30 julio 2013

La dama y el titán.


   Sabemos la fecha exacta de nuestro nacimiento, aunque a veces la olvidemos. Yo sé la tuya, tú sabes la mía, porque solo hay que mirar la muesca en el calendario. El parto puede durar días, pero el momento preciso de su final, el primer bautismo de sangre y luz, es un instante fácil de marcar incluso para los burócratas que han olvidado la danza del sol y la luna, a quienes tanto deben.
    Hay, sin embargo, otra clase de alumbramientos más difíciles de datar. No hablo de la germinación de una semilla en el seno húmedo de la turba, o los primeros mordiscos ciegos de una larva en la carne putrefacta. Te hablo de una gestación inorgánica, un parto donde el neonato recibe en lugar de ser recibido.
    Presencié la construcción de Atlas desde el primer día. Ya fuese por el tedio inevitable del diletante solitario, casi arisco, que era yo por entonces, ya fuese porque siempre me ha fascinado ese proceso que he llegado a ver como una representación inversa de la muerte, donde el nuevo ser crece de dentro hacia afuera en lugar de consumirse de fuera hacia adentro. Curiosamente, todo empieza con la excavación de un desmesurado camposanto, un conjunto de tumbas enormes a las que no cabe atribuir vestidura simbólica alguna relacionada con lo decadente, pues en ellas se hundirán las raíces; serán la firmeza, el arraigo, la promesa de longevidad. Tantas veces hemos usado la palabra cimientos, en nuestra arrogancia poética que licencia a veces los verdaderos significados, que durante esos primeros días la evité, sintiéndola pesada y tosca en su exactitud.
    Poco después comenzó a elevarse la osamenta, compuesta por incontables vigas negras, rojizas, amarillentas o pardas. Incontables para ti y para mí, claro, porque los padres de criaturas como Atlas no dejan nada a la improvisación y cada onza de metal, cada saco de cemento, cada homínido vociferante vestido de azul está contabilizado, medido, sumado o restado. Diez mil ladrillos bajan del rugiente camión, diez mil se añaden a los muros y día a día el esqueleto se cubre de carne roja, venas de plomo, tendones de acero y nervios de cobre.
    Si te empeñas en dibujar círculos rojos en el almanaque, uno de los hábitos más macabros que puede desarrollar nuestra especie, podrías decir que un edificio nace el día de su inauguración. Yo no estaba invitado, como podrás suponer, pero contemplé el espectáculo desde un banco de hierro forjado, en la avenida de las farolas tricéfalas y los árboles de sudarios descantillados, envuelto en ese uniforme de bohemio byroniano que usábamos de armadura contra la mediocridad circundante.
    Todos los ojos de Torre Atlas, como llamaron al coloso, estaban abiertos y formaban un cartesiano mosaico de luminarias rectangulares en las cuatro fachadas, cuatro rostros de piel gris nacarada a la luz del sol y un extraño negro ceniciento bajo las estrellas, como el cadáver de un príncipe nubio engalanado en la noche de su funeral. Treinta pisos, unas quince ventanas en cada cara, cuatro caras... No traicionaré mis principios realizando multiplicaciones, pero son demasiados ojos mirando en demasiadas direcciones.
    ¿Era ya, durante aquella festiva velada, consciente de su propia existencia nuestro titán? Eso no te lo sabría decir, pero puedes volver a leer los dos primeros párrafos si crees, como creo yo, que no nacemos del todo hasta reconocernos a nosotros mismos sin necesidad de espejos. Me siento, luego existo. Y el proceso por el cual una masa inerte de cemento, acero y cristal desarrolla un sencillo ego y una primitiva voluntad, debe ser necesariamente lento, muy alejado en fondo y forma del chispazo feérico capaz de transmutar a una marioneta en un niño de carne.
    Durante esa primera noche, en la que variopintos enjambres de hombres trajeados y mujeres encaramadas a tacones de prosperidad inmerecida eran engullidos por las fauces automáticas de Atlas, ella estaba detrás de mí. Espero que puedas perdonarme por dar la espalda durante unas horas a la diosa de nuestra inspiración juvenil, a la dama gótica de arbotantes como costillas de leviatán petrificado, de vidrieras hijas de saberes ya olvidados, al rosetón que iluminó con su intrincada perfección geométrica hasta las más sombrías de nuestras ensoñaciones, la sólida elegancia, aérea y telúrica al mismo tiempo. Sueles reírte de mí cuando recurro a tópicos trasnochados, pero diré de nuevo que, si Dios existiese, sería un dios gélido y desagradecido por el simple hecho de permanecer indiferente ante el regalo de tan soberbia joya.
