30 julio 2013

La dama y el titán.


   Sabemos la fecha exacta de nuestro nacimiento, aunque a veces la olvidemos. Yo sé la tuya, tú sabes la mía, porque solo hay que mirar la muesca en el calendario. El parto puede durar días, pero el momento preciso de su final, el primer bautismo de sangre y luz, es un instante fácil de marcar incluso para los burócratas que han olvidado la danza del sol y la luna, a quienes tanto deben.
    Hay, sin embargo, otra clase de alumbramientos más difíciles de datar. No hablo de la germinación de una semilla en el seno húmedo de la turba, o los primeros mordiscos ciegos de una larva en la carne putrefacta. Te hablo de una gestación inorgánica, un parto donde el neonato recibe en lugar de ser recibido.
    Presencié la construcción de Atlas desde el primer día. Ya fuese por el tedio inevitable del diletante solitario, casi arisco, que era yo por entonces, ya fuese porque siempre me ha fascinado ese proceso que he llegado a ver como una representación inversa de la muerte, donde el nuevo ser crece de dentro hacia afuera en lugar de consumirse de fuera hacia adentro. Curiosamente, todo empieza con la excavación de un desmesurado camposanto, un conjunto de tumbas enormes a las que no cabe atribuir vestidura simbólica alguna relacionada con lo decadente, pues en ellas se hundirán las raíces; serán la firmeza, el arraigo, la promesa de longevidad. Tantas veces hemos usado la palabra cimientos, en nuestra arrogancia poética que licencia a veces los verdaderos significados, que durante esos primeros días la evité, sintiéndola pesada y tosca en su exactitud.
    Poco después comenzó a elevarse la osamenta, compuesta por incontables vigas negras, rojizas, amarillentas o pardas. Incontables para ti y para mí, claro, porque los padres de criaturas como Atlas no dejan nada a la improvisación y cada onza de metal, cada saco de cemento, cada homínido vociferante vestido de azul está contabilizado, medido, sumado o restado. Diez mil ladrillos bajan del rugiente camión, diez mil se añaden a los muros y día a día el esqueleto se cubre de carne roja, venas de plomo, tendones de acero y nervios de cobre.
    Si te empeñas en dibujar círculos rojos en el almanaque, uno de los hábitos más macabros que puede desarrollar nuestra especie, podrías decir que un edificio nace el día de su inauguración. Yo no estaba invitado, como podrás suponer, pero contemplé el espectáculo desde un banco de hierro forjado, en la avenida de las farolas tricéfalas y los árboles de sudarios descantillados, envuelto en ese uniforme de bohemio byroniano que usábamos de armadura contra la mediocridad circundante.
    Todos los ojos de Torre Atlas, como llamaron al coloso, estaban abiertos y formaban un cartesiano mosaico de luminarias rectangulares en las cuatro fachadas, cuatro rostros de piel gris nacarada a la luz del sol y un extraño negro ceniciento bajo las estrellas, como el cadáver de un príncipe nubio engalanado en la noche de su funeral. Treinta pisos, unas quince ventanas en cada cara, cuatro caras... No traicionaré mis principios realizando multiplicaciones, pero son demasiados ojos mirando en demasiadas direcciones.
    ¿Era ya, durante aquella festiva velada, consciente de su propia existencia nuestro titán? Eso no te lo sabría decir, pero puedes volver a leer los dos primeros párrafos si crees, como creo yo, que no nacemos del todo hasta reconocernos a nosotros mismos sin necesidad de espejos. Me siento, luego existo. Y el proceso por el cual una masa inerte de cemento, acero y cristal desarrolla un sencillo ego y una primitiva voluntad, debe ser necesariamente lento, muy alejado en fondo y forma del chispazo feérico capaz de transmutar a una marioneta en un niño de carne.
    Durante esa primera noche, en la que variopintos enjambres de hombres trajeados y mujeres encaramadas a tacones de prosperidad inmerecida eran engullidos por las fauces automáticas de Atlas, ella estaba detrás de mí. Espero que puedas perdonarme por dar la espalda durante unas horas a la diosa de nuestra inspiración juvenil, a la dama gótica de arbotantes como costillas de leviatán petrificado, de vidrieras hijas de saberes ya olvidados, al rosetón que iluminó con su intrincada perfección geométrica hasta las más sombrías de nuestras ensoñaciones, la sólida elegancia, aérea y telúrica al mismo tiempo. Sueles reírte de mí cuando recurro a tópicos trasnochados, pero diré de nuevo que, si Dios existiese, sería un dios gélido y desagradecido por el simple hecho de permanecer indiferente ante el regalo de tan soberbia joya.
