02 junio 2013

La sombra del puente.

 
Stone Bridge (Gene Matras).
 
   El general, de forma inconsciente, golpeaba con los nudillos sin hacer apenas ruido la mesita situada junto a su asiento, y paseaba la vista por las paredes desnudas de la pequeña habitación, un discreto almacén en el ala menos concurrida del palacio, habilitado para reuniones cuyo contenido convenía mantener alejado de la corte, de sus oídos ávidos y sus enormes bocas.
    Estaba nervioso e incómodo, como siempre lo estaba en presencia de un rivanno. No le gustaban los miembros de aquella raza; ni su forma de hablar, siempre en voz muy baja, incluso cuando estaban furiosos o llenos de júbilo (¿es que no tenían sangre en las venas?), ni sus ojos de lechuza, grandes y redondos, que siempre parecían ver más de lo que uno quería que viesen. Y, por supuesto, detestaba sus bocas. Sabía que esos labios ligeramente curvados hacia arriba en las comisuras no eran más que otra característica física del pueblo rivanno, pero no podía evitar percibirlo como una sonrisa, a veces condescendiente, a veces burlona o altanera.
    Erataón Dandelias, general del reino de Gham, cuyo poder solo era superado por el del rey y sus hijos, tenía más miedo de su visitante del que jamás admitiría. Si la mitad de lo que se contaba acerca de los incursores rivannos era cierto no tendría tiempo, llegado el caso, de desenvainar la espada o pedir auxilio. Aquel había rehusado la invitación de tomar asiento y estaba de pie a cinco pasos del general, consciente de todo lo que se contaba acerca de los suyos y poco dispuesto a desmentirlo. Los incursores rivannos no podían hacerse invisibles, leer la mente, envenenar a alguien con solo tocarlo o hacerle hablar en sueños lanzándole un conjuro mientras dormía. Que hombres como Dandelias creyesen en tales leyendas era a todas luces beneficioso.
—¿Te ha quedado claro lo que debes hacer, rivanno? —preguntó el general, disimulando su inquietud con un tono marcial demasiado obvio.
    Le había dado un nombre por el que llamarle, pero si no se tomaba la molestia de usarlo el incursor tampoco lo haría.
—Me ha quedado claro, ghamiano —respondió, errando a propósito en el gentilicio de Gham.
    El "ghamiano" apretó la mandíbula y miró a su interlocutor de arriba a abajo. No era más que un joven pálido y delgado, con una endeble armadura de piel de caimán ceñida como un guante de escamas, un maquillaje más cercano al de un actor disfrazado de espectro que a unas pinturas de guerra y un collar hecho con colmillos amarillentos. ¿Acaso pretendía hacerle creer que él había matado a uno o varios de esos lagartos dentudos de Rivann? Podía comprarle diez collares idénticos a cualquier buhonero de Gham. Y sin embargo no se atrevió a corregirle.

