27 mayo 2013

Tinta de reo. (Microrrelato).

   La sombra de los barrotes formaba renglones en la hoja de papel amarillento, pero la pluma no los necesitaba para tejer líneas rectas. Las letras de perfiles afilados se enlazaban con las de formas redondeadas, como las espinas y los frutos de una zarza.
    Con cada pausa de la mano el tintero perdía un poco más de su oscura esencia, libada por el pico ávido de inmortalidad. Quedaba poca, y el carcelero le había asegurado que no tendría más. Sus últimos deseos estaban agotados, y la botella del djinn se rompió contra las rocas de un acantilado hacía mucho.
    La pluma bebió por penúltima vez. Tendría que escoger muy bien las palabras si quería contar el final de su historia antes de que el verdugo añadiese el epílogo.
    No concebía una maldición mayor que subir al cadalso no siendo un hombre, sino un cuento inconcluso.
                            
*****

14 mayo 2013

Relatos de Fantasía Épica, Vol. 1.

   Hoy vengo a hablaros de una antología de relatos cortos en la cual he tenido el placer de participar, y como se me dan fatal las reseñas y además no podría ser imparcial, antes de nada os mostraré un fragmento del prólogo donde queda bastante claro cual es la naturaleza y el espíritu de este libro:
Portada.
"Este libro es el resultado de una recopilación de relatos que participaron en los retos literarios celebrados mensualmente en el foro fantasiaepica.com.
   En él, cada forero participante mantiene su anonimato, subiendo un relato bajo el seudónimo de comodín, adoptando así, la identidad del ser mítico que ya se ha vuelto un ícono de los desafíos del foro.
   A lo largo de los numerosos retos hemos sumado relatos maravillosos, surgidos de la imaginación de los escritores de fantasía épica, y es por eso que hemos decidido reunirlos en este compendio para compartirlos con todos vosotros.
   Entre ellos habrá viajes fantásticos, mundos nuevos, historias y personajes surgidos en el marco de la temática o ambiente propuesto en cada reto, volviéndose así un desafío para cada participante, donde se pondrá a prueba la imaginación y el ingenio de cada uno."

   Y para que estos relatos puedan ser disfrutados por lectores de todo el mundo, y no solo por los visitantes de nuestro querido foro, se ha hecho este volumen, sin ánimo de lucro y con el objetivo de darnos a conocer entre el público.
   Para descargarlo (¿he dicho ya que es gratis?) o leerlo online solo tenéis que pulsar aquí.
   Saludos.


02 mayo 2013

Senbazuru.

"Cuando las mil grullas se marcharon, dejaron el lago tan vacío
 como el corazón del maestro origami. 
Así que con sus manos desafió a los dioses,
creando otras mil aves blancas."
(Leyendas de Kyukoku).
 
