02 septiembre 2013

Tres tumbas en la hierba azul.


 
 
    Todo estaba roto. La nave había chocado de costado contra una formación rocosa, partiéndola en dos, y la mitad superior se derrumbó sobre la parte trasera. De la parte delantera solo era reconocible el puente de mando, cuya estructura de seguridad había salvado a dos de los cuatro tripulantes. El resto eran pedazos de metal esparcidos por la hierba. Algunos, entre los de mayor tamaño, soltaban jirones de humo espeso y lechoso.
   —¿Por qué nosotros, joder? —dijo Lex Ostermeyer, segundo oficial—. De cuarenta naves de mierda... ¿por qué la nuestra?
   —¿Y por qué no la nuestra?
    El otro hombre, sentado en un trozo de roca plano, inspeccionaba sin interés la manga destrozada de su mono de piloto. El joven oficial le dedicó una mirada furiosa antes de volverse hacia el montón de rocas.
   —¿Es que no vas a ayudarme? —Apartó una piedra, haciéndola rodar varios metros—. Hay dos mujeres ahí debajo.
   —Hay dos cadáveres ahí debajo —dijo Terrence Maugham, capitán y piloto de la Archer-IX.
   —¿Y vamos a dejarlas así?
   —Tienen encima una puta montaña, Lex. Me parece una tumba más que digna.
    Se pasó la mano por la mandíbula, rasposa por la barba de varios días, sin prestar atención a una nueva mirada asesina de su subordinado. Le encantaba cabrear al niño rico. Puede que en la academia fuese el amo del cotarro, pero en "Territorio Maugham" mandaba Maugham. La naturaleza había decidido que mandase Maugham. Era más alto, más fuerte, más listo, más guapo, mejor piloto y, aunque no lo sabía, podría apostarse el sueldo de un año a que la tenía más grande.
   —No pienses que no las voy a echar de menos, aunque solo llevasen tres días en mi nave —dijo el piloto, tras tocarse un moratón en el pómulo y torcer la boca—. ¿Alguna vez te han hecho una mamada en gravedad cero, Lex?
    El segundo agarró el trozo de metal más cercano y se abalanzó contra su superior, quien se puso en pie y esquivó el ataque sin esfuerzo, haciendo caer de bruces al agresor. Lex tenía mechones de pelo, de un rubio sucio, pegados al rostro, y parecía a punto de soltar espuma por la boca. Sin molestarse en volver la cabeza, Maugham caminó hacia los restos de la nave. Apenas había pasado media hora desde el impacto, pero el capitán tenía la sensación de llevar horas sentado junto al desastre.
   —Será mejor que te calmes, chaval —dijo, mientras rebuscaba entre los restos de la nave—. Si te mato de una paliza y te tiro entre la chatarra nadie hará preguntas. Suponiendo que alguien vuelva a hacernos una pregunta, claro.
    Lex se sacudió unas cuantas briznas de hierba del mono, tan avergonzado por la rápida derrota como por el inusual estallido de violencia. Había cosas más importantes en las que pensar. Miró hacia el cilindro plateado con una luz verdosa que parpadeaba.
   —La baliza está intacta y funcionando. Vendrán a buscarnos.
   —Sí, ya te vi colocarla hace un rato —dijo Maugham. Levantó un mamparo destrozado y le gustó lo que encontró debajo—. No servirá de nada. ¿Sabes dónde estamos, verdad?
    Hasta donde alcanzaba la vista todo presentaba distintos tonos de azul. Una llanura cubierta de hierba, salpicada por irregulares promontorios rocosos, bajo un sol cerúleo cuyo tamaño casi doblaba al terrestre. Los supervivientes no llevaban escafandras, pero respiraban sin dificultad. La temperatura era agradable y no soplaba viento.
   —No dices nada, ¿eh? —El capitán se abrochó uno de los cinturones que había encontrado. Las culatas negras y plateadas de las armas cortas parecían intactas—. Cuando nos quedamos rezagados de la escuadrilla estábamos entrando en el sistema Ashnan, donde nuestros queridos nibaru tienen tres enüma deshabitados. O al menos espero que todavía estén deshabitados.
    Uno de los mayores inconvenientes (o ventajas) de las atmósferas artificiales creadas por los nibaru era su impermeabilidad a cualquier tipo de señal, volviendo inútiles equipos de transmisión o balizas.
    Lex miró de nuevo el paisaje. Desde que se lanzasen a colonizar el espacio, los terrícolas buscaban planetas habitables, pero los nibaru los creaban. Treinta de sus torres germen, como las llamaban los humanos, bastaban para dotar de atmósfera a una roca pelada mayor que Marte. En menos de cinco años el enüma estaba listo para recibir nuevos inquilinos.
   —¿Cómo lo sabes? Los informes de la estación no decían nada sobre actividad en este sistema.
   —Cuando lleves doce años con el culo pegado a una nave sabrás cosas que no vienen en los informes.
    Además de cuatro armas cortas, Maugham rescató dos mochilas cuadradas con suministros de emergencia y les quitó el precinto. Sacó de una de ellas el saco térmico y lo sustituyó por el cilindro plateado con la luz verde parpadeante. Le lanzó el bulto a su segundo y se colocó el otro a la espalda.
   —Andando. No se cuanto tarda aquí en ponerse el sol, si es que se pone.
   —¿Pero a dónde vamos? —preguntó Lex, con la mochila todavía apretada contra el pecho.
   —Si encontramos una de las germen y la destrozamos puede que debilitemos el escudo lo suficiente como para que la señal de rescate salga de esta puta pecera —explicó el capitán.
   —¿Puede? Pero...
   —¡Vamos! Ya has visto lo que pasa cuando te quedas rezagado.
    Lex Ostermeyer se giró para mirar la mitad aplastada de la Archer-IX.
   —Hijo de perra —murmuró, antes de echar a andar tras las huellas de Maugham.
 
