25 julio 2013

Habla ahora y calla para siempre.

   


   Durante mis viajes he llegado a conocer a coleccionistas de todo tipo. Algunos atesoran, catalogan y reverencian objetos de extraordinario valor, exotismo o belleza. Otros acumulan, en base a una característica común que les otorga su condición de coleccionables, artículos que otros considerarían baratijas, juguetes e incluso basura.
    Si bien no es el más peculiar ni agradable, siempre ha despertado mi interés el coleccionismo relacionado con la muerte, en virtud de la naturaleza morbosa de mi especie (la especie humana, aclaro). Todos hemos oído hablar de asesinos en serie que guardan trofeos de sus víctimas: mechones de pelo, órganos conservados en frascos o huesos de mayor o menor tamaño. Piezas que terminan transformándose en los peldaños de su cadalso o los muros de una mazmorra perpetua y que el cine ha llegado a convertir en imaginería macabra. Pero ninguno llamó tanto mi atención como Joshua Lime. Ningún otro me impresionó lo suficiente como para tomarme la molestia de escribir unas líneas sobre él.
    Cuando conocí a Mr. Lime, y supongo que ahora también si sigue vivo, se dedicaba a matar personas por encargo, un oficio tan noble como cualquier otro que se pueda hacer a cambio de dinero. Yo no tenía por aquel entonces enemigos tan enconados ni tan acaudalados que pudiesen costearse las tarifas de Joshua, y Joshua no era un hombre peligroso per se, así que su compañía no me inquietaba. De hecho, llegamos a entablar una buena amistad gracias a nuestra mutua afición por el backgammon y los opiáceos.
    Además, al igual que yo, Lime era un hombre de letras. No escribía, en prosa ni en verso, ni era muy aficionado a la lectura, pero cuando me mostró la sencilla libreta con tapas de piel sintética donde guardaba su colección supe que nuestra afinidad no era tan casual. Antes de apretar el gatillo o dibujar la sonrisa carmesí en el cuello de sus víctimas Joshua Lime les daba la oportunidad de pronunciar unas últimas palabras.
    Al ojear tan singular colección, mi primera impresión fue que los seres humanos, o al menos aquellos que han hecho méritos para terminar sus días a manos de un verdugo a sueldo, son irascibles, cobardes o terriblemente poco originales. Muchas de las piezas eran insultos, amenazas, súplicas, maldiciones, intentos de soborno, incoherencias, más súplicas. Pude encontrar alguna frase ingeniosa, sin duda ensayada por alguien que esperaba a su ejecutor y quería obsequiarle con un buen epitafio. Me llamó la atención un inesperado "Soy tu padre", y no pude resistirme a preguntar.
    —¿De verdad era tu padre?
    —Vete a saber —dijo Lime, encogiéndose de hombros—. Soy huérfano, pero la verdad es que el tipo se parecía un poco a mí y me doblaba la edad.
    Joshua Lime no era el típico sicario atormentado por pesadillas, de esos que buscan redención a las primeras de cambio y a quien la cultura de masas ha convertido en un atractivo cliché. Ni mucho menos. Lime hablaba de su trabajo como un buen leñador hablaría de los árboles que ha talado, con respeto pero sin asomo de compasión. Solo pude ver una esquiva sombra en sus ojos, un temblor húmedo casi invisible en la máscara de sus facciones, cuando llegué a una página donde solo había escritas dos palabras. Me lo pensé dos veces antes de preguntar, pero la curiosidad se impuso a la discreción y quise saber más de esa extraordinaria pieza.
    —Es la joya de mi colección —me dijo, con una voz un poco más cálida y un poco más amarga de lo habitual—. Única e insustituible.
    Miré por última vez la página donde ponía "Te Quiero", cerré la libreta, se la devolví a su dueño y coloqué de nuevo las fichas blancas y negras en los triángulos del tablero, alargados y estrechos como hojas de cuchillo. No le hice más preguntas a Joshua Lime.

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