06 mayo 2014

Flor de plomo.

   A Jules siempre le había gustado que su lugar de trabajo, o al menos el lugar donde realizaba una parte de su trabajo, estuviese situado cerca de un parque. Aunque no era un hombre propenso a la ternura o el sentimentalismo, ni en exceso permeable a la sencilla lírica de lo cotidiano, habría reconocido sin sonrojo ante cualquiera que, en los peores días, le reconfortaba escuchar las risas de los niños, ver a un perro persiguiendo a un palo como si le fuese la vida en ello o confirmar que la anciana de sonrisa perenne que alimentaba a las palomas había burlado a la muerte un día más.
 
Parking sign (Gerard Boersma). 
 
    También encontraba alivio en el desfile de las estaciones. Esas flores que brotaban cada primavera en los grandes arbustos de hojas afiladas, de un rosa descarado, impúdico y hortera; flores que no querría adornando su apartamento ni aunque concediesen la vida eterna, pero que esperaba ver abrirse cada año.
    El verano hacía aparecer toda clase de gente pálida tumbada en la hierba, y el kiosco del turco con aspecto de marinero varado vendía granizados y latas de cerveza fría. El otoño traía la danza de las hojas, tan muertas y de repente tan vivas cuando soplaba el viento. El invierno cubría de nieve los parterres y transformaba algunas ramas en varas de cristal sucio. Para qué viajar si el paisaje cambiaba sin cesar junto al edificio de fachada azul.
    Aquel día, al cruzar el parque, no prestó demasiada atención a la flora ni a sus conciudadanos. Solo dedicó una mirada, por puro instinto reproductivo, a un grupo de chicas que le sonrieron al cruzarse con él, cosa que no le resultaba ajena. Todavía era bien parecido, a pesar de la incipiente calvicie, y además ellas sabían, o como mínimo sospechaban, lo que era Jules. A algunas mujeres les gustaba lo que era, y no podía culparlas, ya que a él mismo le encantaba lo que era, al menos la mayor parte del tiempo. Lo que había sido y pronto dejaría de ser.
    Tales pensamientos llevaron su mano izquierda hasta el bolsillo de su cazadora. Rozó con los dedos la culata de la pistola, sólida y tibia entre el cuero y el forro de lana. Esa pequeña bestia negra que siempre decía verdades irrefutables envueltas en plomo. Al llegar frente a la puerta del edificio sacó las manos de los bolsillos y saludó, con total y apenas fingida normalidad, a las primeras caras conocidas.

