28 diciembre 2013

El último hijo de Sarnath (y II).

SEGUNDA PARTE.

   Al comienzo del sexto día, cuando el sol comenzaba a elevarse sobre las arenas blanquecinas que ahora transitaban, Akhara tuvo la certeza absoluta de cual era el origen de su malestar, de la sensación desconocida que comenzaba en el vientre y se extendía a otras partes del cuerpo. Como doncella del Gran Templo, no le habían hablado de cuestiones ajenas a lo que debería haber sido su vida, entregada al culto y la castidad, pero el instinto, agudizado por el entorno salvaje, le decía que una nueva vida germinaba en sus entrañas.
    Nuam-Thari recibió la noticia con una mezcla de escepticismo y cauta alegría. Aunque tampoco estaba instruido en los mecanismos del cuerpo femenino, le pareció insólito que en tan breve espacio de tiempo el vientre de su esposa ya presentase una leve curva. Se guardó de expresarlo en voz alta, pero pensó que el cansancio, las privaciones y los monótonos paisajes de Mnar podían estar alterando los sentidos de una muchacha cuyo único horizonte habían sido las murallas de Sarnath.
    La marcha por el desierto estaba resultando penosa para ambos, acosados por el intenso calor diurno y el bochorno nocturno, cargado de una humedad inexplicable teniendo en cuenta la sequedad del lugar y la lejanía del mar.
    —Este caballo apesta. Es insoportable —dijo Akhara, con una mueca de repugnancia en su cada vez más delgado y moreno rostro.
    —Así es como huelen todos los caballos. Ya te lo he dicho.
    Las continuas quejas de la joven por cuestiones insignificantes, y a veces inexistentes, convencían al guerrero de que su juicio se estaba enturbiando. Era ella quien cabalgaba la mayor parte del tiempo, muy erguida en la silla, evitando tocar la piel rojiza del animal. Nuam-Thari soportaba las quejas con benevolencia, esperanzado en que cuando terminase la procesión de dunas y llegasen parajes más agradables cambiaría la actitud de su esposa.

    Pero Akhara no se dejaba convencer por las razonables palabras del joven. En no pocas ocasiones, durante ceremonias celebradas fuera del Gran Templo, ella había estado muy cerca de caballos, elefantes, camellos o bueyes. Conocía el olor de los animales vivos, y el de su montura era distinto, un hedor penetrante y dulzón que cuando no soplaba viento casi le impedía respirar.
    Al día siguiente, sintieron cierto alivio al divisar en el horizonte una línea oscura, marcando el límite del desierto y el comienzo de tierras verdes, cubiertas por una tenue bruma. Se encontraban demasiado lejos como para distinguir árboles, hierba o huertos, pero el color verde, por oscuro que fuese, significaba agua y alimento.
    Esa noche se tumbaron sobre la estera con el ánimo más ligero. Akhara apenas se había quejado por el olor del caballo y Nuam-Thari sonrió por primera vez en varios días. Encandilados por el lejano verdor, cenaron una ración mayor de lo acostumbrado de las exiguas provisiones y se tumbaron bajo la pesada atmósfera nocturna. Poco después comenzaron las pesadillas.
    El guerrero se encontró a sí mismo desnudo, arrodillado en un amplio lecho de ónice con cortinajes de seda grisácea. Frente a él yacía Akhara, desnuda por completo y más hermosa de lo que jamás la hubiese visto, sonriéndole con lujuria mientras separaba las piernas. Un instante después se movía sobre ella, dentro de ella, besando su cuello, sintiendo sus piernas esbeltas alrededor de la cintura y las manos acariciándole la espalda. Poco después, cuando el placer del esposo era cada vez más intenso, el rostro de la joven empalidecía, al igual que el resto de su piel, llenándose de venas purpúreas y manchas amarillentas. La carne se consumía sobre los huesos, licuándose en flujos pestilentes, pero ni la sonrisa incitante desaparecía del ya cadavérico semblante de Akhara, ni el deseo frenético que poseía al hombre menguaba. Cuando derramó su semilla, sacudido por el éxtasis, ella no era más que un conjunto de huesos húmedos que se deshacían entre sus fuertes manos.
    Sin transición alguna que le permitiese asimilar el espanto que sustituyó a la pasión, el lecho de ónice se transformó en el pavimento de ónice de Sarnath, sembrado de diamantes afilados que le rajaban las plantas de los pies mientras caminaba hacia una columna de pórfido, donde las manos de sus antiguos compañeros de armas lo ataron entre miradas severas. Tras rodear la columna en un amplio círculo, un centenar de ellos tensaron sus arcos de madera oscura y dispararon al blanco inmóvil. El reo gritó al sentir los cien aguijonazos de marfil, y no se sorprendió al ver que no moría, pues debía ser ajusticiado dos veces. Los guardias se esfumaron y llegaron las doncellas, o tal vez se transformaron. Eran solamente nueve, vestidas con tafetán blanco que flotaba alrededor de ellas como nubes, y su reina no estaba presente. Cuando se acercaron, el condenado vio abrirse sus bocas, tan anchas que abarcaban toda la mandíbula, repletas de dientes puntiagudos que se hundieron en el cuerpo ensangrentado. Lo peor de todo, lo que hizo que se despertase tiritando sobre la estera, no fue el dolor de las dentelladas, o ver los grandes trozos de carne arrancados del hueso, sino el insoportable ruido que hacían al tragársela.
    Los sueños de Akhara aquella noche, y otras muchas que la siguieron, no fueron mucho más agradables. En el más vívido y recurrente de ellos, estaba sentada en una estancia desconocida, en un cómodo sillón cerca del resplandor anaranjado de un candelabro de plata. En sus brazos sostenía a un niño, su hijo. Era tan hermoso, rollizo y sonrosado, que solo contemplarlo alegraba el corazón. La madre liberó uno de sus pechos hinchados y el retoño comenzó a mamar, con las diminutas manos apretadas y los ojos somnolientos. Akhara levantó la vista hacia el otro lado de la habitación y vio a su esposo sentado en una rica alfombra, colocando plumas en sus flechas de marfil mientras la miraba extasiado. A poca distancia, en el rincón más sombrío, un desconocido alto y delgado la miraba. Su cabeza afeitada reflejaba la luz de las velas y los ojos negros, vacíos como el espacio entre una estrella y otra, la estudiaban con una avidez inexplicable.
    En ese momento, la madre sintió un dolor agudo en el pecho. Bajó la vista, y donde debería estar el pezón encontró un círculo carmesí, una herida redonda dejada por las diminutas fauces de su hijo. El niño tenía los mismos rasgos, pero su carne se había transmutado en crisolita, y en la frente llevaba grabado con líneas rojas el signo maldito.
    Akhara despertó chillando. Junto a ella, encogido en la estera, Nuam-Thari temblaba, cubierto de sudor pegajoso. Se abrazaron en silencio, hasta ver las primeras luces del alba teñir las dunas con tonos rosados y ambarinos. Se levantó una tenue brisa, y Akhara torció el gesto al sentir de nuevo el hedor del caballo.
 
