28 diciembre 2013

El último hijo de Sarnath (y II).

SEGUNDA PARTE.

   Al comienzo del sexto día, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre las arenas blanquecinas que ahora transitaban, Akhara tuvo la certeza absoluta de cual era el origen de su malestar, de la sensación desconocida que comenzaba en el vientre y se extendía a otras partes del cuerpo. Como doncella del Gran Templo, no le habían hablado de cuestiones ajenas a lo que debería haber sido su vida, entregada al culto y la castidad, pero el instinto, agudizado por el entorno salvaje, le decía que una nueva vida germinaba en sus entrañas.
    Nuam-Thari recibió la noticia con una mezcla de escepticismo y cauta alegría. Aunque tampoco estaba instruido en los mecanismos del cuerpo femenino, le pareció insólito que en tan breve espacio de tiempo el vientre de su esposa ya presentase una leve curva. Se guardó de expresarlo en voz alta, pero pensó que el cansancio, las privaciones y los monótonos paisajes de Mnar podían estar alterando los sentidos de una muchacha cuyo único horizonte habían sido las murallas de Sarnath.
    La marcha por el desierto estaba resultando penosa para ambos, acosados por el intenso calor diurno y el bochorno nocturno, cargado de una humedad inexplicable teniendo en cuenta la sequedad del lugar y la lejanía del mar.
    —Este caballo apesta. Es insoportable —dijo Akhara, con una mueca de repugnancia en su cada vez más delgado y moreno rostro.
    —Así es como huelen todos los caballos. Ya te lo he dicho.
    Las continuas quejas de la joven por cuestiones insignificantes, y a veces inexistentes, convencían al guerrero de que su juicio se estaba enturbiando. Era ella quien cabalgaba la mayor parte del tiempo, muy erguida en la silla, evitando tocar la piel rojiza del animal. Nuam-Thari soportaba las quejas con benevolencia, esperanzado en que cuando terminase la procesión de dunas y llegasen parajes más agradables cambiaría la actitud de su esposa.

09 diciembre 2013

Jingle Bells (Microrrelato).

   Cerré la ventana y me acerqué a la cama sin hacer ruido. O al menos lo intenté. Me coloqué la barba en su sitio cuando unos ojos grandes y somnolientos me miraron en la penumbra.
   —¿Santa Claus? ¿Eres tú?
   —Eh... sí, pequeña. Sigue durmiendo.
   Me había equivocado de habitación. Salí al pasillo, con la pistola en la mano, y abrí la primera puerta que encontré. ¿Qué clase de idiota lleva una automática con silenciador y un disfraz con campanillas? Pues yo.
   Odio trabajar en Nochebuena.


Ornament on bible - Hall Groat II.

04 diciembre 2013

El espejo barroco. (Relato breve).

   Vio su cuerpo desnudo al pasar frente al espejo de marco barroco, dorado, excesivo y sin brillo; cómo debe ser cualquier cosa que haya visto nacer y morir naciones. La imagen reflejada podría calificarse de moderadamente rubensiana. En ese punto en el cual la sensualidad de las curvas se encuentra a escasos centímetros de una colisión dramática contra el tranvía del canon de belleza contemporáneo, y de las grietas que éste puede abrir en la autoestima de algunas mujeres.
    Debería darse más prisa, pero todo a su alrededor incitaba a la contemplación, a tardes lánguidas en un diván hablando de nada en absoluto, a mañanas ociosas en las que el sol se mueve tan despacio como las agujas del reloj, a noches de satén y adulterio con jóvenes de labios suaves y manos ásperas. Se detuvo frente a una cómoda, tan antigua y tan francesa que olía a guillotina.
    Dentro de un estuche negro estaba su sostén favorito: un mosaico de diamantes y diminutas filigranas de oro blanco. Una obscenidad tan hermosa que cortaba la respiración. Dedicar unos segundos a ajustar la longitud de los tirantes no le pareció una pérdida de tiempo cuando se lo vio puesto. Ninguna reina lució jamás sobre la cabeza nada tan soberbio como la delicada armadura que cubría sus pechos.
    Eligió unas medias blancas y se sentó en la otomana para ponérselas. Antes de ponerse en pie observó de cerca el intrincado encaje, compuesto en gran parte por flores de lis. Decían que era un símbolo de nobleza, y tal vez lo más noble que harían ceñidas a sus muslos sería flanquear la cintura del hombre que la esperaba en la calle.
    Al dirigirse hacia el armario vio en un marco plateado la fotografía de otro hombre. El mismo que había pagado cuanto la rodeaba, mirando al frente con la soberbia benevolente de un emperador por derecho de nacimiento. Descolgó un vestido de dos piezas, blanco y negro. Un joven de labios suaves y manos ásperas no hubiese podido pagar semejante prenda ni ahorrando durante veinte años.
    Solo restaba calzarse. Ya había perdido demasiado tiempo, así que no se demoró en el zapatero y en apenas medio minuto los tacones marcaban su ritmo sobre el mármol. Abrió la puerta del baño y echó un último vistazo a la bañera. Allí reposaba otra mujer, mayor que ella pero con la piel más suave, los senos más firmes y sin cicatrices en el vientre. También lucía una bonita gargantilla carmesí, un corte en el cuello que ya apenas sangraba. Al mezclarse con el agua jabonosa, la sangre había adquirido un brillo que recordaba al vidrio coloreado.
    La mujer viva regresó al dormitorio, cogió la maleta donde había guardado su uniforme de asistenta, junto con las joyas y el dinero, y se marchó. Cuando subió al coche que la llevaría a cualquier otro lugar, un transeúnte sonrió ante la fugaz visión de una blanca flor de lis.

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Babilonia - Roberto Ferri.