25 noviembre 2013

Una leyenda de Taar.

 
El hombre terminó de colocarse el negro turbante, adornado por una aguja de oro en cuyo extremo relucía una pieza de crisolita tallada en forma de pájaro. Uno de los criados entró en la cabina, tan lujosa y confortable como las alcobas de su propio palacio, pero mucho más pequeña.
   —Estamos cerca, amo.
    Melhaffar asintió y el hombrecillo comenzó a preparar todo lo necesario para el almuerzo ritual, compuesto en gran parte por frutas e infusiones destinadas a mejorar la concentración, los reflejos y la claridad mental. A primera vista, el criado hubiese podido pasar por un niño humano de piel demasiado clara, de no ser por los globos oculares completamente amarillos, los desarrollados incisivos inferiores que asomaban entre los labios y la voz cavernosa. Cuando todo quedó dispuesto, se marchó en silencio.
    El amo se acercó a una de las ventanas y miró hacia abajo. El mar inmenso, gris e inquieto, se extendía en todas direcciones, rodeando la isla de piedra volcánica hacia la cual volaban. Más que una isla, era una montaña solitaria clavada entre las olas, coronada por una estructura que provocaba vértigo incluso vista desde lejos. Varias terrazas de mármol rojizo rodeaban la cima, sosteniendo pequeñas edificaciones conectadas entre sí por escalinatas retorcidas, y en la de mayor tamaño se alzaba, como un rubí incrustado en carbón, el Templo de Alhmeb, la boca carmesí cuyas palabras gobernaban Taar.
    Al mirar hacia arriba, Melhaffar se sintió reconfortado por el batir lento y constante de las enormes alas. El rukh que transportaba su embarcación por el aire nunca abriría las garras para dejarla estrellarse contra las olas. No podría hacerlo aunque quisiera.
 