***
 
 
    Las tierras verdes no estaban tan cerca como habían creído. Los días se enlazaban como eslabones de una cadena: unos blancos y otros negros, pero todos tan oxidados que costaba distinguirlos.
    Cada noche las pesadillas se volvían más claras y ricas en detalles, y su impronta en las horas de vigilia marcaba los rostros de los fugitivos al mismo tiempo que el hambre y la sed consumían sus cuerpos. Cuando partieron de Sarnath cualquier artista los hubiese elegido para ejemplificar la belleza ideal de sus respectivos sexos, y ahora se acercaban a las anatomías grotescas, a los semblantes atormentados, que poblaban las más minuciosas representaciones del inframundo.
    La arena interminable se transformó en otra interminable llanura de guijarros, sobre los cuales los cascos del agotado caballo se arrastraban de forma penosa. Akhara continuaba quejándose del olor del animal, y sin embargo se le humedecieron los ojos cuando su esposo le dijo que desmontase y empuñó su arma de ónice y diamantes.
   —Estoy enferma —dijo la joven, cuya voz cristalina se había vuelto ronca y desagradable—. No sé si podré caminar.
    Nuam-Thari la miró de soslayo mientras liberaba a la montura del escaso equipaje. Su Reina de las Nubes mostraba una delgadez cadavérica, que contrastaba con el vientre hinchado, liso y redondo. ¿Realmente llevaban meses viajando? En algún momento imposible de situar en el pasado, el guerrero había empezado a sentir que cuanto le rodeaba se movía por la corriente del tiempo a distinto ritmo: los días y las noches, la calima grisácea que mantenía el cielo sucio del alba al ocaso, el zumbido de insectos que nunca conseguía ver. Incluso su cabello y su barba, largos y enmarañados, parecían crecer mucho más deprisa que sus uñas, tan cortas como cuando partió de Sarnath.
   —No estás enferma. Tienes hambre, igual que yo, y ninguno de los dos podrá caminar mucho más si no comemos —explicó Nuam-Thari, haciendo acopio de la poca paciencia que le quedaba.
    Tampoco conservaba demasiada fuerza, pero bastó para derribar al caballo con un golpe de macana. La bestia se desplomó sin emitir quejido alguno, cayendo de costado sobre los guijarros.
   —No pienso probar la carne de esa alimaña.
   —Debemos recuperar fuerzas, y acercarnos de nuevo a la ribera del Ai —dijo el guerrero. Sacó un afilado cuchillo de su vaina y se arrodilló junto al animal.
   —¡Traidor! —gritó Akhara, con el rostro deformado por la rabia. Se agarraba el vientre con ambas manos, como si quisiera desgarrar la piel y hundir las uñas en el cuerpo de su hijo. Sus siguientes palabras fueron un siseo áspero—. Me he dejado contaminar por la semilla de un cobarde, de un desertor que traicionó a su rey e insultó a los dioses... ¿A qué clase de tormento nos has condenado? ¡Traidor!
    Tras desgarrar, entre sollozos y aullidos desquiciados, lo poco que quedaba de sus harapientas vestiduras, la otrora doncella del Gran Templo echó a correr, rumbo a la franja de oscuro verdor que se perfilaba en el horizonte. Un bosque húmedo y brumoso. La esperanza lejana que parecía burlarse de ellos en la distancia.
    Nuam-Thari la miró alejarse, consciente de que no llegaría muy lejos. Contempló la hoja de metal, tan afilada como la locura de su amada. Tan punzante como la sospecha alimentada por su miserable situación. Poco quedaba ya del amor puro que los elevase sobre las murallas de Sarnath, sobre las injustas leyes humanas y divinas. Tal vez el arrebato de Akhara revelase con la lucidez de la desesperación su auténtica naturaleza: un traidor; un desertor que había arrastrado, cegado por la lujuria, a una muchacha inocente hasta una agonía interminable.