    Dos días más tarde Khalo caminaba siguiendo el curso del río Manso, en dirección noreste. Se había lavado la cara en cuanto terminó la entrevista con el general, y dejado a buen recaudo la mayor parte de sus pertenencias. Le bastaba la armadura, las pequeñas bolsas de cuero negro que colgaban de su cinto y un buen número de habilidades y talentos, algunos innatos y otros aprendidos a lo largo de los años.
    La Cofradía de Incursores era el orgullo de Rivann, y también su principal fuente de ingresos, junto con la exportación de maderas aromáticas y la savia lechosa de ciertos árboles. Nadie en los reinos cercanos se avergonzaba por usar perfumes o caucho rivanno, pero cuando contrataban a un incursor preferían mantenerlo en secreto. Tan en secreto que todo un general del milenario Gham había aceptado encontrase a solas con él en un cuartucho sórdido.
    Khalo sonreía al pensar en los juegos bélicos de los reyes, nobles y jefes tribales, en el ir y venir de las tropas. En Rivann si siquiera tenían un ejército propio. Las ganancias eran más que suficientes para contratar capitanes mercenarios y ordenarles velar por la seguridad de las fronteras. Podría parecer arriesgado dejar la defensa en manos de extranjeros a sueldo, pero cuando uno de ellos se planteaba traicionar a sus patrones aparecía muerto a la mañana siguiente. Esta capacidad para adelantarse a la traición había contribuido a la leyenda de que los incursores podían leer el pensamiento, cosa tan falsa como innecesaria. Los hombres hablan, siempre, más de lo necesario, y solo hay que estar cerca para escuchar lo que dicen.
    Poco después del mediodía divisó el puente. Un puente viejo y sólido, de unos ochenta y cinco pies de largo y quince de ancho. A ambos lados un amplio camino serpenteaba entre campos de cultivo y praderas de hierba amarillenta. El objetivo de Khalo había cruzado el puente en la tarde del día anterior; eso era algo que cualquier rastreador decente podía ver, y podría ponerse a su altura en pocas horas, pero no era esa la intención del incursor. Perseguir a un ejército de veinte mil efectivos era tan fácil como encontrar a un venado en un gallinero, y su cometido iba más allá de seguirles el rastro.
    A finales de verano, el Manso bajaba con menos caudal del acostumbrado, auque seguía haciendo honor a su nombre, y era difícil percibir el movimiento de la corriente a simple vista. Khalo se introdujo bajo el puente. Comparada con la del exterior, la temperatura bajo los húmedos arcos de piedra era casi otoñal, y la franja de guijarros y tierra húmeda en la que se tumbó, cerca del agua, un lecho en el que no le habría importado dormir unas cuantas horas. Al cruzar los brazos tras la cabeza miró hacia arriba y vio la inscripción en la parte inferior del puente, una frase desdibujada por los siglos, escrita en una lengua olvidada.
    Sobre el puente, pero no en la corriente.
    En otros tiempos fue una ley, una advertencia para los reyes de los hombres. Podían gobernar en la tierra, e incluso sobre los puentes que construyesen, pero no en las aguas de los ríos o los lagos. Ese era el dominio de otras criaturas, a las que esos mismos reyes diezmaron hasta casi exterminarlas cuando se convencieron de que no debían acatar más ley que la propia.
    Una de las escasas supervivientes salió del agua, sin alterar apenas la superficie espejada, y saludó a Khalo con algo parecido a un ronroneo agudo. El incursor se sentó con las piernas cruzadas e inclinó la cabeza en su dirección.
