y miró a los ojos verdes de la cautiva.
—¿Has oído hablar de Leandres, el hermano menor de Henamtias? —preguntó.
—Creo que he oído hablar de él a algunos clientes —respondió Iss-Mah, pensativa— ¿No está desterrado, o algo parecido?
—Así es. Hace diez años Leandres comenzó a mostrarse contrario a la forma de gobernar de Henamtias, sobre todo en lo relativo a oprimir a las clases más bajas y favorecer a las altas. Usando sus habituales malas artes lo acusó falsamente de traición a la corona y fue desterrado a las tierras salvajes de Vitra, una de las colonias de Turm.
    "Un puñado de guerreros leales acompañamos a Leandres en su condena, y desde entonces hemos reclutado un ejército, entre las gentes de Vitra y otras colonias, lo bastante poderoso como para reclamar el trono en caso de que Henamtias muriese, y evitar que lo ocupe su hijo, quien como sabemos continuaría con el legado tiránico de su padre.
    El guerrero interrumpió su relato, dando tiempo para digerir toda la información a la forastera, poco documentada sobre la historia reciente de Turm. A medida que la fiebre desaparecía sus ideas se aclaraban, y empezaba a tener la certeza de que no volvería a La Corona de la Garza. Tal vez Galadia se habría mostrado comprensiva si hubiese vuelto de inmediato al burdel y explicado lo sucedido. Pero al parecer, los acontecimientos y aquella gente extraña, la estaban involucrando en un golpe de estado, rebelión, venganza fraticida o algo peor que no existía en su añorada Lanyiwa.
—Me llamo Uberis, caballero sin tierra al servicio del príncipe Leandres —se presentó el hombre, mirando después a su camarada—. Ella es Nimfara, campeona de Vitra. Y el piromante se llama Daltakast.
—Encantada de conoceros, pero ¿qué va a pasar ahora conmigo? Todos deben pensar que he huido porque maté al rey intencionadamente —se lamentó Aissa.
—Lo siento, pero eso es lo que seguirán pensando —dijo la llamada campeona de Vitra, añadiendo algunas líneas de sarcasmo a su expresión hosca—. Cuando Leandres esté sentado en el trono podrás limpiar tu nombre, al menos en lo referente a asesinatos.
—¿Y qué pasa con esa amiga vuestra cuyo papel, al parecer, he robado?
—¿Janin? Eso deberías contárnoslo tú a nosotros —dijo esta vez Uberis—. Reclutamos a esa muchacha hace más de dos años, en los suburbios de Turm, y fue contratada hace tres días por Galadia. Sabíamos que Janin encajaba con los gustos del tirano, y que se la enviarían lo antes posible, pero apareciste en su lugar.
—¿Hace tres días? —preguntó la joven, pensativa y ya despejada por completo— Recuerdo a una chica nueva, y supongo que no os equivocabais en cuanto a los gustos del rey: Galadia le hizo la prueba del espejo. No debió de superarla, porque no volvimos a verla y al día siguiente me la hicieron a mí.
    Los tres conspiradores se miraron, confusos y sorprendidos. Daltakast se inclinó hacia adelante, mostrando de pronto más interés en la conversación.
—No es un espejo... en realidad —explicó Aissa, empalideciendo a medida que hablaba—. Lo llamamos así porque tiene cristales que reflejan el rostro, pero es más bien un artefacto que ocupa casi toda una habitación en el sótano. Te sientas delante, Galadia lo mueve y te hace preguntas... algunas muy raras y otras bastante tontas.
    Antes de que los partidarios del príncipe desterrado pudiesen manifestar su sorpresa, el sonido de unos cascos al galope hizo que Uberis saltase de su asiento para retirar la persiana en la parte posterior del carro, el cual se detuvo bruscamente. Nimfara empuñó una maza cuya cabeza de hierro imitaba a la de un muflón, símbolo de la montañosa Vitra, y Daltakast apagó el candil con un gesto de la mano y una sílaba gutural.
    Para tranquilidad de Aissa, tan desarmada como inepta para el combate, el recién llegado era un muchacho exhausto, vestido de forma parecida al caballero. Un vigilante portador de malas noticias.
—¡Vienen soldados... soldados turmianos! Al menos una veintena... y no vienen de la capital sino desde el sur. Detienen todos los carros... registran los campamentos al borde del camino... ¡Nos buscan!
    Uberis soltó una maldición mientras ordenaba con un rápido gesto de la mano al mensajero que se retirase a su puesto de combate.
—Del sur. Deben venir de la fortaleza de Ghenda —dijo Nimfara, con los dientes y los puños apretados ante la idea del combate inminente— ¿Pero cómo es posible que la noticia haya llegado tan deprisa a Ghenda?