***
 
    En cuanto vio en los monitores del puente la preocupante pérdida de potencia en los impulsores de travesía, el teniente Ostermeyer informó al capitán y flotó hacia la parte trasera de la nave. Los cazas modelo Archer eran muy pequeños, y Etha Wilson, sargento de artillería, aún no se había acostumbrado. La encontró al fondo del pasillo, con su habitual y encantadora mueca de resignación. Debra Twain, cabo primera del cuerpo de ingenieros, desaparecía en ese momento por la escotilla que comunicaba con la sala de generadores. Llevaba su maletín de herramientas en la mano, estaba despeinada y de mal humor.
    Metal aplastado y toneladas de roca no eran una tumba digna para Etha y Deb. Ni hablar.
    —Deberíamos alejarnos de los ríos —dijo Lex, mirando con desconfianza la corriente que fluía a su derecha.
    —No vamos a cambiar de dirección. Iremos en línea recta hasta dar con una torre. —Maugham se aferraba a la sencillez de su plan inicial como la hierba al suelo—. Además, tenemos tabletas potabilizadoras para una semana, ¿o es que temes que haya monstruos en el agua?
    El teniente no se dignó a contestar. Los monstruos a los que temía eran diminutos: la gran variedad de bacterias con las que los nibaru infectaban el agua de sus enüma, microorganismos inofensivos para ellos pero letales para los humanos. Cuando las tabletas se terminasen sentirían la tentación irresistible de saciar su sed con aquel líquido cristalino, y era mejor morir deshidratado que retorciéndose de dolor y delirando por la fiebre.
    —Dicen que morir de sed es como tener una resaca brutal, ¿alguna vez has tenido resaca, Lex? —dijo el piloto, con su habitual sonrisa burlona—. Nunca me has contado por qué el hijo de un pez gordo terminó de segundón en un Archer, ¿te gustaba demasiado emborracharte en la academia?
    —Tú tampoco me has contado por qué un veterano de guerra condecorado terminó en un Archer.
    —¿Ah no? Pues te lo cuento ahora. Si algo nos sobra es tiempo. Verás, después de la guerra me premiaron destinándome al cuerpo de seguridad de las colonias en el sistema Tíndalos y, resumiendo, dejé preñada a la hija de un colono. —Maugham hizo una pausa, para ver la reacción del joven—. Al parecer, para los mamporreros con microscopio que mandan allí el material genético de tipos como yo es primitivo, y cuando se enteraron de que había contaminado a una de sus muñecas me lanzaron de nuevo a la flota.
    Lex no dijo nada. No conocía el significado de la palabra "mamporrero", sin duda uno de los desagradables arcaísmos que solía usar el piloto, pero sabía como funcionaban las colonias. Nuevos mundos, nuevos hombres.
    —Te toca confesar, chaval. ¿Qué hiciste?
    —¿Para qué quieres que te lo cuente? Está en mi expediente —dijo el teniente, cada vez más incómodo.
    —Sí, pero quiero que me lo cuentes —insistió el capitán.
    —Maté a un oficial.
    La sonrisa no desapareció de sus labios, pero Maugham levantó las cejas y abrió mucho los ojos.
    —Tengo entendido que fue un accidente.
    —De acuerdo, un oficial murió debido a un accidente derivado de mi incompetencia, ¿está bien así?
    —Ya veo. Eres de esos amargados que se culpan de todo lo malo que pasa a su alrededor, ¿verdad? —dijo el piloto, suavizando un poco el sarcasmo de su voz— ¿También te sientes culpable por la muerte de las chicas?
    —Cuando la nave comenzó a caer... La tripulación es responsabilidad directa del segundo de a bordo, y tendría que haberlas llamado al puente. Ahora estarían vivas.
    —¿Sabes qué, Ostermeyer? —preguntó Maugham tras una tensa pausa—. Creo que has tenido suerte estrellándote antes de llegar a la zona de conflicto. Si luchases en una guerra la culpa te aplastaría como una puta montaña.
    Volvió la vista al frente y continuó caminando por la hierba azul. Ya no sonreía.
  
