22 julio 2013

La canción de Lory.


Mojave Desert.

  
   No nací para estar encerrada, entre tinieblas y silencio. Yo nací para cantar.

   Ernest Kofman no era un hombre desconfiado por naturaleza, pero el tipo sentado frente a él en la diligencia le inspiraba tanta confianza como una serpiente de cascabel. Y eso que parecía empeñado en demostrar su transparencia, pregonando al viento, al único y abrasador viento que los escoltaba por el desierto de Mojave, su condición de jugador profesional. Incluso le había enseñado su maletín, lleno de compartimentos con barajas, dados, y hasta una pequeña ruleta que giraba al tirar de un resorte.
   —¿Y qué le trae a usted a este secarral, Mr. Kofman? ¿El oro? ¿La plata? No tiene aspecto de minero, si me permite decirlo.
   —Soy escritor —dijo Ernest, secándose con un pañuelo el sudor que empapaba su rubio bigote.
   —¡Ah! ¿No me diga? Conocí a un periodista no hace mucho, en Kaysville. Un auténtico caballero pero un desastre con los dados, sin ánimo de ofender. ¿Para qué periódico trabaja usted?
   —Para el Baltimore Eagle —repondió el escritor, quien tampoco tenía nada que esconder.
   —¿Baltimore? Está muy lejos de casa, amigo. Ya lo creo. —El jugador metió los pulgares en los bolsillos del chaleco y tosió un par de veces antes de seguir hablando—. Estuve en Baltimore hace algunos años...
    "Ahora me dirá que jugó a las cartas y se emborrachó con Poe la noche en que murió", pensó Kofman. Al menos la cháchara incesante del tipo, un cincuentón corpulento con barba de varios días y una levita color crema, lo mantenía distraído durante la travesía por millas y millas de desierto. El resto del pasaje era tan silencioso como un cactus. El hombre con traje marrón y manos de labrador solo miraba por la sucia ventanilla; un muchacho imberbe, su hijo a juzgar por el parecido, leía una Biblia de tapas desgastadas, y la mujer sentada frente a ellos dormitaba bajo un sombrero adornado con flores de tela.
   —...pero por suerte cuando aquella fulana, sí, la que decía estar emparentada con un noble europeo, comenzó a disparar yo ya me había escabullido de la habitación y corría calle abajo. Buena gente, la de Baltimore.
    El jugador soltó una carcajada y se palmeó el muslo. En su otra mano había aparecido una petaca plateada con dos iniciales grabadas.
   —¿Un trago?
    Ernest Kofman rechazó la bebida con un gesto. Lo último que necesitaba era más calor en el cuerpo. Movió un pie y el tacón de su bota rozó la pequeña bolsa de viaje que guardaba bajo el asiento. El grueso de sus pertenencias estaban en un arcón, sobre el techo de la diligencia, pero en la bolsa guardaba lo realmente importante: sus cuadernos, sus plumas, un par de libros, y el "regalo" de Emily. ¿Debía ponerlo entre comillas? Al fin y al cabo lo había hecho con la mejor intención.
 
 
    Rachel Kofman se levantó del suelo y miró lo que quedaba de su guitarra: un amasijo de madera y cuerdas. La caravana todavía temblaba por el portazo de Rick, y ella se esforzaba para dejar de temblar. Al menos se había largado, seguramente a gastarse el dinero del subsidio con alguna zorra de tetas operadas.
    Se tambaleó hasta el minúsculo aseo y empapó un trozo de algodón con bourbon. No era la primera vez que Rick le pegaba, pero esta vez había ido demasiado lejos. La guitarra era todo lo que tenía. La guitarra, los recuerdos, y una absurda reliquia familiar que nunca se había atrevido a vender.
    Se limpió la sangre del labio y buscó en el congelador algo para el ojo. De todas formas lo tendría morado al día siguiente. Casi se echa a reír al imaginar lo que diría uno de sus antiguos fans si la viese en ese momento, con una bolsa de nuggets congelados en la cara, un vaso de Jim Beam en la otra mano, apenas cuarenta años y la derrota pintada en cada palmo de su ser.
    Recogió los restos de un cuadro roto: una foto antigua de Patsy Cline vestida de cowgirl. Necesitaría mucho más bourbon para atreverse con el cadáver descuartizado de la guitarra.
 