    Agarró la empuñadura con más fuerza e intentó alejar la pesadumbre que se enroscaba a su alrededor y le oprimía el pecho. Una tajada de carne de caballo bastaría para calmar el ánimo enturbiado de su esposa. Si era necesario, él mismo masticaría su parte y la alimentaría como a un pajarillo. Hundió el cuchillo en el vientre del caballo y comenzó a cortar.
    Conteniendo un grito, se puso en pie de un salto. Retrocedió trastabillando, y el arma cayó de su mano hasta los guijarros grises del suelo, sobre los cuales se desparramaba con lentitud el contenido del vientre de la bestia. No eran entrañas sanguinolentas, sino una masa inquieta de diminutos gusanos amarillentos. Y entonces lo olió. Con una contundencia casi física, el hedor del cual se quejase Akhara una y otra vez le golpeó de lleno. No era, en efecto, el olor de un animal vivo; ni siquiera el de un cadáver. Era el aroma de la corrupción misma, condensado en un vapor invisible que reptó a través de su garganta.
    El guerrero abandonó sus armas e intentó correr en la misma dirección que la joven. Cada pocos pasos caía, superado por la repugnancia y el miedo, y se retorcía para vomitar. Las lágrimas apenas le permitían ver la silueta raquítica de Akhara avanzando hacia el bosque, pero al mirar a su izquierda pudo contemplar con insólita nitidez un paisaje desolado, un desfile interminable de montañas angulosas y valles inundados por una neblina enfermiza, espesa como la bilis que le abrasaba la garganta.
    Vio caminar entre las cumbres a una criatura de tamaño inconcebible, cuyo cuerpo parecía un bulbo alargado sin rasgos suspendido sobre cuatro patas delgadas que se movían como las de un ave zancuda. No muy lejos, batían sus alas correosas horrores vermiformes, con una boca circular en cada extremo del cuerpo. Y por los valles se movían legiones de humanoides mudos, blandos y verdosos, cuyos labios gruesos y ojos abultados recordaban a las descripciones contenidas en los cilindros de arcilla de Kadatheron sobre los primitivos habitantes de Ib.
    Nuam-Thari cerró los ojos con fuerza y corrió. En la oscuridad de su propia mente cobraron vida recuerdos disfrazados de pesadillas: el atronador golpe de las puertas de Sarnath abriéndose al unísono, la algarabía transformada en coro de lamentos y angustia, la incongruencia del paisaje y el discurrir del tiempo, los ojos negros de El Viajero. Caído ya el velo que lo había mantenido ciego a la esencia de cuanto le rodeaba, contempló la verdadera naturaleza de aquel "hombre", e incluso escuchó ecos de sus incontables nombres, ninguno de los cuales conocía. Gritó hasta sentir los pulmones en carne viva, y al abrir de nuevo los ojos se encontró rodeado por altos troncos y la sombra húmeda del bosque.
    Akhara estaba tumbada bocarriba sobre la hojarasca, con las piernas separadas y la mirada perdida en las copas de los árboles. Bajo los senos hinchados el pecho se agitaba al ritmo de la acelerada respiración, y los dedos huesudos se hundían en la tierra como si el bosque mismo fuese a encabritarse. El vientre estaba tan hinchado que la piel, estirada hasta el límite de su resistencia, se transparentaba y comenzaba a agrietarse.
    Bandadas de pájaros levantaron el vuelo sobre la bruma al escuchar los desesperados aullidos de la parturienta. A pesar de estar prácticamente abierta en canal, la joven seguía consciente, y contemplaba con el rostro desencajado cómo las formas inhumanas de su hijo se elevaban en silencio.
    Apoyado contra el tronco de un árbol, a Nuam-Thari no le quedaban fuerzas para gritar. Mientras contemplaba el alumbramiento, su cordura su apiadó de él y le abandonó para siempre.
 