***
 
    Lex levantó el brazo para mirar la pequeña pantalla de su muñeca. Cuatro días y seis horas, en tiempo terrestre. Estaban tumbados cerca de un bosque. Las hojas de los árboles, de troncos lisos, parecían zafiros engarzados en las ramas puntiagudas. El sol apenas se había movido desde el primer día.
    —¿Sabes que en realidad no es azul? —dijo Maugham. Habían racionado las provisiones y las tripas le rugían—. Es la atmósfera artificial.
    —Ya lo sabía.
    El teniente acomodó la cabeza lo mejor que pudo en la mochila y cerró los ojos. Solo había dormido seis horas desde que se estrellaron, y hasta sus pesadillas eran azules.
    —¿Te gustaba Etha, verdad? —preguntó el piloto.
    —¿Qué más da eso ahora? Déjame dormir.
    —Ya sé que te importa una mierda lo que diga, pero siento haber... ya sabes.
    —¿Ya sé qué? ¿Es que el hambre te ha vuelto educado? —dijo Lex. Su voz se volvía más ronca y amarga a cada hora que pasaba.
    —¡Siento habérmela tirado, joder!
    —Da igual. Supongo que te educaron para ser un macho alfa.
    —Me educaron para ganar, como a todos.
    —Pues enhorabuena.
    Maugham se incorporó, dispuesto a añadir algo, pero en lugar de hablar sacó una de sus armas y se puso en guardia, apuntando al bosque. Una rama había crujido.
    —¿Qué te pasa? —exclamó el teniente, más molesto que asustado— No es más que un árbol.
    El capitán enfundó la pistola y se sentó de nuevo en la hierba. Miró de reojo al bosque una última vez.
    —Dijiste que este enüma no estaba habitado, ¿verdad?
    —Que no esté habitado no significa que estemos solos —respondió Maugham—. ¿Crees que nadie vigila las torres germen?
    Lex había visto de cerca a algunos prisioneros nibaru. Se parecían tanto a un ser humano como una manzana a una sombrilla, pero sus extraños cuerpos poseían cierta armonía estética. No se podía decir que fueran criaturas hermosas, aunque tampoco eran monstruos. Los derviches, en cambio...
    Según la versión oficial, los derviches eran una raza nibaru, pero hasta el cadete más inepto podía intuir que eran algo distinto. Quizá otra especie, vagamente emparentada con los creadores de los enüma, o quizá una modificación, una mejora, el lado oscuro de lo que los humanos pretendían conseguir en las probetas de las colonias.
    —¿Crees que habrá derviches?
    —Es bastante probable —dijo Maugham, sintiendo cierta satisfacción perversa cuando vio a su subordinado ponerse aún más pálido.
    —¿Viste a alguno... en la guerra?
    El capitán asintió con gravedad. Se recostó de nuevo sobre la mochila, y desenvolvió media barrita marrón mordisqueada.
    —El primero que vi fue durante el asalto a la base de Ishkur, casi al comienzo de la guerra.
    —Sí, yo era un niño pero lo recuerdo. Los nibaru reclamaron como enüma un planeta que habíamos colonizado nosotros primero, masacraron a los colonos y en respuesta atacamos su asentamiento más cercano.
    —¿No me digas, Lex? Acabo de decir que estuve allí, joder, no me interrumpas. —Maugham respiró hondo y dio un mordisco a su almuerzo antes de continuar—. Mi compañía fue de las últimas en entrar. La batalla estaba prácticamente ganada, y había escombros y cadáveres por todas partes. Al llegar a una especie de hangar medio derrumbado vimos acercarse a uno de ellos. Un derviche.