    Subió las escaleras hasta la tercera planta. Casi todo el mundo usaba los ascensores, y la posibilidad de un encuentro incómodo se reducía en los desgastados peldaños de mármol. No tenía miedo, pero tampoco deseaba palabras huecas ni miradas comprensivas o gestos de mal disimulada desaprobación. Con cada escalón, la pistola pesaba más y más.
    Se sumergió en la familiar atmósfera de voces, máquinas de escribir y teléfonos, sin dedicar apenas una mirada a su escritorio. Alguien ya se había encargado de almohazarlo para su próximo jinete. Caminó entre las mesas algo más deprisa de lo normal, sin siquiera advertirlo, saludando con la mano o las cejas a quien reparaba en su presencia.
    De todos los hombres de aquel edificio solo había dos a los que Jules consideraba sus amigos, y le causó cierto alivio agridulce no verlos allí ese día en concreto.
    De todas las mujeres de aquel edificio solo había dos con las que Jules se había acostado, y ambas estaban allí. Una de ellas leía un documento en una postura inconfundible, sentada en el borde de la silla con las rodillas juntas y los pies muy separados, el codo en la mesa y el mentón en la mano. Tenía los labios entreabiertos y se daba golpecitos en los dientes con una uña pintada de verde lima. Irma siempre aportaba pinceladas de colores intensos a la por lo demás monótona paleta del lugar. Irma era intensa en todos los sentidos, y Jules sintió una mezcla de culpa y tristeza cuando se alegró de que estuviese tan concentrada como para no verle pasar.
    La otra mujer estaba en su despacho, separada del bullicio y al mismo tiempo más sumergida en él que nadie. Jules golpeó la puerta con los nudillos y entró antes de recibir respuesta. En los ojos oscuros, algo rasgados e invariablemente audaces de Mónica se mezclaron la sorpresa y la compasión. Lo último que quería ver en sus ojos era compasión. Metió la mano en el bolsillo de su cazadora y agarró la culata.
—No te esperaba tan pronto, Jules. Ya te dije que no había prisa —dijo ella.
    Sacó la pistola, cambió la posición de la mano para que el cañón no apuntase a nadie y la depositó sobre un montón de papeles. A continuación hizo lo mismo con su placa, que guardaba en otro bolsillo.
—Mejor terminar cuanto antes —dijo Jules. Intentó hablar con férrea determinación, pero el final de la frase sonó como un suspiro.
    Mónica puso los codos en la mesa, entrelazó los dedos e inclinó la cabeza hacia un lado. La media melena negra se balanceó junto a la mejilla y los labios, más propensos a sonreír de lo que muchos pensaban.
—He llamado a ese amigo del que te hablé. Tiene trabajo para ti, si te interesa.
—No pienso trabajar en una empresa de seguridad.
—Vamos, Jules, piénsatelo. No serías un simple guardia, si es eso lo que te preocupa.
    Metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros. Ella siempre había odiado ese gesto. No soportaba a los hombres de carácter débil, indecisos o pusilánimes, ni a los melancólicos con tendencias depresivas. Jules nunca había tenido tales defectos, pero a veces los fingía para hacerla enfadar. Solo cuando no había nadie más cerca, claro.
—Es curioso. Ahora que no eres mi superior no te encuentro tan atractiva.
—Sí, claro —dijo ella, sonriendo de una forma que muy pocos tenían el privilegio de contemplar—. Ahora que no eres un poli, sigues sin parecer un tipo como los demás.
—Pensaré de camino a casa si eso es un cumplido o no lo es, y te daré las gracias o te insultaré esta noche, si te parece bien. Podemos cenar en aquel antro que tanto te gustaba. El que está cerca de los astilleros y huele como una lata de anchoas.
    La curva desapareció de los labios de Mónica y las cejas de Jules acusaron la pérdida. Otra vez la compasión en esos ojos capaces de abrir o cerrar las puertas del infierno con un parpadeo.
—Estoy embarazada, Jules.
    De repente, su cerebro se transformó en un calendario, deshojándose hacia atrás, en un museo frenético donde cada cuadro reproducía una noche, una mañana o una tarde de cuerpos sin rango ni uniforme, unidos de tal forma que el sudor se evaporaba para transformarse en una niebla que los ocultaba del mundo.
—Tranquilo. No hay posibilidad de que sea tuyo.
    Debería haber sentido alivio, pero cada una de aquellas palabras se le clavó en las tripas. No hay posibilidad. No te esperaba tan pronto. Si es eso lo que te preocupa. Un tipo como los demás. Tranquilo.
—Vicent y yo lo estamos arreglando —dijo ella, con el tono de quien no necesita dar explicaciones pero las da, como una limosna.
    Jules casi suelta una carcajada. Una mujer como Mónica no podía haber caído en semejante trampa de mediocridad. Un niño para reparar un matrimonio abocado al fracaso, era como tapar una vía de agua en el casco de un barco a punto de hundirse con un chicle.
—Espero que os vaya bien. —Lo decía en serio. Ahora era él quien sentía lástima.
—Gracias.
—Tengo el teléfono de tu amigo. Si cambio de idea lo llamaré, aunque es poco probable.
—De acuerdo. Jules... apenas hemos hablado de lo que ocurrió —dijo ella. Miró de soslayo la pistola y la placa, dos objetos sin dueño que parecían haber acumulado el polvo de varios años en apenas minutos.
—Ya hablaron quienes tenían que hablar, y tomaron una decisión. No tiene sentido removerlo más. —Se volvió hacia la puerta y giró el pomo—. Voy a despedirme de los chicos. Adiós, Mónica.
    No se despidió de nadie. Salió del edificio de fachada azul y en dos zancadas se plantó en el parque, con las manos en los bolsillos vacíos de la cazadora. Hubiese sido un buen momento para encender un cigarrillo y alejarse caminando hacia el sol poniente, pero Jules no fumaba y eran las once de la mañana. Le compró al turco una bolsa de palomitas y buscó un banco donde no hubiese universitarias ociosas o madres con carritos. No estaba de humor para flirteos ni para llantos infantiles.
    Tras caminar cinco minutos encontró un sitio, junto a la anciana que alimentaba a las ratas del aire con mano engañosamente firme. Le saludó con su indeleble sonrisa desdentada, a la que Jules correspondió con un caballeroso cabeceo. Frente al banco vio varios de los arbustos de hojas afiladas, todavía sin flores. Al verla más de cerca comprendió que estaba equivocado: aquella anciana no burlaba a la muerte cada día. La estaba esperando.
—Aún no hay flores ¿Cuanto queda para la primavera? —preguntó Jules en voz alta, casi sin darse cuenta.
—Creo que un par de semanas, hijo.
—Bien. Esperaremos.

   *****
 
 

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