—Acabamos de huir de una ciudad donde la dueña de un burdel posee un artilugio mágico capaz de leer las mentes. Imagina lo que pueden tener los hechiceros de la corte —explicó el piromante.
    Sin tiempo para imaginar lo que podrían tener los hechiceros de la corte, Aissa se vio con una ballesta en las manos y asomada a una abertura cuadrada en el techo del carro. Pudo ver cómo los dos hombres que viajaban en el pescante saltaban al camino con espadas desenvainadas, sin apartar la vista del camino abrazado por tupidas arboledas a ambos lados. En total los fugitivos eran ocho, incluyendo a Daltakast, quien sin dar muestras de agitación se apartó del grupo, adelantándose varios metros.
    Con las primeras luces del alba, apenas una fosforescencia lechosa entre las copas de los árboles, observó al piromante desenroscar un extremo de su peculiar bastón, en realidad un recipiente que mantuvo inclinado cerca del suelo mientras lo golpeaba con suavidad para hacer salir el polvo rojizo de su interior, dibujando con él un círculo a su alrededor, justo en el centro del camino. Usando el otro extremo del bastón trazó líneas y símbolos, dentro y fuera de la circunferencia, mezclando el polvo con la tierra.
    El arma cargada tembló entre las suaves manos de Aissa cuando los soldados, con armadura completa y el blasón de Henamtias reluciendo en sus escudos, aparecieron galopando en su dirección. Nunca había matado a un hombre (voluntariamente), y esperaba no tener que disparar la ballesta. Para sus nuevos compañeros, sin embargo, saltaba a la vista que no era la primera vez que se encontraban a punto de entrar en combate. Se habían colocado cerca del carro, alejados del piromante, sobre quien cargaron los soldados.
    Aissa no salía de su asombro ante la actitud de Uberis y compañía, dispuestos al parecer a contemplar sin mover un dedo como el hechicero era aplastado por los caballos o decapitado por una espada. Cuando los atacantes llegaron a cinco latidos de distancia, Daltakast saltó al exterior del círculo mágico, agitando el bastón en una especie de danza frenética. Dos latidos después el polvo rojizo se encendió, tomando la apariencia de oro líquido, las arboledas temblaron, el carro crujió como un navío en alta mar, y el fragmento de camino contenido dentro del círculo se disipó transformado en vapor cuando un tentáculo gigantesco, que parecía estar hecho de magma volcánico, irrumpió en la realidad con un sonido chirriante que enloqueció a los caballos.
    La noche terminaba pero la pesadilla comenzó en ese momento para la joven de Lanyiwa, como espectadora, y para los soldados de Turm, como protagonistas. Ellos fueron las víctimas del monstruoso apéndice surgido de un mundo hecho de fuego, humo y cenizas, un látigo que fundía el metal y consumía la carne con apenas rozarla. Si alguno conseguía escapar se encontraba con la espada del caballero sin tierra, la maza de la campeona de Vitra o las armas de los otros guerreros. Daltakast, bastón en alto, gritaba órdenes mágicas para evitar que sus aliados muriesen carbonizados.
    Una vez exterminados los soldados y liberado de la voluntad del invocador, el descomunal monstruo ígneo comprendió que el portal era demasiado pequeño para permitirle entrar y convertir ese mundo desconocido en un erial humeante, se retiró mientras los humanos a los que no podía tocar volvían a sus extrañas monturas.
    Aissa volvió a sentarse en el catre, con la ballesta todavía cargada en el regazo, cuando el carro se puso en marcha. Sospechaba que, mucho antes de llegar a Vitra y reunirse con Leandres, tendría que disparar más de una vez.
  
   No os aburriré con el relato de una guerra civil, aunque no me llevaría mucho tiempo. Leandres y sus partidarios golpearon el corazón de Turm con rapidez y puntería. En menos de un año el trono fue ocupado por un rey justo y bondadoso, en nada parecido a su tiránico hermano.
    Pero no a todos complace ver la corona sobre la cabeza de Leandres; sobre todo a quienes poseen grandes fortunas y encuentran aberrante el empeño de su monarca en repartir la riqueza de forma equitativa. Es por ello que esta noche voy a asesinar a Leandres con una daga envenenada en la misma alcoba donde hace más de dos décadas murió su hermano. Para ello me han contratado quienes desean ver el cetro en manos de su sobrino, el legítimo heredero. Con la cantidad de oro que voy a cobrar por hacerlo podría retirarme de por vida, pero no habría llegado a ser el mejor asesino a sueldo de Turm y sus colonias si no amase mi oficio, así que no lo dejaré.
    Puedo adivinar lo que la mayoría pensaréis de mí, y podéis decirlo en voz alta sin temor a ofenderme. Porque antes de morir de placer Henamtias plantó su regia semilla en el vientre de mi madre, Aissa Iss-Mah. Así que, a todos los efectos, soy un bastardo hijo de puta.
 
 
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