*** 
 
    Los centinelas de ónice cruzaron sus martillos de guerra, cuyas cabezas de hierro superaban en tamaño a la de un caballo, para impedir el paso a los recién llegados. Los cuatro acólitos se detuvieron jadeantes tras la carrera por el largo pasillo. Vestían mantos rojos sobre las negras túnicas, con figuras bordadas en oro que los identificaban como individuos de alto rango. El más joven de ellos se adelantó para encararse con los gigantes de piedra.
  —Dejad paso.
  —Solo un hombre puede entrar en el serrallo —dijo una voz inhumana.
   —Solo uno, y ya está dentro —coreó otra voz idéntica.
   El acólito de mayor edad apartó a los otros tres con impaciencia, colocó sus manos en los antebrazos de los guardianes y pronunció varias palabras entre dientes. Las armas se retiraron, sus portadores inclinaron la cabeza y el anciano se volvió hacia sus acompañantes con el ceño fruncido.
   —Salid fuera y esperad órdenes. Yo hablaré con él.
    Cuando se marcharon abrió la puerta y se sumergió en un laberinto de cortinajes etéreos, biombos de celosía, vegetación fragante, murmullo de fuentes y mujeres ociosas. En el centro del patio, rodeado por columnas y arcos de herradura rojos y negros, había un estanque de aguas termales cuyo leve aroma a azufre competía con el de mil perfumes. Junto al borde, recostado en un lecho de cojines, un hombre de espesa barba y pecho velludo cogía un dátil de un cuenco colocado entre los pechos de una concubina desnuda, lo mojaba en otro lleno de miel que la misma joven sostenía entre los muslos y se lo metía en la boca.
   —Lamento interrumpir vuestras horas de asueto, mi amo y maestro —dijo el anciano, postrándose con dificultad y recuperando el aliento.
    El hombretón se incorporó en el lecho e indicó que se apartasen a la media docena de mujeres que le rodeaban con un gesto del brazo izquierdo, terminado en un muñón oculto por una reproducción en miniatura del templo hecha de oro rojo y rubíes. Algunas miraron al viejo acólito con una sonrisa burlona, otras con preocupación, y otras simplemente lo ignoraron.
   —¿Qué asunto es tan urgente como para hacer correr a un hombre de tu edad?
   —Un visitante inesperado. El príncipe Melhaffar de Hokam exige ser recibido por mi amo y maestro.
   —¿Exige? —exclamó el barbudo. Se puso en pie y levantó los brazos para facilitar el trabajo a las silenciosas sirvientas que habían comenzado a vestirle—. Aniquilamos a dos tercios de sus ejércitos hace menos de seis lunas, ¿y se atreve a presentarse aquí sin previo aviso y exigir que mire su imberbe cara de loco?
   —Es... es un atrevimiento imperdonable, mi amo y maestro. Pero creo que deberíais escuchar lo que ha venido a decir.
    El Hierofante de Alhmeb soltó un profundo suspiro de impaciencia, se lavó la mano pegajosa con agua y la secó en los cabellos oscuros de una concubina que se inclinó para recibir tamaño honor. Al anciano le costó seguir el ritmo de sus largas zancadas cuando salió del serrallo envuelto en el ondeante manto rojo cuyos bordados representaban un minucioso mapa de todo Taar.
    Melhaffar paseaba despreocupado por la terraza principal del templo, tan amplia que le costaba distinguir los rostros de las al menos dos docenas de hombres vestidos de negro y rojo que vigilaban desde una distancia prudencial. Tras él se encontraba su elegante barco aéreo, y sobre las argollas de hierro el imponente rukh se acicalaba el sedoso plumaje con el pico. Para una criatura cuyo almuerzo solía consistir en un elefante adulto los acólitos eran apenas gusanos, pero eso no impedía que alimentase su inquietud lanzándoles miradas poco amistosas.