 
    Dos días antes de su marcha Emily le hizo un gesto para que la siguiese al dormitorio, dejando al pequeño Eric en la sala de estar, distraído con un caballo de madera al que le faltaba una pata. El anterior dueño del juguete debía haber sido un niño muy pragmático, porque le había hecho un agujero en la cabeza.
    Se deslizó entre los muebles de la habitación, demasiado pequeña para una cama de matrimonio. Abrió el cajón de la cómoda donde guardaba la ropa blanca y extrajo del fondo una caja de madera oscura, con un sencillo cierre metálico.
   —¿Qué es eso?
   —Un regalo de despedida —dijo Emily—. Se que no te va a gustar, pero me sentiré mejor si lo llevas.
    Dentro de la caja, junto a un pequeño paquete con munición, había un revolver. A juzgar por el metal deslucido era un arma de segunda mano, con delicados motivos vegetales en el tambor y el cañón, más corto de lo habitual. En la desgastada culata de madera alguien había grabado cuatro letras mayúsculas.
   —Lory —leyó el escritor, intentando no mirar a su mujer con demasiada dureza. Odiaba las pistolas, pero no podía enfadarse con ella.
   —Quizá era la esposa del anterior dueño.
   —Es más probable que sea el nombre de la anterior dueña —dijo Ernest—. Este es un revolver de mujer, querida. De los que se llevan en la liga.
    Le resultaba inverosímil imaginarse a su Emily, la dulce hija de un panadero, entrando en una armería. Por la cara que puso en ese momento, ni siquiera debía saber que existían revólveres para mujeres. Ernest solo quería cerrar aquella caja y besarla.
   —Un arma es un arma, siempre que dispare, y ésta dispara. Lo he comprobado.
   —¿Delante de Eric?
   —¡Claro que no!, no soy tan estúpida.
   —Nadie ha dicho que seas estúpida.
    Cerró la caja con delicadeza, la puso sobre la cómoda y atrajo a la mujer hacia sí, agarrándola por las caderas.
   —¡Un arma es un arma, siempre que dispare! —se burló Ernest, enronqueciendo la voz— ¿Desde cuando hablas como un forajido?
   —Oh, cállate.
    Ernest Kofman calló, y enterró el rostro en el cuello de Emily, entre bucles de cabello castaño. Si aspiraba con bastante fuerza, quizá pudiese llevarse su olor hasta el otro extremo del país.
 
 
    Al menos le quedaban los recuerdos, y esos no los romperían los golpes. Fue hasta el otro extremo de la caravana, con el vaso lleno de nuevo. Allí estaban, como congelados en bolsas de plástico, los restos de su rutilante pasado. Miró la portada de su primer disco: Deadly Charm, de Virginia Bloom. ¿Por qué se había puesto aquel nombre de mierda? Solo le servía para sentirse más desgraciada ahora que volvía a ser Rachel Kofman, otra bolsa de basura blanca olvidada a las afueras de Las Vegas.
    Justo al lado estaba la foto que le hicieron con el hombre de negro, después de un concierto en el que habían cantado juntos. Mr. Cash sí que era un hombre. Un caballero. Rick no era nada.
    Había más fotos. Una con Willie Nelson, en una gala benéfica, otra con Waylon Jennings, quien había intentado llevársela al catre en varias ocasiones. ¿Y quién no lo haría? Era una belleza en aquella época. Un ángel rubio con ojos de zafiro, una voz como un látigo de miel, capaz de escribir canciones que conmovían hasta a los resabiados gerifaltes de Nashville.
    Según su madre había heredado su talento para las letras de un antepasado paterno. Un escritor fracasado que abandonó a su familia en el este. Un fracasado, menuda sorpresa.
 