    «Lo primero que pensé es que el hijo de puta estaba loco. Éramos catorce, y él estaba solo. Pero cuando le disparamos... te juro que ese cabrón esquivaba las balas. Y lo peor llegó cuando empezó a girar. No llevan armas, ¿sabes?, solamente giran sobre sí mismos, giran y giran, tan deprisa que si te acercas te atraen como un remolino en el agua. Cuando empecé a ver sangre, tripas, cabezas y miembros volando a mi alrededor eché a correr. Ese día decidí hacerme piloto.
    El teniente estaba tan pálido que su rostro parecía una máscara de porcelana azulada.
    —Nosotros solo somos dos, y ni siquiera tenemos armas de asalto.
    —Pues tendremos que improvisar —dijo Maugham, y se tumbó de nuevo, mirando al cielo.
 
***
 
    Al despertar, le extrañó no ver a su segundo sentado cerca. Últimamente apenas dormía, no hablaba (aunque a veces lo veía mover los labios), y su mirada se estaba volviendo turbia y penetrante a partes iguales. Doce días y nueve horas, según el monitor; un interminable día azul para los dos náufragos.
    Maugham se puso en pie, bostezando. A pocos metros se extendía una jungla de plantas enormes, parecidas a helechos, entre las cuales serpenteaba un arroyo. Habían conseguido racionar el agua de tal forma que todavía les quedaban un par de tabletas.
    Por un momento, el piloto pensó que Lex había continuado la marcha en solitario, pero su mochila y sus armas estaban allí. Algo se movió entre la vegetación, y Maugham se repitió a sí mismo que si había derviches estarían cerca de las torres. Pero, ¿y si ya estaban cerca de una torre y no lo sabían? Los recuerdos de Ishkur volvieron con una nitidez insoportable mientras se acercaba al arroyo apartando ramas, con las dos pistolas desenfundadas.
    —¡Eh, Lex! ¿Estás ahí? —Nadie respondió—. ¿Estás dejándole un regalito a los nibaru? No será muy grande, teniendo en cuenta lo que comemos.
    Cuando llegó a la orilla encontró al joven arrodillado, con la parte inferior del rostro sumergida, tragando agua entre resoplidos y gorgoteos. Maugham enfundó las armas y lo agarró del cuello, tirándolo de espaldas sobre la hierba. Lex jadeó y boqueó como un pez.
    —Niñato de los cojones.
    El capitán lo incorporó a la fuerza y le metió los dedos hasta la garganta, provocando que regase la hierba con un torrente de agua y bilis. Lex se revolvió, entre arcadas, apartándose de su superior.
    —Déja... déjame be... ber.
    —Has perdido el juicio —afirmó Maugham, tan abatido que su voz sonaba distinta.
    —¡Bebe tú también! ¿Te vas a creer esa mierda de las bacterias? —El teniente miraba a su superior con ojos febriles, azules como el sol—. ¡No paran de mentirnos, capitán! ¡Sobre la guerra, sobre las colonias, los nibaru...! ¡No me voy a morir de sed por otra de sus putas mentiras!
    Los gritos le provocaron una nueva arcada y tosió, hundiendo los dedos en la tierra húmeda. Maugham lo levantó sin esfuerzo y sintió el calor de su piel a través del mono.
    —Vámonos, Lex.
    —Es mentira, capitán... todo es mentira.
    —Más te vale, chaval.
***
 