    El ave no prestó especial atención al Hierofante cuando apareció en las puertas que daban acceso al templo, seguido por otros seis subordinados y sin molestarse en disimular su enojo.
   —Alteza, disculpad si no habéis encontrado un recibimiento digno de vuestra posición, pero no solemos dispensarlo a quienes se presentan sin avisar, y mucho menos si son enemigos declarados de Taar.
    El joven príncipe sonrió ante las agrias palabras de su anfitrión y unió las manos antes de inclinarse en un breve saludo. La izquierda era de carne y hueso y la otra estaba hecha de plata.
   —No he venido en calidad de príncipe. Como podéis ver no me acompaña mi séquito, ni mi guardia personal. —Melhaffar hizo un gesto vago hacia su barco y dio un par de pasos al frente —. Mi presencia aquí tiene una explicación tan sencilla que todos los sabios consejeros de mi padre se palmearon la frente cuando la escucharon de mis labios. Algo que podría haber evitado esa larga guerra en la que perecieron tantos buenos soldados de Hokam.
   —Una guerra innecesaria, provocada por la desaforada ambición de vuestra estirpe —proclamó uno de los acólitos, adelantándose un paso.
   —¿Se puede culpar a un hombre poderoso por pretender expandir su poder? ¿Acaso no llegó a ser Taar el inmenso reino que es hoy en día por derecho de conquista? —preguntó el príncipe, consciente de que no recibiría respuesta alguna—. Pero tampoco he venido a debatir sobre política o historia. He venido a relevaros en vuestro cargo, Hierofante de Alhmeb. —Ignorando las exclamaciones de casi todos los presentes, levantó su mano metálica por encima del turbante— Lo que nos fue arrebatado muestra lo que somos, ¡Shir-Jannt!
    Los ojos oscuros del barbudo líder se transformaron en rendijas bajo las pobladas cejas. Levantó su propio brazo mutilado, y la miniatura del templo lanzó destellos rojos bajo el sol.
   —Al parecer os habéis tomado la molestia de estudiar nuestras leyes, pero os advierto que desafiarme solo os procurará otra derrota humillante. —Bajó el brazo, y desabrochó el cierre de su manto para dejarlo caer sobre el mármol. De su cinto colgaban tres objetos verdosos—. Además, no penséis que ocupando mi lugar gobernaréis Taar a vuestro antojo. Yo solo interpreto la voluntad de Alhmeb El Encarnado y sus Cinco Sombras.
    El príncipe de Hokam asintió, con una mueca de sardónica incredulidad. Estaba seguro de que la voluntad de los dioses, si es que alguna vez la manifestaban, no era muy diferente a la del propio Hierofante y sus acólitos. Se despojó también de su manto y sostuvo en la mano un objeto idéntico a los que portaba su adversario. Era una botella de vidrio opaco, del tamaño de una manzana, redonda y con un cuello corto cerrado por un tapón oscuro. Toda la superficie estaba cubierta por palabras arcanas y signos entrelazados.
   —No temáis. Cuidaré bien de vuestro amado templo.
    Dicho esto, destapó la botella con el dedo pulgar y la dejó en el suelo. El Hierofante hizo lo mismo con una de las suyas, acompañando el movimiento con un gruñido de rabia.
    Sobre el barco, el rukh soltó un alegre graznido. Aunque odiaba a su amo, le encantaba ver cómo derrotaba a sus adversarios.
***
 