 
   —¿Y cómo marcha su libro?, si me permite preguntarlo.
    Ernest miró sorprendido al jugador. Después de dar un par de tragos a su petaca, había estado un rato en silencio.
   —¿Su compañero de dados también estaba escribiendo un libro? —preguntó, con algo de sorna.
   —¿Ese tarugo? Lo dudo mucho. Pero usted parece harina de otro costal. —Guardó la petaca y cruzó las manos sobre el vientre—. Me he cruzado con otros con usted; otros que se han cansado de escribir sobre marineros apuñalados en burdeles y bodas de la alta sociedad en gacetas de segunda, y se han echado al camino para buscar grandes historias que contar. Grandes historias sobre pistoleros, indios rabiosos, caza recompensas y tahúres. ¿Me equivoco?
    Tenía que admitirlo: era un charlatán bastante perspicaz. Después de cinco años sobreviviendo como periodista en Baltimore, haciendo exactamente lo descrito por su compañero de diligencia, Ernest Kofman había decidido salir a buscar lo que su inspiración le negaba. Todos decían que era un magnífico escritor, mejor incluso que Twain o Melville, pero solo sabía sublimar las historias que encontraba. Su imaginación era tan estéril como el polvo levantado por los cascos de los caballos.
   —Y a esos otros que conoció, esos que eran como yo, ¿qué tal les fue?
   —No sabría decirle. Solo que la mayoría fueron lo bastante listos para sobrevivir al viaje, y mucho me temo, Mr. Kofman, que su habilidad para sobrevivir, la mía y la de todos los presentes, va a ser puesta a prueba en breve.
    En cuanto terminó de hablar, el jugador abrió de nuevo su maletín, levantó los compartimentos repletos por las herramientas de su oficio y destapó un doble fondo ocupado por otra clase de herramientas: dos revólveres. Por un instante, Ernest se quedó tan congelado como el muchacho imberbe, a quien se le cayó la Biblia al suelo. Cuando el padre salió de su mutismo para inclinarse hacia la ventanilla contraria y murmurar algo, vio la nube de polvo que se aproximaba hacia ellos.
La agitación general despertó a la mujer del sombrero floreado, quien comenzó a gimotear en cuanto le explicaron la situación.
    Con manos temblorosas, sin poder creerse lo que estaba haciendo, Kofman abrió su bolsa y buscó la caja de madera oscura. Un regalo de despedida, dijo Emily.

 
    El viejo maletín, agrietado por el paso de los años, era lo único de cierto valor en lo que Rick no había puesto sus zarpas. Rachel lo mantenía oculto en el fondo de su armario, detrás de varias cajas de zapatos, metido en el embalaje de un viejo secador de pelo.
    Cada vez que lo abría se preguntaba qué entendía exactamente su madre por "escritor", porque el maletín estaba lleno de barajas de naipes desgastadas, dados, fichas de póker y hasta una pequeña ruleta que todavía funcionaba. Pero lo más curioso era el doble fondo, y el revólver de cañón corto con un nombre tallado en la culata.
    ¿Quién habría sido Lory? Tal vez la dueña, porque estaba claro que era un arma de mujer. O la amante de su antepasado, o la primera mujer a la que asesinó... Su madre siempre le dijo que tenía demasiada imaginación.
    Se sirvió un tercer vaso de bourbon y comenzó a cargar el arma. Muy despacio.
 