    Las punzadas en el estómago ya apenas le molestaban. Podía descansar tranquilo tumbado sobre la hierba, y tener la lengua seca e hinchada no era un inconveniente al no tener a nadie con quien hablar. Ni siquiera miraba el monitor de su muñeca desde hacía días, dejando pasar las horas. A veces estaba despierto, a veces dormido, pero nunca abría los ojos. Ya estaba más que harto de ver el mismo puñetero sol azul colgado en el cielo.
    Al reducirse a la mitad el número de comensales, las provisiones y el agua le habían durado tanto que le parecía un milagro. Al fin se habían terminado, y le dio lo mismo porque ya no las necesitaba. Había hecho todo cuanto tenía que hacer.
    Cuando sintió, a través de los párpados, la sombra de una mole ocultando el sol y escuchó el zumbido de los impulsores no se movió. No tenía fuerzas para dar saltos de alegría, y tampoco ganas. Escuchó pasos amortiguados, voces, una de hombre y otra de mujer.
    —¿Capitán Maugham?
    Dos pulgares le levantaron los párpados y otras manos, más delicadas, le abrieron los labios para hacerle beber un líquido casi insípido, con un ligero regusto a limón y hierro. Era lo mismo que le dieron cuando lo encontraron tirado en una zanja a varios kilómetros de Ishkar, al borde de la locura.
    —Capitán, ¿puede oírme?
    Asintió, esforzándose por tragar y por enfocar los rostros que le miraban desde arriba. Eran apenas dos chavales: un cabo y una teniente recién salida de la academia. Aparecieron más pares de manos y lo subieron a una camilla.
    —¿Dónde está el resto de la tripulación, capitán? ¿Ha habido más supervivientes?
    Con un esfuerzo sobrehumano, propio del héroe que no era, Maugham levantó un brazo y señaló hacia atrás, por encima del hombro.
    Mientras se lo llevaban a la nave de rescate, el cabo y la teniente dieron unos pasos hacia los restos de la Archer-IX. La mitad posterior estaba aplastada, pero al parecer alguien había apartado suficientes rocas como para abrirse camino hasta los restos. Al avanzar unos pasos más, vieron tres rudimentarias lápidas de metal, garabateadas con grasa de motor y, bajo ellas, como tres heridas pardas, tres tumbas en la hierba azul.
 
 
***

1 comentario:

  1. Muy bien, Jay. Otro gran relato con el que nos deleitas. Creo que esta vez el estilo es muy diferente a lo que nos tienes acostumbrados, y he de decir que también te ha salido bien.
    Me ha gustado mucho la forma en la que dejas en trasfondo una historia que sin contarla, se entiende perfectamente. Además, los personajes, se definen a sí mismos interactuando entre ellos, algo que suele parecer forzado muchas veces, pero que consigues hacer bien con gran maestría.

    Nos leemos

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