    El viejo maestro apuró el cuenco de leche y lo dejó en la mesa, junto a un caos de papeles, libros y figurillas de madera. Se limpió el bigote gris con la manga y apuntó con su único ojo hacia la entrada de la casa de ladrillo rojo dónde vivía, de planta circular y con un tejado cónico rematado por un tragaluz. Una casa idéntica a la de casi todos los habitantes de Baandor, una pequeña ciudad construida alrededor de un oasis, como tantas otras ciudades de Taar.
    El muchacho entró cojeando, saludó al anciano con la cabeza y se sentó frente a él. Parecía exhausto, como quien acaba de regresar de un largo viaje, famélico y sucio. Su ya de por sí moreno rostro estaba tostado por el sol, y su pierna izquierda, de rodilla para abajo, era una tosca imitación de madera.
   —Así que la pierna, ¿eh? —dijo el maestro, señalando lo obvio.
   —Sí, la pierna. Hubiese preferido un ojo... o incluso una mano —afirmó el joven.
   —Siempre has sido demasiado impaciente, Waduk. Quizá las Cinco Sombras han querido enseñarte a viajar más despacio, mirando con más detenimiento cuanto te rodea.
   —¿Y por qué le quitaron a usted un ojo? ¿Es que miraba demasiado cuanto le rodeaba?
    El anciano se echó a reir, puso otro cuenco en la mesa y llenó ambos con una jarra de cerámica pintada. En realidad no pensaba que hubiese una segunda intención en los actos de las diosas nocturnas. Siempre que alguien sometía a su primer djinnet y se convertía en un Shir-Jannt de pleno derecho, ellas le arrebataban una parte del cuerpo. Ocurría durante el sueño, de forma indolora, pero siempre ocurría.
    Waduk sacó de su bolsa un shiram y lo sostuvo entre ambos. La botella verdosa no parecía diferente a cuando estaba vacía, pero tanto el maestro como el alumno sentían la furia de la criatura encerrada en su interior, sometida por la magia y la voluntad de su captor. La cólera de los djinnet solía disminuir con el paso del tiempo, pero durante los primeros meses de cautiverio el Shir-Jannt debía ser muy cuidadoso cuando los dejaba salir, pues la criatura podía volverse contra él si perdía la concentración durante un instante.
   —Es un onkant. No fue nada fácil someterlo.
    El maestro Yemseff abrió su ojo como un plato al escuchar el nombre del djinnet. Cuando él consiguió encerrar a un onkant, una bestia reptiliana grande como un león y con el lomo cubierto de púas afiladas, tenía más de treinta años, mientras que Waduk apenas tenía quince.
   —Te has arriesgado demasiado, muchacho.
   —No hay tiempo que perder. Y no derrotaré a Melhaffar si no muestro al menos tanto atrevimiento como él demostró cuando desafió al Hierofante.
   —Tienes razón —dijo Yemseff, asintiendo con gesto grave—. Pero no olvides que Taar es mucho más fuerte que cualquier hombre. Esta tierra ha soportado a tiranos peores que ese príncipe durante mucho más tiempo, y siempre ha sobrevivido. Así que no te precipites. Taar aguantará hasta que estés preparado para expulsar a ese indeseable del Templo de Alhmeb.
    El joven Shir-Jannt se puso en pie. A pesar del aspecto demacrado y la cojera, en sus ojos negros había tal resolución, tal llama desafiante, que su viejo maestro sintió reavivarse las esperanzas que había puesto en Waduk cuando apenas era un niño.
   —Ya no me queda mucho por enseñarte, pues un Shir-Jannt aprende de su propio camino. Pero te daré algo que te resultará útil.
    Mientras hablaba, Yemseff desenterró del desorden un volumen encuadernado con piel de cocodrilo, no muy grueso y poco más grande que su propia mano. Cuando Waduk lo abrió, encontró descripciones de docenas de djinnets, escritas con caligrafía diminuta, algunas ilustraciones, mapas de regiones de Taar poco conocidas e incluso algunos signos para fortalecer los shiram.
   —Esto es... la obra de toda una vida —dijo el joven Shir-Jannt, tan emocionado que las palabras se le atascaban en la garganta—. Seré precavido, maestro, estaré atento a cuanto me muestre el camino, y cuando esté preparado liberaré al pueblo de Taar.
    Cuando se quedó solo de nuevo, Yemseff cogió de la mesa una de las figuras que tallaba para matar el tiempo, una que representaba a un muchacho delgado, y le cortó la pierna izquierda. No solía rezar, pero imploró en silencio a Alhmeb El Encarnado y sus Cinco Sombras que protegiesen a su pupilo.
 