    Obviamente, a muchos de mis conciudadanos les disgustó sobremanera la idea de construir un vanguardista panal de oficinas justo enfrente de Nuestra Señora de los Dolores, la plegaria en forma de catedral que nuestros antepasados elevaron cuando los maestros canteros marcaban la roca con runas que hoy nos resultan oscuras y arcanas. Otros ampliaron el radio de sus objeciones a todo nuestro querido y añejo barrio; no querían al caballero de halógena armadura cerca de la vieja estación y su modernismo de líneas blandas forjadas en hierro, o de los balcones coloniales del palacete que ahora es la embajada de un país tropical. Pero el peso del oro siempre termina rasgando los ajados pergaminos de la historia y Atlas brotó a pesar de los pesares, desafiante.
    Por la menos casual de las casualidades, yo desayunaba y pasaba gran parte de mis jornadas en ese café cerca de la avenida, esa reliquia de la Belle Époque en cuyas paredes, con el paso de las décadas, el bueno de Lautrec recibió la compañía de los no menos buenos Warhol o Lichtenstein, y en cuyas mesas solíamos debatir sobre cualquier asunto que no fuese divino ni humano. Allí conocí, e incluso llegué a entablar conversación y compartir azucarero, a varios empleados de Torre Atlas: un curtido vigilante de seguridad, que dinamitó mi esnobismo de pseudointelectual demostrando amplios conocimientos sobre literatura inglesa del siglo XIX; una recepcionista de belleza prerrafaelita de quien casi me enamoro por el simple hecho de verla remover su café au lait en absoluto silencio, sin que la cucharilla tintinease contra la taza; y un dicharachero contable, perteneciente a esa estirpe de chismosos que no albergan malicia alguna.
    Gracias a ellos obtuve noticias del interior, algunas tan anodinas e irrelevantes como solo pueden serlo las que produce un bloque de oficinas y otras con las que mi imaginación comenzó a tejer la urdimbre secreta de una historia que nadie en esta ciudad ha sido todavía capaz de archivar en el cajón correcto. Hechos, al principio, de simpleza apabullante, equivalentes en su misterio al crujido nocturno de una viga en una vieja hacienda o a una polilla que hace sonar las cuerdas de una guitarra.
    La primera señal, al menos para mí, fue el "asunto de las ventanas", como lo llamaba el vigilante. Las incontables ojos del titán tenían párpados, abiertos durante el día la mayor parte de ellos para dejar entrar la luz natural y casi todos cerrados durante la noche, cuando los habitantes del zigurat guardaban los ábacos y corrían a sus hogares para quitarse las corbatas. De forma gradual, prolongándose e intensificándose a lo largo de meses, las persianas color crema, articuladas por un sencillo mecanismo manual, mostraron una suerte de independencia espasmódica que inquietó a muchos. Fuese de día o de noche, algunas de ellas se negaban a permanecer bajadas, sobresaltando a los presentes con un restallido sin que mediase intervención humana. Fui el primero en percatarme, al menos eso creo, de que todos los párpados reacios a quedarse cerrados se encontraban en la cara norte, la fachada principal y también la única orientada hacia la avenida. Dicho de otra forma: todos los ojos que miraban hacia Nuestra Señora de los Dolores se negaban a dejar de hacerlo.
    En este momento, quizá pienses que mi afán por aportar una dimensión mágica a nuestra prosaica realidad, mi exacerbado sense of wonder o la imaginación febril que ha hecho dudar de mi cordura hasta a los más comprensivos de mis allegados me ha llevado a un delirio poético de proporciones megalíticas. Pero no te lo contaría si no supiese que, como de costumbre, leerás la historia completa antes de dictar sentencia.
    Porque no solo habladurías con aroma a tostada y vermut se trenzan en los mimbres de este relato. Yo mismo, sentado en mi banco predilecto de la avenida, una turbia mañana de domingo, pude ver como las puertas automáticas del edificio se abrían sin que nadie pusiera un pie en el mecanismo de activación oculto bajo el enorme felpudo sintético. Yo mismo advertí la coincidencia al otro lado del ancho camino que divide en dos gran parte de esta ciudad, pues las puertas oscuras, majestuosas, de nuestra adorada catedral también estaban abiertas, recibiendo al rebaño bajo el repicar arrogante de las campanas. Fue el vello de mi brazo el que se erizó al ver las dos puertas cerrarse casi al unísono, movida una por la mano de un feligrés y la otra por un aparente capricho de la mecánica, al sentir entre ambas moles de sombras tan dispares una corriente invisible que me estremeció hasta los huesos.