    La lluvia, débil pero insistente, golpeaba el costado del pequeño autocar. El vehículo había conocido tiempos mejores, y los grandes caracteres kanji presentaban ahora tonos desvaídos, fantasmas de su pasada fosforescencia publicitaria.
    Candela viajaba en silencio, recostada contra el cristal, observando las nubes plomizas. Ya le habían advertido que aquella zona a las afueras de Fukuyama no era precisamente alegre, ni siquiera a la luz del sol, pero la compañía andaba escasa de fondos y un viejo hotel a más de una hora del centro era lo mejor que podían permitirse.
    Washi Kusudama, representante, intérprete, road manager y factotum, iba sentado en el asiento cercano al conductor, enfrascado como de costumbre en la lectura de todos los periódicos que había encontrado en la estación. Si la prensa escrita sobrevivía al siglo XXI sería en gran parte gracias a Washi.
    En la parte de atrás Rocío dormitaba con una gruesa bufanda al cuello. En cuanto veía una nube en el cielo o la temperatura descendía, la más veterana del grupo se obsesionaba con no exponer su garganta a la más mínima ráfaga de aire.
    Junto a la cantante, un joven moreno y delgado escuchaba música a todo volumen a través de unos auriculares, abstraído en el golpeteo rítmico de sus manos sobre el asiento. No era difícil darse cuenta de que Manuel tocaba el cajón, y cuando no lo tenía entre las piernas cualquier superficie sólida le bastaba.
    El cuarto miembro de la compañía, con su lustrosa melena rizada y una perilla recortada al milímetro, se sentó junto a Candela tras pasearse varias veces por el pasillo del autocar. Los largos dedos del guitarrista apartaron un mechón de la mejilla y acariciaron levemente la oreja y el cuello de la bailaora.
—¿Qué pasa, rubia? ¿Te deprime la lluvia?
—No más que a cualquiera —respondió sin apartar la vista del cielo.
    Al igual que ella, pero con una guitarra a cuestas, Jesús había decidido dejar atrás durante un tiempo España y probar suerte en el lejano oriente. Ambos habían crecido juntos en un suburbio de Cádiz, y fue él quien le puso, no sin cierta malicia infantil, el mote de la guiri, por ser una de las pocas gitanas rubias de la barriada. También fue él quien la convenció para unirse a la expedición, exaltando la buena fortuna de otros compañeros de profesión. Sin embargo, la afición de los japoneses por el flamenco no estaba tan generalizada como se pensaba, y encontrar trabajos bien pagados en Tokyo u otras de las grandes ciudades no era fácil, sobre todo compitiendo con otras compañías más asentadas y populares entre los aficionados.
—Bah, alegra esa cara. El garito de esta noche es de nivel, o eso dice el Wachi. Es un casino de lujo o algo así.
—Me conformo con que ningún rijoso trajeado me ofrezca billetes para subirme a la habitación —dijo Candela, intentando sonreír.
—No te lo tomes tan a pecho, mujer. Debió de pensar que las flamencas sois como las geichas.
    Sin apartar la vista del periódico, Kusudama rió por lo bajo. Jesús aprovechaba cualquier ocasión para burlarse de él o de sus costumbres, especialmente en las últimas semanas, cuando empezaba a percibir que Candela sentía algo más que simpatía por el solícito japonés. En esta ocasión el guitarrista no tuvo tiempo de lanzarle una de sus puyas; el vehículo se detuvo frente a un edificio de madera oscura, con una estampa donde se mezclaban elementos de la arquitectura nipona de varias épocas, pero sobre todo del periodo feudal.
    Los artistas contemplaron boquiabiertos el hotel Senbazuru, rodeado por una fronda de altos cipreses, solitario y majestuoso bajo la llovizna del día que comenzaba a disolverse en un crepúsculo rojizo como el óxido.
—¿Seguro que escuchaste bien el precio, Washi? —dijo Manuel, quien a pesar de ser el más joven era el más cuidadoso con los gastos.
—Seguro. Al parecer, desde que construyeron la nueva carretera ha quedado algo aislado, y han tenido que rebajar los precios para atraer clientela —explicó el mánager, bajando acto seguido del autocar tras intercambiar varias frases en su idioma con el conductor.
    La recepción, tan silenciosa como el exterior, olía a maderas aromáticas y tierra húmeda. Fueron recibidos por una sonriente nativa de edad indeterminada, vestida con un sencillo kimono blanco con pájaros y flores azules estampados. Jesús fue el primero en responder al saludo, adelantándose con una exagerada reverencia y su rutilante sonrisa de lobo.
—Esta es Mio —la presentó Washi, que había entrado el último, con una mochila al hombro y el inseparable fajo de periódicos bajo el brazo—. Entiende un poco el español, así que pedidle a ella cualquier cosa que necesitéis... siempre y cuando esté incluida en el precio de la habitación —añadió mirando de reojo al guitarrista, quien no apartaba los ojos de la empleada del Senbazuru.