***
 
    En cuanto dio una docena de pasos hacia el interior de la aldea se vio rodeado por la misma penosa realidad que encontraba en cada uno de los pueblos, ciudades o campamentos nómadas en los que buscaba cobijo desde que partiese de Baandor, hacía ya casi un año. Los nuevos impuestos exigidos por Melhaffar convertían en pobres a los ciudadanos corrientes y mataban de hambre a quienes ya eran pobres. Impuestos que, con toda seguridad, servirían para costear otra de las guerras de Hokam contra un reino vecino.
 
 
    La Orden de la Vigilia, los acólitos armados que antes velaban por las seguridad del pueblo eran ahora temidos, transformados en implacables verdugos. Para cercenar de raíz las escasas esperanzas que pudiesen albergar los taarenos, los Shir-Jannt eran acosados por las nuevas autoridades, encarcelados o ejecutados por crímenes falsos. Además, sus djinnet eran destruidos, algo que no resultaba difícil cuando estaban dentro de los shiram.
    Por suerte, a nadie se le ocurría pensar que aquel joven cojo y harapiento pudiese ser un Shir-Jannt. Waduk ocultaba en los más profundo de su mugriento zurrón sus más preciadas pertenencias: el libro del maestro Yemseff y tres shiram, uno vacío y dos llenos. Ayudado por el fiero onkant, no le había resultado demasiado difícil someter a su segundo djinnet, un testarudo amrhatu, también llamado "búfalo de cien patas", aunque en realidad solo tenían seis, y cuatro cuernos afilados como navajas.
    De eso hacía ya casi ocho lunas, y esa aldea era la última parada en su camino hacia los pantanos de Naduzed, una extensa región deshabitada casi en los confines de Taar. Allí esperaba encontrar al único djinnet del cual su maestro hablaba con auténtico pavor: el daokharen, tan poderoso como pérfido. Yemseff no había conseguido encerrarlo, perdiendo en el intento a tres de sus mejores djinnet, y su pupilo esperaba escribir una nueva página en el libro después de conseguirlo.
    Después de interpretar su papel y mendigar un poco de comida rancia, Waduk se dispuso a abandonar la aldea, cuando una escena que se desarrollaba detrás de un establo abandonado llamó su atención. Tres acólitos de La Orden, armados con largas porras tachonadas, rodeaban a la muchacha más extraña que hubiese visto jamás. Tenía el cabello dorado, algo insólito en Taar, recogido en una trenza que casi tocaba el suelo tras ella. Mientras que las mujeres taarenas vestían holgadas túnicas que cubrían todo el cuerpo, y en ciertas regiones incluso se ocultaban el rostro con un velo, las ceñidas prendas de piel de aquella joven dejaban poco a la imaginación, mostrando más de lo que cubrían.
    Pero lo que hizo pararse en seco a Waduk fue sobre todo el parche que le cubría el ojo derecho, y el cinto de cuero cargado con cuatro shiram. Era una Shir-Jannt que se negaba a ocultarlo y, como a otros antes que ella, podría costarle caro.
   —Vamos, entrégalos o tendremos que encerrarte —dijo uno de los hombres, acercándose despacio a su presa. En su sonrisa libidinosa podía intuirse lo mucho que le agradaba la idea de llevársela a una celda.
   —No vais a robarme —afirmó ella, fulminándolos con un ojo azul oscuro.
   —¿Robarte? Nosotros somos quienes protegemos a la buena gente de los ladrones, y de otras amenazas, como esas criaturas embotelladas que pueden descontrolarse y arrasar una aldea como esta, así que...
    El acólito dejó de hablar cuando uno de sus camaradas comenzó a chillar. Surgido de un silencioso remolino de arena, un reptil tan grande como un león se había abalanzado sobre su espalda, arrojándolo de bruces al suelo mientras las garras hacían estragos en su carne. Varias de las largas púas que adornaban la espalda de la bestia salieron disparadas como flechas, perforando la garganta de un hombre y el pecho del otro.
    Waduk apareció poco después, cojeando entre los tres cadáveres ensangrentados. Levantó la mano donde sostenía el shiram y pronunció el conjuro de contención. Transformado en una nube arenosa, el onkant regresó a su botella trazando rápidas espirales en el aire.
   —Lo que nos fue arrebatado muestra lo que somos —dijo Waduk, tras levantarse la pernera izquierda del andrajoso pantalón.
   —Shir-Jannt —respondió la chica.
    Era la primera vez que se encontraba con una mujer Shir-Jannt, así que cuando no se levantó el parche para mostrar la cuenca vacía del ojo lo consideró una muestra de coquetería femenina y no le dio mayor importancia.
   —Deberíamos marcharnos. La Orden querrá saber quien mató a estos tres y más nos vale estar lejos para entonces.
   —No les agradará saber que el djinnet de un mendigo acabó con ellos —dijo la joven rubia, mirando los cuerpos inertes con deleite—. Gracias, por cierto. Me llamo Zarya.
   —Mi nombre es Waduk Leham Caa Waduqem.
   —Muy bonito, pero no esperes que lo recuerde entero. ¿Pantano o desierto? —preguntó Zarya, resumiendo las dos opciones que les planteaba la geografía de Taar.
   —Hacia Naduzed. Tengo algo que hacer allí.
 