***
 
    El mercader secó con una de sus amplias mangas las gotas de sudor que le caían sobre la frente y dirigió su camello hasta la paupérrima vivienda. No era más que un amontonamiento de ramas secas sobre un hueco que ni siquiera alcanzaba la categoría de madriguera, y que olía mucho peor que una.
    —Tenga cuidado, amo —dijo un guardia de piel oscura armado con una lanza.
    Seguido por otro de los seis hombres armados que flanqueaban la caravana, se colocó rápidamente a la altura de su superior. No esperaban encontrar a nadie en medio de aquella reseca llanura, y mucho menos una choza, por miserable que fuese. Los negros empuñaron las lanzas con ambas manos cuando un hombre salió de entre la inmundicia, tan encorvado que casi rozaba el suelo con las manos.
    Era un anciano flaco, de piel apergaminada y ojos vidriosos. Mechones desiguales de cabello grisáceo colgaban de su mandíbula y de su cráneo, y apestaba de tal forma que incluso los camellos cabecearon en señal de desagrado.
    —Disculpa si hemos interrumpido tu meditaciones, Ermitaño —dijo el mercader. A pesar de la repugnancia que le inspiraba el viejo, trató de mostrarse educado.
    —No soy un ermitaño —graznó el anciano, con la voz propia de alguien que no ha bebido agua en mucho tiempo.
    —Seas quien seas, nosotros llevamos un cargamento hacia la costa de Fhadt, y las "buenas gentes" de estas tierras no nos avisaron de que los abrevaderos de Lah-Nara llevan secos varios meses —explicó el sudoroso comerciante—. Bestias y hombres tienen sed, y aunque no parece que tu situación sea mucho mejor que la nuestra, tal vez sepas de un lugar dónde llenar nuestros odres.
    El reseco hombrecillo ni siquiera miró a su interlocutor. Señaló hacia su izquierda y esbozó una extraña mueca.
    —Por allí. En dos días, tal vez menos, veréis un bosque.
    —¿Un bosque? —preguntó uno de los guardias, extrañado.
    —Verde y fresco. Riachuelos... sombra... —dijo el anciano mientras realizaba gestos vagos con las manos. Parecía que no le agradaba hablar durante tanto tiempo— Mi hijo vive allí.
    —¿Ah, sí? ¿Y también está loco?
    Los guardias rieron la ocurrencia del mercader, quien ya no se esforzaba en tratar con respeto a semejante paria. Para su sorpresa, los ojos del viejo parecieron recuperar la lucidez durante un instante.
    —Está hambriento.
    Poco dispuestos a perder más tiempo con un demente bajo el sol abrasador, los tres hombres hicieron girar sus monturas de regreso a la fila de carros y camellos.
    —Descuida, le daremos algo de comer si de verdad hay agua en ese lugar.
    —¿Es que vamos a seguir las indicaciones de ese hombre? —preguntó un guardia.
    —No perdemos nada por intentarlo, y no supondrá un desvío demasiado grande de nuestra ruta.
    Mientras la caravana se alejaba en dirección al bosque, el anciano se sentó a la entrada de su choza y se abrazó las piernas, con la mirada perdida en el horizonte. El mismo donde aquellos hombres verían muy pronto la espesura verde envuelta en brumas. Su hijo, el último hijo de Sarnath, vivía allí. Y siempre estaba hambriento.

 
 
FIN.
 
 

4 comentarios:

  1. Hola Sham

    Se que ya tienes algún Liebster, pero creo que te los mereces y después de visitar tu blog varias veces, he decidido otorgarte uno por los buenos ratos que he pasado leyendo lo que has escrito. Saludos

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  2. Shamrocky!, cómo estás? Paso por la misma razón, para comentarte que premié a tu blog con un liebster award. Espero poder ayudar con ello, te dejo el link a mi blog para que puedas echarle un vistazo a esta mención, y tal vez también te interese participar: elreinadodelcaos.blogspot.com
    Gracias y saludos!

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  3. ¡Esto no es justo! Bueno, yo también paso por lo mismo (y, además, para repetirte lo que te dije en el Dragón: tu relato me gustó mucho). ¡Nos leemos!

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  4. Un relato muy descriptivo.
    Por cierto soy Pérfida
    Un saludo coleguita

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