 
    Los primeros disparos retumbaron sobre la arena caliente cuando el conductor de la diligencia intentó defenderla con un rifle y los atacantes premiaron su falta de puntería con varias medallas de plomo. El cuerpo enjuto se desplomó sobre el polvo sin hacer apenas ruido, el vehículo se detuvo por completo y tres jinetes trazaron círculos a su alrededor.
   —Será mejor que bajemos, hijo. Si tienen que sacarnos será peor —dijo el labrador al muchacho, como si los demás no existiesen.
    Los ojos azules de Ernest Kofman parecían a punto de transformarse en vapor.
   —Ese hombre tiene razón, amigo. Será mejor que bajemos.
    La mujer ya había salido, llorando de nuevo. El padre y su hijo se disponían a imitarla.
   —¡Eh, los de dentro! ¿Vais a salir o tengo que prenderle fuego a esta tartana?
    Una vez fuera, con las manos en alto, Ernest vio a los tres ladrones. Parecía que hubiesen brotado de la tierra seca que los rodeaba, pardos de los pies a la cabeza, sucios y armados hasta los dientes amarillentos. El líder, al menos en apariencia, les apuntaba con un revolver en la mano derecha y el rifle del conductor en la izquierda. Uno de sus secuaces le apoyaba con otra pistola y el tercero había descabalgado para saquear el equipaje. Cuando terminó se acercó a la mujer, le arrancó un camafeo que llevaba colgado del cuello y le azotó las nalgas.
   —¡Mire cómo tiembla esta ternera, jefe! Parece que vaya camino del matadero.
    El líder escupió y la miró de arriba a abajo. Solo se escuchaban los sollozos trémulos de la víctima y la respiración de los caballos.
   —Átala a una de las ruedas —ordenó—. Las prefiero más tiernas, pero uno tiene que aprovechar la carne que Dios tiene a bien ponerle en el plato, ¿no es verdad?
    Los esbirros rieron. El jugador inclinó la cabeza, disponiéndose a hablar, pero el hombre con manos de campesino se le adelantó, dio un paso al frente, elevó aun más los brazos y una voz de trueno que resonó bajo el sol inclemente.
   —¿Te atreves a nombrar al Creador, alimaña hedionda? ¡Arderás en el infierno! ¡Todos vosotros ard...!
    El muchacho gritó cuando dos balas atravesaron el pecho de su padre. El jugador aprovechó la distracción para sacarse dos ases de las mangas, y el maleante que sujetaba a la mujer no pudo igualar la apuesta. Salió del juego con una pareja de picas incrustada en el cráneo, casi al mismo tiempo que su compañero montado se llevaba las manos al vientre y caía de la silla.
    Ernest Kofman notó el peso del hierro en el bolsillo cuando una escalera del color del plomo proclamó vencedor al líder de los asaltantes. La levita color crema se teñía de rojo sobre la arena del desierto, y la mano del escritor, por voluntad propia, agarró una culata con cuatro letras grabadas y se elevó muy despacio.
   —¿Pero qué es eso? ¿Se la has robado a alguna puta, chupatintas? Será mejor que la tires.
    Ernest Kofman notó el peso del hierro en la mano.
 
 
    Escuchó el motor del coche un minuto antes de que llegase junto a la caravana. El coche de Rick era tan ruidoso como él mismo.
    Lo esperaba sentada en el sofá, frente a la puerta. El ojo le dolía de nuevo, y si abría la boca se le saltaban las lágrimas a causa del labio partido. Dio un sorbo al cuarto vaso de Jim Beam, acarició el tambor de la pistola con el dedo y miró a su alrededor. La guitarra destrozada estaba en el mismo sitio.
    Sonaron los pasos, pesados, pasos de borracho, en los escalones metálicos de la caravana. En apenas diez segundos se abriría la puerta. Echó un vistazo a la portada de su primer disco. "Virginia Bloom, va por ti, nena".
    Rachel Kofman notó el peso del hierro en la mano.
 
 
    Por fin veo la luz de nuevo, fuera de esa maldita caja. Por fin el calor húmedo de una mano en torno a mi cuerpo. Por fin van a dejarme cantar.
   La mano tiembla. Seguro que es la primera vez, y eso me gusta. Espero que pase mucho tiempo antes de que vuelvan a encerrarme, porque lo que siento cuando el dedo acaricia el gatillo debe ser parecido a lo que siente una mujer cuando las manos de su amante la tocan en el lugar correcto.
    Ahora viene lo mejor. El éxtasis. La pasión inflamada de la pólvora en mi garganta.
    Y por fin canto. Y el hombre malo cae. Y mi voz es lo último que escucha.


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