—Buenas tardes, Lariss-dama. Veo que os sigue gustando pasar la canícula a la sombra de los puentes.
—Cualquier sombra que caiga sobre el agua nos pertenece —dijo el ser, con una voz parecida al sonido de varios guijarros agitándose en un cántaro medio lleno.
    El incursor sonrió con cierta tristeza. La mente de Lariss la transportaba al pasado con frecuencia, y no siempre conseguía regresar por completo. A un pasado donde las alvaliras y otras razas prehumanas mantenían un equilibrio que se había roto hacía mucho.
    El aspecto de una alvalira era parecido al de una mujer humana con un tono de piel entre amarillento y verdoso. Tenían las piernas más largas y robustas de lo normal, siempre flexionadas como si fuesen a saltar, terminadas en enormes pies, planos y con cuatro dedos. Los brazos también eran desproporcionadamente largos, pero flacos y nudosos, con manos sin pulgares, y sus rostros quedaban casi ocultos por la melena pajiza, tan abundante que la mayoría la arrastraban por el suelo. Khalo sabía que pocas alvaliras eran tan sociables como Lariss, y se sentía afortunado cuando se dignaba a salir del agua para hablar con él.
—Decidme, Lariss-dama, ¿qué deseáis de mí a cambio de vuestro tiempo?
    Aquello no era más que una mera formalidad, igual que añadir a su nombre la palabra "dama", un tratamiento de respeto caído en desuso siglos atrás. Lariss nunca le pedía nada a cambio, aunque a veces le llevaba algún obsequio.
—Supongo, Kahlo de Rivann, que vuestra visita está relacionada con la ruidosa multitud de carne y metal. Ayer hicieron temblar este puente, abrevaron a sus bestias en mis orillas y molestaron a mis peces vociferando y arrojando porquería a mis aguas. No debí permitirlo, pero les permití construir el puente, así que...
—En efecto, Lariss-dama —afirmó el rivanno, antes de que la criatura comenzase a divagar—. Sigo los pasos de un ejército que se hace llamar la Liga de Cantvelur. Más de veinte clanes guerreros unidos bajo el mismo estandarte, el de un caudillo ambicioso alentado por las visiones de un chamán. Marchan al oeste, hacia el reino de Stendágoran, hacia sus montes de hierro y bronce. Sus intenciones son conquistar las tierras y apoderarse de las minas, para forjar más armas, reclutar más clanes e invadir otras tierras. Pero en reinos cercanos hay quien piensa que hay motivos ocultos, planes de otra naturaleza que solo conocen el caudillo y su artero chamán.
    Khalo hizo una pausa, dando tiempo a Lariss para asimilar todo lo dicho. Movió las orejas, grandes y puntiagudas, como anticipándose a la pregunta del incursor.
—¿Habéis oído, Lariss-dama, palabras útiles para mí?
—El río y yo escuchamos muchas palabras —comenzó a decir el ser acuático tras una pausa— La carne y el metal hablan sin cesar. Hombres hablando de matar a otros hombres, de fornicar con mujeres, de comer y beber hasta hartarse... Pero nada útil para vos. Ningún secreto fue desvelado cerca de mis orillas, y nosotras distinguimos los secretos hasta en medio de la más ruidosa tormenta.
    Sin mostrarse en absoluto decepcionado Khalo se encogió de hombros. Lariss había sido de gran ayuda en otras ocasiones, pero al parecer esta vez tendría que obtener la información por sus propios medios. Tras una larga ristra de agradecimientos y halagos, otra formalidad para no ofender a la susceptible alvalira, el incursor abandonó la agradable sombra del puente y se dispuso a seguir de nuevo el rastro.
—Buena suerte, Khalo de Rivann, y no pierdas de vista la orilla, si no quieres extraviarte —dijo la criatura, antes de sumergirse y desaparecer en la mansa corriente.