    Pocos días después supe, por mis confidentes del café, datos que ampliaron la profundidad de aquellas sensaciones. Cada domingo por la mañana, o cada vez que las puertas de Dolores se abrían o cantaban sus campanas, Atlas mostraba lo que en un ser vivo, dotado si no de raciocinio al menos de emociones básicas, podrían considerarse signos de agitación nerviosa. Además de abrir su boca transparente, las calderas que bombeaban vapor por las entrañas del coloso elevaban su presión y temperatura, desconcertando al personal de mantenimiento; los ascensores funcionaban de forma errática y la tensión eléctrica subía a veces de tal forma que algunas bombillas y tubos halógenos llegaron a estallar.
    No es extraño, teniendo en cuenta estas anomalías, que a la Torre Atlas se le colgase, primero en susurros y después dignificándolo con el dudoso lacre de la prensa escrita, el rótulo de "lugar embrujado". Siendo como eran estas supuestas brujerías bastante inofensivas, más molestas que aterradoras, y teniendo en cuenta que nadie pasaba la noche en el edificio salvo los aguerridos guardias nocturnos, no se tomaron medidas contra la maldición, infestación de trasgos o espectros ociosos, achacando los problemas a ambiguos defectos en las instalaciones. Tampoco supe de nadie que abandonase su trabajo, e incluso escuché a más de uno hablar sobre los fenómenos con simpatía en lugar de terror.
    Por supuesto, mi mente no necesitaba mucho más. En ella Atlas era un muchacho vigoroso, recién llegado a la ciudad, gallardo y sin pasado. Dolores era una dama de cabello gris y ojos de vidrio multicolor, mucho más hermosa que cualquier jovencita, con raíces de una profundidad inimaginable y la sabiduría de cien mil tormentas en la piel. Y cada mañana de domingo ella cantaba, él abría docenas de ojos ávidos y se besaban sin llegar a tocarse. Pero por mucho que elucubrase, las maltratadas circunvoluciones de mi masa encefálica jamás podrían superar lo que mis sentidos percibían. La realidad. Esa realidad pérfida, tú y yo lo sabemos, que a veces clava sus colmillos cerca del corazón solo por el placer malsano de ver como se retuerce de miedo y dolor.
    Lo qué paso aproximadamente dos años tras la construcción de Torre Atlas no hace falta que te lo cuente con gran detalle, pues fue noticia de primera plana en todos los rotativos del planeta. La tierra tembló de tal forma que ni esta ciudad ni sus habitantes hemos vuelto a ser los mismos. Sin previo aviso, con la salvaje indiferencia propia de la naturaleza, el suelo nos golpeó y el cielo volvió el rostro hacia visiones más placenteras. Apenas murieron un centenar de personas, pero la vieja estación fue casi engullida por la tierra, la embajada tropical se abrió en dos y un sinnúmero de edificios corrieron peor o mejor suerte. Nuestro Atlas, como el titán que era, resistió impávido, con tan solo algunas grietas superficiales y desconchones leves.
    No podrás negar la ironía mitológica de los hechos: los dioses que antaño luchasen con saña contra la raza titánica salvaron a su descendiente de coraza gris, pero el creador todopoderoso que sepultó el Olimpo negó su infinita misericordia a la más hermosa de sus moradas. Los arbotantes se quebraron, las vidrieras estallaron y los muros centenarios se rindieron a la fuerza de una madre más poderosa y menos compasiva. Dolores despareció; porque si el cadáver de un hombre sigue pareciendo un hombre los escombros de un templo no se parecen a nada. Todos lloramos por ella, mientras la urbe intentaba recomponerse, y cuando volví al café por primera vez desde el cataclismo pude obtener más detalles sobre los daños sufridos por Atlas. Las heridas no eran graves, salvo en lo referente a la fontanería del edificio, ya que muchas tuberías reventaron, llenando los robustos muros de fugas, algunas tan caudalosas que el agua desbordaba las ventanas y caía por la fachada en cascadas silenciosas. El titán lloraba.
    Ha pasado mucho tiempo desde el desastre y tú mismo has podido comprobar durante tus breves visitas las escasas secuelas visibles. Todo lo que podía reconstruirse fue reconstruido; todos los muertos fueron enterrados y sustituidos por vivos. Quizá pienses que el encantamiento de Atlas desapareció después de que sustituyesen a Dolores por una fría iglesia blanca cuyas absurdas formas recuerdan a un yate varado en el cemento. Es cierto que los párpados se volvieron sumisos y ya no desean permanecer abiertos día y noche, que la puerta principal ya no se abre a no ser que alguien estimule con sus pasos el engranaje oculto y que la caldera late al ritmo marcado por sus amos. Pero lo creas o no, cada mañana de domingo a la misma hora, en los pasillos desiertos y estancias sombrías de la Torre Atlas, puede escucharse con dolorosa claridad el repicar arrogante de unas campanas invisibles.