***
 
    Tras varios días viajando entre mangles retorcidos y aguas cenagosas, Waduk llegó a la conclusión de que las mujeres albergaban más misterios que cualquier criatura mágica o escritura arcana. Quizá fuese por la humedad del ambiente o por el deseo hirviendo en su sangre juvenil, pero cuando estaba con Zarya tenía la misma sensación que cuando estaba a punto de desatarse una tormenta. Incluso, si se acercaba a ella, se le erizaba el vello del brazo. Una reacción física de la que nunca había oído hablar, mucho más desconcertante que la continua tensión en su entrepierna.
    La exótica muchacha parecía ajena a las tribulaciones de su acompañante, a quien trataba con despreocupada camaradería. Actitud que desapareció por completo cierta noche, cuando conversaban junto a una pequeña hoguera después de un banquete de ranas a la brasa y hongos, y Waduk intentó besarla. Ella lo apartó de un empujón, lo insultó en un idioma desconocido y no volvió a dirigirle la palabra hasta varios días después.
   —Nos hemos perdido —afirmó la tuerta Shir-Jannt.
    Y no se equivocaba. El sentido de la orientación de Waduk era excelente en el desierto y las llanuras, pero la vegetación espesa y los irregulares senderos acuáticos lo confundían hasta el punto de no saber en qué dirección caminaba. Ese mismo día, poco antes de la puesta de sol, Zarya señaló hacia un suave promontorio cubierto de hierba grisácea, donde un hombre alto y delgado parecía absorto en la contemplación de un matorral espinoso. No podían verle el rostro, solo el largo manto blanco que lo cubría de pies a cabeza.
   —¡Mira! Tal vez sepa dónde estamos —exclamó la joven, adelantándose en dirección al extraño.
    Waduk la retuvo con el brazo y le indicó con un gesto que se agachase detrás de unas espadañas. Las palabras de Yemseff revivieron en su mente como si el anciano se encontrase junto a ellos: "Recuerda que no todos los djinnet son semejantes a bestias. El aspecto de algunos es tan humano que podrían pasar por personas, y se valdrán de ello para confundirte".
   —Es un daokharen —susurró Waduk mientras buscaba en la bolsa sus shiram.
   —¿En serio? He oído hablar de ellos, y si lo que he oído es cierto no podrás someterlo.
   —Tengo que hacerlo.
    Poco después de conocerla, había puesto a Zarya al corriente de sus intenciones: viajar hasta el Templo de Alhmeb y derrotar a Melhaffar. Ella decidió acompañarle, aunque dudaba de que pudiese expulsar al príncipe de Hokam. Nadie sabía qué clase de djinnet había liberado contra el anterior Hierofante, pero fuese cual fuese un daokharen no sería suficiente para conseguir la victoria.
    Haciendo acopio de valor, el joven cojo se acercó al djinnet humanoide sin preocuparse por el sigilo. La criatura se volvió, y a Waduk se le heló la sangre en las venas. El rostro blancuzco estaba a medio camino entre el de un insecto y el cadáver de un hombre ahogado, y el cuerpo era una maraña de delgados tentáculos blancos que se retorcían bajo el manto, en realidad dos grandes alas que desplegó de forma amenazante cuando vio acercarse al humano. El aullido del daokharen, una versión perversa del llanto de un recién nacido, hizo que las manos de Waduk temblasen al quitar el tapón del shiram.
    El escamoso onkant se lanzó contra su adversario en cuanto terminó de materializarse, saltando con las garras por delante y todas las púas de su cuerpo erizadas. El Shir-Jannt comenzó a pronunciar los versos de un largo conjuro de sumisión, el más poderoso que conocía y el único con el cual tendría alguna posibilidad. Pero necesitaba tiempo, y el onkant no pudo conseguirle demasiado. Los tentáculos blancos lo inmovilizaron en un parpadeo y lo lanzaron con fuerza contra un tronco, dejándolo maltrecho.
    Justo entonces, cuando Waduk estaba a punto de interrumpir la salmodia arcana para liberar a su otro djinnet, Zarya saltó al promontorio y le lanzó un puñado de barro al daokharen. El monstruo se volvió furioso para atacar, pero se detuvo y miró a la joven con una extraña expresión de sorpresa y duda. El lapso fue suficiente para que el Shir-Jannt terminase de tejer la invisible red mágica, que se cerró sobre la presa con la última sílaba del conjuro.
    Poco después, el daokharen estaba encerrado en la botella. Waduk, agotado y tiritando, se dejó caer sobre la tierra húmeda y se quedó dormido al instante.
 