    Rompiendo apenas la quietud del lugar con sus zuecos de madera la mujer los guió hasta las habitaciones, todas en la primera planta. Antes de seguirla, Candela cogió del mostrador un folleto de recuerdo, como hacía en todos los hoteles, y soltó un quejido que sobresaltó a Washi, también rezagado.
—¿Qué te pasa?
    La joven levantó la mano frente al rostro de su interlocutor, con los dedos separados, mostrando una fina línea roja entre los dedos índice y anular.
—Una herida de guerra. ¿Crees que sobreviviré?
    Los ojos del japonés se transformaron en dos líneas negras cuando sonrió, aunque su rostro mostraba una palidez más intensa de lo habitual.
    Ya en su habitación, decorada y amueblada con la elegante sencillez propia del país, Candela deshizo su maleta y se probó el vestido que llevaría en el espectáculo unas tres horas más tarde. Era rojo, ajustado de cintura para arriba y con una falda de volantes ribeteados en negro que casi rozaba el suelo. Mientras abrochaba las hebillas de los zapatos, también rojos y negros, alguien llamó a su puerta golpeando suavemente la madera.
—¡Adelante!
    Supuso que sería Rocío, quien siempre la peinaba antes de actuar, pero al correrse el panel que separaba la estancia del pasillo fue Washi quien entró, más serio de lo habitual y con un bulto de tela bajo el brazo.
—¿Todo bien? ¿Necesitas algo?
—Nada, pero gracias —respondió la bailaora, poniéndose de pie— Voy a estrenarlo hoy. ¿Qué te parece?
    Acompañó la pregunta con un giro que hizo ondear la tela encarnada, elevándola en gráciles arabescos hasta la altura de los muslos. El hombre asintió con entusiasmo, algo ruborizado al ver las bonitas piernas, cosa que sorprendió a Candela pues la había visto bailar cientos de veces. Pero ahora no estaba en el escenario sino a solas con él en una habitación, y sabía que a pesar de su habilidad para las relaciones públicas el joven Kusudama era muy tímido. De hecho eso era una de las cosas que le gustaban de él, y no quería espantarlo con un alarde de descaro sureño, así que se quedó quieta, esperando a que hablase.
—Te... te he traído algo que tienes que ponerte. Te parecerá una tontería...
    Washi se acercó a ella y le tendió lo que parecía una faja de tela negra con motivos florales blancos.
—Esto es un obi, ¿verdad? —dijo Candela, provocando un leve arco de sorpresa en las cejas del mánager—. Para que veas que te escucho cuando me explicas cosas.
—Sí... A lo mejor te resulta algo incómodo, pero tienes que llevarlo puesto mientras estemos en el hotel. Es una tradición muy antigua.
    Consciente de la creciente incomodidad de Washi, cogió con cuidado la prenda y caminó hasta un espejo de cuerpo entero situado tras un biombo.
—Me vas a tener que ayudar a ponérmelo.
—Ah, claro, perdona.
    Sin pronunciar palabra compuso el nudo en la espalda de la joven, apretando la tela en torno a la estrecha cintura.
—¡Anda, mira que bien me queda! Y es más cómodo de lo que parece. Creo que me lo dejaré puesto para bailar, aunque a Rocío no le hará mucha gracia.
—Me alegro de que te guste, e intenta no quitártelo mientras estemos en Senbazuru, ¿vale? Si necesitas algo estoy al final del pasillo.
    Antes de salir de la habitación, Washi se detuvo frente a un viejo cuadro que cubría casi por completo una de las paredes, mirándolo con gesto grave y un leve temblor en los dedos. Intrigada de repente por la obra, en la que apenas había reparado hasta entonces, Candela se acercó para contemplarlo. Representaba un lago de aguas azules, rodeado por un bosque muy parecido al que vieran al llegar al hotel. En la orilla izquierda, junto a una cabaña de madera, un anciano barbudo miraba, entre ceñudo y melancólico, una bandada de aves blancas que emprendían el vuelo desde el agua hasta las nubes. El artista, con admirable paciencia, había pintado cientos de aquellos pájaros, dotándolos de contornos tan geométricos y precisos que resultaban al mismo tiempo irreales y extrañamente tangibles.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó.
—Es un Onmyōji... una especie de mago —explicó Washi, cuya voz era apenas un susurro—. Vivía junto al lago, cerca de aquí... hace mucho, mucho tiempo.
    Candela lo sacudió con suavidad agarrándole el hombro, para sacarlo del ensimismamiento al que parecía haberle arrastrado la pintura.
—¿Te ocurre algo?
—¿Eh? Oh... nada. Intentaba recordar esa historia... da igual —farfulló, evitando los ojos de la mujer mientras retrocedía hacia la puerta— Nos vemos luego.
    Sin darle mucha importancia al comportamiento de su amigo, achacándolo a su timidez y a la incomodidad de tener que exigirle algo, cosa que nunca hacía, volvió frente al espejo y acarició con ambas manos la faja negra. Siempre procuraba respetar las costumbres de los lugares que visitaba, por insólitas que fuesen, así que se la dejó puesta.