    Obviamente, a muchos de mis conciudadanos les disgustó sobremanera la idea de construir un vanguardista panal de oficinas justo enfrente de Nuestra Señora de los Dolores, la plegaria en forma de catedral que nuestros antepasados elevaron cuando los maestros canteros marcaban la roca con runas que hoy nos resultan oscuras y arcanas. Otros ampliaron el radio de sus objeciones a todo nuestro querido y añejo barrio; no querían al caballero de halógena armadura cerca de la vieja estación y su modernismo de líneas blandas forjadas en hierro, o de los balcones coloniales del palacete que ahora es la embajada de un país tropical. Pero el peso del oro siempre termina rasgando los ajados pergaminos de la historia y Atlas brotó a pesar de los pesares, desafiante.
    Por la menos casual de las casualidades, yo desayunaba y pasaba gran parte de mis jornadas en ese café cerca de la avenida, esa reliquia de la Belle Époque en cuyas paredes, con el paso de las décadas, el bueno de Lautrec recibió la compañía de los no menos buenos Warhol o Lichtenstein, y en cuyas mesas solíamos debatir sobre cualquier asunto que no fuese divino ni humano. Allí conocí, e incluso llegué a entablar conversación y compartir azucarero, a varios empleados de Torre Atlas: un curtido vigilante de seguridad, que dinamitó mi esnobismo de pseudointelectual demostrando amplios conocimientos sobre literatura inglesa del siglo XIX; una recepcionista de belleza prerrafaelita de quien casi me enamoro por el simple hecho de verla remover su café au lait en absoluto silencio, sin que la cucharilla tintinease contra la taza; y un dicharachero contable, perteneciente a esa estirpe de chismosos que no albergan malicia alguna.
    Gracias a ellos obtuve noticias del interior, algunas tan anodinas e irrelevantes como solo pueden serlo las que produce un bloque de oficinas y otras con las que mi imaginación comenzó a tejer la urdimbre secreta de una historia que nadie en esta ciudad ha sido todavía capaz de archivar en el cajón correcto. Hechos, al principio, de simpleza apabullante, equivalentes en su misterio al crujido nocturno de una viga en una vieja hacienda o a una polilla que hace sonar las cuerdas de una guitarra.
    La primera señal, al menos para mí, fue el "asunto de las ventanas", como lo llamaba el vigilante. Las incontables ojos del titán tenían párpados, abiertos durante el día la mayor parte de ellos para dejar entrar la luz natural y casi todos cerrados durante la noche, cuando los habitantes del zigurat guardaban los ábacos y corrían a sus hogares para quitarse las corbatas. De forma gradual, prolongándose e intensificándose a lo largo de meses, las persianas color crema, articuladas por un sencillo mecanismo manual, mostraron una suerte de independencia espasmódica que inquietó a muchos. Fuese de día o de noche, algunas de ellas se negaban a permanecer bajadas, sobresaltando a los presentes con un restallido sin que mediase intervención humana. Fui el primero en percatarme, al menos eso creo, de que todos los párpados reacios a quedarse cerrados se encontraban en la cara norte, la fachada principal y también la única orientada hacia la avenida. Dicho de otra forma: todos los ojos que miraban hacia Nuestra Señora de los Dolores se negaban a dejar de hacerlo.
    En este momento, quizá pienses que mi afán por aportar una dimensión mágica a nuestra prosaica realidad, mi exacerbado sense of wonder o la imaginación febril que ha hecho dudar de mi cordura hasta a los más comprensivos de mis allegados me ha llevado a un delirio poético de proporciones megalíticas. Pero no te lo contaría si no supiese que, como de costumbre, leerás la historia completa antes de dictar sentencia.
    Porque no solo habladurías con aroma a tostada y vermut se trenzan en los mimbres de este relato. Yo mismo, sentado en mi banco predilecto de la avenida, una turbia mañana de domingo, pude ver como las puertas automáticas del edificio se abrían sin que nadie pusiera un pie en el mecanismo de activación oculto bajo el enorme felpudo sintético. Yo mismo advertí la coincidencia al otro lado del ancho camino que divide en dos gran parte de esta ciudad, pues las puertas oscuras, majestuosas, de nuestra adorada catedral también estaban abiertas, recibiendo al rebaño bajo el repicar arrogante de las campanas. Fue el vello de mi brazo el que se erizó al ver las dos puertas cerrarse casi al unísono, movida una por la mano de un feligrés y la otra por un aparente capricho de la mecánica, al sentir entre ambas moles de sombras tan dispares una corriente invisible que me estremeció hasta los huesos.
    Pocos días después supe, por mis confidentes del café, datos que ampliaron la profundidad de aquellas sensaciones. Cada domingo por la mañana, o cada vez que las puertas de Dolores se abrían o cantaban sus campanas, Atlas mostraba lo que en un ser vivo, dotado si no de raciocinio al menos de emociones básicas, podrían considerarse signos de agitación nerviosa. Además de abrir su boca transparente, las calderas que bombeaban vapor por las entrañas del coloso elevaban su presión y temperatura, desconcertando al personal de mantenimiento; los ascensores funcionaban de forma errática y la tensión eléctrica subía a veces de tal forma que algunas bombillas y tubos halógenos llegaron a estallar.