***
 
    Vista desde la costa pedregosa, la montaña negra era apenas una muesca diminuta, desdibujada por la bruma y la distancia. Había pasado más de un año desde que abandonase Baandor, y cuando su objetivo estaba ya a la vista, el mar se interponía en su camino, frenando su avance, algo que no había conseguido su cojera, ni los más inhóspitos parajes de Taar, ni las fieras más sanguinarias, ni los acólitos más fanáticos.
    Contaba con un djinnet rápido y feroz, otro fuerte y resistente, y un tercero terrible como la pesadilla de un demente, pero ninguno de los tres podía llevarle hasta el Templo de Alhmeb. Las alas del daokharen le servían de disfraz y para intimidar a sus enemigos, pero era incapaz de elevarse en el aire.
    Waduk se maldijo por su falta de previsión. Encontrar a un djinnet volador lo bastante grande, tal vez un rukh, podría llevarle otro año e incluso mucho más tiempo.
   —Hablas como si volar fuese la única opción —dijo Zarya, tras escuchar los lamentos de Waduk—. El mar también es un camino.
   —¿Acaso tienes dinero para comprar un barco? Porque dudo mucho que ninguno de los miserables pescadores de estas costas quieran llevar a dos vagabundos buscados por asesinato hasta aguas prohibidas.
   —No necesitamos un barco.
    Dicho esto, Zarya hizo algo que nunca había hecho desde que viajaba con Waduk: descolgó del cinto uno de sus shiram y lo destapó.
    Durante unos instantes, el joven Shir-Jannt pensó que había aparecido un islote frente a ellos, hasta que vio la rugosa cabeza asomando bajo el gigantesco caparazón. El maestro Yemseff no lo había dibujado en su libro porque nunca lo había visto, pero había escrito una breve descripción del djinnet al que llamaban ukhmorla, tan raro que se creía extinto desde hacía siglos.
    Cuando consiguió reponerse de la sorpresa trepó por la espalda rocosa de la criatura y se acomodó junto a Zarya, quien escrutaba las olas con su ojo azul. Solo hizo falta una palabra para que el ukhmorla se pusiese en marcha, dejando tras de sí una estela de espuma.
 
 
    La travesía terminó con las últimas luces del crepúsculo, y al llegar a la base de la montaña ambos miraron hacia arriba, intentando calcular la altura del negro acantilado. Esta vez fue Waduk quien actuó, inspirado por el ánimo inquebrantable de su compañera. Liberó al amrathu, cuyas seis fuertes patas terminadas en pezuñas se aferraban a la piedra húmeda como las de una mosca a la piel de un camello. Sentados a horcajadas en el lomo peludo del djinnet, llegaron a la terraza principal del templo y caminaron sobre el mármol rojizo, amortajado por la palidez que descendía desde la luna menguante.
 