    Casi dos horas más tarde, un silencio absoluto seguía reinando en los pasillos del Senbazuru. Candela ensayaba la coreografía casi a cámara lenta, para no estropear el centenario suelo de madera a taconazos. Teniendo en cuenta la delgadez de las paredes y el hecho de que las puertas estaban hechas en gran parte de papel, comenzó a extrañarle no escuchar sonido alguno del resto de la compañía. Ni la guitarra de Jesús, ni la voz profunda y quejumbrosa de Rocío, ni el cajón de Manuel o los altavoces portátiles de su reproductor de música. Tampoco risas o conversaciones en voz alta. Nada.
    Quizá se habían dormido, pensó, y si se habían dormido ya era hora de despertarlos. Salió a la penumbra del pasillo, encaminándose a la habitación de Rocío. Tenía que ayudarla con el peinado, y convertir su rebelde cabellera rubia en un apretado moño adornado con una rosa roja. Llamó a la puerta de la cantaora con energía, haciendo vibrar los listones de madera. Contó hasta diez y llamó de nuevo.
—¿Rocío? ¿Ro, me oyes? Si estás en cueros te aguantas, que voy a entrar.
    Deslizó el panel hacia un lado, entró de golpe, como si fuese a sorprender a un niño haciendo una travesura, y la sonrisa se le congeló en los labios, al mismo tiempo que perdían todo su color y se abrían temblorosos, buscando la manera de dar forma a un grito que su garganta, paralizada por el terror, se negaba a emitir.
    Rocío estaba tumbada en la cama, sobre las sábanas revueltas y ensangrentadas, desnuda y con un profundo corte en el cuello, además de docenas de cortes más pequeños a lo largo de todo el cuerpo. La melena negra le cubría la mitad del rostro y el único ojo visible estaba muy abierto y húmedo. Había muerto llorando.
    Candela dio dos pasos al frente; toda una hazaña teniendo en cuenta que las piernas apenas la sostenían, y descubrió al otro lado de la cama, tirado bocabajo en el suelo, a Manuel, también desnudo y lleno de cortes. La garganta del muchacho estaba intacta, pero le habían cortado las manos, una de las cuales estaba sobre la almohada, como si en un último acto desesperado hubiese intentado proteger a su amante de lo que parecía una tormenta de guadañas.
    El rictus desencajado en el imberbe rostro del percusionista fue la gota que colmó el vaso. Candela gritó. Un grito inarticulado que cortó en seco tapándose la boca entre sollozos. Tenía motivos de sobra para perder el control o derrumbarse, pero no ahora. Corrió hacia el pasillo, con el corazón marcando un compás tan frenético que no hubiese sido capaz de seguirlo taconeando sobre las tablas. 
    La imagen que encontró en la habitación de Jesús, a la que entró sin llamar, la obligó a apoyarse contra la pared, al borde del desmayo. El guitarrista se encontraba también desnudo sobre la cama, con las manos atadas por encima de la cabeza con una cinta de tela azul. Esta vez los cortes se habían concentrado en el rostro y los genitales, reduciendo ambos a un borrón carmesí.
    A pesar de las lágrimas y la sensación de vértigo, Candela distinguió cerca de la cama, doblado sobre un taburete, un kimono azul y blanco. Con las rodillas temblando dio algunos pasos por la habitación, esperando encontrar el cuerpo menudo de la recepcionista tirado en un charco de sangre. No estaba allí.
    Salió de nuevo al pasillo, jadeando, desesperada por llegar a la habitación de Washi y temiendo al mismo tiempo lo que pudiera encontrar. Soltó otro grito, reculó y se puso en guardia, afirmando los pies en el suelo, arrepintiéndose de no haber agarrado algún objeto que usar como arma. Se relajó un poco, si es que eso era posible, cuando reconoció a la persona que caminaba hacia ella por el umbrío pasillo, sujetando una vela encendida en la mano.
—Ah... Candela, lo siento tanto —dijo Washi, con la voz propia de quien intenta contener el llanto—. Gracias por no quitarte el obi. No pueden tocarte si lo llevas puesto.