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25 julio 2013

Habla ahora y calla para siempre.

   


   Durante mis viajes he llegado a conocer a coleccionistas de todo tipo. Algunos atesoran, catalogan y reverencian objetos de extraordinario valor, exotismo o belleza. Otros acumulan, en base a una característica común que les otorga su condición de coleccionables, artículos que otros considerarían baratijas, juguetes e incluso basura.
    Si bien no es el más peculiar ni agradable, siempre ha despertado mi interés el coleccionismo relacionado con la muerte, en virtud de la naturaleza morbosa de mi especie (la especie humana, aclaro). Todos hemos oído hablar de asesinos en serie que guardan trofeos de sus víctimas: mechones de pelo, órganos conservados en frascos o huesos de mayor o menor tamaño. Piezas que terminan transformándose en los peldaños de su cadalso o los muros de una mazmorra perpetua y que el cine ha llegado a convertir en imaginería macabra. Pero ninguno llamó tanto mi atención como Joshua Lime. Ningún otro me impresionó lo suficiente como para tomarme la molestia de escribir unas líneas sobre él.
    Cuando conocí a Mr. Lime, y supongo que ahora también si sigue vivo, se dedicaba a matar personas por encargo, un oficio tan noble como cualquier otro que se pueda hacer a cambio de dinero. Yo no tenía por aquel entonces enemigos tan enconados ni tan acaudalados que pudiesen costearse las tarifas de Joshua, y Joshua no era un hombre peligroso per se, así que su compañía no me inquietaba. De hecho, llegamos a entablar una buena amistad gracias a nuestra mutua afición por el backgammon y los opiáceos.
    Además, al igual que yo, Lime era un hombre de letras. No escribía, en prosa ni en verso, ni era muy aficionado a la lectura, pero cuando me mostró la sencilla libreta con tapas de piel sintética donde guardaba su colección supe que nuestra afinidad no era tan casual. Antes de apretar el gatillo o dibujar la sonrisa carmesí en el cuello de sus víctimas Joshua Lime les daba la oportunidad de pronunciar unas últimas palabras.
    Al ojear tan singular colección, mi primera impresión fue que los seres humanos, o al menos aquellos que han hecho méritos para terminar sus días a manos de un verdugo a sueldo, son irascibles, cobardes o terriblemente poco originales. Muchas de las piezas eran insultos, amenazas, súplicas, maldiciones, intentos de soborno, incoherencias, más súplicas. Pude encontrar alguna frase ingeniosa, sin duda ensayada por alguien que esperaba a su ejecutor y quería obsequiarle con un buen epitafio. Me llamó la atención un inesperado "Soy tu padre", y no pude resistirme a preguntar.
    —¿De verdad era tu padre?
    —Vete a saber —dijo Lime, encogiéndose de hombros—. Soy huérfano, pero la verdad es que el tipo se parecía un poco a mí y me doblaba la edad.
    Joshua Lime no era el típico sicario atormentado por pesadillas, de esos que buscan redención a las primeras de cambio y a quien la cultura de masas ha convertido en un atractivo cliché. Ni mucho menos. Lime hablaba de su trabajo como un buen leñador hablaría de los árboles que ha talado, con respeto pero sin asomo de compasión. Solo pude ver una esquiva sombra en sus ojos, un temblor húmedo casi invisible en la máscara de sus facciones, cuando llegué a una página donde solo había escritas dos palabras. Me lo pensé dos veces antes de preguntar, pero la curiosidad se impuso a la discreción y quise saber más de esa extraordinaria pieza.
    —Es la joya de mi colección —me dijo, con una voz un poco más cálida y un poco más amarga de lo habitual—. Única e insustituible.
    Miré por última vez la página donde ponía "Te Quiero", cerré la libreta, se la devolví a su dueño y coloqué de nuevo las fichas blancas y negras en los triángulos del tablero, alargados y estrechos como hojas de cuchillo. No le hice más preguntas a Joshua Lime.