    No es extraño, teniendo en cuenta estas anomalías, que a la Torre Atlas se le colgase, primero en susurros y después dignificándolo con el dudoso lacre de la prensa escrita, el rótulo de "lugar embrujado". Siendo como eran estas supuestas brujerías bastante inofensivas, más molestas que aterradoras, y teniendo en cuenta que nadie pasaba la noche en el edificio salvo los aguerridos guardias nocturnos, no se tomaron medidas contra la maldición, infestación de trasgos o espectros ociosos, achacando los problemas a ambiguos defectos en las instalaciones. Tampoco supe de nadie que abandonase su trabajo, e incluso escuché a más de uno hablar sobre los fenómenos con simpatía en lugar de terror.
    Por supuesto, mi mente no necesitaba mucho más. En ella Atlas era un muchacho vigoroso, recién llegado a la ciudad, gallardo y sin pasado. Dolores era una dama de cabello gris y ojos de vidrio multicolor, mucho más hermosa que cualquier jovencita, con raíces de una profundidad inimaginable y la sabiduría de cien mil tormentas en la piel. Y cada mañana de domingo ella cantaba, él abría docenas de ojos ávidos y se besaban sin llegar a tocarse. Pero por mucho que elucubrase, las maltratadas circunvoluciones de mi masa encefálica jamás podrían superar lo que mis sentidos percibían. La realidad. Esa realidad pérfida, tú y yo lo sabemos, que a veces clava sus colmillos cerca del corazón solo por el placer malsano de ver como se retuerce de miedo y dolor.
    Lo qué paso aproximadamente dos años tras la construcción de Torre Atlas no hace falta que te lo cuente con gran detalle, pues fue noticia de primera plana en todos los rotativos del planeta. La tierra tembló de tal forma que ni esta ciudad ni sus habitantes hemos vuelto a ser los mismos. Sin previo aviso, con la salvaje indiferencia propia de la naturaleza, el suelo nos golpeó y el cielo volvió el rostro hacia visiones más placenteras. Apenas murieron un centenar de personas, pero la vieja estación fue casi engullida por la tierra, la embajada tropical se abrió en dos y un sinnúmero de edificios corrieron peor o mejor suerte. Nuestro Atlas, como el titán que era, resistió impávido, con tan solo algunas grietas superficiales y desconchones leves.
    No podrás negar la ironía mitológica de los hechos: los dioses que antaño luchasen con saña contra la raza titánica salvaron a su descendiente de coraza gris, pero el creador todopoderoso que sepultó el Olimpo negó su infinita misericordia a la más hermosa de sus moradas. Los arbotantes se quebraron, las vidrieras estallaron y los muros centenarios se rindieron a la fuerza de una madre más poderosa y menos compasiva. Dolores despareció; porque si el cadáver de un hombre sigue pareciendo un hombre los escombros de un templo no se parecen a nada. Todos lloramos por ella, mientras la urbe intentaba recomponerse, y cuando volví al café por primera vez desde el cataclismo pude obtener más detalles sobre los daños sufridos por Atlas. Las heridas no eran graves, salvo en lo referente a la fontanería del edificio, ya que muchas tuberías reventaron, llenando los robustos muros de fugas, algunas tan caudalosas que el agua desbordaba las ventanas y caía por la fachada en cascadas silenciosas. El titán lloraba.
    Ha pasado mucho tiempo desde el desastre y tú mismo has podido comprobar durante tus breves visitas las escasas secuelas visibles. Todo lo que podía reconstruirse fue reconstruido; todos los muertos fueron enterrados y sustituidos por vivos. Quizá pienses que el encantamiento de Atlas desapareció después de que sustituyesen a Dolores por una fría iglesia blanca cuyas absurdas formas recuerdan a un yate varado en el cemento. Es cierto que los párpados se volvieron sumisos y ya no desean permanecer abiertos día y noche, que la puerta principal ya no se abre a no ser que alguien estimule con sus pasos el engranaje oculto y que la caldera late al ritmo marcado por sus amos. Pero lo creas o no, cada mañana de domingo a la misma hora, en los pasillos desiertos y estancias sombrías de la Torre Atlas, puede escucharse con dolorosa claridad el repicar arrogante de unas campanas invisibles.

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1 comentario:

  1. Impresionante. Sinceramente creo que tus formas son incluso superiores a muchos autores publicados. Este relato es un auténtico "recreo". No soy amante de los textos recargados, pero si sé reconocer algo bueno cuando lo leo, aunque no sea de mi gusto.
    Lo que sí he echado en falta, si me lo permites, es un mayor equilibrio de protagonismo entre el titán y la dama. En este aspecto me parece algo desequilibrado.

    Un saludo.

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