—¿Pero de qué hablas? ¿Quién no puede tocarme? ¿Quién los ha matado?
    Incapaz de pronunciar una palabra más se acercó al hombre; tanto que hubiese podido oler las lágrimas que rodaban por sus mejillas pálidas.
—Todo es culpa mía... Ojalá pudieses perdonarme algún día... Te traje hasta aquí para acabar con ella, y con ellos...
    Una melodía desafinada de crujidos y susurros se apoderó en ese momento de todo el edificio. El papel que cubría las paredes, el de las puertas, las acuarelas, los folletos publicitarios y los periódicos, todo comenzó a fragmentarse y doblarse en líneas idénticas creadas por manos invisibles, dando forma a cientos de grullas que comenzaron a volar por los pasillos. Una de ellas pasó silbando tan cerca de la pareja que Candela saltó hacia atrás. El ala cortó la mejilla de Washi, tiñendo de rojo las lágrimas.
—Kamo no Seimei, mi antepasado, el hombre del cuadro, creó mil shikigami, cegado por la tristeza y el orgullo —relató, elevando la voz por encima del estruendo de aleteos y ráfagas de aire— Sus criaturas, malditas por los dioses, le acompañaron en el sueño eterno... o eso creímos.
    Cuando pensaba que el delirio circundante no podía ir a más, Candela vio al otro extremo del pasillo una silueta, acercándose con pasos lentos hacia ellos. Cuando se aproximó a una de las ventanas, la luz de la luna dibujó entre las sombras un cuerpo femenino desnudo, casi infantil. El rostro, sin embargo, estaba arrugado como el de una anciana centenaria. Ralos mechones plateados se agitaban al paso de las falsas aves, sin alterar el negro vacío de sus ojos.
—Hace veinte años una muchacha fue asesinada en una de las habitaciones —continuó Washi, sumido en un trance que ignoraba los cada vez más numerosos cortes en su cuerpo— La sangre inocente despertó a los shikigami, furiosos, y encontraron a una nueva ama, tan sedienta de muerte como ellos.
—¿Pero que estás diciendo? ¡Vámonos de aquí, joder! —gritó la bailaora, sin saber hacia donde huir.
—Kamo no Seimei dejó escrito, en su cabaña junto al lago, que solo el Fuego de Occidente puede destruirlos para siempre. El Fuego de Occidente...
    El descendiente del mago no pudo terminar su discurso. Una de las grullas, trazando un arco descendente, le cercenó la mano. Inmediatamente, otra le abrió el vientre y una tercera lo degolló, salpicando de sangre el vestido rojo, los cabellos dorados y la piel sonrojada de Candela. Apartó la vista, conteniendo el vómito, y vio al espectro caminando hacia ella por el pasillo, protegida por su séquito de papel frenético.
    Cuando reparó en que la llama de la vela, arrojada al suelo junto con la mano de su portador, había inflamado los bajos de su vestido ya era demasiado tarde. El fuego se extendía por los volantes rojos y negros, e hizo lo único que podía hacer para mantener las llamas alejadas de su cuerpo. Giró sobre si misma, levantando los brazos sobre la cabeza, como hacía en el escenario. Transformada en un crisantemo incandescente avanzó por el pasillo, y a su paso las grullas caían al suelo, consumiéndose hasta formar irregulares trazos de ceniza en el suelo.
    El espectro comenzó a proferir agudos chillidos, deformado su rostro por el dolor y la ira. Con cada pájaro que ardía aparecía una llaga en su cuerpo, y la piel marfileña se abría en terribles quemaduras. Candela siguió bailando, cada vez más cerca de ella.

    Cuando el autocar llegó para recoger a la compañía su conductor bajó corriendo, sin poder apartar la vista de las llamas que se elevaban por encima de los cipreses, consumiendo el hotel Senbazuru hasta los cimientos.
    A pocos metros del edificio, cubierta de hollín pero ilesa, una mujer rubia vestida solamente con un obi negro contemplaba el incendio. El resplandor de las llamas volvía dorados sus grandes ojos azules mientras se reía a carcajadas.