    Oculto entre el sotobosque de un encinar, a un tiro de piedra del campamento donde voces roncas cantaban a la batalla y sus recompensas alrededor de vigorosas fogatas, sacó de una de sus bolsas un pequeño estuche negro de laca. No tenía intención de dejarse ver, pero si cometía un error y se topaba con un centinela sería mejor que viese a un incursor rivanno en todo su esplendor.
    Primero extendió por todo el rostro una capa de pintura blanca, disimulando las facciones, y a continuación dibujó con el dedo embadurnado en tinte negro una línea de oreja a oreja, pasando por el labio superior, y dos gruesos círculos alrededor de los ojos. Quien lo mirase desde cierta distancia vería una máscara blanca sin más rasgos que dos ojos flotando entre sombras y la parodia de una boca enorme y sin labios.
    Tras limpiarse la mano Khalo observó de nuevo el campamento. Ya había localizado la tienda de pieles donde el caudillo se reunía con sus lugartenientes, y también la que el chamán usaba para dormir y realizar sus ritos. Llegar hasta una de ellas y ocultarse el tiempo suficiente para escuchar algo interesante no sería fácil, y para colmo la luna estaba casi llena y el cielo despejado. Había tanta claridad que podía distinguir los rostros de algunos soldados a pesar de la distancia.
    Lo mejor sería olvidarse de las reuniones por el momento, esperar a que todos salvo los centinelas se acostasen y registrar las pertenencias de sus objetivos mientras dormían. Cavilando sobre la mejor forma de moverse por el campamento, llevó lentamente su mano derecha a la cadera izquierda, donde guardaba un dardo con la punta impregnada en una sustancia paralizante. Había percibido, mientras se maquillaba, a alguien merodeando entre las encinas, y ahora lo tenía justo detrás. Alguien extremadamente sigiloso, eso tenía que concedérselo, pero no lo suficiente para un incursor rivanno.
    Cuando se giró de un salto, con el dardo listo para ser lanzado, creyó por un momento encontrarse frente a un espejo. La misma armadura, la misma máscara, el mismo pelo negro y liso cayendo a ambos lados del rostro. Un examen más minucioso de la figura revelaba cierto abultamiento en la piel de caimán que cubría el torso y una sutil curvatura en las caderas.
—Dime que no tengo que matarte, pequeño —dijo una voz femenina.
    Khalo bajó el brazo, pero no guardó el arma. Encontrarse con otro incursor durante una misión podía suponer un problema, sobre todo si había sido contratado por un bando enemistado con el propio. Esta clase de encuentros no solían acabar bien, aunque el supuesto rival fuese tu propia hermana.
—¿Nharra? ¿Pero qué...?
    Sin decir nada, la incursora agarró a Khalo por los hombros y le dio un beso en la barbilla. Era la forma en que los parientes cercanos se saludaban en Rivann.
—Veo que sigues pintándote fatal, hermano. Y respondiendo a tu inconclusa pregunta, llevo pegada a esta chusma desde que salió de Cantvelur, por cortesía del Ministro de la Moneda de Lindblur.
    Por fin se relajó, conteniendo un suspiro de alivio, y devolvió el dardo a su funda. Lindblur y Gham no eran enemigos, por lo que no tenía motivos para enfrentarse a su hermana mayor, cosa que le aterraba. Nharra siempre había sido más fuerte que él, más hábil, y tramposa como un tahúr con seis dedos. De hecho, incluso podían unirse si su misión resultaba ser la misma, algo muy probable. No trabajaban juntos desde que Khalo era un aprendiz en la Cofradía.
—¿Has averiguado algo sobre ese chamán? —dijo el joven, sin rodeos.
—Parece que te llevo mucha ventaja, como de costumbre. Tengo las orejas doloridas de oírlo hablar con su caudillo en ese idioma tan desagradable que graznan, y puedes estar seguro de que las minas de Stendágoran les importan menos que una rata de pantano. El comehongos está convencido de que en las montañas del oeste duerme un antiguo dios, uno que aparece en las horribles canciones de su pueblo y en sus propias alucinaciones, y pretende despertarlo con una ofrenda de sangre: la de sus veinte mil guerreros y la de tantos stendagorianos como consigan matar.
—¿Y ellos lo saben? —preguntó Khalo, asombrado y ansioso por saber más.
—¿Crees que estarían ahí cantando si supiesen que van al matadero? Solo el caudillo lo sabe, y no parece tener problemas de conciencia. Se ve a sí mismo devastando reinos a lomos de una deidad, el muy tarado. ¿Qué te he dicho siempre, pequeño? Ten cuidado con la clase de hongos que comes.
    Khalo se puso en cuclillas, meditando sobre todo lo escuchado. Miró de soslayo al campamento, donde los cánticos de las futuras ofrendas mermaban poco a poco, a medida que caían rendidos de cansancio o borrachos. Después miró de nuevo a Nharra, sentada en el suelo frente a él.
—¿Y si sabes todo eso desde hace días por qué sigues aquí?
—No quería marcharme sin un recuerdo. Ya me conoces. Hace un par de horas aproveché una reunión en la tienda del caudillo para colarme en la madriguera del chamán y encontrar alguna prueba —Mientras hablaba, Nharra sacó de una de sus bolsas un pergamino doblado varias veces— Este es el único papel que ese analfabeto tenía entre sus cacharros, y todavía no lo he leído. ¿Quieres hacer los honores?
    El incursor no se lo pensó dos veces. Cogió el papel que le ofrecía su hermana y lo desplegó a la luz de la luna. Quizá contuviese una profecía, o la situación exacta del lecho del dios, o los pormenores del holocausto. O puede que estuviese en blanco, como de hecho lo estaba.