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22 julio 2013

La canción de Lory.


Mojave Desert.

  
   No nací para estar encerrada, entre tinieblas y silencio. Yo nací para cantar.

   Ernest Kofman no era un hombre desconfiado por naturaleza, pero el tipo sentado frente a él en la diligencia le inspiraba tanta confianza como una serpiente de cascabel. Y eso que parecía empeñado en demostrar su transparencia, pregonando al viento, al único y abrasador viento que los escoltaba por el desierto de Mojave, su condición de jugador profesional. Incluso le había enseñado su maletín, lleno de compartimentos con barajas, dados, y hasta una pequeña ruleta que giraba al tirar de un resorte.
   —¿Y qué le trae a usted a este secarral, Mr. Kofman? ¿El oro? ¿La plata? No tiene aspecto de minero, si me permite decirlo.
   —Soy escritor —dijo Ernest, secándose con un pañuelo el sudor que empapaba su rubio bigote.
   —¡Ah! ¿No me diga? Conocí a un periodista no hace mucho, en Kaysville. Un auténtico caballero pero un desastre con los dados, sin ánimo de ofender. ¿Para qué periódico trabaja usted?
   —Para el Baltimore Eagle —repondió el escritor, quien tampoco tenía nada que esconder.
   —¿Baltimore? Está muy lejos de casa, amigo. Ya lo creo. —El jugador metió los pulgares en los bolsillos del chaleco y tosió un par de veces antes de seguir hablando—. Estuve en Baltimore hace algunos años...
    "Ahora me dirá que jugó a las cartas y se emborrachó con Poe la noche en que murió", pensó Kofman. Al menos la cháchara incesante del tipo, un cincuentón corpulento con barba de varios días y una levita color crema, lo mantenía distraído durante la travesía por millas y millas de desierto. El resto del pasaje era tan silencioso como un cactus. El hombre con traje marrón y manos de labrador solo miraba por la sucia ventanilla; un muchacho imberbe, su hijo a juzgar por el parecido, leía una Biblia de tapas desgastadas, y la mujer sentada frente a ellos dormitaba bajo un sombrero adornado con flores de tela.
   —...pero por suerte cuando aquella fulana, sí, la que decía estar emparentada con un noble europeo, comenzó a disparar yo ya me había escabullido de la habitación y corría calle abajo. Buena gente, la de Baltimore.
    El jugador soltó una carcajada y se palmeó el muslo. En su otra mano había aparecido una petaca plateada con dos iniciales grabadas.
   —¿Un trago?
    Ernest Kofman rechazó la bebida con un gesto. Lo último que necesitaba era más calor en el cuerpo. Movió un pie y el tacón de su bota rozó la pequeña bolsa de viaje que guardaba bajo el asiento. El grueso de sus pertenencias estaban en un arcón, sobre el techo de la diligencia, pero en la bolsa guardaba lo realmente importante: sus cuadernos, sus plumas, un par de libros, y el "regalo" de Emily. ¿Debía ponerlo entre comillas? Al fin y al cabo lo había hecho con la mejor intención.
 