    Waduk había esperado que el altivo príncipe de Hokam se burlase de él, de su osadía y de su mísero aspecto, pero no fue así. Melhaffar nunca cometía el error de subestimar a un adversario, como había hecho el anterior Hierofante antes de morir.
    El viento soplaba con fuerza en las alturas, amenazando con apagar las antorchas colocadas para iluminar la terraza por los criados, los mismos hombrecillos dentudos que, según los rumores, habían devorado a las mujeres del serrallo y a los acólitos que se mostraron desleales hacia el nuevo líder.
   —Lo que nos fue arrebatado muestra lo que somos.
   —Shir-Jannt —respondió Melhaffar, antes de levantar su mano plateada.
    Al levantar la vista, Waduk reparó en la sombra que se recortaba contra el cielo estrellado; la silueta de un ave posada en lo más alto del templo.
   —No te preocupes por él. Un rukh es demasiado valioso para exponerlo a la violencia de un combate, así que se limita a mirar. Y a limpiar los despojos, si tiene hambre.
    El aspirante apenas prestó atención a las palabras del príncipe. Estaba tan concentrado, con los sentidos tan alerta, que podía escuchar la suave respiración de Zarya, otra sombra silenciosa fuera del círculo luminoso, y los latidos de su propio corazón resonaban en su cráneo como los tambores antes de una batalla.
    Fue el primero en depositar su shiram destapado en el mármol, y se permitió un instante fugaz de satisfacción al ver un atisbo de duda en el semblante de Melhaffar cuando los horribles lamentos del daokharen envolvieron la montaña.
    Entonces Waduk vio al djinnet de su adversario, y recordó las palabras de su maestro: "Taar es grande, pero el mundo fuera de Taar los es más, y en él habitan criaturas que tal vez nunca lleguemos a ver y que seríamos incapaces de imaginar".
    Casi tan grande como el rukh, en su cuerpo se mezclaban con armonía rasgos de ave y reptil. Lo que cubría su piel no eran escamas ni eran piedras peciosas, sino una resplandeciente mezcla de ambas, y cuando abrió las fauces un bramido transparente hizo vibrar hasta las mismas raíces de la montaña.
    Waduk no pudo evitar recular, al borde del llanto ante tal exhibición de belleza y poder. El pálido daokharen parecía un insecto repugnante frente a su adversario, y el luminoso djinnet lo trató como tal, fulminándolo con una llamarada de blancura antinatural que lo hizo estallar en pedazos. La onda expansiva del ataque lanzó también al cojo Shir-Jannt al suelo, aturdido y jadeante.
   —Si te rindes ahora te perdonaré la vida, como dicta la ley —dijo Melhaffar—. Mi predecesor no fue tan sensato, y terminó en el mar. Algunas partes de él, mejor dicho.
    No tenía otra alternativa. Podía rendirse, volver a casa y tal vez intentarlo de nuevo cuando realmente estuviese preparado, o podía liberar a otro de sus djinnet, verlo morir y después ser despedazado y arrojado al mar. La elección era obvia, pero antes de que pudiese responder Zarya entró en escena.
   —Es mi turno, alteza.
    Demasiado desconcertado para intervenir, Waduk se incorporó apoyándose en un codo y observó a la joven de trenza dorada plantarse desafiante en el mismo lugar donde el daokharen había estallado. Cuando pasó por su lado, se le erizó el vello de los brazos, e incluso el de la nuca y la incipiente barba. Esperaba que Zarya liberase a uno de sus djinnet, pero se despojó del cinto donde colgaban sus shiram y lo lanzó a una buena distancia. Después se quitó el parche.
    No fue una cuenca vacía lo que quedó al descubierto sino un ojo, sin pupila y con un iris azul donde un torrente de energía al rojo blanco pulsaba y se arremolinaba, impaciente por liberarse. El aire alrededor de la joven comenzó a crepitar, llenándose de serpenteantes arcos luminosos que restallaban al contacto con su piel. Waduk se sintió el hombre más estúpido de Taar al comprender lo que ocurría, y se imaginó las carcajadas del viejo Yemseff si sobrevivía para contarle que había intentado besar a una djinnet junto a una hoguera.
    Nunca fue capaz de describir de forma satisfactoria lo que ocurrió a continuación, aunque siempre contaba que se quedó ciego durante casi dos días. Zarya se elevó en el aire, su ropa desapareció, reducida a cenizas por el contacto con la piel incandescente, saturada de energía pura y azulada. Con un estruendo que removió los cimientos milenarios del templo, un relámpago brotó de su ojo y atravesó a la criatura enjoyada, que murió con un alarido espantoso. El príncipe de Hokam, demasiado sorprendido para reaccionar, salió despedido hasta la balaustrada y cayó, quebrándose los huesos contra las rocas de la montaña.
    El rukh, libre de su odiado amo, se lanzó en picado hacia el cadáver y devoró sus entrañas, antes de emprender el vuelo para regresar al implacable desierto.
    Cuando Waduk despertó estaba rodeado por los pocos acólitos que habían sobrevivido al mandato de Melhaffar, quienes ya le reverenciaban como nuevo Hierofante de Alhmeb. Nunca volvió a ver a Zarya Ojo de Trueno y nunca supo por qué hizo lo que hizo, si fue una venganza por los djinnet exterminados por Melhaffar o el simple capricho de una criatura extraña. Fuera como fuese, en el serrallo del Hierofante Waduk Leham Caa Waduqem nunca entró ninguna mujer que no tuviese una larga trenza dorada.
 
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1 comentario:

  1. Este relato me encanta,¡no me extraña que ganara el reto el reto fantasia II. Enhorabuena, nos leemos.

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