Corred y saltad, hijos del caimán
saltad y corred, el oso tiene hambre.
Pálidos lagartos, ya huele vuestra sangre,
corred y saltad, o el oso os morderá.

—No hay nada —dijo Khalo, levantando el pliego.
—Puede que lo haya. ¿Tienes humo de ahvoen?
—Claro que sí. ¿Tienes tú?
—¡Oh, vamos! ¿Cómo puedes ser tan rácano, hermano? Yo conseguí el maldito pergamino y tú pones el humo. No hay más que hablar.
    A regañadientes, Khalo sacó de su bolsa una esfera negruzca del tamaño de una uva. Se la metió en la boca, la masticó unos segundos y sopló lentamente, exhalando un humo azulado que se arrastró por el papel como un ratón sobre un cristal. Cuando leyeron las letras que aparecieron en el pergamino, ambos se levantaron con cautela. Ya no hacía falta que hablasen, lo primordial era alejarse del campamento cuanto antes.
    Apenas habían dado diez pasos hacia la espesura cuando oyeron un profundo rugido a sus espaldas. Al girarse se encontraron, surgido de la tierra o del aire, a un hombre menudo y fibroso, desnudo salvo por los tatuajes que cubrían todo su cuerpo. Canturreaba con los ojos en blanco, y a su lado un descomunal oso negro los miraba, esparciendo con un nuevo y mayor rugido la espuma que colgaba de sus fauces.
    Khalo y Nharra siguieron a rajatabla el consejo del pergamino. Corrieron y saltaron, esquivando troncos y ramas, seguidos por la mole que aplastaba las ramas e inclinaba los troncos a su paso. Estaba claro que los dardos paralizantes no servirían de nada contra semejante bestia, y aunque eran más rápidos los hermanos terminarían por cansarse. El animal, imbuido de magia chamánica, parecía avanzar cada vez más deprisa.
    Los incursores aprovecharon un trecho menos poblado de vegetación para sacar ventaja al oso, y de pronto el encinar terminó, a la orilla de un riachuelo poco profundo. En la orilla opuesta solo se veían más árboles apiñados, pero a la derecha, río abajo, Khalo vio algo que le hizo agarrar a su hermana por el brazo y tirar de ella, resbalando entre musgo y cantos rodados.
—¡Vamos... por aquí!
—¿Pero qué haces? ¡Nos cogerá aunque nos subamos a ese puente!
—No vamos a subirnos. Conozco bien la región, y este es uno de los afluentes del Manso... ¡Vamos, no te pares!
    Ajeno a la discusión de sus presas, el oso corría sobre el lecho del río, levantando a su paso dos abanicos de agua. Rugió con fuerza cuando los rivannos se detuvieron bajo el puente, pensando que la caza llegaba a su fin. Para sorpresa de su hermana, e incluso de la bestia, Khalo agarró una piedra y comenzó a golpear con ella la base del pequeño puente, gritando a voz en cuello.
—¡Lariss-dama! ¡Lariss-dama! ¡De puente a puente, llévanos en tu corriente!
    Cuando estaba a punto de golpear a su desquiciado hermano en la mandíbula, un brazo largo y nudoso le rodeó la cintura y la sumergió en las aguas. Un lastimero gruñido de oso confuso fue lo último que escuchó antes de perder la noción del espacio y el tiempo en un torrente de negrura acuosa.

    Recuperó el conocimiento tumbada bocarriba en un lecho de guijarros y tierra húmeda. Lo primero que vio fue una inscripción en la piedra, escrita en una lengua olvidada. Lo siguiente fue a su hermano conversando con la criatura más extraña que había visto nunca.

 
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1 comentario:

  1. Como ya te comenté este relato me gustó mucho: la ambientación, los personajes y la resolución de la situación. No descubrí en su momento el recurso del ratón y me pareció muy original.
    Un saludo

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