 
    Rachel Kofman se levantó del suelo y miró lo que quedaba de su guitarra: un amasijo de madera y cuerdas. La caravana todavía temblaba por el portazo de Rick, y ella se esforzaba para dejar de temblar. Al menos se había largado, seguramente a gastarse el dinero del subsidio con alguna zorra de tetas operadas.
    Se tambaleó hasta el minúsculo aseo y empapó un trozo de algodón con bourbon. No era la primera vez que Rick le pegaba, pero esta vez había ido demasiado lejos. La guitarra era todo lo que tenía. La guitarra, los recuerdos, y una absurda reliquia familiar que nunca se había atrevido a vender.
    Se limpió la sangre del labio y buscó en el congelador algo para el ojo. De todas formas lo tendría morado al día siguiente. Casi se echa a reír al imaginar lo que diría uno de sus antiguos fans si la viese en ese momento, con una bolsa de nuggets congelados en la cara, un vaso de Jim Beam en la otra mano, apenas cuarenta años y la derrota pintada en cada palmo de su ser.
    Recogió los restos de un cuadro roto: una foto antigua de Patsy Cline vestida de cowgirl. Necesitaría mucho más bourbon para atreverse con el cadáver descuartizado de la guitarra.
 
 
    Dos días antes de su marcha Emily le hizo un gesto para que la siguiese al dormitorio, dejando al pequeño Eric en la sala de estar, distraído con un caballo de madera al que le faltaba una pata. El anterior dueño del juguete debía haber sido un niño muy pragmático, porque le había hecho un agujero en la cabeza.
    Se deslizó entre los muebles de la habitación, demasiado pequeña para una cama de matrimonio. Abrió el cajón de la cómoda donde guardaba la ropa blanca y extrajo del fondo una caja de madera oscura, con un sencillo cierre metálico.
   —¿Qué es eso?
   —Un regalo de despedida —dijo Emily—. Se que no te va a gustar, pero me sentiré mejor si lo llevas.
    Dentro de la caja, junto a un pequeño paquete con munición, había un revolver. A juzgar por el metal deslucido era un arma de segunda mano, con delicados motivos vegetales en el tambor y el cañón, más corto de lo habitual. En la desgastada culata de madera alguien había grabado cuatro letras mayúsculas.
   —Lory —leyó el escritor, intentando no mirar a su mujer con demasiada dureza. Odiaba las pistolas, pero no podía enfadarse con ella.
   —Quizá era la esposa del anterior dueño.
   —Es más probable que sea el nombre de la anterior dueña —dijo Ernest—. Este es un revolver de mujer, querida. De los que se llevan en la liga.
    Le resultaba inverosímil imaginarse a su Emily, la dulce hija de un panadero, entrando en una armería. Por la cara que puso en ese momento, ni siquiera debía saber que existían revólveres para mujeres. Ernest solo quería cerrar aquella caja y besarla.
   —Un arma es un arma, siempre que dispare, y ésta dispara. Lo he comprobado.
   —¿Delante de Eric?
   —¡Claro que no!, no soy tan estúpida.
   —Nadie ha dicho que seas estúpida.
    Cerró la caja con delicadeza, la puso sobre la cómoda y atrajo a la mujer hacia sí, agarrándola por las caderas.
   —¡Un arma es un arma, siempre que dispare! —se burló Ernest, enronqueciendo la voz— ¿Desde cuando hablas como un forajido?
   —Oh, cállate.
    Ernest Kofman calló, y enterró el rostro en el cuello de Emily, entre bucles de cabello castaño. Si aspiraba con bastante fuerza, quizá pudiese llevarse su olor hasta el otro extremo del país.
 
 
    Al menos le quedaban los recuerdos, y esos no los romperían los golpes. Fue hasta el otro extremo de la caravana, con el vaso lleno de nuevo. Allí estaban, como congelados en bolsas de plástico, los restos de su rutilante pasado. Miró la portada de su primer disco: Deadly Charm, de Virginia Bloom. ¿Por qué se había puesto aquel nombre de mierda? Solo le servía para sentirse más desgraciada ahora que volvía a ser Rachel Kofman, otra bolsa de basura blanca olvidada a las afueras de Las Vegas.
    Justo al lado estaba la foto que le hicieron con el hombre de negro, después de un concierto en el que habían cantado juntos. Mr. Cash sí que era un hombre. Un caballero. Rick no era nada.
    Había más fotos. Una con Willie Nelson, en una gala benéfica, otra con Waylon Jennings, quien había intentado llevársela al catre en varias ocasiones. ¿Y quién no lo haría? Era una belleza en aquella época. Un ángel rubio con ojos de zafiro, una voz como un látigo de miel, capaz de escribir canciones que conmovían hasta a los resabiados gerifaltes de Nashville.
    Según su madre había heredado su talento para las letras de un antepasado paterno. Un escritor fracasado que abandonó a su familia en el este. Un fracasado, menuda sorpresa.
 
 
   —¿Y cómo marcha su libro?, si me permite preguntarlo.
    Ernest miró sorprendido al jugador. Después de dar un par de tragos a su petaca, había estado un rato en silencio.
   —¿Su compañero de dados también estaba escribiendo un libro? —preguntó, con algo de sorna.
   —¿Ese tarugo? Lo dudo mucho. Pero usted parece harina de otro costal. —Guardó la petaca y cruzó las manos sobre el vientre—. Me he cruzado con otros con usted; otros que se han cansado de escribir sobre marineros apuñalados en burdeles y bodas de la alta sociedad en gacetas de segunda, y se han echado al camino para buscar grandes historias que contar. Grandes historias sobre pistoleros, indios rabiosos, caza recompensas y tahúres. ¿Me equivoco?
    Tenía que admitirlo: era un charlatán bastante perspicaz. Después de cinco años sobreviviendo como periodista en Baltimore, haciendo exactamente lo descrito por su compañero de diligencia, Ernest Kofman había decidido salir a buscar lo que su inspiración le negaba. Todos decían que era un magnífico escritor, mejor incluso que Twain o Melville, pero solo sabía sublimar las historias que encontraba. Su imaginación era tan estéril como el polvo levantado por los cascos de los caballos.
   —Y a esos otros que conoció, esos que eran como yo, ¿qué tal les fue?
   —No sabría decirle. Solo que la mayoría fueron lo bastante listos para sobrevivir al viaje, y mucho me temo, Mr. Kofman, que su habilidad para sobrevivir, la mía y la de todos los presentes, va a ser puesta a prueba en breve.
    En cuanto terminó de hablar, el jugador abrió de nuevo su maletín, levantó los compartimentos repletos por las herramientas de su oficio y destapó un doble fondo ocupado por otra clase de herramientas: dos revólveres. Por un instante, Ernest se quedó tan congelado como el muchacho imberbe, a quien se le cayó la Biblia al suelo. Cuando el padre salió de su mutismo para inclinarse hacia la ventanilla contraria y murmurar algo, vio la nube de polvo que se aproximaba hacia ellos.
La agitación general despertó a la mujer del sombrero floreado, quien comenzó a gimotear en cuanto le explicaron la situación.
    Con manos temblorosas, sin poder creerse lo que estaba haciendo, Kofman abrió su bolsa y buscó la caja de madera oscura. Un regalo de despedida, dijo Emily.

 
    El viejo maletín, agrietado por el paso de los años, era lo único de cierto valor en lo que Rick no había puesto sus zarpas. Rachel lo mantenía oculto en el fondo de su armario, detrás de varias cajas de zapatos, metido en el embalaje de un viejo secador de pelo.
    Cada vez que lo abría se preguntaba qué entendía exactamente su madre por "escritor", porque el maletín estaba lleno de barajas de naipes desgastadas, dados, fichas de póker y hasta una pequeña ruleta que todavía funcionaba. Pero lo más curioso era el doble fondo, y el revólver de cañón corto con un nombre tallado en la culata.
    ¿Quién habría sido Lory? Tal vez la dueña, porque estaba claro que era un arma de mujer. O la amante de su antepasado, o la primera mujer a la que asesinó... Su madre siempre le dijo que tenía demasiada imaginación.
    Se sirvió un tercer vaso de bourbon y comenzó a cargar el arma. Muy despacio.
 
 
    Los primeros disparos retumbaron sobre la arena caliente cuando el conductor de la diligencia intentó defenderla con un rifle y los atacantes premiaron su falta de puntería con varias medallas de plomo. El cuerpo enjuto se desplomó sobre el polvo sin hacer apenas ruido, el vehículo se detuvo por completo y tres jinetes trazaron círculos a su alrededor.
   —Será mejor que bajemos, hijo. Si tienen que sacarnos será peor —dijo el labrador al muchacho, como si los demás no existiesen.
    Los ojos azules de Ernest Kofman parecían a punto de transformarse en vapor.
   —Ese hombre tiene razón, amigo. Será mejor que bajemos.
    La mujer ya había salido, llorando de nuevo. El padre y su hijo se disponían a imitarla.
   —¡Eh, los de dentro! ¿Vais a salir o tengo que prenderle fuego a esta tartana?
    Una vez fuera, con las manos en alto, Ernest vio a los tres ladrones. Parecía que hubiesen brotado de la tierra seca que los rodeaba, pardos de los pies a la cabeza, sucios y armados hasta los dientes amarillentos. El líder, al menos en apariencia, les apuntaba con un revolver en la mano derecha y el rifle del conductor en la izquierda. Uno de sus secuaces le apoyaba con otra pistola y el tercero había descabalgado para saquear el equipaje. Cuando terminó se acercó a la mujer, le arrancó un camafeo que llevaba colgado del cuello y le azotó las nalgas.
   —¡Mire cómo tiembla esta ternera, jefe! Parece que vaya camino del matadero.
    El líder escupió y la miró de arriba a abajo. Solo se escuchaban los sollozos trémulos de la víctima y la respiración de los caballos.
   —Átala a una de las ruedas —ordenó—. Las prefiero más tiernas, pero uno tiene que aprovechar la carne que Dios tiene a bien ponerle en el plato, ¿no es verdad?
    Los esbirros rieron. El jugador inclinó la cabeza, disponiéndose a hablar, pero el hombre con manos de campesino se le adelantó, dio un paso al frente, elevó aun más los brazos y una voz de trueno que resonó bajo el sol inclemente.
   —¿Te atreves a nombrar al Creador, alimaña hedionda? ¡Arderás en el infierno! ¡Todos vosotros ard...!
    El muchacho gritó cuando dos balas atravesaron el pecho de su padre. El jugador aprovechó la distracción para sacarse dos ases de las mangas, y el maleante que sujetaba a la mujer no pudo igualar la apuesta. Salió del juego con una pareja de picas incrustada en el cráneo, casi al mismo tiempo que su compañero montado se llevaba las manos al vientre y caía de la silla.
    Ernest Kofman notó el peso del hierro en el bolsillo cuando una escalera del color del plomo proclamó vencedor al líder de los asaltantes. La levita color crema se teñía de rojo sobre la arena del desierto, y la mano del escritor, por voluntad propia, agarró una culata con cuatro letras grabadas y se elevó muy despacio.
   —¿Pero qué es eso? ¿Se la has robado a alguna puta, chupatintas? Será mejor que la tires.
    Ernest Kofman notó el peso del hierro en la mano.
 
 
    Escuchó el motor del coche un minuto antes de que llegase junto a la caravana. El coche de Rick era tan ruidoso como él mismo.
    Lo esperaba sentada en el sofá, frente a la puerta. El ojo le dolía de nuevo, y si abría la boca se le saltaban las lágrimas a causa del labio partido. Dio un sorbo al cuarto vaso de Jim Beam, acarició el tambor de la pistola con el dedo y miró a su alrededor. La guitarra destrozada estaba en el mismo sitio.
    Sonaron los pasos, pesados, pasos de borracho, en los escalones metálicos de la caravana. En apenas diez segundos se abriría la puerta. Echó un vistazo a la portada de su primer disco. "Virginia Bloom, va por ti, nena".
    Rachel Kofman notó el peso del hierro en la mano.
 
 
    Por fin veo la luz de nuevo, fuera de esa maldita caja. Por fin el calor húmedo de una mano en torno a mi cuerpo. Por fin van a dejarme cantar.
   La mano tiembla. Seguro que es la primera vez, y eso me gusta. Espero que pase mucho tiempo antes de que vuelvan a encerrarme, porque lo que siento cuando el dedo acaricia el gatillo debe ser parecido a lo que siente una mujer cuando las manos de su amante la tocan en el lugar correcto.
    Ahora viene lo mejor. El éxtasis. La pasión inflamada de la pólvora en mi garganta.
    Y por fin canto. Y el hombre malo cae. Y mi voz es lo último que escucha.


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